Parte 2- La subasta

 

Durante treinta minutos antes de la hora señalada, Samuel, el joven y enclenque hermano de Evelyn se mantuvo en pie, frente a la casa, justo en el centro de la plaza, para llamar a todo aquél que pasara a presenciar la subasta y degradación pública de Evelyn.

—¡Eh, usted! ¡Oiga! La subasta de lady Evelyn está a punto de comenzar, la dulce y virgen mano de hija del alcalde está a punto de desposarse al mejor pretendiente. ¡Oiga! ¡Oiga! Únase al grupo. Haga sus ofertas por la joven, le aseguro que no encontrará esposa igual.

Evelyn se estremecía cada vez que los avisos de su hermano penetraban por la ventana abierta de su cuarto. En pocos minutos, se encontraría sobre la plataforma y no tendría alternativa más que tolerar las miradas burlescas de toda aquella multitud que comenzaba a agolparse frente a la posada. Sin lugar a dudas, aquel sería un acontecimiento que muy difícilmente los aldeanos de Merlow o sus alrededores llegarían a olvidar en mucho tiempo.Muchos de aquellos aldeanos se sumaban al numeroso grupo por curiosidad, más que por la posibilidad o el deseo de participar en la subasta. Después de ese día tanto la reputación del pueblo como la de ella quedarían totalmente arruinados en todos los sentidos imaginables. Sin lugar a dudas, era esto lo único que su padre había hecho para garantizar la fama de su buen nombre como caballero o como alcalde en aquel pueblo dejado de la mano de dios.

¿Cómo podía todavía sorprenderse o extrañarse de los actos de aquel hombre? Sí, el escarnio y subasta pública del honor de una doncella, de una abnegada hija, su propia hija. Ése sería el legado para la posteridad de Fendell Cartland, aquel que debía llamar padre y respetar como tal, a pesar de no recibir el mismo trato respetuoso como hija.

En el fondo todo formaba parte de un tapiz urdido por los demonios. Su padre, un hombre que había dedicado la mayor parte de su tiempo a sus propios placeres como la bebida, las mujerzuelas y el juego. Precisamente él, debía proteger el honor y la decencia en aquel pueblo. Él, que jamás había respetado las leyes, humanas o divinas. Él, que no había mostrado afecto alguno por la corona. Como principal obligación de su cargo debía juzgar y gobernar bajo el nombre de la reina por la gracia de dios.

Evelyn cerró la ventana con dolor. Ese día sería subastada, o vendida… sencillamente abandonada a su suerte. Ya había aceptado esa terrible realidad. Su familia estaba desaparecida, El señor Newton no había respondido a ninguna de sus llamadas de socorro y sus últimas amistades de la infancia habían huido de ella y de su padre por miedo al terrible escándalo. Su hermano tan sólo era un niño influenciable, huidizo y maleable que actuaba más por el terrible miedo que le tenía a las golpizas de su padre que por los posibles sentimientos de cariño o compasión por una hermana que lo habría criado como una madre. ¿Se le podía culpar? No era más que un chiquillo que escaparía al mismo infierno si le asegurasen un plato de comida y una cama lejos de su padre.

No le quedaba nada ni nadie a quien recurir. La suerte parecía estar echada ya, sin amigos, sin recursos y sin una familia. Se veía profundamente desamparada e inútil ante las circunstancias. Evelyn sintió romperse el pequeño pedacito de esperanza que conservaba en el alma. Quizás hacer lo adecuado, rezar y aceptar el destino que su padre y dios le imponían no fuese lo que la salvase.

Aún no sabía si sería capaz de llevar a cabo lo que su padre había convenido para después de la subasta. Su confesor le había dicho que una mujer debía aceptar el esposo que su padre le consiguiese. Una buena esposa debía yacer con el esposo siempre que él lo requiriese. No podía negarse y no sería violación y… su salida no era negarse al matrimonio, sino rezar a dios para que le proporcionase la virtud de un marido comprensivo y un vientre fértil.

Se colocó distraídamente un bucle que le había caído sobre la frente detrás de la oreja. Odiaba llevar el pelo tan tirante, pero para desafiar las órdenes de su padre acerca de dejar su larga melena al viento para parecer más atractiva, se había recogido su cabello castaño en el más soso y tirante moño sujeto tras la nuca que pudo confeccionarse. En una inútil maniobra, pretendía parecerse lo máximo posible a una solterona amargada, con la intención de ahuyentar a los viciosos. Pero a sus 24 años aquello apenas lograba alcanzar su cometido, ya que su juventud y los rasgos ovalados de su rostro la dotaban de un gesto naturalmente dulce y apetecible.
Por otro lado, el incalificable vestido rojo que su padre le había proporcionado para la subasta dejaba poco o nada en manos de la calenturienta imaginación de los hombres.
Estaba convencida de que sus opciones de ser salvada se agotaban con cada aliento que daba. ¿Tan grave era desear de la vida algo más que la aprobación? ¿de verdad tenía que pasar por aquel calvario para poder rendir debidas cuentas a dios? ¿qué pasaría en su juicio final? ¿le devolverían la libertad no disfrutada? ¿El amor no vivido? ¿La paz no hallada? ¿de qué demonios valía todo aquello si sólo ella hacía lo correcto? ¿Y los demás?

Evelyn salió de sus pensamientos cuando escuchó los acalorados gritos de su padre entre el bullicio. Salió de su cuarto intentando controlar sus agitados nervios, él la esperaba visiblemente enfadado al pie de la escalera.

—Por fin —gruñó su padre—. Creí que tendría que subir a buscarte y bajarte yo mismo a palos.
—No tenías necesidad, padre —respondió ella arrastrando las palabras con tristeza—Me ponía el vestido que me has comprado, es tan apretado que apenas he conseguido abrocharlo entero, es totalmente inapropiado para una mujer decente, padre, si al menos esperases unos minutos y me permitieses poner uno de los míos.
— ¿Otro? ¡no digas tonterías!, Éste enseña carne, que es lo que atrae a los hombres, — rió él mientras la arrastraba hacia la calle con bastante descuido—— Cuantos más hombres calientes, más subirá la subasta. Que al menos pueda sacar partido de haber tenido una hija, tengo muchas deudas que pagar, sonríe, maldita sea, haz algo bien por tu padre al menos una en tu vida.

Su padre la zarandeó a mitad de camino y ella aprovechó para colocarse la vieja y polvorienta capa de lana sobre la cabeza, no sólo para protegerse avergonzada de las miradas curiosas, sino también para ocultar la desdicha que reflejaban la palidez de su rostro y sus enrojecidos ojos. Se sentía asustada por lo que podría deparar el destino, aunque seguramente nada podía ser peor de lo que ya había vivido.

Evelyn rezó para ser fuerte y aceptar el destino mientras caminaba tras su padre.

El carruaje de lord Bedey se encontraba a un lado del camino cerca de la casa de los Cartland, el rostro de Lorrie, antigua amiga de Evelyn en la niñez y su primera opción fallida al solicitar ayuda, apareció en la ventanilla.

La joven la miró con una sonrisa fría y condescendiente en los labios, ni tan siquiera se molestaba en fingir su deleite.

Evelyn se arrepintió de todas las cartas y súplicas que le había hecho a Lorrie durante aquellos últimos años. Si hubiese sabido antes que su vieja amiga no la había perdonado por la muerte de su madre, jamás le hubiese pedido ayuda.

Un suspiro brotó del pecho de Evelyn al pensar en lo equivocada que había estado y en todos los errores que había cometido con las personas a quien creía sus amigos.

—Mi querida Evelyn, deseo que tengas la buena suerte de encontrar un buen esposo en ese grupo de almas descarriadas. Al parecer, has despertado el interés de muchos sinvergüenzas acaudalados de nuestra sociedad, dios sabe lo que harán contigo.—Su voz sonó amargamente dulcificada bajo una sonrisa vengativa—No sabes lo que me complace no estar en tu lugar.

— ¿Ha venido tu padre a la subasta?—preguntó con una vana esperanza.

—¡Ni hablar! — exclamó con una mezcla de enfado y regocijo— ¡el jamás vendría a una subasta de mujerzuelas!

— ¡Oh!…¿Y tú qué haces aquí?—respondió con un hilo de voz Evelyn.

— Pues ¿no es evidente? me he venido a asegurar bajo qué horribles manos terminas— rió ella con maldad mientras batía sus largas pestañas con despreocupada felicidad— Espero que dios castigue tus actos y los de tu pútrida familia como es debido.

Evelyn comprendía la rabia de su vieja amiga, el accidente que había matado a la madre de Lorrie había sido consecuencia de que ésta intentase prestar auxilio a su propia madre durante el nacimiento de su hermano Samuel.

Aquella noche, tras una brutal golpiza de su padre, se había puesto de parto prematuramente y los criados, los pocos que todavía permanecían fieles a su madre, pidieron auxilio en casa de Lorrie.

Como la gran persona que ella era, la madre de Lorrie no dudó en acudir rauda a auxiliar a su amiga y en tomar un caballo para recorrer velozmente pequeño trayecto que separaba las dos casas. La mala suerte quiso que la negrura de la noche y las fuertes lluvias de aquella semana unidos a la apremiante velocidad que la buena mujer infundía a su caballo hiciesen resbalar a su corcel y que la madre de Lorrie cayese fatídicamente sobre un muro de piedras.

Aquella noche ambas mujeres murieron y, con ellas, la amistad que unía a Evelyn y Lorrie se rompió para siempre.

La risa de odio de su antigua amiga animó a Evelyn a aceptar y afrontar su sombrío destino con mayor dignidad, a pesar de las amargas lágrimas de derrota que caían por sus mejillas.

¿Qué otra cosa podía hacer más que llorar cuando sabía que ninguna plegaria podría surtir ya efecto? Se sentía sola y despojada de todo atisbo de dignidad humana. ¿Tenía algo por lo que seguir luchando? ¿Tenía su vida sentido?

El amuleto

Espero al pie de la escalera. Soy fácilmente distinguible, llevo una sudadera de color naranja con el número doce escrito en la espalda. Espero que ella salga a mi encuentro. Estoy inquieta y no dejo de girar la antigua alianza de mi abuela.
No sé por qué esta mañana cuando me llamó y me suplicó que viniese a conocerla acepté venir. No me gustan las personas mayores y menos aún los desconocidos, pero me insistió tanto que acabé por ceder.

—¿Belén?—dice una suave voz a mis espaldas.

Una señora pequeña, de unos setenta años, un poco entrada en kilos, con el pelo torpemente teñido de rubio y los labios pintados de un llamativo color me sonríe de manera familiar cuando me giro.

—¿Doña Alejandra?
—Qué bueno que viniste—dice con un característico acento argentino.

No sé qué responder, fue ella la que me insistió hasta que lo hice, así que sonrío un poco forzada mientras ella me abraza como si me conociese de toda la vida.

—No sabes cuánto te agradezco que hayas venido a charlar un rato y hacerme compañía. —Sonríe completamente excitada mientras me dirige por los pasillos de la residencia—. Tengo un regalo muy especial para ti. En cuanto me cogiste el teléfono supe que tenía que ser tuyo, ¿cómo está tu abuela? Quisiera saber cómo le fue en todos estos años.

Me siento incómoda, suelo sentirme así con la gente que no conozco o en lugares extraños y tan siniestros como aquella residencia de ancianos. Tampoco contribuye el hecho de que esta señora no deje de parlotear sin darme opción a responder. Parece que tiene tantas ganas de hablar con alguien nuevo que se le olvida escuchar mis respuestas.

—Toma, mi niña, en agradecimiento por venir a escuchar las divagaciones de esta viuda solitaria—dice nada más llegar a su cuarto.

La señora deposita con orgullo en mis manos un frasco de vidrio unido a un cordón en donde se aprecia alguna especie de diminuto feto de roedor flotando en su interior.

—En realidad no es molestia, no tiene usted por qué regalarme nada.

Lo reconozco, estoy tan sorprendida que no puedo sino otra cosa que ser amable y volver a sonreír con una mueca forzada¿Cómo se reacciona cuando te regalan una rata muerta?¿Padecerá esta señora alguna clase de demencia?

—Ya sé que no es un artículo muy ortodoxo—dice ella con una sonrisa mientras hace funcionar un viejo tocadiscos—. Pero es poderoso.
—¿Esto? ¿Poderoso?, ¿a qué se refiere?

La música de los violines comienza a interpretar el famoso tango “Por una cabeza” de Carlos Gardel y baña al instante toda la estancia de una agradable, dulce y cercana sensación. Casi me parece estar oliendo el mate de mi abuela.

—¿La conoces?—pregunta Doña Alejandra.

Asiento mientras alargo la mano para devolver el obsequio.

—Mi marido era un bailarín de tango muy apasionado. Aprendió solamente porque yo daba clases —Continúa su charla con una sonrisa melancólica ignorando mi gesto—. Nadie pensaría que alguien tan aburrido y serio como él pudiese bailar de ese modo, pero ya sabes cómo son estas cosas del destino. Me cortejó a toda costa y eso hizo que conociese la pasión del baile.
—¿Y qué tiene que ver eso con esto?—pregunto dejando colgar el recipiente sujetándolo tan sólo por el cordón y dejando que bailotee en el aire.
—Muchos roedores han sido y son un gran talismán en todas las culturas para atraer el destino—argumenta sentándose en una silla—.Sin ir más lejos, en la India la rata es la cabalgadura de Ganesa, la divinidad del destino y la sabiduría. En África, La Jerboa se la considera fuertemente relacionada con la adivinación. En oriente el ratón atrae la buena ventura y en occidente se usan para la magia. Tenemos ejemplos por toda la historia y las culturas.
—Así que llevar un bicho muerto al cuello me va a ayudar a dar suerte—respondí con sorna.
—Ése es un roedor especial, querida. Y una vez lo pongas al cuello te mostrará las consecuencias de cada decisión que tomes.
—¿No me diga?-reí con ironía.
—¿Crees que bromeo? Tengo demasiados años como para bromear con estas cosas.

A Doña Alejandra parece no importarle mi sana incredulidad, sonríe misteriosamente y empuja con su mano la mía en un gesto para que me lo ponga al cuello.

— Créeme, podrás leer en el destino como si de un libro se tratase. Sólo Póntelo y dime qué ves.

 

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 41 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

Parte 1- La carta

— Señor— carraspeó Benwell en la entrada del despacho— Ha llegado esto de Londres— el viejo sirviente entró con lentitud y posó una caja en la mesa con un sobre. —Lo ha traído un muchacho desde Merlow e insistió en que era sumamente importante que lo recibiese cuanto antes.

— Gracias Benwell— dijo el Caballero apresurándose a abrir el sobre.

“…

Estimado Sr. G.Newton;

Soy perfectamente consciente, señoría, de las condiciones en las que usted finalizó nuestra relación. Me ha quedado claro que no lograré jamás que vuelva a compartir su don conmigo o con alguna otra alma. Me solicitó encarecidamente, que no le buscase, no le visitase, que no le invitase a eventos sociales ni le molestase en forma alguna. Y, aunque no la comparta, le respeto y admiro por su decisión. De todos modos me veo obligada a insistir  puesto que considero debe saber  el motivo por el que ahora le escribo es para pedirle, no, más bien suplicarle por última vez, su ayuda.

Confíe en mi sinceridad, su señoría. No habría recurrido a usted si no fuese realmente mi última opción. Le ruego que no me ignore como otros han hecho antes, créame cuando le aseguro que me encuentro en grave peligro y necesito ser rescatada. Usted es el único hombre que queda en este mundo en el que puedo confiar mis palabras de auxilio.

No me ignore también usted.

Hoy, intentando buscar consuelo en mi desdicha, he releído una vez más sus publicaciones. Recordé aquellos días, cuando no era más que una fiel seguidora de sus increíbles y aterradores relatos dominicales. Una niña que se quedó fascinada por sus palabras y que, entristecida por su repentino abandono de la vida literaria, le escribió aquella carta llena de dolor y despecho. No entendía su retirada, su silencio… el haber olvidado a sus seguidores, el haberme traicionado a mí…

Ya sabe usted que yo no era más que una muchachita de 14 años rabiosa por otro abandono más. Con sinceridad le diré que jamás pensé que mis insistentes misivas al periódico para exigir su inmediato regreso fuesen a ser respondidas precisamente por usted… Nunca, Nunca creí que aquellas primeras cartas tan llenas de reproches y odio fuesen a representar el nacimiento de aquella amistad que nos acompañó durante casi diez años. Aquella amistad que usted decidió finalizar ante mi, ahora veo que inapropiada, proposición.

Tengo la esperanza de que el haber comprendido mi grave indisceción y también la delicada situación a la que le había sometido al haber pedido iniciar una relación le sirva como prueba de que jamás volvería a pedirle algo de similar índole. Acepté mi castigo al perder su valiosa confianza. Pero, para serle sincera, a lo largo de todos aquellos años en los que intercambiábamos misivas, cada dos días exactamente, confié en usted mis más profundos pensamientos y sentimientos con palabras que no he compartido con ningún otro ser, varón o mujer. Aprendí mucho sobre la vida, las personas y las aventuras gracias a sus siempre amables y sabias palabras. No siempre dulces, a veces, incluso, soeces. Acepté y atesoré en mi corazón todas sus reflexiones y consejos,…

Incluso los que no entendí. También los que no me sirvieron. Todos aquellas palabras que usted dirigía a mí eran un tesoro, eran mi fortuna, dijesen lo que dijesen y aunque fuesen duras críticas hacia mi intolerable comportamiento.

Y cuando era usted el que me confiaba sus inquietudes y tormentos en sus cartas, se convertían también en míos. Como si la tinta de su pluma fuese mi sangre y con su lectura recuperase mi alma.

Sus problemas me torturaban durante días, provocaban incluso mi llanto… Yo dejaba cuanta tarea tuviese por hacer, asumía cualquier castigo que aquello conllevase. Únicamente para poder pensar en una solución para usted, para escribir hojas y hojas con mis infantiles consejos. Creyendo, tonta de mí, que le serían de utilidad. Creyendo, ilusa de mí, que me vería como lo que yo aspiraba a ser y realmente no era, la mujer que le salvaría de su desdicha.

Le aseguro que comprendo que nuestra relación nunca fue interesada. Nunca pensé que podría algún día necesitar algo más de una amistad como la suya. Nunca fue mi intención molestarle con la desnudez de mi alma. Comprendí el castigo que me impuso, lo acaté con dignidad y debo decir que me arrepiento de todos los errores que cometí. A pesar de todo el castigo impuesto, usted continúa representando a día de hoy el único y más cercano a un amigo para mí. Y es para mí triste reconocerlo, realmente, a mis 24 años, solamente con usted he experimentado la sensación de ser una persona valorada, comprendida y respetada.

Usted y su amistad ha sido lo único bueno que me ha sucedido en la vida.

Como le dije al principio de esta, ya demasiado larga, misiva. Hace meses que intento localizarle con desesperación, desconozco si mis notas no han llegado a su poder o bien, dios no lo quiera, ha decidido ignorarlas. Ahora el tiempo se acaba y no tengo nadie más a quien recurrir.

Mi padre, ese monstruo al que debo llamar con respeto PADRE ha decidido que ya no necesita de mis cuidados ni invertir más en mi persona y, por todo ello, desea casarme a la mayor celeridad posible. Como le había comentado a usted en anteriores misivas antes de mi castigo, he rechazado cada una de las más que cuestionables elecciones de pretendientes. Pero sus malas palabras y sus golpizas me han dejado meridianamente claro que ya no está dispuesto a que continúe con mi negativa.

Su idea para conseguir mayor recompensa por mi honor ha sido organizar un espectáculo de subastas para poder desposarme al mejor postor. Sinceramente, señoría, al principio creí que se trataba de un delirio fugaz nacido de su afición a la bebida. Jamás podía haber concebido que un padre cristiano pudiese hablar de la intachable honra de su hija en según qué términos, pero… poco a poco la idea de la subasta ha tomado una forma esperpéntica y terrorífica hasta llegar al punto en el que ha dejado de interesarle el matrimonio o mi futuro tras el evento y temo que que ya he llegado a un punto en el que mi padre plantea una segunda subasta para el caso de que, tras deshonrarme, me regresen a casa con él.

A mi puerta han venido hombres de dudosa reputación, esclavistas e incluso propietarios de conocidos burdeles con el único objetivo de participar en la subasta. Sé que lo que le estoy contando parece algo increíble ya que tanto la esclavitud y el proxenetismo están perseguidos y penados en nuestro reino, pero así mismo también le recuerdo que no están erradicados y que mi padre continúa siendo el Alcalde de Merlow bajo la gracia de su majestad y es por ello que el evento dispone de los permisos legales y del amparo de la corona.

Le juro que he intentado parar toda esta locura antes de quebrantar mi castigo y recurrir a usted, mi señor, mi única esperanza. Le ruego que escuche esta desesperada súplica de una mujer agonizante pues será la última, ya que, tras ser subastada, no le enviaré más misivas. Aceptaré mi desdichado sino como mujer.

Así pues, le envío todas cuantas posesiones todavía conservo en este mundo para que las guarde en mi memoria o, si en su infinita bondad decidiese ayudarme, tenga a bien venderlas y acudir a la subasta para pujar por mi desdichada alma.

Unos meses antes de decidir buscarle de nuevo, cansada del sufrimiento de esta vida planeé caminar al vacío desde la torre más alta de Merlow. Allí, entre lágrimas de desdicha recordé que hace años usted me escribió hablándome de su matrimonio y dijo que que la tortura física sólo nos hace más fuertes mientras que de lo verdaderamente insoportable era el desconsuelo del alma. Entonces no había entendido aquellas palabras, pero en lo alto de aquella torre comprendí con toda claridad su significado.

Usted, señoría, representa para mí el único consuelo de mi alma. La subasta tendrá lugar el próximo jueves 16 en la peana principal del mercado de Merlow, frente a la posada hacia la media mañana.

Siempre su amiga y colega.

Evelyn Cartland

…”

El conde estrujó el papel con ira y abrió la caja para encontrarse en su interior unos viejos libros, un joyero deliciosamente tallado a mano en cuyo interior albergaba unas pocas monedas de plata y un sobrio y envejecido collar de perlas.

El hombre pasó las yemas de los dedos sobre el collar con contenida impaciencia, se separó violentamente de aquellas posesiones como si quemasen. Se acercó al polvoriento espejo y observó detenidamente su deforme reflejo. Dio un violento golpe contra el mueble que lo sostenía y se dirigió nuevamente al escritorio para escribir a toda velocidad, luego llamó a Benwell.

— Consiga un carruaje y caballos, prepárese para viajar a Merlow mañana, y envíe esto a Londres con urgencia— dijo el conde entregando el sobre lacado al criado.

— Pero señor, Merlow está a tres días de camino y…

— Tenemos que llegar antes del jueves a media mañana.

— Hoy es Martes señor, temo que no…

— ¿Y Qué demonios hace aquí todavía? — Rugió el conde fuera de sí— ¡Vaya a prepararlo todo!

El marido enmascarado

sin-nombre

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Lo que pasó con Laura

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte…

Yo coincidí con la mía en un café, de vuelta de una noche de farra. Me pareció tan divertido encontrarme una doble que me no pude resistir a quedar con ella de nuevo.
Se llamaba Laura, siempre me estaba hablando de su vida. Al parecer, fue muy diferente a la mía. Su infancia había estado marcada por el abandono, los abusos y no sé cuántos rollos más. Se pasó la niñez peleando con todo y todos, saltando de casa en casa de acogida. Había desarrollado no sé qué trastorno traumático que la impedía relacionarse de forma normal y quería llamar la atención haciéndose la conflictiva, o eso me contó.

Me daba dolor de cabeza, siempre con problemas, se sentía sola… nunca entendí lo que me quería decir con “mendigar cariño”. El caso es que era una tía rara.
Reconozco que si la acogí en un principio fue porque me parecía divertido tener una especie de copia a mi lado y, al final, porque acabé sintiendo algo de lástima por ella.

Laura podía parecerse a mí físicamente, pero en el resto no. Vestía ropa barata, nunca se ponía tacones y no acudía a la peluquería. Era una chica solitaria, ridículamente tímida, impresionable y mojigata. Siempre preocupada por todo y por lo que los demás pensasen de ella. Me costó hacerla parecer una persona casi normal.

La adopté al más puro estilo “My Fair Lady”. Ella, por supuesto, estaba encantada. Es evidente que me veía como una especie de modelo a seguir.

Y es que yo soy parte de una élite exclusiva de lo más IN-. Soy in-novadora, in-creíble, in-cendiaria, in-verosímil… Mi vida era fabulosa cuando la conocí. Una vida lujosa y relajada, un debate entre comprarme un Moschino o unos Manolo Blahnik, elegir qué fiesta es la mejor y cual la chica más popular. Suena fantástico ¿Verdad?¿Quién no querría vivir así? Es lógico que ella quisiese entrar en mi mundo, y yo la dejé, invertí mi valioso tiempo en hacer de ella alguien como yo.
Mi círculo de amistades se revolucionó cuando la presenté. Todos nos confundían continuamente y les encantaba adivinar quién era quién ¡Era genial! Y todas la envidiaban por parecerse tanto a mí. A ella parecía gustarle aquello, incluso de vez en cuando bromeaba y me llamaba “hermanita”.

Realmente ahora creo que se creía algo así como mi gemela, en todo caso, a veces me divertía. Era como ver mi otra cara.

No les caía demasiado bien a mis amigas, pero nos acompañaba porque quería. Nos encantaba meternos con ella, reconozco que alguna siempre se pasaba, pero es que saltaba como un gato ante la mínima, era la monda. El punto es que al final ella siempre le quitaba importancia, nos perdonaba y volvía.

La noche en que todo pasó. Mi amiga Sara había organizado una gran fiesta privada. Había cortado con su último novio así que trajo varias botellas, unos gramos y unos amigos bien dotados para resarcirse.

Un gustazo de los que hay que usar dilatador y mucho lubricante.

No le dijimos nada, como es lógico. Laura era una estrecha y pensamos que necesitaba un poco de acción por su propio bien. Además, jamás se hubiese apuntado voluntariamente, aunque creo que era evidente que fantaseaba con nosotras.
Al principio Laura se puso nerviosa, no nos quedó más remedio que ponerle algo en la bebida para que se dejase hacer. Más tarde, no sé qué le sucedió, se puso a llorar, gritar y quiso escapar. Supusimos que le gustaban estas cosas en plan fuerte, así que le seguimos el juego e intentamos que lo disfrutase.

Vamos a ver, siendo sincera, cualquiera que tuviese dos hombres y dos mujeres entregadas exclusivamente a hacerle todo cuanto le hicimos, disfrutaría. Estoy segura que estuvimos a la altura de las circunstancias.Y sin embargo… se comportó como si lo hiciésemos mal. Se marchó corriendo en cuanto terminamos hecha un mar de lágrimas.

Si es que… de verdad, no sé qué es lo que quería que le hiciésemos. Ya dije que era muy rara, pensé que haría lo de siempre, quitarle importancia y volver.
Me llevé una desagradable sorpresa cuando nos envió a la policía con la historia de que la habíamos violado. Después de lo bien que me porté con ella, de haberle cambiado la vida, me traiciona.

Espero que el cuando el juez vea el vídeo que hicimos aquella noche la condene por denuncia falsa.

 

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 38 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

Capucha osito de peluche ¡Para comérselo!

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Hola, ¡Cuanto tiempo! Os tenía un poco abandonados, pero estuve ocupada y todavía no tengo el hábito del blog.

Os cuento un poco, ayer, buscando un posible regalo de cumpleaños DIY para mi pequeño sobrino Julio, me encontré con este interesante artículo en el blog de lemonsqueezyhome

Me gustaría compartir la idea que ha tenido esta blogera y diseñadora , que es realmente adorable. Seguir leyendo

El calcetín rojo…

Hola a todos, os traigo el un ejercicio de prácticas narrativas.

En este caso se me solicitaba un texto entre 300  y  750 palabras que mantuviese la estructura de presentación-desarrollo/acción- desenlace.

La presentación debía comenzar con la frase “Se pasó una hora buscando el calcetín rojo.” En el texto tenía que contar quién y por qué. ¡Ah! y debía escribir dejándome llevar, así que lo hice en una sola sesión, por supuesto.

Espero que os guste, abajo estará habilitada la zona de comentarios para vuestros comentarios y críticas. 

La cita

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Y es que Sonia era así, despistada, acelerada , caótica… hasta tal punto que podría perder la cabeza en múltiples sentidos si no la llevase unida al cuerpo. Podría perder incluso un buey en su minúsculo apartamento. Entrar en pánico durante la búsqueda, para luego encontrar algo que creía perdido y olvidarse de todo lo demás.

Llevaba toda la tarde preparándose para aquella cita, pero… en vez de encontrar el dichoso calcetín, había encontrado un pendiente que llevaba meses sin pareja, un libro de la biblioteca (le cobrarían recargo otra vez) y el cargador de su antiguo móvil (sí aquél que había tenido que bajar a la tienda a comprarse otro porque no lo encontraba).

El teléfono volvió a sonar ahogado.

— ¿Dónde demonios he puesto el móvil ahora?— Estalló al escucharlo tan apagado.

Olvidó el calcetín y comenzó a la pata coja la búsqueda del teléfono agonizante.

Diez minutos después de infructuosa búsqueda, alguien llamó a su puerta. Lo primero que hizo fue mirar el reloj y comprobar que no podía ser su cita, ya que faltaba más de media hora, además, aún no sabía en qué puerta vivía ella. Decidió no abrir pero, al cabo de unos minutos, su móvil volvió a sonar, seguido por una nueva insistencia en la puerta.

Al borde del llanto, sin peinar, a medio vestir y exasperada por no encontrar el teléfono móvil que no dejaba de sonar, abrió la puerta irritada y sin mirar siquiera. Se quedó petrificada al verle allí, móvil en mano. Perfectamente peinado, trajeado y con zapatos relucientes.

—¿Qué haces aquí?—Fue lo único que acertó a balbucear.
—Te estaba llamando—sonrió inocentemente señalando su móvil, que todavía daba tono.
—No lo encuentro…

Él sonrió y entró en la casa como si hubiese sido invitado. Se detuvo en la entrada en silencio y luego, descubrió el móvil de Sonia en la mesa cercana, bajo el bolso.

—Esto… no… ¿íbamos “sólo” a cenar?—preguntó intimidada por la formalidad de las ropas de él.
—Sí, claro.—sonrió él observando el caótico y minúsculo apartamento- Así que ésta es tu cueva… Es bonita
—Tendré que cambiarme.
—¿Por qué? Así estás bien.—Afirmó observando alrededor con curiosidad.

Sonia se miró a sí misma, pantalones vaqueros cortos desgastados, camiseta floja y sin planchar, sólo un calcetín puesto bajo su respectiva zapatilla de deporte. Se sintió muy poco a la altura de aquel imponente y trajeado hombre.

—¿Para qué hora has reservado?
—¿Reservado?, me invitabas a cenar en tu casa

Alejando la siguió al dormitorio mientras ella se iba quitando las prendas por el camino. Al llegar, se quedó estupefacta al ver que él había recogido y doblado cuidadosamente la ropa que había tirado de cualquier manera y procedía a hacerlo mismo con el montón de la silla sin ningún reparo.

—¿Cuándo te invité a cenar?
—Dijiste que hacías la mejor pizza de la ciudad, estaba implícito.
—Sé dónde se hacía la mejor pizza de la ciudad, ¡Yo no cocino!
—¡Bien! Entonces iremos allí ¿reservo mientras terminas?
—No puedes ir así vestido.
—¿por qué? ¿qué tiene de malo mi ropa?
—¡Aquello es un antro! ¡no se va a los antros con traje de marca!
—No será tan malo si tiene normas de etiqueta.

Sonia suspiró mientras volvía a ponerse rápidamente la misma ropa que se había quitado. Él parecía sumamente divertido con toda aquella situación mientras que ella rumiaba los miles y diferentes motivos por los que aquella relación terminaría mal.

Sólo les unía un enorme apetito sexual y una gran conexión en la cama. Más allá, ellos pertenecían a mundos diferentes, tenían personalidades diferentes… ¡Por dios! Él era un hombre de negocios de éxito que ganaba miles por mes, ella una simple traductora con un sueldo precario y dificultades para pagar sus tarjetas. Él era un hombre educado en los mejores colegios privados, que practicaba deportes y acudía a grandes fiestas benéficas y ella había estudiado en la pública, con un trabajo de media jornada para pagarse los estudios, su deporte preferido era el sofá y lo más parecido a una fiesta benéfica que había presenciado había sido una recaudación de fondos para una vecina con cáncer.

Él tenía cada segundo de su organizada vida planificado, Ella apenas podía recordar cuándo tomarse la anticonceptiva…

¿Anticonceptiva? ¿cuándo fue su último..? Pensó y calculó.

—¿Estás lista?—Preguntó él entregándole el calcetín rojo que le faltaba.
—Sí, esto… Alejando… ¿podemos parar en una farmacia antes?
—¿Te encuentras mal?