Parte 20 – Los niños

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la vigésima parte.

—¿No hay nada que se pueda hacer?—preguntó Evelyn a la cocinera.

Los gritos de dolor de Karl se oían por todo el castillo mientras Evelyn paseaba nerviosa de un lado a otro, no sabía si aquellos lamentos se debían a la profundidad de las quemaduras, a los daños provocados por la terrible golpiza recibida por parte de los exaltados o al dolor del alma al saber que Sun no había sobrevivido a todo aquél horror.

—Esperar, señora—respondió la cocinera acomodando al bebé que llevaba en los brazos
—Las fiebres no remiten y el doctor ya le ha hecho varios sangrados. Si al menos el pobre Karl tuviese una noche de descanso… de esta forma ni descansa él ni los que le cuidan, acabaremos por enfermar todos también.
—No se le puede dar más láudano, señora, el médico dijo que era demasiado arriesgado y procuramos mantener sus huesos vendados y las quemaduras limpias. No podemos hacer más. Está en manos de dios.
—Malditos bastardos—refunfuñó Evelyn—Deberían ser ellos los que sufriesen las consecuencias del fuego.
El incendio se había controlado, los intoxicados por humo y los pocos malheridos por quemaduras fueron atendidos y enviados a sus hogares. Todos marchaban tristes y cabizbajos, culpables por aquél acto terrible que se había vuelto a cometer en el pueblo y temerosos de las futuras represalias de su conde, que había evitado en todo momento pronunciarse a cerca de los castigos que impondría a los responsables.

—Estoy de acuerdo con usted, señora—respondió la cocinera para sorpresa de Evelyn—.No me mire así, entré a trabajar en el castillo siendo más joven que mi nieta Winnie, fui ama de cría del joven Gabriel y su hermano y también me encargué del pequeño Daniel hasta que la antigua condesa cometió la barbarie.

La vieja cocinera acunó al bebé con la cara desencajada. Evelyn, fue consciente del dolor que la criada sentía al rememorar un episodio tan oscuro en la vida el castillo.

—Tome—dijo la cocinera tras un silencio amargo entregándole al bebé de la joven pareja—.Haré una sopa para el señor y para usted. Debería pensar de una vez un nombre para este pequeño.
—No sé, Winelda, debería ser Karl quien se lo pusiese.
—Dudo que esté en condiciones, además, siempre se le puede cambiar si no le gusta, no es ningún drama.
—El soldado que le salvó la vida se llamaba Paul.
—Que Paul se llame, pues—respondió la cocinera sin entusiasmo.

La vieja cocinera Winelda se había encargado del pequeño hijo de Sun y Karl desde el incidente, había conseguido una oveja y una tetina de piel para alimentarle y cargaba con él a todos lados, seguida muy de cerca por la pequeña hermana de éste, Evie.

El niño todavía no tenía nombre, pues la joven Sun había esperado durante aquellos días la visita de Evelyn para que fuese ella quien le pusiese nombre. Pero ella, envuelta en la pena y sufriendo por la culpabilidad de la envidia hacia la joven, no había acudido a visitar a su amiga.

En cierto modo, Evelyn se sentí culpable pues creía que si hubiese acudido antes, se podía haber enterado de cómo estaba la situación con los exaltados del pueblo y, quizás, podría haber parado toda aquella locura a tiempo.

—¿Cree que Karl sobrevivirá?—preguntó Evelyn acunando al bebé en sus brazos
—Depende únicamente de su voluntad, señora. Tiene dos hijos por los que luchar, se lo recordamos cada día, pero aún así…
—Con Gabriel… ¿fue igual?—se atrevió a preguntar titubeante

El silencio invadió la cocina antes de que la vieja cocinera se atreviese a responder.

—Con el señor fue francamente peor—reconoció Winelda—en aquél entonces no sabíamos nada de quemaduras ni de los modos para aliviar el dolor de la carne quemada. Aulló durante días enloquecido y quebrado por el dolor. Su cuerpo latía enfebrecido y la piel se le caía a jirones con cada cambio de vendaje. Karl está golpeado, pero no tiene tanto cuerpo quemado, lo del señor fue un milagro, el joven guarda tiene más posibilidades.
—No puedo concebir sufrimiento igual—reconoció Evelyn
—Perder un hijo es lo peor que le puede suceder a un padre.
—Pues tengo entendido que a Esther no le importó demasiado.
—Esa muchacha no regía bien, el alcohol y las habladurías habían podrido su cabeza.
—¿Tanto como para permitir el asesinato de un niño inocente?
—No sólo para permitirlo, sino para provocarlo—se quejó indignada la cocinera con los ojos cargados de furia— esa mujer y sus compinches no sólo mataron a su hijo sino que torturaron de por vida al conde y nos puso en peligro a todos los habitantes de este castillo.
—A veces me parece que sólo la culpáis a ella, cuando otros fueron también los que vinieron con las antorchas, quizás los mismos que fueron a casa de estos pequeños.
—No, señora, le aseguro que no fueron los mismos, al menos, no todos—respondió con suficiencia la cocinera—Esos arden espero que en el mismo infierno que la antigua condesa. Ella fue la instigadora, como lo fue la partera en esta ocasión.
—¿Todavía no apareció su cadáver en el bosque?
—Aparecerá tarde o temprano,la caída fue muy aparatosa.
-¿podría estar viva?
—Lo dudo, la altura es considerable y ya estaba herida de antes. Si todavía lo está, será por poco tiempo. Necesitará cuidados y los soldados están interrogando a todo el pueblo para encontrar a todos los que participaron o instigaron el ataque.
—¿y qué hay de los criados que pudieron filtrar toda aquella información?
—Estamos en ello, Señora, pero quedamos pocos de los de siempre y hay mucho personal nuevo desde que usted llegó.

Benwell entró en la cocina con gesto contrariado interrumpiendo la conversación y se sirvió un cuenco de agua soltando un suspiro cansado.

—¿Va todo bien?, Benwell—preguntó Evelyn al verle
—El señor ha echado a todos del cuarto, está de muy mal humor, señora. Se niega a comer, no desea lavarse, que le cambien la cama…—respondió con impotencia el viejo asistente. Pretende despedir a todos los empleados.
—¿Le ha bajado la fiebre?
—Un poco, señora, pero no lo suficiente.
—Entonces hablaré yo con él—Respondió Evelyn—Debe darse un baño para refrescar la piel.
-Sería lo más conveniente, señora—reconoció Benwell.

Evelyn observó a la pequeña Evie haciéndole gestos en sus piernas para ser tomada en brazos.

—Creo que habrá que habilitar las habitaciones infantiles
—Pero señora, esas habitaciones son para la familia—.Benwell la miró con gesto sorprendido.
—No podemos tener dos bebés en las cocinas del castillo por tiempo indefinido, Benwell, es un peligro— Dijo depositando el Bebé en los brazos del criado, para a continuación, tomar en brazos a la pequeña Evie que corría entre sus piernas.
—Señora estos niños no son nuestra responsabilidad.
—Estos niños son responsabilidad de todo el pueblo—respondió con dureza— Todos son responsables de lo que les ha sucedido a sus padres ¡yo incluida!
—Pero, señora—se quejó Benwell—si en el pueblo se enteran de que hemos acogido unos huérfanos y les tratamos como…
—Hasta donde sé, los niños son todos iguales nazcan en castillo o en choza, Benwell. Será mucho más fácil si tenemos unas cunas y unos juegos para ellos que cargarlos en brazos todo el día o dejarlos corretear entre ollas de sopa caliente.
—Como desee, señora, pero si se corre la voz, acabaremos por tener problemas, comenzarán a traernos a todos los huérfanos de los alrededores.
—Todavía no están huérfanos, Karl sigue con vida y, además, estos niños están bajo nuestro amparo por ser mis ahijados. Además, son las víctimas inocentes de la barbarie de estas gentes, no estoy dispuesta a que sean abandonados a su suerte.

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