Parte 17 – El heredero

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

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Evelyn tomó a la pequeña bebé entre sus brazos entre grandes risas y alborozos de la pequeña.

—Ha crecido mucho— Aseguró mientras jugaba con ella
—Es un verdadero ángel, mi señora, sólo come y duerme—sonrió la joven madre al tiempo que picaba cebolla con destreza.
—¿Y vosotros?¿Estáis comiendo bien?
—Sí, mi señora, las patatas y la harina que enviaron ustedes desde el castillo nos han ayudado mucho durante el invierno, y gracias al trabajo de guardabosques que el señor le ha ofrecido a Karl, hemos podido comprar algunas cosas en el pueblo.
—Me alegro mucho de que las cosas se vayan arreglando poco a poco. ¿habéis vuelto a tener problemas con la gente de la aldea?
—Algunos, mi señora, parece que aunque las rechazan, algunos buscan a las brujas de la zona para algunas actividades.

Evelyn se quedó impactada por las palabras de la joven.

—¿Quién dice eso?
—Han… han venido del pueblo a hablarme de algunos conjuros.
—¿Quién ha venido? ¿han venido hombres?
—Sólo algunas mujeres—respondió con vergüenza la muchacha—Parece ser que conocen ciertos conjuros, pero sólo son válidos si lo hace una bruja.
—¿Y tu qué les dices?
—Que no soy bruja, que no puedo ayudarlas, a veces les cuento que fue mi padre quien me marcó la cara.

Evelyn analizó la cara llorosa y triste de Sun sin poder evitar sentir un mal presagio.

—¿Y te creen?
—Algunas si, otras sospecho que no, algunas se enfadan porque dicen que no quiero ayudarlas.
—Sun, debes tener cuidado con los desconocidos—Dijo muy seria Evelyn— Si haces algo sospechoso o las gentes del pueblo llegan a pensar que haces cosas de bruja, podrías correr peligro, hace años prendieron fuego al castillo por creer en maleficios y brujería. No te fíes de nadie que venga a tu puerta y no aceptes regalos sin motivo aparente. Si temes estar en peligro, no dudes en buscarme y os protegeremos.
—No, mi señora, le aseguro que tengo mucho cuidado con lo que hago y lo que digo.
—Bien, pasas demasiado tiempo sola en esta cabaña y no querría que te pasase nada.
—Puede estar tranquila, no causaremos problemas, procuramos mantener las distancias con todos ellos y dejar claro que no sé nada de esas cosas.
—Eso está bien, Sun, ni sabes ni quieres saber tampoco. Entrar a malentendidos con esa gente no os traerá más que problemas.
—Sin duda, ni sé ni quiero saber.

La joven asintió con la cabeza, pero su mente ya volaba por otros tiempos sin duda más duros que aquellos en los que los actos de su malvado padre la habían hecho blanco de las habladurías y miedos de la gente.

Evelyn le había tomado mucho cariño tanto a ella como a la pequeña en el último año. Las visitaba con regularidad, hablaban durante horas e incluso, sin que Gabriel lo supiese, ayudaba en las tareas más cotidianas como cocinar, bañar a la niña o adecentar la casa. Ambas se habían convertido en una especie de amigas dispares o hermanas con diferente fortuna.

Evelyn no pudo sentir otra cosa más que afinidad por aquella muchachilla con pasado similar al de ella aunque sin duda más valiente ante las adversidades. Notó un poco de envidia ante el coraje de la muchacha que había escapado de un padre maltratador con un hombre casi tan niño como ella y que lograba salir adelante procurando aprender bien de la vida y no cometer errores.
—Mi señora. Tengo que contarle algo— dijo de pronto Sun con gesto triste y sin levantar los ojos de su quehacer
—¿Qué sucede?
—Quería… quería estar segura antes de contárselo, porque tiene buen corazón y no quería hacerla sufrir más de lo que ya está pasando en silencio pero, aún así, sé que lo que tengo que contarle la va a lastimar, aunque usted me diga que no.
—Me estás asustando, Sun ¿qué sucede?—se alarmó Evelyn abrazando a la pequeña y acercándose a la joven madre.
—Pues que estoy nuevamente embarazada, mi señora—dijo evitando conectar con su mirada— Lo siento mucho.

Evelyn se quedó callada sintiendo la agonía en el pecho.La tristeza la embargó y un picor molesto se instaló en sus ojos. Había pasado mas de un año desde su boda y ella todavía no había podido engendrar el ansiado heredero para Gabriel. A él no parecía afectarle lo más mínimo aquel hecho y cada vez que la conversación surgía cambiaba de tema o surgía algo ineludible que requería su atención.

Pero cada mes que transcurría, con cada menstruación que llegaba, ella se había ido sintiendo más y más desolada. Cada mañana sentía el peso de sus rutinas condales en el castillo como una apretada cuerda a su alrededor de la que no hallaba otra liberación más que escapar al bosque con excusa de visitar a la joven pareja y la bebé. Allí Evelyn pasaba las horas con la pequeña Evie hasta que conseguía reunir el coraje suficiente para volver al castillo y atender de sus obligaciones.
—¿Es que no deseas otro hijo?—consiguió articular al fin
—oh, sí, claro que sí, mi señora—se arrodilló ante ella con gesto triste— pero, aunque usted no me dice nada, sé que usted ansía un hijo incluso más y el hecho de que yo, teniendo a Evie me haya quedado de nuevo…
—¿Tanto se me nota?—dijo Evelyn con voz triste acariciando la cabeza de Sun
—Yo se lo noto, mi señora, para mi usted es más que la condesa de estas tierras. Es una muy buena amiga. La mejor que he tenido jamás—dijo con sinceridad la joven—y ya sé que la nobleza y la plebe no debe mezclarse nunca, pero se ha portado conmigo como nadie ha hecho nunca y por eso no quiero lastimarla.
—No me lastimas, Sun—reconoció Evelyn invitándola a levantar— Me alegro mucho por vosotros, los hijos son una bendición.
—Pero mi señora…
—Eres una buena mujer y mereces ser feliz y dichosa y tener hijos si los deseas. Tu felicidad no puede entristecerme ¿me entiendes?
—La entiendo, pero…— la joven limpió las lágrimas con tristeza— ojalá yo fuese la bruja que dicen que soy, de buen gusto pondría en su vientre el bebé que tanto desea.
—No digas tonterías, Sun— dijo con dureza mientras le pasaba a la pequeña bruscamente— No quiero que vuelvas a decir en alto una barbaridad así jámás, ¿me oyes?
—Lo… lo siento, señora—se disculpó confundida la joven.
—Se hace tarde, debo marchar o oscurecerá pronto.—Evelyn se detuvo en la puerta de espaldas a Sun intentando controlar su reacción— Mañana te bajaré un poco de tela para coser unas camisas para el nuevo bebé.

Evelyn se marchó apurada hacia el castillo apaciguando un ligero temblor en las manos y las punzadas en el pecho que luchaban por transformarse en gritos de rabia y ansiedad. La atenazada con una sensación que mezclaba el mal augurio, la alegría por el embarazo de la joven y el ansia ante su incapacidad por quedarse embarazada.

Se sentía confusa, no entendía cómo podía alegrarse por Sun al tiempo que sentía un profundo dolor que crecía de la compasión mostrada por la muchacha.

—¿Te encuentras bien, querida?—preguntó Gabriel sentándose en la cama a su lado— Levas días sin salir de la cama
—Estoy cansada—respondió Evelyn sin moverse

Gabriel acercó la vela a las mantas, pero sólo pudo ver cómo una Evelyn desmejorada se daba la vuelta en la cama y le daba las espaldas con un lánguido suspiro.

—¿Quieres que llame al doctor?
—No, solamente quiero descansar.
—¿y no crees que si comes un poco o te da el aire en en jardín te encontrarías mejor?
—No me apetece, gracias.

Gabriel se estremeció ante el comportamiento tan inusual de Evelyn. Hacía meses que cada vez comía menos. Con cada día que pasaba, cada vez parecía más triste. Y él sabía que tenía que ver con sus obligaciones conyugales.

Evelyn se había mostrado reticente a consumar el matrimonio y hacerse con el hogar, aunque finalmente lo había hecho. Él había dispuesto todo para facilitarle el trance e, incluso llegó a pensar durante unos felices meses que ella podía estar realmente enamorada de él.

Hasta él mismo llegó a creer que lo suyo podría llegar a ser un matrimonio con verdadero amor, que un día podría llegar a descubrirse completamente ante ella sin miedo a la repulsión.

Pero conforme los meses fueron pasando, el ansia por engendrar un heredero de Evelyn cada vez se hacía más patente, así como sus escapadas furtivas para acudir a la cabaña del río.

No quería creerlo, pero con cada semana que pasaba, el comportamiento de Evelyn iba tomando similitudes inequívocas con el de Esther. Sí, es cierto que su antigua esposa ansiaba volver a las fiestas y la pompa de Londres, pero no es menos cierto que, aún siendo sorprendente, Evelyn añoraba de igual manera los quehaceres diarios de un hogar más humilde.
Muchas noches mientras compartían la cama se había percatado del olor a verduras cocidas, vómito de bebé o de las uñas sucias por labrar el campo con la joven campesina, Sun. Y, por mucho que advertía a Evelyn de que una condesa no debía comportarse como ella hacía, finalmente, ella acababa por ignorar sus peticiones y hacer su voluntad.
Sin embargo, tras la última visita de Evelyn a su joven y humilde amiga, semanas atrás, había vuelto inusualmente triste y poco habladora hasta el punto de que llevaba tres días con sus tres noches encerrada en el cuarto a oscuras sin apenas comer o hablar.

—¿Quieres que prepare el carro para visitar a esa joven amiga tuya del río? ¿no me dijiste que estaba a punto de dar a luz?

Un silencio sepulcral cayó en el cuarto en el que sólo se pudo percibir un sofocado sollozo de Evelyn.

—¿Evelyn?¿Estás llorando?
—No— la voz de ella sonó inevitablemente llorosa
—Evelyn—Gabriel la agarró por los hombros y la giró para ver su cara compungida-¿qué pasa?¿por qué lloras?
—Gabriel… ¿Vas a pedir la anulación?
—¿Cómo dices?
—Que… si vas a pedir la anulación de nuestro matrimonio.
—¿por qué? ¿por qué iba a pedirla?—rugió enfadado súbitamente mientras la zarandeaba— ¿Es que quieres marcharte? ¿Quieres abandonarme?
—Quiero darte un hijo—lloró ella desolada— Pero no consigo concebir. ¿Y si no puedo?
—Es pronto para decir que no puedes. ¡apenas llevamos un año casados!
—Y Sun ha tenido dos hijos mientras.
—¿Y qué tiene que ver ella con nosotros?
—Ella… ella trabaja el campo duramente, no come tan bien como nosotros y … ya tiene dos, Gabriel ¡Tiene dos!—la voz de Evelyn sonaba rota
—Y ella tiene diecisiete años, Evelyn, por dios, no puedes comparar dos situaciones tan diferentes. ¿qué es lo que sucede? ¿Es que ya te has cansado de compartir el lecho conmigo?¿es que has cambiado de idea?
—¡No! No es eso—sollozó ella— no quiero irme de tu lado ¡no quiero que me eches!

Gabriel la miró con cierta desconfianza, aunque entendiendo las dudas de ella.

—No te echaré de mi lado si tu no me echas del tuyo— admitió.
—¿Y si no puedo darte el heredero?¿y si el tiempo sigue pasando y no te doy un heredero? ¿qué harás entonces?

Gabriel sacudió la cabeza y arropó a Evelyn.

—no lo sé, Evelyn, no sé qué haré si eso sucede.
—Tendrás que anular el matrimonio— lloró ella sobre la almohada— me tendrás que devolver a mi padre… no quiero que me devuelvas, Gabriel, no quiero volver allí, no quiero volver con él.
—no te devolveré—la consoló Gabriel— no ha pasado tiempo suficiente para preocuparnos por un heredero, debemos seguir intentándolo y acabará sucediendo.
—¿y si no sucede Gabriel? ¿estás dispuesto a arriesgar otro año?¿cuántos vamos a invertir?¿dos?¿tres?¿y si pasan y no te doy el heredero?
—Ya te he dicho que no lo sé, Evelyn.
—¡Pues tienes que saberlo!— estalló súbitamente ella enfurecida- ¡Exijo que me digas cuál será tu voluntad, ya que tendré que acatarla y no podré hacer la mía!
—no me lo he planteado aún, Evelyn, sólo sé que si no te quieres marchar de aquí no te obligaré. Por mucho que esta máscara pueda aparentar, no soy ningún monstruo.
—No te he llamado monstruo.
—Pues no me trates como si me hubiese comportado contigo como tal—respondió con rabia.
—Solamente quiero saber cuál será mi situación. Tu necesitas un heredero, te casaste conmigo para que te diese uno y si no te lo doy serás tu el que pueda decidir si deseas anular el matrimonio y reclamar la dote. Yo, como mujer no tengo derecho a negarme ante tus decisiones.
—¡no quiero tu maldita dote!
—¿Y querrás otra esposa?
—Ya tengo una esposa, Evelyn, te tengo a ti ¿por qué habría de echarte?
—¡Porque necesitas un heredero para Baley y quizás no pueda dártelo!
—¡Me da igual Baley! ¡Que arda hasta sus cimientos si es necesario!— estalló finalmente Gabriel poniéndose de pie exasperado— Quiero que seas mi esposa, ¡Maldita sea!, tengamos o no herederos.

Evelyn le miró sentada desde la cama con gesto de sorpresa.

—No me dijiste eso cuando hablamos de las condiciones de nuestro matrimonio.
—¿Y qué querías que te dijese? ¿que quería una esposa solamente para tener compañía por las noches? Aunque eso sólo implicase jugar al ajedrez y dormir con un pasillo por medio. ¿querías que te dijese que aspiraba a poder tener un matrimonio tranquilo y feliz? Totalmente diferente a lo que tuve con Esther ¿que deseaba poder quitarme esta máscara por las noches ante una mujer que no sintiese repulsión por mi?

Evelyn se levantó de la cama y se acercó a él.

—Todavía no te la has quitado ante mis ojos.—dijo alargando la mano hacia la máscara.
—¿Es que no has pensado en que podía haber conseguido un heredero de mil maneras diferentes?— replicó sujetando la mano de ella para impedir que agarrase la máscara.—Que podía haber comprado casi cualquier esposa.
—¿entonces?— preguntó ella—¿por qué yo?
—¿qué querías?—preguntó él con un matiz ronco en la voz— ¿por qué me enviaste aquella carta después de tanto tiempo?

Evelyn y Gabriel conectaron con las miradas. En aquella posición, ella con la mano izada hacia su cara y él impidiendo el contacto sujetándola por la muñeca.

—Estaba… desesperada—reconoció ella con una lágrima rodando por su mejilla—Eras la única conexión que me quedaba con lo que algún día fue la cordura y el respeto por mi persona.
—Conozco la sensación—respondió él antes de besarla de manera salvaje.

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