Parte 21 – Cuidando del monstruo

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la vigésimo primera parte.

Evelyn subió las escaleras hacia el cuarto en el que se encontraba Gabriel. El ambiente se había enrarecido desde el incidente. Los criados, salvo los más antiguos como Winelda y Benwell, no osaban levantar la vista del suelo ante su presencia y procuraban hablar más bien lo necesario para no ser descorteses.

Todos se limitaban a cumplir las órdenes lo más rápido y eficiente posible para poder apartarse de su presencia o de la de Gabriel cuanto antes. Y Evelyn pasaba los días entre el cuarto de Gabriel, la cocina con Winelda o con los niños.
Gabriel permanecía en la cama desde el incendio con dificultad para respirar y fiebres esporádicas. Su malestar, lejos de mejorar, empeoraba cada día con la falta de sueño que provocaba los gritos de dolor de Karl y con ello, también empeoraba sensiblemente su humor con cada episodio de gritos, llegando un punto en el que los criados preferían que fuese Evelyn quien cuidase de su marido.
—Te he traído sopa— dijo Evelyn sentándose en la cama a su lado y depositando la bandeja a un lado.
—La condesa no debería servir sopa—respondió malhumorado entre sudores.
—Bueno, tu te has encargado de espantar buena parte de los criados y yo ya he despedido la otra parte, así que sólo tienes a tu esposa para servir.
—Si no tenemos criados, contrata otros, tu trabajo no es servirme.
—No, mi trabajo como tu esposa es cuidarte así que traer una sopa si te encuentras mal está más que justificado— le ignoró ella con ligereza.

Evelyn corrió las cortinas para que entrase la luz en el cuarto y comenzó a descubrir la cama.

—¿Qué haces?
—He mandado llenar la bañera con agua y traer unas sábanas limpias, vamos a airear este cuarto.
—Ahora no es buen momento, Evelyn—gruñó él vencido por las fiebres— que vengan mañana.
—Eso dijiste ayer y antes de ayer, llevas más de una semana sin salir de esta cama, sin lavarte y las fiebres no remiten. No voy a permitir que perezcas rodeado de mugre y sudor.
—¿y lavarme curará mi malestar?
—Pues no lo sé, por eso he mandado venir al doctor.
—¿Que has hecho qué?
—He mandado venir al doctor, te revisará después de cambiar los vendajes a Karl, así que me gustaría que te dieses un baño.
—No quiero lavarme, mujer—respondió él volteando en la cama.
-No es una sugerencia, no te hará daño. Ven— dijo tirando de él para sentarle en la cama

El hecho de que Gabriel estuviese con fiebre facilitaba considerablemente el trabajo de Evelyn, ya que él se encontraba demasiado agotado para oponer resistencia a sus férreas órdenes.
Le llevó al cuarto contiguo, en donde había dormido las primeras semanas hasta que habían decidido compartir el cuarto. Allí se hallaba la bañera de agua preparada ante la chimenea encendida así como los útiles de baño y afeitado.

Tras un laborioso proceso de desnudado que requirió un gran esfuerzo físico por parte de Evelyn, portando únicamente su máscara de lienzo, le guió con cuidado hacia el barreño para que se sumergiese en el agua y se arremangó las enaguas y la camisola para bañarle con comodidad.

Una vez enjabonada la parte de piel visible, dirigió su mano a la máscara para retirarla.

—No lo hagas, Evelyn— pidió Gabriel sujetando sin fuerza la mano de ella.
—Debo refrescarte y lavarte la piel—susurró ella.
—No.
—Esta vez debo hacerlo, Gabriel.
—No te gustará lo que hay debajo—respondió cansado.

Evelyn se acercó a él y depositó un beso en su frente, por encima de la máscara. Mientras se retiraba, deshizo el nudo y dejó que ésta se deslizase por la cara hasta dejar su rostro al descubierto. Luego, lanzó el lienzo lejos de ellos.

Ante ella, un indefenso Gabriel, otrora poderoso, permanecía con los ojos cerrados y gesto avergonzado. Jadeando, extenuado por la fiebre, ojeroso y despeinado por los días de convalecencia en la cama, la falta de sueño y con el rostro marcado por las crueles caricias del fuego.

Evelyn tomó la pequeña toalla de lienzo y comenzó a frotar con cuidado la delicada piel del cuello quemado de su marido, avanzando lentamente por la cicatriz en sentido ascendente.

La respiración de Gabriel, acelerada por la vergüenza en un inicio, se fue volviendo más regular. Su piel, caliente por la fiebre, fue poco a poco templándose y sus ojos, a medida que Evelyn ascendía, fueron abriéndose para observar el mimo con el que ella le lavaba.

Cuando llegó a sus pómulos, ambas miradas conectaron en un gesto de profunda conexión. Evelyn acarició con las yemas de los dedos las facciones quemadas de Gabriel y sonrió, pues en el rostro de él no hallaba más repulsión que el amor que albergaba por aquél hombre.

—Evelyn—susurró él aceptando la caricia de ella.
—Son los mismos ojos con los que nos vemos cada día—afirmó Evelyn— Con máscara o sin ella, nada cambia.
—Es una visión… atroz, deforme.—Intentó llevarse la mano para cubrir la cara.
—A mí me resulta más agradable—respondió ella limpiando la piel quemada con la suave toalla enjabonada
—¿Agradable?¿Cómo va a resultar agradable? Está deforme.
—Pero es tu piel, tu cara, no es un trozo de cuero o lienzo sin expresión. Se perciben los pómulos naturales, conservas la forma de la nariz y cuando hablas…

Evelyn se acercó a él para besarle en los labios, sujetando la cara de Gabriel con ambas manos y enterrando los dedos en su pelo.
El beso comenzó suave pero poco a poco infundió calor en ambos provocando que Gabriel la abrazase e introdujese en la bañera sobre él estando todavía vestida.

—¿Qué sucede cuando hablo?—preguntó él al separarse del beso

Evelyn sonrió enternecida.

—Que puedo ver tus gestos—dijo besándole en la deformada nariz

Gabriel la miró con sorpresa mientras ella salía de la bañera con las ropas totalmente empapadas.

—¡Mira qué desastre hemos montado!—se quejó ella sacando la ropa mojada y tirándola sobre los charcos de agua del suelo— tienes suerte de que los criados no se atrevan a hablar contigo.

Gabriel iba a responder cuando, una vez más, los gritos de Karl resonaron por todo el castillo violando la burbuja de intimidad que disfrutaban en ese momento.

—Seguramente ya le hayan lavado y estén vendándole—reconoció Evelyn con el gesto quebrado—casi no habla, sólo grita hasta caer desmayado sin fuerza.
—Me hace recordar los días en los que… Deseaba la muerte.—Gabriel se quedó sin habla
—Lo sé—reconoció ella sentándose al borde del barreño— Pero tu estás aquí y él es joven, tiene dos hijos por los que salir adelante.
—Ese chico está sufriendo una verdadera tortura.
—Pero está luchando por salir adelante.
—Quiere morir.
—Puede que ahora prefiera la muerte, pero lo superará. Tu lo hiciste, estás aquí ¿no?
—Yo no quería vivir, quería vengarme, vengarme de todos y cada uno de los que participaron, vengarme de Esther.
—Y lo hiciste,los castigaste a ellos y Esther está muerta y ahora estás casado conmigo ¿es que preferirías estar muerto antes que en mi compañía?

Gabriel la miró con ojos sorprendidos.

—Mi tortura sólo tiene sentido cuando pienso que fue necesario para tenerte hoy a mi lado. Sólo tu compañía merece semejante sacrificio.

Evelyn se acercó de nuevo a Gabriel y le besó con ternura intentando ahuyentar los gritos torturados de Karl.

—Evelyn, Juré que no volvería a pasar algo así en Baley mientras yo viviese. Esos chicos sabían lo que iba a pasar, estaban ocultándose del pueblo y yo fui quien les invitó a quedarse, se marchaban y prácticamente obligué a Karl a ejercer de guardabosques para compensar su furtivismo pensando que les hacía un favor. Tenía que haberles dejado marchar.
—No fuiste tu, Gabriel, yo te pedí que trajeses a la partera a su hogar la primera vez. Yo animé a Sun para que se quedase en el pueblo. Ella estaba asustada y yo le quité importancia, le aseguré que con nuestra protección no les pasaría nada.
—No, Yo soy el conde, debería haber sabido que se estaba fraguando todo esto y sofocarlo antes de la tragedia. Es mi obligación responsabilizarme de lo sucedido.
—De nada nos vale lamentarnos ahora de lo pasado. Solo nos queda ponerle solución.

Evelyn asintió con tristeza. Le gustase o no, eran los condes de aquellas tierras. Todos los ciudadanos pertenecientes al condado, tanto los del propio pueblo como los campesinos que trabajaban las tierras del mismo pagaban los impuestos con los que ellos podían vivir. Su obligación como Condes era gestionar las tierras lo mejor posible para conseguir más cosechas, aplicar las leyes de la corona e impartir justicia y cuidar de todos los que habitaban en sus tierras bien fueran animales o personas. Y por su invigilancia de las tareas condales se había atacado una joven pareja y cometido una terrible injusticia.

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