El mentiroso

En la psicología existe una patología secundaria denominada “in personati mendacium”(si usamos un diccionario de latín podemos traducirlo literalmente como “las mentiras de la mentira”).La sufren los mentirosos compulsivos cuando éstos son capaces de hacer o decir cualquier cosa para continuar con su farsa constituyendo incluso un peligro para ellos mismos o para su entorno. El descontrol de esta patología asociada puede tener consecuencias terribles para el paciente y su entorno.
Por ejemplo, son capaces de lesionarse para hacer creíble el haber sufrido golpes o incluso matar para fingir que se defendían.
Trabajaba en servicios sociales realizando acompañamiento, evaluación y seguimiento de niños con diversos problemas y mi último caso se llamaba Carlos.
Era un pequeño de seis años con múltiples problemas, quizás el más grave, ser un mentiroso compulsivo llegando hasta el punto de crear una verdad tan elaborada que resultaba imposible discernir la realidad de su situación.

Sus mentiras se centraban siempre en la figura del hermano. Quien, como pudimos saber después de una sencilla investigación, contaba con meses de vida cuando el comportamiento de Carlos empezó a constituir un problema.

Según Carlos, su hermano era el responsable de toda clase de actos contra su entorno o persona. Un cuarto completamente destrozado, desaparecer del parque, ropas rotas y sucias… Aunque la alerta saltaba cuando sucedían cosas como los recurrentes olvidos por parte de sus padres.
Y digo olvidos, porque no sabría clasificar esos comportamientos tan erráticos de otro modo.

Cosas como no recoger al pequeño en el colegio, asegurando a la policía que sí lo habían hecho. O al contrario, se irse a trabajar tranquilamente y dejar al pequeño en casa y luego afirmar que le habían dejado en el centro. Frecuentes marcas de agarres en sus brazos, arañazos en sitios inexplicables…

Muchas veces me preguntaba si las mentiras eran un rasgo de esta familia. La preocupación venía al revisar las cámaras de seguridad, en donde podíamos comprobar que realmente los padres sí habían estado en el colegio. Todos se comportaban de manera demasiado extraña.
A veces pensaba que Carlos hacía todo esto para ocultar los celos por su hermano pequeño, he llegado a creer que su situación podía ser debida al intentar encubrir las mentiras de sus padres. Aunque, cuando le escuchaba hablar con tanta convicción sobre cosas como que su hermano tenía una fuerza increíble o que bebía su sangre, me convencía de sufrir algún trastorno psiquiátrico.
Ante la gravedad de los últimos sucesos me tuve que hacer cargo de Carlos en el piso de acogida ya que, de manera preventiva, habían retirado la custodia a los padres.

Carlos había aparecido en el colegio él solo con su pequeña cara llena de golpes y rasguños. Aterrado, aseguraba que su hermano, le había dado la terrible paliza durante la noche. Los golpes eran tan violentos y los arañazos tan profundos que fue muy difícil creer que él mismo se lo hubiese hecho y sus padres fueron incapaces de explicar qué había sucedido. Incluso aseguraron haber dejado al niño sano aquella mañana.

Se estaba perdiendo a ese niño, la próxima vez podía intentar matarse o podían intentar matarlo. Necesitaba que contase la verdad de una vez por todas.
Decidí que su primer día lejos de sus padres fuese algo positivo. Compré unas entradas de cine, le llevé a ver una película y pasé toda la tarde con él, incluso compré un antifaz para jugar a superhéroes durante un buen rato.

Me sorprendió darme cuenta que, a pesar de muchas cosas por las que está pasando, Carlos es un niño muy dulce, cariñoso Y su buen comportamiento. No quiso que le dejase solo ni un sólo momento y durante toda la película no soltó mi mano.

Al llegar la noche fui consciente de que él no era más que un niño asustado. Le acosté en su cama e intenté que se sintiese protegido. Encendí una luz, abrí los armarios y le aseguré que no había monstruos, aunque no me creyó.
Cuando quise mirar bajo la cama, no me dejó. Se echó a llorar aterrorizado ante el miedo de que su hermano pudiese estar allí escondido.

—Tu hermano está con tus padres, Carlos. Ahí no hay nadie, miraremos juntos—le dije para tranquilizarlo.

Ambos nos arrodillamos y miramos bajo la cama. Allí, un niño exactamente igual a Carlos nos sonreía de manera muy siniestra mientras se arrastraba hacia nosotros.

—¿Lo ves tu también?—Preguntó con miedo

Eso fue lo último que escuché.

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 42 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

El amuleto

Espero al pie de la escalera. Soy fácilmente distinguible, llevo una sudadera de color naranja con el número doce escrito en la espalda. Espero que ella salga a mi encuentro. Estoy inquieta y no dejo de girar la antigua alianza de mi abuela.
No sé por qué esta mañana cuando me llamó y me suplicó que viniese a conocerla acepté venir. No me gustan las personas mayores y menos aún los desconocidos, pero me insistió tanto que acabé por ceder.

—¿Belén?—dice una suave voz a mis espaldas.

Una señora pequeña, de unos setenta años, un poco entrada en kilos, con el pelo torpemente teñido de rubio y los labios pintados de un llamativo color me sonríe de manera familiar cuando me giro.

—¿Doña Alejandra?
—Qué bueno que viniste—dice con un característico acento argentino.

No sé qué responder, fue ella la que me insistió hasta que lo hice, así que sonrío un poco forzada mientras ella me abraza como si me conociese de toda la vida.

—No sabes cuánto te agradezco que hayas venido a charlar un rato y hacerme compañía. —Sonríe completamente excitada mientras me dirige por los pasillos de la residencia—. Tengo un regalo muy especial para ti. En cuanto me cogiste el teléfono supe que tenía que ser tuyo, ¿cómo está tu abuela? Quisiera saber cómo le fue en todos estos años.

Me siento incómoda, suelo sentirme así con la gente que no conozco o en lugares extraños y tan siniestros como aquella residencia de ancianos. Tampoco contribuye el hecho de que esta señora no deje de parlotear sin darme opción a responder. Parece que tiene tantas ganas de hablar con alguien nuevo que se le olvida escuchar mis respuestas.

—Toma, mi niña, en agradecimiento por venir a escuchar las divagaciones de esta viuda solitaria—dice nada más llegar a su cuarto.

La señora deposita con orgullo en mis manos un frasco de vidrio unido a un cordón en donde se aprecia alguna especie de diminuto feto de roedor flotando en su interior.

—En realidad no es molestia, no tiene usted por qué regalarme nada.

Lo reconozco, estoy tan sorprendida que no puedo sino otra cosa que ser amable y volver a sonreír con una mueca forzada¿Cómo se reacciona cuando te regalan una rata muerta?¿Padecerá esta señora alguna clase de demencia?

—Ya sé que no es un artículo muy ortodoxo—dice ella con una sonrisa mientras hace funcionar un viejo tocadiscos—. Pero es poderoso.
—¿Esto? ¿Poderoso?, ¿a qué se refiere?

La música de los violines comienza a interpretar el famoso tango “Por una cabeza” de Carlos Gardel y baña al instante toda la estancia de una agradable, dulce y cercana sensación. Casi me parece estar oliendo el mate de mi abuela.

—¿La conoces?—pregunta Doña Alejandra.

Asiento mientras alargo la mano para devolver el obsequio.

—Mi marido era un bailarín de tango muy apasionado. Aprendió solamente porque yo daba clases —Continúa su charla con una sonrisa melancólica ignorando mi gesto—. Nadie pensaría que alguien tan aburrido y serio como él pudiese bailar de ese modo, pero ya sabes cómo son estas cosas del destino. Me cortejó a toda costa y eso hizo que conociese la pasión del baile.
—¿Y qué tiene que ver eso con esto?—pregunto dejando colgar el recipiente sujetándolo tan sólo por el cordón y dejando que bailotee en el aire.
—Muchos roedores han sido y son un gran talismán en todas las culturas para atraer el destino—argumenta sentándose en una silla—.Sin ir más lejos, en la India la rata es la cabalgadura de Ganesa, la divinidad del destino y la sabiduría. En África, La Jerboa se la considera fuertemente relacionada con la adivinación. En oriente el ratón atrae la buena ventura y en occidente se usan para la magia. Tenemos ejemplos por toda la historia y las culturas.
—Así que llevar un bicho muerto al cuello me va a ayudar a dar suerte—respondí con sorna.
—Ése es un roedor especial, querida. Y una vez lo pongas al cuello te mostrará las consecuencias de cada decisión que tomes.
—¿No me diga?-reí con ironía.
—¿Crees que bromeo? Tengo demasiados años como para bromear con estas cosas.

A Doña Alejandra parece no importarle mi sana incredulidad, sonríe misteriosamente y empuja con su mano la mía en un gesto para que me lo ponga al cuello.

— Créeme, podrás leer en el destino como si de un libro se tratase. Sólo Póntelo y dime qué ves.

 

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 41 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

Lo que pasó con Laura

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte…

Yo coincidí con la mía en un café, de vuelta de una noche de farra. Me pareció tan divertido encontrarme una doble que me no pude resistir a quedar con ella de nuevo.
Se llamaba Laura, siempre me estaba hablando de su vida. Al parecer, fue muy diferente a la mía. Su infancia había estado marcada por el abandono, los abusos y no sé cuántos rollos más. Se pasó la niñez peleando con todo y todos, saltando de casa en casa de acogida. Había desarrollado no sé qué trastorno traumático que la impedía relacionarse de forma normal y quería llamar la atención haciéndose la conflictiva, o eso me contó.

Me daba dolor de cabeza, siempre con problemas, se sentía sola… nunca entendí lo que me quería decir con “mendigar cariño”. El caso es que era una tía rara.
Reconozco que si la acogí en un principio fue porque me parecía divertido tener una especie de copia a mi lado y, al final, porque acabé sintiendo algo de lástima por ella.

Laura podía parecerse a mí físicamente, pero en el resto no. Vestía ropa barata, nunca se ponía tacones y no acudía a la peluquería. Era una chica solitaria, ridículamente tímida, impresionable y mojigata. Siempre preocupada por todo y por lo que los demás pensasen de ella. Me costó hacerla parecer una persona casi normal.

La adopté al más puro estilo “My Fair Lady”. Ella, por supuesto, estaba encantada. Es evidente que me veía como una especie de modelo a seguir.

Y es que yo soy parte de una élite exclusiva de lo más IN-. Soy in-novadora, in-creíble, in-cendiaria, in-verosímil… Mi vida era fabulosa cuando la conocí. Una vida lujosa y relajada, un debate entre comprarme un Moschino o unos Manolo Blahnik, elegir qué fiesta es la mejor y cual la chica más popular. Suena fantástico ¿Verdad?¿Quién no querría vivir así? Es lógico que ella quisiese entrar en mi mundo, y yo la dejé, invertí mi valioso tiempo en hacer de ella alguien como yo.
Mi círculo de amistades se revolucionó cuando la presenté. Todos nos confundían continuamente y les encantaba adivinar quién era quién ¡Era genial! Y todas la envidiaban por parecerse tanto a mí. A ella parecía gustarle aquello, incluso de vez en cuando bromeaba y me llamaba “hermanita”.

Realmente ahora creo que se creía algo así como mi gemela, en todo caso, a veces me divertía. Era como ver mi otra cara.

No les caía demasiado bien a mis amigas, pero nos acompañaba porque quería. Nos encantaba meternos con ella, reconozco que alguna siempre se pasaba, pero es que saltaba como un gato ante la mínima, era la monda. El punto es que al final ella siempre le quitaba importancia, nos perdonaba y volvía.

La noche en que todo pasó. Mi amiga Sara había organizado una gran fiesta privada. Había cortado con su último novio así que trajo varias botellas, unos gramos y unos amigos bien dotados para resarcirse.

Un gustazo de los que hay que usar dilatador y mucho lubricante.

No le dijimos nada, como es lógico. Laura era una estrecha y pensamos que necesitaba un poco de acción por su propio bien. Además, jamás se hubiese apuntado voluntariamente, aunque creo que era evidente que fantaseaba con nosotras.
Al principio Laura se puso nerviosa, no nos quedó más remedio que ponerle algo en la bebida para que se dejase hacer. Más tarde, no sé qué le sucedió, se puso a llorar, gritar y quiso escapar. Supusimos que le gustaban estas cosas en plan fuerte, así que le seguimos el juego e intentamos que lo disfrutase.

Vamos a ver, siendo sincera, cualquiera que tuviese dos hombres y dos mujeres entregadas exclusivamente a hacerle todo cuanto le hicimos, disfrutaría. Estoy segura que estuvimos a la altura de las circunstancias.Y sin embargo… se comportó como si lo hiciésemos mal. Se marchó corriendo en cuanto terminamos hecha un mar de lágrimas.

Si es que… de verdad, no sé qué es lo que quería que le hiciésemos. Ya dije que era muy rara, pensé que haría lo de siempre, quitarle importancia y volver.
Me llevé una desagradable sorpresa cuando nos envió a la policía con la historia de que la habíamos violado. Después de lo bien que me porté con ella, de haberle cambiado la vida, me traiciona.

Espero que el cuando el juez vea el vídeo que hicimos aquella noche la condene por denuncia falsa.

 

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 38 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

La tirada del destino

La puerta se abrió moviendo las llamas de las velas que rodeaban a Celeste. La gran figura se mostraba bestial y peligrosa. Sus pasos firmes y masculinos se detuvieron ante ella. Otro en su lugar tendría miedo, pero la bruja pareció ignorarlo mientras continuaba ojeando su tirada de cartas de tarot.

—¿Qué quieres?
—¿Acaso no te lo dicen tus cartas?
—Las cartas me dicen muchas cosas de mucha gente, sobre ti, más de lo que te gustaría.
—¿De ella también te dijeron muchas cosas?

La bruja continuó tirando en silencio.

—Mírame cuando te hablo.-Dijo golpeando la mesa violentamente.
—Tu no has venido a hablar ni yo estoy aquí para mirarte.
—He venido a que arregles lo que me has roto.
—No te he roto nada.
—¡Tu les uniste!
—El destino les unió, yo no tuve nada que ver
—¡Les hiciste un hechizo!
—No sé de dónde has sacado esa absurda idea.
—Sé que tu eres la artífice de todo esto…
—Los conjuros de amor no están en mi cuaderno de recetas ya deberías saberlo.
—Tu libretita de recetas no es la única ¿crees que no sé que puedes comprar otras recetas? ¿que existen otros libros más poderosos? ¿A quién acudiste?
—El amor y el destino no obedecen a la magia, te garantizo que no existe ninguna posibilidad de que interfiriese en esto.
—¡Me importa una mierda!
—Debo insistir, no soy responsable de lo que me acusas.
—Pues quiero que lo soluciones ahora.¡Me has arruinando la vida!¿es que no lo ves?
—No lo puedo solucionar, nadie en este mundo tiene ese poder.-Sonrió- Tampoco lo haría si pudiese, pero eso es otra historia.
—¡Joder!¡maldita hora que me casé con una bruja!Te lo advierto, deshaz todo esto ¡O te arrepentirás!.
—No.
—No te estoy dando a elegir.
—Pero esta vez elijo, y digo que no.
—Deja de actuar como una zorra y haz lo que te digo.
—Actúo como lo que se supone que soy.¿No era eso lo que me llamaste cuando me abandonaste por ella? O no… espera ¿Puta bruja? ¿perra mentirosa? ¿zorra aprovechada? No sé… siempre me confundieron tus términos amorosos.
El furioso hombre explotó volcando la mesa que les separaba y agarró a Celeste por el pecho del vestido. La elevó hasta su nivel como si de una pluma se tratase y luego, la zarandeó en el aire sin apenas esfuerzo.

—No me obligues a hacerte daño.
—¿Otra vez?- Preguntó sin aliento pero con una sonrisa mientras era sacudida- ¿cuántas veces más crees que podré aguantar?

El acceso de ira inundó al hombre que la arrojó violentamente sobre el escritorio que se situaba tras ellos. Algunas velas cayeron rodando por el suelo, otras se apagaron dejando la habitación sumida en una macabra y siniestra iluminación. Mientras, el atacante destrozaba a brutales golpes el débil cuerpo de Celeste como un animal rabioso.

No, no había sido ella la artífice de todo aquello. No podía interferir en la vida de los humanos en beneficio propio, era delito en el mundo de la brujería. Celeste ya había renunciado a sus poderes una vez por culpa de ese hombre, no iba a permitir que se los quitaran de nuevo.

Arrebujada sobre sí misma en el suelo y cubierta de sangre, observaba con extraño regocijo la imponente figura de su agresivo atacante, antaño marido y amante. Las llamas ardían en el cuarto no se acercaban ni lo más mínimo a las que su mirada transmitía al verle allí. Rabioso por haber perdido aquello que amaba, por haber sido abandonado, por sentir lo mismo que ella sintió cuando él se lo hizo a ella.

La sangre cayó de sus labios emborronando su sonrisa victoriosa mientras exhalaba su último aliento. Ni con toda la magia del mundo ella podría haber urdido una venganza mejor que la que el propio azaroso destino le había procurado a aquel maldito hombre…

Sí, sabía que él viviría muchos años más, pero en una cárcel por haberla matado. Viviría marcado de por vida por las caricias del fuego de aquella noche, rehuido por todos. Torturado por el abandono de su único amor verdadero.


—Dulce venganza…- Sonrió Celeste echando la última carta al tablero.
—Entonces… ¿mi hombre dejará a su esposa por mí? ¿ella se vengará?- Preguntó la mujer que se sentaba ante la mesa de tarot.
—Su tirada dice muchas cosas…- Respondió retirando las cartas hábilmente- Sólo puedo asegurarle que, haga lo que haga y tarde o temprano, todos pagamos las consecuencias de nuestros actos.

 

 

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 37 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.