Parte 14 – La cueva caliente

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la decimocuarta parte.

Los rayos de la mañana cubrieron la estancia en una deliciosa caricia que la despertó sintiendo sobre si el escrutinio de una mirada.

—¿Hace mucho que estás despierto?
—Poco—sonrió él levemente colocando un mechón de cabello de ella.

Evelyn se acomodó en el acogedor pecho de su marido y ambos se miraron en silencio con entendimiento.

—¿En qué piensas?
—En nada importante—sonrió él al tiempo que depositaba un beso en su frente—pediré a Benwell que llene la tinaja de agua para que te des un baño.
—¿y por qué no cogemos el almuerzo y bajamos a bañarnos en la playa?—respondió cariñosa Evelyn.
—Porque tengo tareas que atender.
—Seguro que puedes atenderlas luego, puedes tomarte un día festivo.
—Baley no entiende de festivos, querida.
—Pero hace un día tan bonito—rezongó de nuevo—Y hoy al fin somos un verdadero matrimonio, debería ser un día de fiesta.

Gabriel la miró pensativo durante largo rato.

—Evelyn… el caso es que hace demasiado sol para ir a la playa.
—¿Qué dices? ¡Pero si eso es lo mejor!
—Si tantas ganas tienes, ve tu entonces.—respondió con paciencia al tiempo que se levantaba.
—Venga, Gabriel, no seas así, acompáñame a la playa.—se quejó Evelyn sentándose en la cama con una sonrisa.

Gabriel suspiró frustrado por no encontrar las palabras adecuadas.

—El sol hará sudar mi piel y el cuero de la máscara rozará provocando dolorosas llagas.

No esperó a que ella respondiese a su afirmación. Se cubrió con su bata de lienzo y desapareció tras la puerta de su cuarto. Dejando a Evelyn anonadada tras de si.
Aquella mañana no desayunó con ella y Evelyn, triste por su comportamiento, no pudo encontrarle en ninguna de sus estancias habituales así que, como autocastigo decidió trabajar el jardín bajo las inclemencias del sol.

Durante su trabajo, se martirizó por no haber tenido en cuenta las limitaciones que provocaban las graves quemaduras en su marido. Ciertamente el día demostraba ser de los más calurosos que ella había vivido en muchos años y su propio vestido, aún siendo de fino lienzo de frescos y alegres colores, resultaba de lo más molesto y sofocante.

Evelyn se retiró con desgana bajo la sombra de un viejo chopo un bocadillo cuando la vieja cocinera se acercó a ella con gesto nervioso seguida de otra criada todavía más alarmada.

—¿Sucede algo?—acabó por decir mientras sacudía disimuladamente la tierra
—No, mi señora—respondió de inmediato cruzando la mirada con la pequeña que las acompañaba—me preguntaba si no preferiría encargarle esta tarea tan pesada a mi marido, que es el jardinero
—Winelda, solamente estaba quitando un puñado de malas hierbas, no hace falta que todo el castillo entre en pánico cuando me tengo que arrodillar.
—Mi señora—La vieja cocinera habló escogiendo las palabras—quizás haga demasiado calor para que trabaje el jardín.
—Está bien, Winelda—suspiró con tristeza Evelyn mirando alrededor—¿Ha visto usted a Benwell?
—Sí, esta mañana en el desayuno.
—¿Le ha mencionado por casualidad a dónde iban él y el conde? Porque no les he visto salir con el carruaje y les he estado buscando.
—Bueno, señora, yo sólo sé que esta mañana me solicitaron hacer el almuerzo para cuatro peones y solicitaron a mi marido que bajase con ellos a los túneles bajo las mazmorras—sonrió ligeramente la cocinera
Evelyn pensó detenidamente en esa zona del castillo todavía desconocida para ella. Un intrincado laberinto de túneles de piedra labrada por el efecto del agua y el paso de los años. Usados para entrar y salir del castillo de manera sigilosa o para acceder a las zonas de vigilancia de la costa de Baley.

Supuso que tanto Gabriel como Benwell estarían supervisando alguna obra de mantenimiento o defensa, pero le resultó excesivamente raro que hubiesen pedido la compañía de un simple jardinero..

—¿Por qué habrían de enviar a su esposo bajar a los túneles? ¿Qué trabajo de jardinería ornamental puede haber allí?
—Yo solo sé que el señor Benwell y el Conde bajaron esta mañana temprano con cuatro hombres, si no los encuentra, quizás sigan allí.

La cocinera se encogió de hombros con una ligera sonrisa que Evelyn no supo descifrar.

—De todas formas, mi señora, se ha hecho un poco tarde y había pensado en enviar a Winnie con una cesta para el almuerzo, podría darle recado al conde de su parte.
—Gracias Winelda.

Ambas cruzaron las miradas con una sonrisa en los labios y Evelyn se sintió agradecida con la vieja cocinera.
Unos minutos más tarde, la pequeña nieta de la cocinera, Winnie, apareció con una gran cesta colgando de su bracito, una antorcha y gran disposición.

A través de un acceso en la trasera de la cocina bajaron por unas viejas escaleras interiores de piedra que daban a las bodegas. Allí dispuestos en exquisito orden se hallaban los barriles de vino, las salazones sobrantes del invierno, las patatas y varios alimentos no perecederos típicos para el invierno ya casi agotados por la época del año en la que se encontraban.
Continuando el descenso, Evelyn fue hallando diversas celdas ya en desuso que se hallaban repletas de grandes utensilios de cocina, seguramente a la espera de la celebración de grandes convites que propiciasen el uso de esos tamaños. Baúles, pergaminos, armas y viejos aperos de trabajo para el campo. Todo dispuesto en diferentes celdas, como si de un método de ordenación se tratase.

La oscuridad del laberinto en la piedra se iluminaba únicamente con la antorcha que la pequeña portaba con determinación guiándola por aquél laberinto.

—¿Son muy grandes las mazmorras del castillo?—preguntó al fin Evelyn a la pequeña.
—Supongo—contestó la pequeña con indiferencia mientras se balanceaba incómoda con la cesta de comida—no las conozco completamente
—¿Y no te pierdes?
—Oh, no, señora, es muy sencillo, hay que seguir las indicaciones de las piedras.—dijo posando la cesta en el suelo y acercando la antorcha a un imperceptible símbolo de la pared

Evelyn palpó el símbolo para cerciorarse de su forma mientras dejaba que la niña descansase de la pesada carga de la cesta.

—¿me enseñarías las indicaciones?—Se mostró amistosa—yo llevaré la cesta, pesa mucho para ti.
—¡No señora!—se alarmó la niña—Usted no puede cargar la cesta.
—Sí—Dijo ella tomando el asa con determinación—Tu me irás enseñando y explicando las indicaciones, si llevas las manos ocupadas, no podrás hacerlo.

La niña vaciló ligeramente pero finalmente accedió a hacerlo mientras acercaba todavía mas la antorcha a los símbolos.

—El palo hacia abajo significa que hay paso y el palo tumbado que está cerrado.—aclaró la pequeña con suficiencia cambiando de mano la antorcha para continuar la caminata—la cruz es la salida bajo el cementerio, cerca del pueblo. El círculo es la salida que hay junto al bosque.
—¿Y la S?—Preguntó Evelyn percibiendo una ante ella.
—¿S señora?—se extrañó la niña acercándose al símbolo que Evelyn marcaba- ¡Ese es el río! Los túneles pasan paralelos a un río.
—¿Vamos hacia el río?
—Muy cerca, vamos a la cueva caliente.
—¿Y qué es ese lugar?
—Es una cueva pequeña bajo el castillo donde está el viejo cañón que vigila la costa. La llamamos así porque las piedras están calientes en cualquier época del año.
-¿Y está muy lejos?

La niña no respondió sino que hizo un gesto con la antorcha para señalar la claridad que penetraba tras un recodo. Con el silencio de ambas se podía escuchar el eco de algunas voces varoniles y el ruido característico de la limpieza de piedra con cepillo.

Apenas tardaron unos instantes en alcanzar la fuente de la claridad, una cueva natural excavada por el agua. Con su frente abierta a pleno acantilado, ofrecía una panorámica totalmente limpia y peligrosa únicamente protegida con una especie de vegetación entretejida con cuerdas a modo de barandilla.
La estancia disponía un cañón de forja colocado y anclado justo al borde de la abismal abertura, dando cobertura de fuego para toda la costa de Baley y proporcionando a su vez una excelente panorámica de todo el lugar al tiempo que era inaccesible y prácticamente imperceptible desde el exterior.

No se podía afirmar que las creaciones de la naturaleza en ese caso no hubiese sido de lo más extraordinario e idílico pues, salvando las escasas incursiones humanas y la parafernalia militar que se había dispuesto en el lugar, en un recodo parcialmente iluminado por los brillantes rayos del sol, dejaba al descubierto una balsa de agua de casi tres cuerpos de largo. La balsa, como si de una bañera natural se tratase, se nutría de dos chorros de agua. Uno, brotando humeante desde una rendija de la propia pared, mientras que el otro discurría a través de una canalización indudablemente humana. Ambos se unían y terminaban en aquella extraña laguna de piedra lamida por el trabajo del agua y se desaguaba lenta y natural por el lateral opuesto a la disposición del arma.
El impresionante lugar podría bien haber sido el mirador secreto de un habitante mágico o divinidad terrenal más que un simple puesto de vigía.
—Evelyn—se sorprendió Gabriel al girar sobre sí mismo y encontrarla en la entrada—¿Qué haces aquí?
—Hemos traído el almuerzo—acertó a responder ella ligeramente sonrojada por el escrutinio—y no te he visto en toda la mañana.

Gabriel intercambió una mirada rápida con Benwell, que no dudó en apurar a todos los presentes para abandonar la estancia y dejarles a ambos totalmente solos.

—Los túneles de las mazmorras y este lugar son…—No acertó con las palabras adecuadas y se acercó a la abertura dejando la cesta en la mesa cercana—¿Cómo es posible construir todos esos pasadizos y este habitáculo?
—El castillo se construyó aquí precisamente sobre estos túneles naturales de la piedra para dificultar los ataques y facilitar una eventual fuga a través de los subterráneos, el mar o el bosque.
—Pero es fascinante. ¿Cómo puede ser tan cálida y suave a pesar de ser piedra? Una pensaría que un lugar como este debería ser frío y tosco por causa de la sal.
—¿Conoces las aguas de Bath?
—¿El agua que emerge hirviendo de las piedras? Me han hablado de ellas

Gabriel acarició la pared interior de la que emergía el chorro de agua humeante y la invitó a hacer lo mismo. Evelyn acudió sin dudarlo y abrió los ojos cargada de sorpresa cuando notó un agradable calor emanando de la misma.
—¿Son aguas termales?—se sorprendió ella—¿cómo es posible? Este sitio no huele a azufre
—No todas las aguas termales huelen a azufre, depende de las propiedades del pozo y de las piedras de las que brote. Estas son termales y medicinales—asintió con la cabeza—no huelen a azufre como las de Bath ni tampoco están siempre a la misma temperatura.
—¿Sabes qué curan?
—He mandado investigarlas, pero no lo podemos decir a ciencia cierta. Si bien queda claro que no son milagrosas, ayudan mucho en dolencias de huesos, músculos y piel. Y se pueden ingerir de manera controlada, alivian los dolores intestinales.
—¿Habéis localizado su origen al menos?
—No, no está claro, brotan por doquier bajo el castillo, nadie sabe exactamente de dónde sale, hay pozas similares a estas por todos los pasadizos, incluso a veces desaparecen de un lugar y aparecen en otro. Hay que tener mucho cuidado sobre todo en invierno, pues se pueden inundar algunas zonas y quedar inaccesibles
—¿desde cuando se conocen?
—Desde siempre, el acantilado está repleto de cuevas y túneles de diferente tamaño por efecto del agua que brota de su interior. Ese fue el gran motivo de la construcción del castillo en este punto y no en uno más protegido de las inclemencias del tiempo. Su localización y sus ventajas estratégicas para la huida son indiscutibles.
—¿Y la poza?
—Mi bisabuelo sufría de eqzemas sangrantes por todo el cuerpo y le encantaba bajar a bañarse regularmente en estas aguas. Pensaba que cuanto más cerca se bañaba del origen del calor, más efecto le hacía así que, buscando el nacimiento de estas aguas, localizó este lugar. Este es el punto donde hasta la fecha ha brotado más caliente, no se puede tocar directamente con la mano pues escalda. Tuvo que canalizar parte del agua subterránea del ría para mezclarla. Con ese sistema logró que la temperatura todo el año sea agradable y el agua esté limpia. Esta charca la moldeó mi bisabuelo para poder disfrutar íntimamente todo el año de los baños calientes sin ser molestado.
Evelyn se acercó al agua e introdujo los dedos, un pequeño gemido se escapó entre sus labios al percibir la agradable temperatura de la misma. Con ese acto percibió inevitablemente la mirada de Gabriel sobre ella y se sintió culpable por la petición de aquella mañana.

—Siento lo de esta mañana—dijo al fin con pesar

Gabriel se acercó tras ella y estrechó su cintura cariñosamente con sus brazos al tiempo que aspiraba el olor de su cuello. El sol penetraba brillante por la abertura en el acantilado golpeando con fuerza en pleno zenit. Lo único que se escuchaba era una fantástica melodía compuesta por las chicharras, el fluir del agua de la poza, las gaviotas y las olas rompientes al fondo del acantilado.

Cuando habló, de nuevo Evelyn percibió el mismo cambio en su voz que la noche anterior.

—No tienes por qué disculparte, querida.
—Pero no pensé en tus circunstancias, te hice daño, te marchaste enfadado.
—No me has hecho daño y no me marché enfadado contigo, estaba frustrado porque realmente deseaba llevarte a nadar, querría ser el marido que mereces tener y no un…

Evelyn no dejó que él terminase, a sabiendas del odioso calificativo que usaría. Se volteó entre sus brazos y le besó con amor, rabia y pasión. Enterró sus manos en el pelo de él y permitió que él la estrechase hasta casi hacerle fallar la respiración.

—Ya eres el marido que deseo—dijo una vez que él dio respiro al saqueo de su boca.

Gabriel no apartó su mirada de ella y sonrió levemente alargando una caricia hasta las cuerdas de su vestido para juguetear con ellas.

—No puedo llevarte a almorzar a la playa, pero quizás este sitio te resulte aceptable.
—No existe un sitio mejor en el mundo.
—Te ayudaré a quitar el vestido para que puedas bañarte—dijo mientras deshacía los nudos que ceñían el vestido de ella.

Evelyn permitió trabajar hábilmente las manos de su esposo sobre el delicado vestido. Una vez él la había liberado de las telas y sólo la cubría una fina camisola, elevó las manos hacia él introduciéndolas dentro de la camiseta

—¿Qué haces?
—Lo propio—sonrió ella—¿no pretenderás bañarte vestido?
—Yo no voy a bañarme—respondió él con una caricia—Me limitaré a verte disfrutar de ella.
—¿Y porqué habrías de ser espectador?—Rezongó ella tironeando de la camisa ya abierta e intentando desanudar las cuerdas del pantalón.

Gabriel suspiró con desánimo e inmovilizó sus manos con gesto serio.

—Esta máscara es de cuero y no puedo humedecerla. Podemos volver otro día y traeré una de lienzo. Hoy tendrás que disfrutar tu sola de las aguas.
—No, Gabriel, no me bañaré sola—se quejó ella recogiendo de nuevo el vestido con tristeza—la idea de bañarnos juntos es introducirnos los dos en el agua, no que me mires ¿Qué tiene de divertido meterme en el agua sin ti si no es para enjabonarme?
—Querida—Insistió él quitándole el vestido de las manos con cariño—no pasa nada, bajaremos mañana juntos a bañarnos.
—Quítatela—suplicó ella conectando las miradas—Bañémonos juntos, totalmente desnudos.
—No, Evelyn, no voy a quitarla—Respondió con gesto duro—Todavía no es hora de ver mis deformidades.

Evelyn bajó la mirada en señal de derrota y se dirigió hacia la pequeña mesa de madera en la que había dispuesto la cesta del almuerzo.

—Pues al menos almorcemos con estas maravillosas vistas.

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