Parte 19 – La partera

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la decimonovena parte.

Esperó unos minutos que le parecieron interminables, pero finalmente volvió a escuchar el llanto indudable de un bebé.
Si la partera estaba herida de gravedad podía haber muerto en cualquier sitio y el bebé correr peligro. Apenas necesitó unos instantes para pensar si lanzarse a la aventura tras el llanto.

Moverse por los túneles sin la ayuda de la vela resultaba complicado, Evelyn cerró los ojos y concentró todos sus sentidos en los sonidos que llegaban a ella.
Unos minutos más tarde escuchaba también los rezos y plegarias de una mujer solapados por el ansioso llanto del bebé.

Al fin, Evelyn halló tras el recodo de un túnel un minúsculo saliente de la montaña en el que el sol de la madrugada golpeaba con fuerza. Allí tirada contra una de las paredes se hallaba la vieja partera que había asistido el parto de la pequeña Evie y, sin duda también el del pequeño que llevaba en brazos.

La sangre empapaba completamente su vestido color café, en algunas zonas más exteriores ya se hallaba seca, en la zona del vientre lucía brillante y fresca.

Rezaba casi de manera indescifrable y compulsiva oraciones entonando el perdón de dios mientras sujetaba el niño en su regazo acompañado por un gran y ensangrentado cuchillo.

Si no fuese por los llantos del bebé, cualquiera hubiese pensado que era tarde. Evelyn debía actuar con cautela, pues aquella mujer no parecía hallarse en un estado mental óptimo.

Se acercó lo más sigilosa que pudo para no llamar su atención, pero se bloqueó al percibir que la partera clavaba la mirada en ella y dejaba de rezar.

—¿A qué ha venido?,Señora —Dijo tras unos instantes
—He venido a buscaros al bebé y a ti.
—¿Sola?¿por estos túneles que son como las entrañas de satán?
—No, no he venido sola, me acompañan soldados —mintió Evelyn
—Miente usted muy mal para ser una bruja —escupió la partera.
—Será porque no soy una bruja.
—¿Y qué si no sería una mujer que camina por estos túneles sin siquiera una vela para orientarse?
—¿Una mujer que sigue el llanto de un bebé? —respondió dando un paso hacia ella
—¡No se acerque! —exclamó la partera arrastrándose con el bebé hacia el saliente.
—No tienes por qué hacer esto, el bebé no tiene la culpa.
—Es fruto de la simiente de satán, nacido del pecado de una bruja-niña fuera del matrimonio.
—Escúchame, ya has matado a la madre, el bebé es inocente —respondió Evelyn acercándose otro paso con las manos levantadas.
—¿Y qué me diría otra bruja? —respondió colocando el filo del cuchillo hacia el cuello del bebé— no sé qué tratos tiene el demonio contigo, pero no te daré su vástago.

Evelyn se frustró por no poder recordar el nombre de la partera ni controlar la situación.

—¿por qué dices que soy bruja?¿qué motivo te he dado para pensar ello?
—Todavía no eres bruja, pero lo serás. El monstruo te está pervirtiendo, te convierte en un peón de sus deseos. Sólo hay que ver lo que te hace, fornicáis durante el día, os da igual delante de los criados o al aire libre. Apenas pisais la iglesia o hablais con el rebaño del señor. Y esa bruja desfigurada… te ha manipulado para que limpies y cocines en su casa ¡Tu! Eres una condesa y te ha obligado a servirla.
—¿Y cómo sabes tanto de nuestra vida? ¿Quién te habla tanto de nosotros? ¿nuestros criados?
—Estás alienada por el mal, A Esther le pasó lo mismo, pero yo no dejaré que engendres otro monstruo.
—¿Otro monstruo? —Evelyn se horrorizó al recordar cómo Gabriel le había contado el motivo por el que habían matado a su hijo Daniel.
—El conde es el propio demonio, sólo puede serlo tras haber sobrevivido al fuego que purificó el alma de su pobre hijo. Y tú ahora estás con él, pretende hacerte hijos para que gobiernen estas tierras fértiles. Durante meses las guardianas de la rectitud te hemos proporcionado en el té una infusión para evitar el desastre, pero temo que es tarde y ese monstruo ha decidido acoger bajo su ala a esa ramera y su extirpe.
—¿Me habéis proporcionado infusiones para evitar el embarazo? ¿Cómo os habéis atrevido?. —Evelyn avanzó nuevamente hacia la moribunda mujer
—Ha sido por tu propio bien— respondió la partera arrastrándose hacia el borde y quedando sentada con una pierna colgando al precipicio.
—Dame el bebé —sollozó— Lo… lo podemos bautizar, se lo podemos llevar al nuevo pontífice para que salve su vida. Te daré dinero y un carruaje para que lo lleves al mismo vaticano, todavía no es tarde para él. Que ellos le hagan un exorcismo.

La partera vaciló ante los argumentos.

—Te demostraré que no soy una bruja, iré contigo para que me evalúe la santa sede, beberé agua bendecida cada día si crees que es necesaria.
—¿Y qué haremos con el conde? —dudó la vieja
—Lo que tu me digas, le engañaremos, le haremos creer que sigo de su parte, yo misma le mataré si se me presenta la ocasión. —afirmó Evelyn.

La mujer la miró durante largo rato como si intentase leer la mentira tras Evelyn.

—Está bien —cedió finalmente dejando el cuchillo a un lado y sacando un pequeño bote de su mandil— todavía hay bondad en ti, pero primero debes beber esto.
—¿Qué es? —preguntó Evelyn acercándose con sumo cuidado.
—Agrimoria hervida con agua bendita.
—¿no es tóxico?
—Sólo para las brujas.

Evelyn alargó la mano para tomar el bote bajo la atenta mirada de la partera y contuvo el aliento. Si quería que funcionase, tendría que ser muy rápida.

Casi sin pensarlo, agarró el fardo que envolvía al bebé y tiró de él con todas su fuerzas. La mujer, que no contaba con su acto, no fue capaz de aferrar el bulto. En el momento que Evelyn percibió que el niño estaba libre de la sujección de la mujer, la empujó con el pie para desequilibrarla y hacerla caer por la cornisa, cayendo a su vez ella de espaldas con el niño entre sus brazos.

Contuvo el aliento mientras los lloros aterrorizados del bebé se mezclaban con el chillido de la mujer cayendo al vacío.

Un sonido sordo acalló el chillido de la mujer. Evelyn respiró tranquila sin levantarse del suelo, se sentía incapaz de tenerse en pie. Allí, tumbada sobre sus espaldas y con el niño llorando sobre ella, esperó que la ayuda viniese.

 

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