Parte 13– El monstruo de Baley

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

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La oscuridad invadía ya el cuarto. El fuego de la chimenea había menguado y Gabriel se levantó para azuzar el fuego y echar un par le leños. Cuando regresó, Evelyn se apretó contra el cuerpo caliente de su marido y él, en un gesto tan cariñoso como íntimo, subió las sábanas para envolver los cuerpos desnudos de ambos en el lecho. Era un gesto de atención tan sencillo y propio de Gabriel que ella sintió la carga emocional que representaba.

—Esther fue una estúpida—declaró Evelyn con convicción—No entiendo cómo no podía disfrutar de tu compañía. Eres un buen marido.

Gabriel giró la cabeza sorprendido y sonrió agradecido ante el halago.

—Supongo que para ella fue complicado asumir que, a pesar de ser condes de un terreno tan grande y próspero, la riqueza de la familia dependía directamente del cuidado de Baley. Y que la única manera de preservar nuestro poder, posición y todos nuestros bienes era viviendo aquí y no en Londes. En el fondo creo que Baley siempre fue el problema. Cuando tuve que regresar, no me resultó demasiado difícil olvidar mi antigua vida por este lugar. Yo nunca dejé de amar este lugar cuando me marché a Londres a estudiar y trabajar. Sin embargo, cuando Esther fue ignorada y acabó debutando en Londres, todo aquello la fascinó tanto que no tardó en olvidarse de la vida humilde que tendría que llevar al volver a vivir en unas tierras que necesitan ser gestionadas.
Ella detestaba cada maldita piedra de este castillo casi desde el primer momento que lo pisó siendo mi esposa. No comprendo cómo podía haberse esforzado tanto para aborrecerlo casi desde el primer día. Durante el corto periodo de tiempo que mi padre vivió tras nuestra boda, intenté que tomase sus obligaciones como esposa y condesa con paciencia. Pero nunca tomó en serio sus obligaciones en el cuidado y tareas del castillo. Su implicación en el hogar nunca fue muy activa, esas tareas las dejaba siempre en manos de mi anciana madre, que se preocupaba más de cuidar de mi padre que de la casa. En todo el tiempo que vivió en Baley Esther jamás pidió a los criados que limpiasen, fregasen o cocinasen nada más allá de sus propias necesidades o de lo únicamente necesario para no generar tensiones entre nosotros.
Tras la muerte de mi padre, estaba tan emocionada con el hecho de que ya nadie nos pudiese retener aquí que me costó muchísimo hacerle entender que no abandonaríamos Baley para vivir en Londres. Ni tras el entierro ni mientras fuésemos condes y no tuviésemos un heredero que se hiciese cargo de todo.
Fue el detonante, todo empeoró, se convirtió en una mujer irritable. La vida de recogimiento que implicaba Baley no funcionaba para su manera de ser, aquí no había eventos sociales, clubs para tomar el té o tiendas en las que comprar ropa bonita. Ni tan siquiera nos llegaban con suficiente regularidad las revistas de cotilleos. No tenía amigas ni tampoco las quería invitar, se negaba a charlar con la servidumbre o con las gentes del pueblo. Y casi mejor, porque cuando lo hacía, no solía ser agradable con ellos. Me hice cargo, se sentía sola en un sitio desconocido, intenté compartir más tiempo con ella, le ofrecí nuevas responsabilidades más livianas que la distrajesen, actividades, espacios… le di libertad para hacer lo que quisiese con el castillo, jardinería, caballos, caza, cría de perros… La insté a decorar de nuevo los salones, las habitaciones, cambiar las cristaleras o forjar nuevas lámparas. Pero nada le interesaba. Nada funcionaba entre nosotros, las discusiones eran cada vez más frecuentes y fuertes.
Su actitud en el lecho más rígida, fría y desagradable. Llegó a exigir tantas normas que, las contadas veces que acudía a mi lecho, yo mismo fingía sentirme indispuesto porque me sentía incapaz de cumplir con mi esposa de una manera tan alienada. Sin acariciarnos, sin besarnos, muchs veces sin siquiera desvestirnos. No me permitía admirar su cuerpo, aunque fuese bajo un camisón. Tampoco me permitía prepararla con caricias para tomarla ni recrearme excesivamente en la lujuria de la posesión carnal. Durante el acto no podía hablarle bajo ningún concepto, ni nos mirábamos. Le repugnaba verme durante la consumación, hasta le molestaban mis gemidos. Al final todo se limitaba a unos segundos rápidos y silenciosos en los que ninguno se desvestía ni se tocaba más de lo necesario. Y, en cuanto yo soltaba mi semilla, ella salía corriendo del cuarto sin cruzar una sola palabra.
Finalmente, y cuando yo ya creía que lo nuestro no podía empeorar más, consiguió quedar encinta y eso… fue todavía peor. Con el embarazo, ella se pasaba el día en su cuarto. Bastante molesta por su rápido cambio físico y por las limitaciones que le provocaba. Se veía demasiado gorda casi desde el principio. Era capaz de someterse a días de ayuno y ponerse corsés para intentar ponerse su ropa habitual. Le molestaba no poder ponerse sus vestidos favoritos. Cuando ese comportamiento ya no le valía de nada, Bebía hasta no sostenerse en pie y trataba a todo el mundo, fuese criado o visita como escoria.
Aquella situación no provocaba más que continuas discusiones entre nosotros. Ya no sólo es que, por descontado, abandonara sus deberes conyugales. Cosa que para mí no supuso más que un alivio, sino que ante mis continuas reprimendas por su comportamiento acabó por trasladarse a la torre más alejada del castillo y dispuso unos criados únicamente para atenderla a ella. Pasaba días enteros sin saber nada de ella ni de cómo estaba su embarazo. Cuando acudía a su torre para hablar, se encerraba en su cuarto y pedía a sus criados que me impidiesen el paso diciendo que se sentía indispuesta. Llegué a creer que con su comportamiento había perdido el bebé ¡o la cabeza!
Un día, a pocas semanas para salir de cuentas, al fin se dignó a salir de su torre y hablar conmigo. Vino a decirme que no lo soportaba más, odiaba aquél matrimonio, aquella vida, a mí y al niño que llevaba en su interior. ¡Que dios la perdonase! Quería pedirme que la dejase ir, regresar a Londres, sin mi y sin el niño. Me suplicó que la liberase de sus obligaciones. Ella lloró y lloró y suplicó, se arrodilló por los suelos y amenazó con quitarse la vida y también la de nuestro hijo si no la dejaba marchar tras el alumbramiento. Así que, al final, acabé por darle mi palabra de que la dejaría ir tras entregarme al heredero.
A las pocas semanas nació mi hijo Daniel, fue el día más maravilloso de mi vida. Aquel pequeño era el bebé más bonito que pueda un padre soñar. Yo nunca había visto bebés que acabaran de nacer, pero puedo asegurarte que era lo más perfecto que nunca vi en toda mi existencia.—Aseguró Gabriel con la voz emocionada—No entendía cómo nosotros dos podíamos haber traído al mundo un ángel como aquél. No podía quitar literalmente mis ojos de él con la emoción y… Esther ni tan siquiera era capaz de mirarle. Ella, tumbada en la cama recién parida, sólo insistía en recordarme mi promesa, la ropa que quería empaquetar en los baúles y de todo lo que haría al llegar a Londres.
—¿Cómo es posible?—interrumpió Evelyn sorprendida—¿Es que no sentía nada por su hijo?¿no era feliz por tenerlo?
—Supongo que era feliz por poder marcharse—afirmó Gabriel—Si te digo la verdad, hacía tiempo que me sentía incapaz de entender nada que tuviese que ver con Ella. Pero ya no me importaba, yo tenía a mi hijo y ella ya me traía sin cuidado.
Daniel no había cumplido ni tan siquiera el mes de vida cuando Esther decidió que era el momento de volver a Londres, ¡dios! ni tan siquiera podía andar con normalidad tras el parto… pero yo, que no tenía ojos nada más que para mi hijo. Me gustaba tenerle cerca, verle dormir entre mis brazos, sus sonidos, su olor a vida.
La dejé ir, feliz de que se acabasen las discusiones y le dejase conmigo. Y creo que decisión fue la peor que pude tomar, incluso peor que casarme con ella. Pues fue ahí cuando todo mi mundo se empezó a venir realmente abajo.
Pasaron unos pocos años de dulce felicidad. Daniel era un muchacho listo ¡Si lo hubieses conocido!, Evelyn. Guapo, sonriente, curioso… Le encantaba acompañarme todo el tiempo posible y yo, por supuesto, buscaba cada minuto para estar con él. Mi hijo me hizo amar la vida de nuevo, me dio un motivo para continuar con todo. Sí, sabía que el servicio cuchicheaba a mis espaldas y los rumores que llegaban de Londres acerca de Esther no eran propios de una mujer casada pero nada podía hacer para hacerla entrar en razón y tenía miedo que ella decidiese volver y apartar al pequeño de mis brazos con ponzoña.
Esther no se limitaba a gastar la fortuna de mi familia, bebía, tenía amantes, y deudas por apuestas ¡por apuestas! Ya no sólo había conseguido convertir mi apellido en una burla, sino que me había puesto en evidencia a mí y a su hijo ¿te imaginas?, todo Londres lo sabía, se había convertido en una desgraciada y a nosotros, con ella. Además, su comportamiento de moral relajada hacía peligrar las inversiones en mis negocios. Le envié ruegos suplicándole que corrigiese su comportamiento durante meses pero, finalmente no me quedó otro remedio que bloquearle las cuentas e impedir que continuase dilapidando el dinero.
—Eso no debió gustarle nada—Afirmó Evelyn.
—Estaba furiosa conmigo. Regresó a Baley hecha un basilisco. Decía que me odiaba, que yo no deseaba una dama de la sociedad sino una criada. Que no la dejaba ser feliz, que la quería convertir en una vulgar sirvienta que limpia la casa y trabaja el jardín, como había hecho mi madre o mi cuñada.
Solía referirse a ellas de un modo bastante despectivo, las llamaba campesinas. Era particularmente cruel al referirse a mi cuñada, que consideraba responsable de su desgracia. Esther estaba convencida que, casada con mi hermano Daniel, jamás hubiese tenido que pasar por todo aquello ni casarse con alguien como yo. Gritó durante días, pero yo la ignoré, sin dinero, ella no podía regresar a Londres y no podría continuar con el daño que nos hacía. Y confiaba en poder mantener a nuestro hijo apartado de su radar el tiempo suficiente hasta que todo se pudiese arreglar.
Nuestra relación era verdaderamente un infierno. Esther me desafiaba constantemente, pero como no cedía ante ella, comenzó a tener escarceos con hombres del pueblo, como castigo por no dejarla regresar a Londres. Le daba igual, jóvenes que viejos, solteros o casados. Cuanto más escandaloso y bochornoso fuese para mí, más se divertía ella. Procuraba que les encontrase en situaciones comprometidas o que llegase a mis oídos por las máximas fuentes posibles, para dejarme bien claro que a ellos les dejaba hacer lo que yo jamás pude.
Mi único modo de lograr un comportamiento mas o menos decente era imponerle estrictas reglas y castigos… ¡castigos que me dolían más a mí que a ella!.
—¿Qué tipo de castigos?
—Principalmente no dejarla ir al pueblo, luego tuve que prohibirle salir del castillo, muchas veces me veía obligado a encerrarla en su cuarto. Siempre era la misma historia, yo era un monstruo que la castigaba, la encerraba y ella sólo quería ser libre.
Aseguraba a todo el que la quisiese oír que nuestra familia albergaba el monstruo de Baley, que ella había visto al propio Daniel aullando a la luna, a mi padre transformándose y a mí comiendo corazón crudo… le encantaba usar una vieja leyenda del monstruo de Baley para infundir lástima entre las gentes del pueblo. Contaba que yo estaba poseído por una especie de demonio que la maltrataba por las noches, que le hacía cosas horribles en el lecho cada noche y que pretendía devorar su alma.
La mayoría de la gente del pueblo no le hacían mucho caso. Pero, ya has comprobado que la gente de por aquí no tiene excesiva cultura o una mínima educación básica, más que lo que le enseña la vida. Muchos de nuestros parroquianos no saben leer o escribir y apenas saben hacer cuentas. Uno no puede aspirar a que en un sitio así, cierto tipo de historias y leyendas no corran como la pólvora.
Al fin, consiguió dar con un grupo de gente que realmente creyó que, no sólo en mí, sino también en mi padre, mi hermano y en todo mi linaje habitaban monstruos que aullaban a la luna, comían corazones y torturaban mujeres. Alguien que se obsesionó con la historia de tal modo que quiso liberar a Esther de su supuesto cautiverio y de su torturador.
—Gabriel, dios mío, no me digas que…—Evelyn sintió el alma desgarrarse al suponer los eventos.
—Una noche, ese grupo de aldeanos entraron en el castillo.—La voz de Gabriel se quebró y contuvo un sollozo—llegaron primero al cuarto de Daniel. Ellos… no mostraron piedad, encendieron su cama con él durmiendo, todavía vivo
—Oh, Gabriel—dijo ella abrazándole con lágrimas en los ojos sin hallar palabras de consuelo.
—¿Quién hace eso con un niño de cuatro años?—sollozó contenido Gabriel con la cabeza enterrada en el pelo de ella—Me desperté con sus gritos, con sus… infantiles y aterrados gritos. Los criados intentaron sacarme del incendio pero, luché con ellos para entrar en el cuarto de Daniel, envuelto en llamas. Aquello era el infierno,Evelyn, créeme, apenas podía caminar sin que las lenguas de fuego me abrasasen. Pero seguí sus gritos desesperados, él… no podía salir de su cunita, le vi, a mi pequeño, gritando asustado envuelto en llamas.
Intenté salvarle.
—Ya lo sé, lo intentaste—lloró ella sin aflojar el abrazo.
—Tengo sus gritos pidiendo auxilio grabados en mi cabeza, Evelyn, ¿sabes cómo se graban en la memoria los gritos de agonía de tu propio hijo?
—No puedo imaginarlo, prefiero no hacerlo.
—¡Tenía que haber sido ella! ¿por qué no fue ella?

Gabriel rompió a llorar desconsoladamente en el cuello de Evelyn, que le abrazaba con fuerza mientras lloraba también por la trágica muerte de un pequeño inocente.

—Cuando Daniel murió en mis brazos—continuó al cabo de un rato extrañamente recompuesto y con la voz tan fría que helaba la sangre— Me volví loco, me convertí en… ese monstruo que ella tanto había afirmado que yo era. Quería lanzarla al fuego, hacer que sufriese, ¡quería matarla lenta y agónicamente!
Ella, ella estaba allí les abrió la puerta, habían venido a salvarla a ella. Estaba presente cuando incendiaron la cama de su hijo y no les detuvo. No gritó para dar aviso. No suplicó por la vida de Daniel. Ni tan siquiera lloraba—Escupió con la voz cargada de desprecio
Varios días después, los vecinos la encontraron completamente histérica y borracha buscando en dónde esconderse, así que me la trajeron. Tuvieron que atarla. Suplicó que no la devolviesen a mi presencia, temía que la matase con mis propias manos, gritaba y pedía auxilio mientras la arrastraban por los pasillos ante mi. Yo estaba tan… desgarrado… que la encerré en su cuarto.
—Yo la hubiese matado—admitió Evelyn—la hubiese echado a una hoguera y la habría hecho arder.
—No tenía intención de matarla, al menos, no rápidamente, deseaba que ella sufriese, que sufriese mucho, tanto como yo. Así que la hice esperar para volcar toda mi ira en ella.
Yo pasé meses en la cama, aullando como mi hermano por la muerte de mi hijo. Enloquecido por el dolor y las fiebres de las quemaduras. Algunas noches, la ira conseguía superar mi dolor y acudía al cuarto de Esther enfurecido. Allí me arrancaba los vendajes y le pedía que recordase a nuestro hijo pidiendo auxilio para que viese lo que ella había conseguido con sus actos.
Me suplicaba entre lágrimas que la perdonase, que la dejase tranquila con su dolor por lo que había hecho. Luego pedía que la dejase marchar, hablar con sus padres, escapar del infierno al que la sometía.
—¿Sus padres?¿su familia?¿alguien intentó ayudarla?
—Después de su comportamiento en Londres, su padre prefería tenerla bien lejos.—reconoció él fríamente—Algunas personas se interesaron, pero yo no estaba dispuesto a dejarla ir. Su comportamiento durante todos aquellos años con la servidumbre tampoco le había granjeado muchos amigos y en el pueblo… bueno, en el pueblo todos me tienen bastante miedo después de aquello. Procuran recurrir a mí cuando no tienen otro remedio. Me llaman el monstruo de Baley.

Evelyn observó aquél hombre, su marido, que desnudaba su corazón destrozado por la muerte de su hijo. Con el cuerpo consumido por unas horribles quemaduras responsabilidad de una mujer que debía amarle.
Aquél que le llamaban monstruo y se creía como tal.

—No eres un monstruo.—le dijo mirándole fijamente con la escasa claridad que proporcionaba el fuego en su cuarto—No lo fuiste nunca, no lo eres ahora y no lo serás nunca.
—Debí entregarla a la justicia, soy tan responsable de su muerte como ella de la de nuestro hijo.
—¿La mataste tu? ¿con tus manos?
—Cada noche que podía acudía a su cautiverio, le gritaba y amenazaba como un monstruo presa de la locura del dolor y ella escapaba atemorizada de mí por toda la torre, llorando, gritando…
—¿La pegaste?
—Lo deseé, de verdad que lo hice, pero ella me tenía tanto miedo que al final yo era incapaz de azotarla.
—¿Cómo murió?
—La perseguí… la perseguí toda la noche con amenazas hasta que ya no le quedaron sitios a donde ir. Se tiró desde lo alto del mirador para huir del monstruo de Baley… para huir de mí.

Le miró con semblante serio. Se arrodilló en la cama ante él y cuadró los hombros manteniéndole la mirada.

—Tu no la mataste, Ella decidió suicidarse.
—¡Porque estaba aterrorizaba! ¡Me temía!¡Temía al monstruo en el que me convertí! ¡El monstruo que en realidad soy! Un monstruo más feo por dentro que por fuera.
—Escúchame. No la mataste. No lo hiciste, ni tan siquiera la empujaste. No eres ningún monstruo. Tu eres un buen hombre.
—Evelyn…
—¡No!—sentenció con un golpe en su pecho—¿Cuántas vidas más vas a dejar que arruine esa mujer? Ella es la única responsable de todo. ¡No voy a permitir que nuestro matrimonio se rompa por su venenoso recuerdo! ¿es que no te das cuenta? Deberíamos estar felices por haber consumado nuestro matrimonio al fin, deseosos incluso de tomar aliento e intentarlo una y otra vez más y… sin embargo, estamos aquí culpándonos y lamentando los terribles actos que otros han perpetrado.
¿Eres monstruo por haber perdido la cabeza con el dolor?, ¿por desear venganza?,¿por gritarle a la responsable de tu martirio?
¿Eres monstruo por quedar desfigurado intentado salvar la vida de tu hijo? ¿eres monstruo por odiar a la mujer responsable de la muerte de Daniel?
¿Qué soy yo entonces? porque Padre me decía que era inservible, una cabeza hueca cuya única función era hacer bonito en un rincón, no era más que un vulgar trapo para limpiar la casa, alguien que subastar con la que apenas podría ganar unas monedas, que no valía ni para ser usada en un burdel, un animal al que sólo se le puede enseñar con vara y hierro.
¿Soy una bestia a la que debes golpear para que cumpla tu voluntad?¿Una vulgar esclava comprada en una puja?¿Una mala puta que no sirve para el burdel?¿soy un trapo que limpia esta casa?¿o soy una bonita cabeza hueca que hace bonito en el castillo?
¿Es así? ¿eso es lo que somos? ¿Tu eres un monstruo y yo no sirvo para nada? No, ¿me oyes? ¡No!—Golpeó rabiosa su pecho con los puños

Gabriel no contestó a su rabia desatada. La estrechó con fuerza entre sus brazos y la inmovilizó contra su pecho. Allí, presos del carrusel de emociones que les habían invadido durante la noche, se quedaron enlazados hasta que el sueño les venció.a oscuridad invadía ya el cuarto. El fuego de la chimenea había menguado y Gabriel se levantó para azuzar el fuego y echar un par le leños. Cuando regresó, Evelyn se apretó contra el cuerpo caliente de su marido y él, en un gesto tan cariñoso como íntimo, subió las sábanas para envolver los cuerpos desnudos de ambos en el lecho. Era un gesto de atención tan sencillo y propio de Gabriel que ella sintió la carga emocional que representaba.

—Esther fue una estúpida—declaró Evelyn con convicción—No entiendo cómo no podía disfrutar de tu compañía. Eres un buen marido.

Gabriel giró la cabeza sorprendido y sonrió agradecido ante el halago.

—Supongo que para ella fue complicado asumir que, a pesar de ser condes de un terreno tan grande y próspero, la riqueza de la familia dependía directamente del cuidado de Baley. Y que la única manera de preservar nuestro poder, posición y todos nuestros bienes era viviendo aquí y no en Londes. En el fondo creo que Baley siempre fue el problema. Cuando tuve que regresar, no me resultó demasiado difícil olvidar mi antigua vida por este lugar. Yo nunca dejé de amar este lugar cuando me marché a Londres a estudiar y trabajar. Sin embargo, cuando Esther fue ignorada y acabó debutando en Londres, todo aquello la fascinó tanto que no tardó en olvidarse de la vida humilde que tendría que llevar al volver a vivir en unas tierras que necesitan ser gestionadas.
Ella detestaba cada maldita piedra de este castillo casi desde el primer momento que lo pisó siendo mi esposa. No comprendo cómo podía haberse esforzado tanto para aborrecerlo casi desde el primer día. Durante el corto periodo de tiempo que mi padre vivió tras nuestra boda, intenté que tomase sus obligaciones como esposa y condesa con paciencia. Pero nunca tomó en serio sus obligaciones en el cuidado y tareas del castillo. Su implicación en el hogar nunca fue muy activa, esas tareas las dejaba siempre en manos de mi anciana madre, que se preocupaba más de cuidar de mi padre que de la casa. En todo el tiempo que vivió en Baley Esther jamás pidió a los criados que limpiasen, fregasen o cocinasen nada más allá de sus propias necesidades o de lo únicamente necesario para no generar tensiones entre nosotros.
Tras la muerte de mi padre, estaba tan emocionada con el hecho de que ya nadie nos pudiese retener aquí que me costó muchísimo hacerle entender que no abandonaríamos Baley para vivir en Londres. Ni tras el entierro ni mientras fuésemos condes y no tuviésemos un heredero que se hiciese cargo de todo.
Fue el detonante, todo empeoró, se convirtió en una mujer irritable. La vida de recogimiento que implicaba Baley no funcionaba para su manera de ser, aquí no había eventos sociales, clubs para tomar el té o tiendas en las que comprar ropa bonita. Ni tan siquiera nos llegaban con suficiente regularidad las revistas de cotilleos. No tenía amigas ni tampoco las quería invitar, se negaba a charlar con la servidumbre o con las gentes del pueblo. Y casi mejor, porque cuando lo hacía, no solía ser agradable con ellos. Me hice cargo, se sentía sola en un sitio desconocido, intenté compartir más tiempo con ella, le ofrecí nuevas responsabilidades más livianas que la distrajesen, actividades, espacios… le di libertad para hacer lo que quisiese con el castillo, jardinería, caballos, caza, cría de perros… La insté a decorar de nuevo los salones, las habitaciones, cambiar las cristaleras o forjar nuevas lámparas. Pero nada le interesaba. Nada funcionaba entre nosotros, las discusiones eran cada vez más frecuentes y fuertes.
Su actitud en el lecho más rígida, fría y desagradable. Llegó a exigir tantas normas que, las contadas veces que acudía a mi lecho, yo mismo fingía sentirme indispuesto porque me sentía incapaz de cumplir con mi esposa de una manera tan alienada. Sin acariciarnos, sin besarnos, muchs veces sin siquiera desvestirnos. No me permitía admirar su cuerpo, aunque fuese bajo un camisón. Tampoco me permitía prepararla con caricias para tomarla ni recrearme excesivamente en la lujuria de la posesión carnal. Durante el acto no podía hablarle bajo ningún concepto, ni nos mirábamos. Le repugnaba verme durante la consumación, hasta le molestaban mis gemidos. Al final todo se limitaba a unos segundos rápidos y silenciosos en los que ninguno se desvestía ni se tocaba más de lo necesario. Y, en cuanto yo soltaba mi semilla, ella salía corriendo del cuarto sin cruzar una sola palabra.
Finalmente, y cuando yo ya creía que lo nuestro no podía empeorar más, consiguió quedar encinta y eso… fue todavía peor. Con el embarazo, ella se pasaba el día en su cuarto. Bastante molesta por su rápido cambio físico y por las limitaciones que le provocaba. Se veía demasiado gorda casi desde el principio. Era capaz de someterse a días de ayuno y ponerse corsés para intentar ponerse su ropa habitual. Le molestaba no poder ponerse sus vestidos favoritos. Cuando ese comportamiento ya no le valía de nada, Bebía hasta no sostenerse en pie y trataba a todo el mundo, fuese criado o visita como escoria.
Aquella situación no provocaba más que continuas discusiones entre nosotros. Ya no sólo es que, por descontado, abandonara sus deberes conyugales. Cosa que para mí no supuso más que un alivio, sino que ante mis continuas reprimendas por su comportamiento acabó por trasladarse a la torre más alejada del castillo y dispuso unos criados únicamente para atenderla a ella. Pasaba días enteros sin saber nada de ella ni de cómo estaba su embarazo. Cuando acudía a su torre para hablar, se encerraba en su cuarto y pedía a sus criados que me impidiesen el paso diciendo que se sentía indispuesta. Llegué a creer que con su comportamiento había perdido el bebé ¡o la cabeza!
Un día, a pocas semanas para salir de cuentas, al fin se dignó a salir de su torre y hablar conmigo. Vino a decirme que no lo soportaba más, odiaba aquél matrimonio, aquella vida, a mí y al niño que llevaba en su interior. ¡Que dios la perdonase! Quería pedirme que la dejase ir, regresar a Londres, sin mi y sin el niño. Me suplicó que la liberase de sus obligaciones. Ella lloró y lloró y suplicó, se arrodilló por los suelos y amenazó con quitarse la vida y también la de nuestro hijo si no la dejaba marchar tras el alumbramiento. Así que, al final, acabé por darle mi palabra de que la dejaría ir tras entregarme al heredero.
A las pocas semanas nació mi hijo Daniel, fue el día más maravilloso de mi vida. Aquel pequeño era el bebé más bonito que pueda un padre soñar. Yo nunca había visto bebés que acabaran de nacer, pero puedo asegurarte que era lo más perfecto que nunca vi en toda mi existencia.—Aseguró Gabriel con la voz emocionada—No entendía cómo nosotros dos podíamos haber traído al mundo un ángel como aquél. No podía quitar literalmente mis ojos de él con la emoción y… Esther ni tan siquiera era capaz de mirarle. Ella, tumbada en la cama recién parida, sólo insistía en recordarme mi promesa, la ropa que quería empaquetar en los baúles y de todo lo que haría al llegar a Londres.
—¿Cómo es posible?—interrumpió Evelyn sorprendida—¿Es que no sentía nada por su hijo?¿no era feliz por tenerlo?
—Supongo que era feliz por poder marcharse—afirmó Gabriel—Si te digo la verdad, hacía tiempo que me sentía incapaz de entender nada que tuviese que ver con Ella. Pero ya no me importaba, yo tenía a mi hijo y ella ya me traía sin cuidado.
Daniel no había cumplido ni tan siquiera el mes de vida cuando Esther decidió que era el momento de volver a Londres, ¡dios! ni tan siquiera podía andar con normalidad tras el parto… pero yo, que no tenía ojos nada más que para mi hijo. Me gustaba tenerle cerca, verle dormir entre mis brazos, sus sonidos, su olor a vida.
La dejé ir, feliz de que se acabasen las discusiones y le dejase conmigo. Y creo que decisión fue la peor que pude tomar, incluso peor que casarme con ella. Pues fue ahí cuando todo mi mundo se empezó a venir realmente abajo.
Pasaron unos pocos años de dulce felicidad. Daniel era un muchacho listo ¡Si lo hubieses conocido!, Evelyn. Guapo, sonriente, curioso… Le encantaba acompañarme todo el tiempo posible y yo, por supuesto, buscaba cada minuto para estar con él. Mi hijo me hizo amar la vida de nuevo, me dio un motivo para continuar con todo. Sí, sabía que el servicio cuchicheaba a mis espaldas y los rumores que llegaban de Londres acerca de Esther no eran propios de una mujer casada pero nada podía hacer para hacerla entrar en razón y tenía miedo que ella decidiese volver y apartar al pequeño de mis brazos con ponzoña.
Esther no se limitaba a gastar la fortuna de mi familia, bebía, tenía amantes, y deudas por apuestas ¡por apuestas! Ya no sólo había conseguido convertir mi apellido en una burla, sino que me había puesto en evidencia a mí y a su hijo ¿te imaginas?, todo Londres lo sabía, se había convertido en una desgraciada y a nosotros, con ella. Además, su comportamiento de moral relajada hacía peligrar las inversiones en mis negocios. Le envié ruegos suplicándole que corrigiese su comportamiento durante meses pero, finalmente no me quedó otro remedio que bloquearle las cuentas e impedir que continuase dilapidando el dinero.
—Eso no debió gustarle nada—Afirmó Evelyn.
—Estaba furiosa conmigo. Regresó a Baley hecha un basilisco. Decía que me odiaba, que yo no deseaba una dama de la sociedad sino una criada. Que no la dejaba ser feliz, que la quería convertir en una vulgar sirvienta que limpia la casa y trabaja el jardín, como había hecho mi madre o mi cuñada.
Solía referirse a ellas de un modo bastante despectivo, las llamaba campesinas. Era particularmente cruel al referirse a mi cuñada, que consideraba responsable de su desgracia. Esther estaba convencida que, casada con mi hermano Daniel, jamás hubiese tenido que pasar por todo aquello ni casarse con alguien como yo. Gritó durante días, pero yo la ignoré, sin dinero, ella no podía regresar a Londres y no podría continuar con el daño que nos hacía. Y confiaba en poder mantener a nuestro hijo apartado de su radar el tiempo suficiente hasta que todo se pudiese arreglar.
Nuestra relación era verdaderamente un infierno. Esther me desafiaba constantemente, pero como no cedía ante ella, comenzó a tener escarceos con hombres del pueblo, como castigo por no dejarla regresar a Londres. Le daba igual, jóvenes que viejos, solteros o casados. Cuanto más escandaloso y bochornoso fuese para mí, más se divertía ella. Procuraba que les encontrase en situaciones comprometidas o que llegase a mis oídos por las máximas fuentes posibles, para dejarme bien claro que a ellos les dejaba hacer lo que yo jamás pude.
Mi único modo de lograr un comportamiento mas o menos decente era imponerle estrictas reglas y castigos… ¡castigos que me dolían más a mí que a ella!.
—¿Qué tipo de castigos?
—Principalmente no dejarla ir al pueblo, luego tuve que prohibirle salir del castillo, muchas veces me veía obligada a encerrarla en su cuarto. Siempre era la misma historia, yo era el monstruo que la castigaba, la encerraba y ella sólo quería librarse de todo.
Aseguraba a todo el que la quisiese oír que nuestra familia albergaba el monstruo de Baley, que ella había visto al propio Daniel aullando a la luna, a mi padre transformándose y a mí comiendo corazón crudo… le encantaba usar una vieja leyenda del monstruo de Baley para infundir lástima entre las gentes del pueblo. Contaba que yo estaba poseído por una especie de demonio que la maltrataba por las noches, que le hacía cosas horribles en el lecho cada noche y que pretendía devorar su alma.
La mayoría de la gente del pueblo no le hacían mucho caso. Pero, ya has comprobado que la gente de por aquí no tiene excesiva cultura o una mínima educación básica, más que lo que le enseña la vida. Muchos de nuestros parroquianos no saben leer o escribir y apenas saben hacer cuentas. Uno no puede aspirar a que en un sitio así, cierto tipo de historias y leyendas no corran como la pólvora.
Al fin, consiguió dar con un grupo de gente que realmente creyó que, no sólo en mí, sino también en mi padre, mi hermano y en todo mi linaje habitaban monstruos que aullaban a la luna, comían corazones y torturaban mujeres. Alguien que se obsesionó con la historia de tal modo que quiso liberar a Esther de su supuesto cautiverio y de su torturador.
—Gabriel, dios mío, no me digas que…—Evelyn sintió el alma desgarrarse al suponer los eventos.
—Una noche, ese grupo de aldeanos entraron en el castillo.—La voz de Gabriel se quebró y contuvo un sollozo—llegaron primero al cuarto de Daniel. Ellos… no mostraron piedad, encendieron su cama con él durmiendo, todavía vivo
—Oh, Gabriel—dijo ella abrazándole con lágrimas en los ojos sin hallar palabras de consuelo.
—¿Quién hace eso con un niño de cuatro años?—sollozó contenido Gabriel con la cabeza enterrada en el pelo de ella—Me desperté con sus gritos, con sus… infantiles y aterrados gritos. Los criados intentaron sacarme del incendio pero, luché con ellos para entrar en el cuarto de Daniel, envuelto en llamas. Aquello era el infierno,Evelyn, créeme, apenas podía caminar sin que las lenguas de fuego me abrasasen. Pero seguí sus gritos desesperados, él… no podía salir de su cunita, le vi, a mi pequeño, gritando asustado envuelto en llamas.
Intenté salvarle.
—Ya lo sé, lo intentaste—lloró ella sin aflojar el abrazo.
—Tengo sus gritos pidiendo auxilio grabados en mi cabeza, Evelyn, ¿sabes cómo se graban en la memoria los gritos de agonía de tu propio hijo?
—No puedo imaginarlo, prefiero no hacerlo.
—¡Tenía que haber sido ella! ¿por qué no fue ella?

Gabriel rompió a llorar desconsoladamente en el cuello de Evelyn, que le abrazaba con fuerza mientras lloraba también por la trágica muerte de un pequeño inocente.

—Cuando Daniel murió en mis brazos—continuó al cabo de un rato extrañamente recompuesto y con la voz tan fría que helaba la sangre— Me volví loco, me convertí en… ese monstruo que ella tanto había afirmado que yo era. Quería lanzarla al fuego, hacer que sufriese, ¡quería matarla lenta y agónicamente!
Ella, ella estaba allí les abrió la puerta, habían venido a salvarla a ella. Estaba presente cuando incendiaron la cama de su hijo y no les detuvo. No gritó para dar aviso. No suplicó por la vida de Daniel. Ni tan siquiera lloraba—Escupió con la voz cargada de desprecio
Varios días después, los vecinos la encontraron completamente histérica y borracha buscando en dónde esconderse, así que me la trajeron. Tuvieron que atarla. Suplicó que no la devolviesen a mi presencia, temía que la matase con mis propias manos, gritaba y pedía auxilio mientras la arrastraban por los pasillos ante mi. Yo estaba tan… desgarrado… que la encerré en su cuarto.
—Yo la hubiese matado—admitió Evelyn—la hubiese echado a una hoguera y la habría hecho arder.
—No tenía intención de matarla, al menos, no rápidamente, deseaba que ella sufriese, que sufriese mucho, tanto como yo. Así que la hice esperar para volcar toda mi ira en ella.
Yo pasé meses en la cama, aullando como mi hermano por la muerte de mi hijo. Enloquecido por el dolor y las fiebres de las quemaduras. Algunas noches, la ira conseguía superar mi dolor y acudía al cuarto de Esther enfurecido. Allí me arrancaba los vendajes y le pedía que recordase a nuestro hijo pidiendo auxilio para que viese lo que ella había conseguido con sus actos.
Me suplicaba entre lágrimas que la perdonase, que la dejase tranquila con su dolor por lo que había hecho. Luego pedía que la dejase marchar, hablar con sus padres, escapar del infierno al que la sometía.
—¿Sus padres?¿su familia?¿alguien intentó ayudarla?
—Después de su comportamiento en Londres, su padre prefería tenerla bien lejos.—reconoció él fríamente—Algunas personas se interesaron, pero yo no estaba dispuesto a dejarla ir. Su comportamiento durante todos aquellos años con la servidumbre tampoco le había granjeado muchos amigos y en el pueblo… bueno, en el pueblo todos me tienen bastante miedo después de aquello. Procuran recurrir a mí cuando no tienen otro remedio. Me llaman el monstruo de Baley.

Evelyn observó aquél hombre, su marido, que desnudaba su corazón destrozado por la muerte de su hijo. Con el cuerpo consumido por unas horribles quemaduras responsabilidad de una mujer que debía amarle.
Aquél que le llamaban monstruo y se creía como tal.

—No eres un monstruo.—le dijo mirándole fijamente con la escasa claridad que proporcionaba el fuego en su cuarto—No lo fuiste nunca, no lo eres ahora y no lo serás nunca.
—Debí entregarla a la justicia, soy tan responsable de su muerte como ella de la de nuestro hijo.
—¿La mataste tu? ¿con tus manos?
—Cada noche que podía acudía a su cautiverio, le gritaba y amenazaba como un monstruo presa de la locura del dolor y ella escapaba atemorizada de mí por toda la torre, llorando, gritando…
—¿La pegaste?
—Lo deseé, de verdad que lo hice, pero ella me tenía tanto miedo que al final yo era incapaz de azotarla.
—¿Cómo murió?
—La perseguí… la perseguí toda la noche con amenazas hasta que ya no le quedaron sitios a donde ir. Se tiró desde lo alto del mirador para huir del monstruo de Baley… para huir de mí.

Le miró con semblante serio. Se arrodilló en la cama ante él y cuadró los hombros manteniéndole la mirada.

—Tu no la mataste, Ella decidió suicidarse.
—¡Porque estaba aterrorizaba! ¡Me temía!¡Temía al monstruo en el que me convertí! ¡El monstruo que en realidad soy! Un monstruo más feo por dentro que por fuera.
—Escúchame. No la mataste. No lo hiciste, ni tan siquiera la empujaste. No eres ningún monstruo. Tu eres un buen hombre.
—Evelyn…
—¡No!—sentenció con un golpe en su pecho—¿Cuántas vidas más vas a dejar que arruine esa mujer? Ella es la única responsable de todo. ¡No voy a permitir que nuestro matrimonio se rompa por su venenoso recuerdo! ¿es que no te das cuenta? Deberíamos estar felices por haber consumado nuestro matrimonio al fin, deseosos incluso de tomar aliento e intentarlo una y otra vez más y… sin embargo, estamos aquí culpándonos y lamentando los terribles actos que otros han perpetrado.
¿Eres monstruo por haber perdido la cabeza con el dolor?, ¿por desear venganza?,¿por gritarle a la responsable de tu martirio?
¿Eres monstruo por quedar desfigurado intentado salvar la vida de tu hijo? ¿eres monstruo por odiar a la mujer responsable de la muerte de Daniel?
¿Qué soy yo entonces? porque Padre me decía que era inservible, una cabeza hueca cuya única función era hacer bonito en un rincón, no era más que un vulgar trapo para limpiar la casa, alguien que subastar con la que apenas podría ganar unas monedas, que no valía ni para ser usada en un burdel, un animal al que sólo se le puede enseñar con vara y hierro.
¿Soy una bestia a la que debes golpear para que cumpla tu voluntad?¿Una vulgar esclava comprada en una puja?¿Una mala puta que no sirve para el burdel?¿soy un trapo que limpia esta casa?¿o soy una bonita cabeza hueca que hace bonito en el castillo?
¿Es así? ¿eso es lo que somos? ¿Tu eres un monstruo y yo no sirvo para nada? No, ¿me oyes? ¡No!—Golpeó rabiosa su pecho con los puños

Gabriel no contestó a su rabia desatada. La estrechó con fuerza entre sus brazos y la inmovilizó contra su pecho. Allí, presos del carrusel de emociones que les habían invadido durante la noche, se quedaron enlazados hasta que el sueño les venció.

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