La voz del personaje – Roberto

Hola a todos, os traigo un ejercicio de prácticas narrativas. En este caso estará dividido en dos partes.  

En el ejercicio en sí se me solicitaba un texto sin límite de palabras en el que se presentase un personaje principal hablando en primera persona con el lector.  

En el texto se debe oír la voz del personaje, es decir, que se debe lograr el objetivo de que el lector recree esta charla del personaje principal hablando con ellos.

He intentado presentar dos trabajos diferentes entre sí en cuanto a estilo, contenido, personajes y voz interior.

Espero que os guste, abajo estará habilitada la zona de comentarios para vuestros comentarios y críticas. 

Roberto

Dime,¿Qué más podría desear un hombre con treinta y un años? Es el mejor momento de la vida para tener éxito, poder, dinero y mujeres. Lo suficientemente joven para vivir sin ataduras y lo suficientemente mayor como para no cometer estupideces de niñatos.

Lo sé, soy un verdadero privilegiado.

Soy consciente de que muchos otros hombres estarían pensando en buscar una pareja que le aportase estabilidad, quizás planificando un par de hijos, una casa de dos plantas con jardín trasero y piscina.

Pero esa vida no está hecha para mí, ésa es una vida de conformistas, no para triunfadores.

Una persona que sabe que tiene una mujer en casa no necesita demostrar lo que vale cada día ni su capacidad de conquista.
Así mismo, al tener hijos pierdes el espíritu de riesgo porque las prioridades cambian y un padre desea darle estabilidad a sus hijos. Para mí, ser padre arranca las ansias de aventura de raíz… todo se vuelve seguro, cotidiano… estable.

Cualquier buen hombre de negocios sabe que la familia es incompatible con el genuino éxito. Y yo, yo soy un triunfador ¡y de los mejores!, además.

Es la mejor cualidad que nadie pueda poseer. Yo soy un triunfador porque me obsesiona el control, desde que era muy pequeño, y eso me ha llevado a trabajar siempre tan duro para lograr lo que deseaba. Pienso que cuando quieres algo de verdad en la vida, debes centrarte únicamente en ello y controlarlo minuciosamente para que no se eche a perder.
Limitarse a estudiar dos temas para un examen de historia no sirve si no puedes contextualizar los sucesos dentro del conjunto así que… ¿por qué no aprender todo el maldito libro y así manejar cada detalle que relaciona el tema a tratar?

Esa era mi filosofía, control, control y control. Cuanto más se controla y analiza, mejores resultados se obtienen. Aplicar el control a todas las áreas de mi vida me proporciona el éxito del que me rodeo diariamente.

También me gusta el éxito que conlleva el triunfo, creo que es lógico ya que depende en gran medida del control y de la obsesión. Si eres una persona capaz de enfocar cada uno de tus pensamientos y actos hacia un único objetivo, logras el éxito, el reconocimiento y la merecida recompensa de los triunfadores.

Me gusta ser como soy. El éxito me da hado todo lo que siempre he ansiado. Libertad poder para decidir por mí mismo, dinero para financiar mis voluntades y también ha dispuesto cientos de mujeres en mi camino que, deseosas de absorber un poco de mi triunfo, o de mi dinero, han cedido a cualquiera de mis caprichosos deseos.

Me gusta mi vida tal y como es. Mañanas de trepidante trabajo en bolsa manejando asuntos financieros de vital importancia, comidas de negocios, vacaciones en lugares paradisiacos, cenas en los mejores restaurantes con mujeres deseosas y exuberantes que… si me apetece, puedo acompañar a las fiestas más exclusivas o subirlas a una habitación de hotel o poder regresar a la absoluta tranquilidad de mi apartamento.

Di lo que quieras, pero sé que todos desearían vivir la vida que yo llevo, aunque pocos serían capaces de cumplir con las obligaciones y sacrificios que conlleva el éxito.

Sí, por supuesto que la vida de éxito lleva obligaciones y sacrificios. ¿Qué vida está exenta de ellos?

La vida que yo he tomado me obliga a ser espectador de muchas cosas que me hubiese gustado experimentar, como por ejemplo el hecho de que alguien se preocupe de forma genuina por mi, y no sólo por el dinero que represento o que puedo hacerle ganar. Incluso también añadiría que me priva de poder preocuparme del mismo modo por otra persona porque jamás sería correspondido del mismo modo.

También me obliga a observar a la gente hasta límites que a veces me planteo si son mezquinos. Analizo secretamente su lenguaje no verbal, su manera de trabajar, de hablar con otras personas cuando yo no estoy, de tratar a otras personas que no son yo.
Cuando el éxito está por medio, las personas mienten. Todos se quieren aprovechar de todos. Si tienes talento, fama, dinero o cualquier cosa que otro ansíe, no dudes en que te ocultará su parte más horrible. Por eso, si deseas conservar tu éxito, debes observar de manera pormenorizada todo y a todos los que te rodean.

Pero alcanzar el éxito también es eso, descubrir qué personas te ocultan cosas, se aprovechan de tu trabajo o de ti. Falsos compañeros y amigos, amantes poco convenientes o incluso, por qué no, observar a otras personas con el éxito que tu deseas para aprender de ellos e imitar sus pasos.

El calcetín rojo…

Hola a todos, os traigo el un ejercicio de prácticas narrativas.

En este caso se me solicitaba un texto entre 300  y  750 palabras que mantuviese la estructura de presentación-desarrollo/acción- desenlace.

La presentación debía comenzar con la frase “Se pasó una hora buscando el calcetín rojo.” En el texto tenía que contar quién y por qué. ¡Ah! y debía escribir dejándome llevar, así que lo hice en una sola sesión, por supuesto.

Espero que os guste, abajo estará habilitada la zona de comentarios para vuestros comentarios y críticas. 

La cita

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Y es que Sonia era así, despistada, acelerada , caótica… hasta tal punto que podría perder la cabeza en múltiples sentidos si no la llevase unida al cuerpo. Podría perder incluso un buey en su minúsculo apartamento. Entrar en pánico durante la búsqueda, para luego encontrar algo que creía perdido y olvidarse de todo lo demás.

Llevaba toda la tarde preparándose para aquella cita, pero… en vez de encontrar el dichoso calcetín, había encontrado un pendiente que llevaba meses sin pareja, un libro de la biblioteca (le cobrarían recargo otra vez) y el cargador de su antiguo móvil (sí aquél que había tenido que bajar a la tienda a comprarse otro porque no lo encontraba).

El teléfono volvió a sonar ahogado.

— ¿Dónde demonios he puesto el móvil ahora?— Estalló al escucharlo tan apagado.

Olvidó el calcetín y comenzó a la pata coja la búsqueda del teléfono agonizante.

Diez minutos después de infructuosa búsqueda, alguien llamó a su puerta. Lo primero que hizo fue mirar el reloj y comprobar que no podía ser su cita, ya que faltaba más de media hora, además, aún no sabía en qué puerta vivía ella. Decidió no abrir pero, al cabo de unos minutos, su móvil volvió a sonar, seguido por una nueva insistencia en la puerta.

Al borde del llanto, sin peinar, a medio vestir y exasperada por no encontrar el teléfono móvil que no dejaba de sonar, abrió la puerta irritada y sin mirar siquiera. Se quedó petrificada al verle allí, móvil en mano. Perfectamente peinado, trajeado y con zapatos relucientes.

—¿Qué haces aquí?—Fue lo único que acertó a balbucear.
—Te estaba llamando—sonrió inocentemente señalando su móvil, que todavía daba tono.
—No lo encuentro…

Él sonrió y entró en la casa como si hubiese sido invitado. Se detuvo en la entrada en silencio y luego, descubrió el móvil de Sonia en la mesa cercana, bajo el bolso.

—Esto… no… ¿íbamos “sólo” a cenar?—preguntó intimidada por la formalidad de las ropas de él.
—Sí, claro.—sonrió él observando el caótico y minúsculo apartamento- Así que ésta es tu cueva… Es bonita
—Tendré que cambiarme.
—¿Por qué? Así estás bien.—Afirmó observando alrededor con curiosidad.

Sonia se miró a sí misma, pantalones vaqueros cortos desgastados, camiseta floja y sin planchar, sólo un calcetín puesto bajo su respectiva zapatilla de deporte. Se sintió muy poco a la altura de aquel imponente y trajeado hombre.

—¿Para qué hora has reservado?
—¿Reservado?, me invitabas a cenar en tu casa

Alejando la siguió al dormitorio mientras ella se iba quitando las prendas por el camino. Al llegar, se quedó estupefacta al ver que él había recogido y doblado cuidadosamente la ropa que había tirado de cualquier manera y procedía a hacerlo mismo con el montón de la silla sin ningún reparo.

—¿Cuándo te invité a cenar?
—Dijiste que hacías la mejor pizza de la ciudad, estaba implícito.
—Sé dónde se hacía la mejor pizza de la ciudad, ¡Yo no cocino!
—¡Bien! Entonces iremos allí ¿reservo mientras terminas?
—No puedes ir así vestido.
—¿por qué? ¿qué tiene de malo mi ropa?
—¡Aquello es un antro! ¡no se va a los antros con traje de marca!
—No será tan malo si tiene normas de etiqueta.

Sonia suspiró mientras volvía a ponerse rápidamente la misma ropa que se había quitado. Él parecía sumamente divertido con toda aquella situación mientras que ella rumiaba los miles y diferentes motivos por los que aquella relación terminaría mal.

Sólo les unía un enorme apetito sexual y una gran conexión en la cama. Más allá, ellos pertenecían a mundos diferentes, tenían personalidades diferentes… ¡Por dios! Él era un hombre de negocios de éxito que ganaba miles por mes, ella una simple traductora con un sueldo precario y dificultades para pagar sus tarjetas. Él era un hombre educado en los mejores colegios privados, que practicaba deportes y acudía a grandes fiestas benéficas y ella había estudiado en la pública, con un trabajo de media jornada para pagarse los estudios, su deporte preferido era el sofá y lo más parecido a una fiesta benéfica que había presenciado había sido una recaudación de fondos para una vecina con cáncer.

Él tenía cada segundo de su organizada vida planificado, Ella apenas podía recordar cuándo tomarse la anticonceptiva…

¿Anticonceptiva? ¿cuándo fue su último..? Pensó y calculó.

—¿Estás lista?—Preguntó él entregándole el calcetín rojo que le faltaba.
—Sí, esto… Alejando… ¿podemos parar en una farmacia antes?
—¿Te encuentras mal?