Parte 15 – Con los ojos cerrados

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la decimoquinta parte.

Evelyn no se molestó en vestirse, ataviada únicamente con la camisola interior, dispuso el contenido de la cesta sobre el mantel que cubría la vieja mesa. Comieron los bocadillos en silencio mientras Gabriel la observaba con cierto pesar por lo ocurrido.

—Querida—dijo finalmente Gabriel—debes entender que…
—No pasa nada—Evelyn sonrió con voz triste sin apartar la mirada de las vistas—Hoy almorzamos y otro bajaremos.
—Me has pillado por sorpresa. Yo había pensado en arreglar un poco mejor todo esto antes de traerte. Bajar unos cirios para poder quedarnos a ver el atardecer, sumergirnos en la poza en la oscuridad, unos lienzos para envolvernos al salir, incluso bajar un colchón de plumas en aquella esquina para pasar toda la noche si tu lo deseases. Pretendía invitarte a venir por la tarde después de comer, cuando la luz ya no permite distinguir mis deformidades con tanta claridad, con todo preparado únicamente para tu deleite, no esperaba que aparecieses tras de mí de esta manera y…

Él se contuvo el aliento por la impotencia mientras Evelyn retorcía una servilleta en las manos.

—No pretendía arruinar tu sorpresa—reconoció ella con una sonrisa de melancolía—habías planeado sin duda algo maravilloso, muchísimo más que un simple almuerzo en la playa.
—Daría lo que fuese necesario para poder ser el hombre que puede llevarte a disfrutar de un simple almuerzo en la playa contigo. Ojalá tus deseos no supusiesen una tortura para mí.
—Ya estamos en la playa—sonrió ella señalando con sus manos abiertas el paisaje—De hecho, estamos en un sitio mil veces mejor.

Evelyn se encaró a él alzando la mano amorosamente sobre la mesa hacia él, desplazándola por su torso hasta terminar en el borde de la máscara con gesto contrariado.

—Mis deseos jamás incluirán actos que te resulten dolorosos o dañinos. No deseo playas, atardeceres, colchones de plumas ni rostros bellos. Me da igual la máscara que lleves o la luz que ilumine tus quemaduras. Para mí no existen, no las veo, ante mi sólo tengo a mi marido al que voy a amar de igual modo tanto si desea cubrirse ante mi como si no. Si no quieres que vea tu rostro o tu cuerpo marcado, no lo haré, no haré nada que no quieras que haga. Me giraré cuando desees, los cerraré con voluntad de hierro si así me lo pides, coseré mis párpados si es necesario.
—Evelyn…—se quejó él cerrando los ojos y disfrutando de su caricia
—No—atajó ella abandonando su asiento y arrodillándose ante él con devoción—tu esperaste con paciencia a que yo estuviese preparada para consumar el matrimonio, sólo puedo ofrecerte lo mismo.

Gabriel la acercó a él y la besó destilando pasión.

—Cerraré mis ojos siempre que me lo pidas—aseguró Evelyn una vez que se separaron—y no los abriré hasta que me lo pidas.

Gabriel la miró con fuego desmedido y la respiración entrecortada. Sin apartar la vista de ella deslizó sobre sus ojos una servilleta que ató en su nuca sumiéndola en oscuridad.

La besó sin descanso por todas las zonas de piel visibles y cuando hubo terminado con ellas, la devoró sobre la fina camisola. Sus caricias lentas y devotas colmaban a Evelyn de algo más pleno que el deseo carnal. Mientras él hacía ese recorrido, las manos de ella acariciaban con decadencia el cuerpo de su marido, descubriendo centímetros de piel en cada avance. Retirando de manera ciega cada prenda y descubriendo el delicioso tacto de cada nueva zona.

Sin determinar cuánto tiempo habían pasado acariciándose y besándose mutuamente, ambos terminaron totalmente desnudos envueltos con el único eco de sus respiraciones. Gabriel se separó de ella conteniendo los jadeos.

—Tu cuerpo es tan perfecto

Evelyn sintió la caricia cálida del agua sobre su piel al tiempo que la mano de él se deslizaba por su cuerpo mientras la ayudaba a entrar en la poza de agua.

Se movió por el pulido suelo de piedra de la charca y detectó la sorprendente inclinación del mismo, no siendo muy profunda, pero pudiendo quedar cubierta hasta el cuello haciendo pie.
El cuerpo desnudo de su marido se amoldó a su espalda con un abrazo masculino y encajando su más que ferviente erección entre sus nalgas la acarició hasta casi enloquecer.

El eco de los jadeos de ambos no hacían otra cosa más que excitarla todavía más. Gabriel la rodeaba una y otra vez con amantísima devoción, como si su intención fuese amar cálidamente cada centímetro de piel que formaba parte de ella.
En la oscuridad del lienzo que cubría sus ojos, Evelyn nadaba en la devoción del acto en una intención de perpetuidad. Jamás habría pensado que un acto tan primario como el de un hombre con una mujer pudiese llegar a ser tan bello y necesario como el alimento o el oxígeno.

Con suma facilidad y destreza, Gabriel la sujetó por las caderas y elevó su cuerpo hacia él. Instintivamente, Evelyn rodeó la cintura varonil con sus piernas y se dejó llevar por su experiencia mientras la incesante lluvia de besos ardientes, los jadeos y las caricias no cesaban.

Con pasmosa naturalidad, el miembro de su marido se colocó en su correcta dirección, como si los cuerpos de ambos estuviesen moldeados para aquel lascivo baile, para encajar el uno en el otro.

Bien por el efecto del agua caliente, las acertadas caricias de su marido o la excitación que provocaba la privación de vista en Evelyn, la excitación de ella la hizo moverse de manera instintiva para provocar la entrada de su marido en ella.

Él se dejó hacer en un masculino gemido permitiendo que fuese ella quien se deslizase por su cuerpo y se llenase.

La sorpresa de su plenitud invadió a Evelyn cuando comprobó que en aquella ocasión sólo sentía placer al tiempo de una decadente e imperiosa necesidad de fricción. Se movió con facilidad gracias a la ligereza que le proporcionaba el agua, pero con cierta torpeza al no hallar el movimiento acertado que le proporcionase placer a ambos.

Las caricias de Gabriel anclaron sus manos a ambos lados de sus caderas, fijando de este modo un rítmico e imperioso movimiento que les proporcionaba placer en cada embestida. Ambos jadeaban decadentes inmersos en su lujurioso baile que destilaba cada vez más y más descargas.

—Libérate—gruñó Gabriel en su oído sin cesar en su movimiento—Libérate para mí, Evelyn.
—Gabriel—jadeó ella presa de la locura—Necesito más ¡Mas!

En un brusco y masculino envite, Gabriel aprisionó el cuerpo de Evelyn contra una de las paredes de la poza provocando una penetración todavía más profunda en su interior. Un grito de placer brotó de los labios de Evelyn mientras Gabriel se perdía en el delirante frenesí de los profundos empellones.
Los sollozos de puro deleite de ambos se mezclaban en los ecos de la cueva, convirtiendo el oxígeno en algo pesado, el agua de la poza en lava que enfervorizaba el cuerpo de ambos.

Finalmente, un desgarrado grito de satisfacción se construyó desde las entrañas de Evelyn emanando como pura desesperación por su boca, desmadejando su cuerpo pero contrayendo cada músculo alrededor de la masculinidad de Gabriel en un agonizante estrangulamiento sexual.
Zambullida en el éxtasis, Evelyn sintió la conmoción previa de su marido y la vibrante explosión en el instante en el que descargó en ella con un sonido liberado y gutural.
Ambos permanecieron empapados por un éxtasis silencioso, entrelazados bajo el agua, jadeantes, plenos de sí mismos, satisfechos de su placer e intentando recobrar tanto el aliento como la consciencia.
Es complicado determinar cuánto tiempo llevaban sumergidos en aquella poza abrazados acariciando sus almas. Evelyn incluso creyó haberse quedado ligeramente dormida en aquel entorno tan propicio cuando la voz de Benwell sonó clara a través del túnel de acceso.

Gabriel la sujetó bruscamente girándose con rapidez para proteger el cuerpo desnudo de ella y su cara descubierta.

—¿Señor?—la voz de Benwell sonaba cargada de nerviosismo—¿están sus señorías visibles?
—Ni se le ocurra acercarse ¿Qué quiere Benwell?—rugió Gabriel como nunca había oído antes
—Mil disculpas señor—se lamentó él—Es… es muy tarde, sumamente tarde, señor

Evelyn sintió el cuerpo de Gabriel desplazándolos por el agua, seguramente en búsqueda de un sitio más protegido de las miradas indiscretas a través del acceso.

—¿Y qué quiere?
—Usted había ordenado… traer unos cirios y unos lienzos—La voz sonó ligeramente más cercana—llevo… los ojos cerrados, señor
—No se le ocurra dar un paso más, Benwell—bufó desganado Gabriel mientras se desprendía perezosamente del cuerpo de ella.

Gabriel finalmente desplazó el cuerpo de Evelyn hacia el borde de la poza y emergió de ella.

Tras unos interminables segundos en el que Evelyn, todavía con los ojos tapados, tan sólo escuchaba el trasiego de telas, los hombres y el pequeño chapoteo de los pies húmedos de Gabriel moviéndose sobre la piedra.

Tras esos momentos, sintió al fin que le retiraba la servilleta de los ojos invitándola a observar su entorno. Allí encontró a Gabriel con la máscara de lienzo que usaba para dormir, la camisola adherida de malas formas a su torso y un gran lienzo atado a la cintura. Al tiempo, Benwell permanecía tieso con los ojos cerrados y notable apuro cargado con otro lienzo y una cesta similar a la del almuerzo.

Gabriel la ayudó a salir en silencio intercalando miradas de adoración con deseo al tiempo que la envolvía con el segundo lienzo que Benwell había traído y la ayudaba a cubrirse pudorosamente.

—Está bien, Benwell—dijo al fin Evelyn cuando el decoro se lo permitió

El mayordomo abrió los ojos e intercambió una nerviosa mirada con Gabriel, que lucía más bien disgustado por la intromisión.

—Winelda me ha enviado con un refrigerio—anunció con solemnidad intercambiando las cestas y evitando las miradas asesinas de su señor—Desearía saber si los hombres deben traer lo que hablamos para esta noche.

Nuevamente, las miradas de Gabriel y Evelyn se cruzaron al entender los esfuerzos del mayordomo por mantener el secreto. Evelyn hizo un gesto de negación.

—No hace falta traer la cama, Benwell—respondió Gabriel—Puede enviar a los peones a sus casas, deles una gratificación por su paciencia.

El mayordomo recogió los restos de la cesta anterior con un gesto de cabeza.

—¿Ordeno a Winelda disponer la cena?
—Que no se moleste—respondió Evelyn—que se limite a subir un poco de pan con lo que tenga por la cocina a nuestros aposentos.

Benwell asintió con la cabeza y apuró su trabajo para marcharse lo más rápido posible de la estancia mientras era ignorado por el matrimonio.

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