Parte 18 – El ataque

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la decimoctava parte.

Unos discretos pero nerviosos golpes sonaron el la puerta despertando a la pareja que dormía envuelta en un abrazo.

—¿Señor?—inquirió finalmente Benwell entrando—Siento entrar sin la venia
—¿Qué demonios hace Benwell?—rugió Gabriel
—Me temo que es de suma urgencia, señor—le ignoró el criado recogiendo la ropa del suelo y acercándola a la cama—Hay un ataque, señor

El cuerpo de Gabriel se tensó súbitamente y saltó de la cama.

—¿Qué tipo de ataque?—preguntó Gabriel mientras se vestía a toda prisa ayudado por el criado.
—La cabaña del río, señor, algunas personas se dirigen hacia el claro del río donde viven el guarda y su familia, portan antorchas.
—¿Cómo que portan antorchas?— El grito de terror de Evelyn resonó en el cuarto.
—No sabemos mucho más, el vigía de cambio salió por el túnel que da al río, vio un grupo de personas con antorchas dirigiéndose hacia el claro con gritos, volvió al castillo para dar la voz de alerta.

Evelyn saltó de la cama vestida únicamente con su camisón y corrió hacia lo alto de la torre mirador. Al llegar arriba, pudo divisar una gran columna de humo y las llamas devorando el claro donde se situaba la cabaña.

—Oh, dios mío

Enterró la cara en el pecho de Gabriel, que la había seguido junto con Benwell.

—Den el aviso, quiero a todo el mundo disponible para sofocar ese incendio—dijo con voz dura hacia Benwell.
—Sí, señor
—Y, Benwell…
—¿Si?
—De aviso a todos los guardas para apresar a los que hayan participado en este acto, esta vez me encargaré personalmente de que quede uno libre.
—Os acompañaré— afirmó Evelyn
—De ningún modo, es peligroso, no sabemos cómo está aquello, podrías resultar herida.
—Los niños pueden necesitar ayuda. ¡Podrían estar todos muertos!—gritó Evelyn presa del pánico-son niños, Gabriel¡niños inocentes! ¿Quién puede atacar unos niños?
—Lo sé, Evelyn, lo sé. Pero que te pongas tu en peligro no va a solucionar lo que está pasando. Quédate en el castillo y espera noticias mías.
Minutos más tarde, y, tras asegurarse de dejar a Evelyn prevenida ante cualquier peligro, Gabriel salía al galope montado en su caballo seguido de cerca por una decena de hombres que se habían acercado con sus caballos al castillo.
Las horas pasaban despiadadas Mientras Evelyn, encaramada al mirador de su cuarto, veía cómo las llamas se propagaban por el bosque. El invierno anterior había sido especialmente seco y el verano estaba siendo demasiado caluroso, todo ello sólo contribuía a que el bosque se doblegase ante la voracidad del fuego.

Despuntando los primeros rayos de la mañana, los primeros heridos por las llamas comenzaron a llegar ante el horror de Evelyn, que no encontraba a Gabriel. Se dispusieron los grandes salones del castillo como improvisada enfermería, se distribuían entre las mujeres paños de agua fría y ungüentos para aliviar las quemaduras, pero la confusión reinaba por todas las estancias y nadie sabía decir con exactitud dónde estaba el conde.
—Mi señora—se excusó un soldado ante ella
—¿Hay noticias del Conde?
—No, mi señora, hemos apresado e interrogado a algunos de los responsables.
—¿Qué han dicho?
—Acusaban a la mujer del guardabosques de tener hijos del pecado y de brujería.
—¿Tener hijos del pecado?
—Al parecer no estaban casados ante dios.
—¿y eso la convertía en bruja?—gritó enfadada Evelyn.
—Tenía la cara marcada por el demonio.
—Al menos en eso sí tienen razón, el demonio de su padre fue quien le hizo eso en la cara—bufó de nuevo asqueada.

El soldado esperó con cara de circunstancias las órdenes de Evelyn.

—¿Sucede algo más?—preguntó Evelyn al ver que el soldado no se retiraba
—¿Dónde custodiamos a los prisioneros hasta el regreso del conde?
—Sígame.

Evelyn voló entre los heridos y las mujeres que les atendían seguida de cerca por el soldado.

Se encaminó hacia las viejas mazmorras que servían de acceso a los túneles bajo el castillo. Una vez allí, indicó al soldado cuáles eran las celdas que debían vaciar y adecentar para los culpables hasta la llegada de Gabriel.

Una vez el soldado la dejó sola en aquel lugar para marchar en busca de otros compañeros que le ayudasen, Evelyn se dirigió hacia el acceso a los túneles inferiores. Si al menos se supiese guiar por el interior de los mismos, podría llegar hasta cerca del claro del río y buscar a Gabriel.

Una especie de quejido provino de los túneles atenazando su corazón. Aquellos pobres muchachos,los niños tan pequeños, Benwell, Gabriel y otros tantos criados del castillo que todavía no habían aparecido estaban perdidos en un bosque que estaba siendo pasto de las llamas mientras ella estaba en aquél lugar procurando que los artífices de aquel horror tuviesen una celda y un jarro de agua para pasar la noche.

Un nuevo lamento provino de los túneles haciendo que Evelyn escapase escaleras arriba hacia el barullo del castillo. Al llegar allí, se encontró con la llegada de más heridos. Todo el pueblo se había enterado del incendio y, aún sin conocer las causas reales del mismo, habían acudido a sofocarlo con los medios que podían.
Muchos de los heridos solamente estaban mareados por los humos y otros tenían quemaduras en los pies por haber caminado sobre los rescoldos mientras los enfriaban con cubos de agua.

Evelyn observó el panorama casi bélico que se le presentaba ante sí sintiendo impotencia cuando, de pronto, una cara conocida apareció por las puertas. Conforme se fue acercando mientras atravesaba el acceso, vio entre el grupo de recién llegados el caballo de Gabriel con una silueta vencida sobre él.

—¿Gabriel? Oh, dios, ¡Gabriel!—Chilló mientras se abría paso con desesperación entre los recién llegados.

La gente se fue apartando a su paso, pudo divisar que la figura que portaba el caballo era el jovencísimo Karl, marido de Sun, y portando las riendas, estaba un agotado Gabriel con las ropas medio chamuscadas y portando la hija mayor de la joven pareja, Evie, en los brazos.

—¿Estás bien?— dijo tras abrazarle mientras palpaba las ropas de su marido para comprobar las posibles quemaduras.
—Sólo ha sido humo—respondió con la voz tomada— Hay que atender a Karl, está malherido.

Evelyn comprobó el lamentable estado del joven, visiblemente apaleado y arrastrado por los suelos, además de visibles zonas del cuerpo quemadas. Hizo un gesto a las improvisadas enfermeras para que le atendiesen.

—¿Y Sun?¿el bebé?
—¿No han llegado aún?—se alarmó Gabriel mientras bebía el agua que le ofrecían—Deberían haber llegado hace horas
—No, no están

Gabriel se apoyó en el caballo en un esfuerzo por no caer y entregó a la pequeña Evie a Evelyn.

—Les envié por los túneles con un soldado— tosió Gabriel— hay que ir en su búsqueda, estaba perdiendo sangre.
—Yo iré luego a buscarles.
—No puedes ir sola, es peligroso— dijo con un ataque de tos— podrías caer a una poza o te podrías perder.
—Iré con alguien que las conozca, no te preocupes, debes tumbarte.
—Evelyn, no te pongas en peligro—. La parte visible de la cara de Gabriel perdió el color.

Evelyn sujetó a Gabriel para que no cayese y llamó a los criados más cercanos para que le llevasen a sus aposentos. Una vez se aseguró de que quedaba acomodado y debidamente atendido, corrió escaleras abajo en busca de algún criado que conociese los intrincados túneles.

Evelyn apuró el paso tras la pequeña Winnie, que se movía con soltura por el intrincado laberinto de túneles.

—¿Sabes hacia dónde vamos?
—Sí mi señora, nos dirigimos al acceso del río
—¿y si está por el acceso del bosque?
—Tendremos que dar la vuelta—reconoció la pequeña- si no conocen bien los túneles, se han podido perder
—Llevan demasiadas horas por los túneles, podrían estar en cualquier lado—reconoció Evelyn
—Si iba un soldado, señora, tiene que conocer los accesos hacia las cuevas de vigía, estoy segura— dijo la pequeña dándole la mano para transmitirle fuerza— podemos empezar por ahí.

Evelyn asintió permitiendo que la convicción de la pequeña criada penetrase en sí misma. El hecho de que no hubiesen aparecido podía significar muchas cosas. La inhalación de humos causaba mareos y en muchas ocasiones la confusión o la desorientación así que, con un poco de suerte solamente estarían descansando en algún rincón tranquilo a la espera de que alguien fuese a buscarles.

Un amortiguado sonido de llanto infantil resonó en los túneles alertando a Evelyn y la pequeña Winnie.

—Nadie responde, señora—dijo con entereza la niña—podría venir de cualquier sitio.

Dieron varias voces de alerta, pero nadie contestó, salvo otro pequeño quejido infantil. Se movieron despacio hacia el origen del sonido. Allí, en una cueva interior encontraron los cuerpos de un soldado y de Sun tumbados en una esquina cubiertos de sangre.

—¡Sun!—Evelyn corrió hacia su joven amiga y la sacudió por los hombros—¡Despierta!Sun

El soldado que estaba al lado abrió los ojos pesadamente.

—Señora—dijo el soldado
—¿qué ha pasado? ¿por qué estás herido tu también?
—La partera, señora, venía tras nosotros— tosió sangre el soldado— llevaba un cuchillo oculto e intentó matar al niño.
—¿dónde está ahora?—preguntó mirando alrededor
—En los túneles, la herí mientras la joven se escapaba con el niño. Pero estábamos los dos muy heridos y desorientados por el humo.
—Está bien, la ayuda ya viene— Hizo un gesto a la pequeña Winnie para que fuese a buscar ayuda.
—El bebé, señora— dijo el soldado intentando levantarse— Se lo ha llevado, no pudo ir muy lejos.
—Está bien— dijo Evelyn tranquilizando al hombre— ¿cómo te llamas?, soldado
—Paul, señora
—Gracias por proteger a la joven madre y el bebé, Paul

El soldado sonrió mientras cerraba los ojos y entregaba el último aliento. Evelyn sintió rabia y desasosiego al hallarse en soledad en unos túneles por los que no sabía moverse.

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