Parte 16 – La bruja del bosque

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la decimosexta parte.

Evelyn manejó las riendas de su caballo con cierta torpeza. Sin saber cómo uno de sus pies se había soltado del estribo y no lograba hacerse con el tozudo animal. Aunque sus últimas clases con Gabriel habían sido de mucha ayuda, ella todavía se notaba bastante incompetente como para cabalgar a un nivel aceptable sin peligro.

Finalmente, y ante su manifiesta incapacidad para mantenerse estable sobre el animal, optó por bajar de la silla y caminar por el sendero hasta que Gabriel, que la había dejado avanzar por delante unos metros mientras se detenía a valorar los daños reales de los furtivos en el bosque la alcanzase.

Aquella mañana, Benwell les había informado de la aparición de algunas actividades irregulares preocupantes en los bosques cercanos al castillo. Los actos no suponían más que la caza de conejos y la tala de algunos árboles sin consentimiento, pero la presencia del conde era requerida para arreglar la situación antes de que los vecinos tomasen la justicia por su mano. Así que ambos habían aprovechado la circunstancia para dar un paseo a caballo por las tierras.

Desde su verdadera noche de bodas, dos semanas atrás, apenas se habían alejado el uno del otro, viviendo en una especie de luna de miel irrefrenable. Cualquier lugar, momento u ocasión les era propicio para enredarse en los brazos del otro y entregarse a la pasión.

Este comportamiento no era pasado por alto por los criados del castillo, que iban de puntillas de un sitio a otro y no dudaban en comentar y criticar entre ellos el repentino abandono de los quehaceres del condado que tan férreamente llevaba Gabriel hasta su nuevo y precipitado matrimonio.

El que más sufría, sin duda por hallarse entre ambos bandos, era el pobre Benwell que resultaba ser siempre el encargado de interrumpir a la pareja para urgirles en la atención de sus respectivas faenas condales o el que guardaba de manera feroz la intimidad de sus señores cuando la pasión les hallaba en sitios accesibles para la servidumbre.
Un ruido humano entre los árboles sacó de sus pensamientos a Evelyn que se detuvo para agudizar el oído.

—¿Quién va?—preguntó al percibir el movimiento tras un árbol frondoso.

No hubo más respuesta que un crujido de ramas tras un grueso tronco. Evelyn titubeó unos instantes antes de dirigirse hacia el origen del ruido.

En cuanto se acercaba pudo divisar una mujer joven con una cicatriz rodeando su cara que se hallaba semi arrodillada contra el árbol. Era casi una niña, pero su vientre alarmantemente abombado revelaba su estado avanzado de gestación.

Blanca, sudorosa y con un gesto de crispado dolor que acentuaba la terrible marca de su cara. La muchacha se hallaba al lado de un montón de ramas que probablemente habría estado recogiendo por el bosque.

—Ven, te ayudaré a tumbar—dijo Evelyn acercándose a ella.
—Mi señora—respondió con dificultad—no se preocupe, se me pasará en un rato.
—¿Estás de parto?
—No lo sé, mi señora, debería quedar todavía dos o tres semanas para salir de cuentas.
—¿Has roto aguas?
—No, mi señora.

El ruido de cascos alarmó a Evelyn que se levantó para hacer señas a Gabriel.

—Mi marido ya nos ha visto,te llevaremos a casa y avisaremos a la partera.
—No puedo permitirlo, mi señora—sollozó la muchacha—el conde no puede saber que estamos aquí.
—¿Cómo dices?
—En el pueblo no pueden saber que nos escondemos aquí, por favor, mi señora, se lo dirán al conde y nos echará de sus tierras.
—¿Y cómo has pensado traer al mundo a tu hijo sin una partera?
—He visto a cientos de vacas traer sus terneros, no creo que necesite a nadie cuando llegue el momento.
—No he oído tontería mayor en el mundo, muchacha. Casi no puedes tenerte en pie y ni siquiera has roto aguas—la reprendió Evelyn con ligereza
—Se lo suplico, mi señora, se lo suplico—lloró ella— Si el conde no nos echa, en la aldea nos matarán.
—Aquí nadie matará a nadie—intervino finalmente Gabriel llegando justo en ese momento

La muchacha se quedó estupefacta ante el conde enmascarado.

—Se… señor conde.
—¿Cómo es tu nombre?—demandó
—Sunshine, Sun, me llaman señor—lloró ella—No sabía que ustedes…
—¿Dónde estás viviendo?—la cortó secamente
—Señor, sólo estamos de paso, le aseguro que…
—Habla, muchacha.
—En la cabaña del río, señor.

Gabriel entregó las riendas de su corcel a Evelyn sin terciar palabra y se acercó a la niña para tomarla en brazos y echar a andar a través del bosque.

—Creía que la cabaña del río estaba en ruinas—Bufó al cabo de un rato al detenerse para tomar aliento.
—Karl la ha arreglado provisionalmente, queríamos marcharnos antes, pero el bebé…—dijo casi sin voz
—¿Dónde está Karl?—preguntó Evelyn
—Supongo que será el furtivo que está cazando conejos en la parte norte y talando los árboles sin mi permiso—respondió Gabriel severamente.
—Mi señor, no lo castigue—lloró nuevamente la muchacha en sus brazos—Él sólo trae leña para calentarnos por las noches y unos conejos para que yo pueda comer.
—¿Es que no tiene un trabajo para mantener a su familia?
—Trabajaba de herrero con mi padre hasta que nos marchamos—.gimoteó
—¿Y por qué no os quedasteis allí?
—Mi señor, mi padre no aceptaba nuestro amor, tuvimos que escapar para evitar nos matase, ya ve lo que hizo con mi cara y mis manos.
—¿cuántos años tienes?—preguntó Evelyn sin perder detalle de toda la conversación
—Casi dieciséis.

Evelyn y Gabriel intercambiaron una mirada suspicaz, ambos sabían que hasta los veintiuno la muchacha no podía casarse con un hombre que su padre no aceptase y conseguir una licencia especial no era tan fácil para alguien sin recursos económicos.

—¿Por qué rehuís el pueblo?—quiso saber Gabriel
—Vinimos escapando de las garras de mi padre, pero al llegar, las gentes del pueblo empezaron a especular sobre las marcas de mi cara y mis manos y cuando supieron que estaba embarazada, tuvimos que marcharnos porque insinuaban que yo era una bruja. Pero no he tenido buen embarazo, mi señor, y nos vimos obligados a esperar aquí hasta que lo tenga.

Llegaron a la destartalada y fría cabaña en silencio. Gabriel depositó a la muchacha en un raído camastro antes de salir corriendo en busca de ayuda, dejando a Evelyn atendiendo de la muchacha.

—¿Cuándo has comido por última vez?—consoló Evelyn una vez pudo atender a la muchacha debidamente y determinar su estado
—Desde ayer por la noche
—Está bien, vamos a esperar unas horas a ver qué pasa.

Evelyn prendió el fuego como había hecho mil veces en su antigua casa, antes de ser condesa. Y se dispuso a preparar unas ollas de agua caliente y una sopa reconstituyente para la muchacha.

Unas pocas horas después, regresó Gabriel seguido de un carro con Winelda.

—¿Todo bien?—preguntó nada más llegó a su altura
—Tiene dolores, pero nada todavía, está muy nerviosa—afirmó ella—No hace más que preguntar por Karl.
—He mandado una partida de hombres a buscarlo.
—He traído lo que tenía más a mano en la cocina—alegó enseñando unas ollas y unos lienzos limpios—¿ha asistido alguna vez un parto?

Evelyn asintió con la cabeza triste.

—El de mi madre, pero murió desangrada. Le he hecho un poco de sopa, no ha comido demasiado bien, no sé si tendrá fuerza para empujar.
—Comprendo, será mejor que entre a ver.
—¿Has cocinado?-Reprochó Gabriel—Las condesas no cocinan.
—Gabriel—respondió ella con gesto cansado—Esa mujer puede morir o perder a su bebé, ahora no soy una condesa, sólo soy una mujer haciendo lo que debe. ¿Por qué no cortas un poco de leña para calentar la casa y hervir más agua?
Las horas fueron pasando y el malestar de la muchacha iba cada vez a peor, a pesar del alivio que supuso la llegada de su joven pareja y la declaración de Gabriel conforme no iba a perseguir sus actividades delictivas previas.

Evelyn se negó a que Winelda fuese la única que acompañase a la joven en aquel trance y no dudó en quedarse con ellos mientras la partera aparecía para asistir, de bastante mala gana a la muchacha.

Durante aquellas horas de espera se supo del trágico pasado de la joven pareja, Ella era la humilde hija de un herrero, la cuarta de cinco hermanas y Karl era un huérfano acogido por el padre Sun para trabajar como ayudante en la herrería más como un esclavo que como un futuro sustituto.

Su relación evolucionó desde la niñez convirtiendo una buena amistad en un amor clandestino, ya que se les había prohibído expresamente tener relaciones por parte de la familia de ella, pero ninguno de los dos estuvo dispuesto a ceder.

El padre de Sun les había encontrado en situaciones excesivamente comprometedoras en más de una ocasión y no le había temblado la mano a la hora de imponerles sus castigos más duros. Tras el último, en el que la desgracia quiso que se le fuera de las manos y terminase por desfigurar a la muchacha. La pareja decidió marcharse antes de que Sun fuese obligada a contraer matrimonio de conveniencia con otro hombre.

Tras huír de aquél calvario siendo solamente una niña de quince años y él un joven de diecisiete, los problemas les siguieron ya que nadie les quiso casar y en los pueblos eran rechazados y perseguidos por vivir en pecado o por las feas cicatrices de la joven Sun, que los analfabetos achacaban a la brujería.
Ya acabando el día, con las primeras estrellas brillando en el cielo la muchacha entró en trabajo de parto, trayendo al mundo una bebé aparentemente sana y fuerte.
—¿En qué piensas?— preguntó Gabriel mientras dirigía el caballo de vuelta al castillo.
—Me parece increíble, una muchacha de apenas dieciséis y que ha pasado tanta necesidad haya logrado dar a luz un bebé tan sano.
—¿Y no debería ser así siempre? Las mujeres estáis hechas para alumbrar al fin y al cabo.
—Ya pero, recuerdo que el parto de mi hermano Samuel fue horrible, mi madre apenas tenía fuerza para gritar de toda la sangre que había perdido. Y eso que estaba mejor alimentada que Sun. Y Samuel nació tan agotado o más que mi pobre madre. Sinceramente, recé para que este parto no fuese así. Ojalá no tenga que pasar por uno como el de mi madre nunca.
—¿Temes el parto?
—Sí y no, es una parte del ser humano. Las mujeres han parido desde siempre y con independencia de las razas o clases sociales. Parir es algo natural y biológico, es algo que no puedes evitar temer y aceptar al mismo tiempo porque es intrínseco a la maternidad.

Gabriel ajustó la cintura de Evelyn para que no se escurriese de la cabalgadura. Y caminaron unos metros en silencio, meditando los sucesos del día.

—¿En qué piensas tu?—preguntó Evelyn al cabo de un rato
—En la primavera.
—¿Primavera?—se giró Evelyn extrañada hacia él.
—Hemos… consumado el matrimonio repetidas veces y… en cuarenta semanas estaríamos en primavera.

Evelyn pestañeó sorprendida asimilando la información.

—No estoy embarazada.
—¿Cómo lo sabes? Estas semanas nos hemos asegurado de…
—Esta mañana, cuando me cambiaba para montar—reconoció ella.
—¿Y no puede ser otra cosa? A veces al principio del embarazo se sangra.
—No, soy muy regular y he tenido los síntomas previos estos días.
—Bueno, no te preocupes, es normal tardar un tiempo en concebir, Esther y yo…

Las palabras se congelaron en su boca al nombrar a su difunta esposa y recordar los sucesos que había sufrido con ella. Una incómoda y pesada losa fría cayó sobre ambos ante el recuerdo de aquella mujer.

—Por fortuna, no eres como Esther—carraspeó con incomodidad depositando un distraido beso en su pelo.

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