Parte 12– Una niña huérfana

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la duodécima parte.

Evelyn calló a la espera de que él le hablase más.

—Yo nunca supe si ella llegó a sufrir tanto con sus actos como yo con las quemaduras. Aunque… creo que en realidad ella nunca se preocupó por otro que no fuese ella misma.
—¿Era tu anterior esposa?
—Casarme con ella fue la peor decisión de mi vida.—asintió Gabriel—Nunca entró en mis planes el matrimonio. Me conociste en aquella época y ya comprobaste en mis cartas qué clase de hombre era, demasiado joven, feliz y libre de obligaciones como para atarme a una esposa. Yo sólo quería disfrutar de la vida, las fiestas, mis palabras y las mujeres. Pero el fallecimiento de Daniel lo cambió todo….
Mis… obligaciones como nuevo heredero estaban muy claras. Debía honrar el legado de los Baley. Este lugar ha albergado todo nuestro linaje, incluso antes de que se construyese este castillo. Yo nunca estuve destinado a ser el Conde de Baley, nunca quise serlo. Esa misión le concernía únicamente a Daniel, era su responsabilidad, Él tenía que ser el conde de Baley y tener un heredero para este castillo, no yo…
Pero después de su muerte la presión de mi padre para que asumiera las responsabilidades de mi título como conde me resultaron imposibles de evitar. De pronto, debía dejar mi trabajo en el periódico, aquél que tanto me gustaba, contraer matrimonio con una mujer apropiada y engendrar cuanto antes un heredero.
Me encontraba desconsolado por la muerte de mi hermano, mi padre estaba enfermo y sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Yo digamos que me comporté como se suponía que debía hacerlo, fui un hijo ejemplar y acaté las órdenes de manera rigurosa. Bueno, rigurosa no—acarició el pelo de Evelyn—mantuve mis cartas contigo, eras el único vínculo con lo que alguna vez fue una vida feliz para mi.
No hace falta decir que mi matrimonio fue un acto de pura conveniencia social y no de amor, como se calificaba el de mi hermano. Así que la mujer que se seleccionase sería por sus credenciales y no por mis criterios. Tampoco puedo decir que yo pudiese opinar acerca de las valías que la muchacha debía tener. Sencillamente, mi padre me indicó que no habría una selección de candidatas puesto que, Esther, la anterior prometida de mi hermano Daniel continuaba disponible y ella debía ser quien asumiese el puesto de futura condesa que inicialmente le correspondía.
Esther y Daniel habían estado prometidos casi desde que ella había nacido. Nuestros padres tenían negocios juntos y pensaron que la unión sería de lo más conveniente. Pero Daniel era… ¿Cómo decirlo? Un espíritu libre. Le encantaban las mujeres, la bebida, los juegos de cartas y las fiestas. En Londres era conocido por sus apuestas y escándalos. Mi padre siempre le insistía que debía volver y sentar la cabeza con su prometida y volver a Baley.
Esther había sido educada bajo la firme creencia de que se casaría con Daniel y sería condesa. Por lo que, para ello, se la educó tal y como una mujer de la alta sociedad se espera que sea. Sabía vestir elegantemente, hablar sobre los temas adecuados, diversos bailes de salón, jugar al bridge y la tarea que se le exigía como esposa.
Pero mi hermano un día apareció en Baley, casado con una muchachilla que… era verdaderamente encantadora, eso lo juro, pero desde luego no poseía la belleza deslumbrante a las que estaba acostumbrado mi hermano. El caso es que así, de la noche a la mañana y gracias a una licencia especial mi hermano había asumido el título de conde y se había convertido en un marido modelo era un hombre nuevo, distinto… feliz y en el hijo pródigo que mi padre siempre había soñado para Baley.
—¿Y Esther entonces no se enfadó por el rechazo?—preguntó expectante Evelyn
—Oh, se enfureció considerablemente, pero en aquel entonces era lo suficientemente joven y todavía no había debutado así que tuvo que asumir lo que había hecho mi hermano.
—¿Y cómo murió tu hermano?¿Qué le pasó?
—Perdió la cabeza—la voz de Gabriel sonaba cargada de dolor—Fue horrible. Su esposa se quedó embarazada e hicimos una gran fiesta, recuerdo que por aquél entonces él estaba eufórico, no recuerdo verle así en toda nuestra vida. Al menos, hasta la fatal noche del parto. Mi cuñada sufrió dolores durante horas, perdió mucha sangre hasta que finalmente tuvieron que arrancarle el bebé del cuerpo sin vida.
Nunca vi un hombre tan consumido por el dolor. Aquella noche gritó y aulló como un loco. Durante los días siguientes, no permitió que retirasen el cuerpo sin vida de su mujer y permaneció a su lado, abrazado a ella, sin comer ni dormir. Estaba… paralizado. Él, que me doblaba en tamaño y fuerza, reducido a un simple amasijo de lágrimas y dolor.—Gabriel tomó unos segundos para coger aliento en su relato.
Al tercer día, conseguimos alejarlo de ella haciéndole entender que su hijo le necesitaba pero en su locura, tan sólo logramos que su obsesión tornase hacia el pequeño.No dejaba que nadie se acercase a su hijo, él mismo le intentaba alimentar con leche de cabra hervida, le acunaba día y noche en sus brazos sin comer ni dormir. Pero el pequeño también estaba muy débil y acabó por morir en su tercera semana de vida. Daniel estuvo días sin hablar, sólo gemía como un animalillo herido. Durante las noches aullaba y se revolvía contra todo aquél que intentase acercarse a él. Sus golpes eran más fuertes y violentos de lo que nunca recordé en él. Era como si todo él se hubiese convertido en piedra y te golpease con ella para romperse.—Contuvo un desasosegado suspiro de tristeza—Una noche se subió al mirador de esta misma torre y…
—Oh, Gabriel, qué horrible—Le abrazó Evelyn
—Su suicidio me convirtió automáticamente en el conde y, como tal, tenía que atender a mis obligaciones así que ni nuestros padres, ni mucho menos Esther dejaron correr la oportunidad de casarnos y que ella pudiese convertirse en la condesa que se suponía estaba destinada a ser.
Sin duda, en apariencia parecíamos una buena pareja, pero ciertamente no teníamos nada en común. Ella, adoraba Londres, salir a comprar ropa bonita por la mañana, alternar toda la noche en las fiestas de temporada, tomar el té por las tardes con sus amigas, charlar en el club sobre los últimos cotilleos y le aburría soberanamente cualquier actividad que implicase no estar rodeada constantemente de gente. La lectura de cualquier otra cosa que no fuese la columna de sociedad le resultaba soporífera, no comprendía los rudimentos del ajedrez por muchas veces que se lo explicase y mantener una conversación con ella sobre filosofía o política podía resultar una completa agresión a la cordura.
Aún con todo ello, al principio de casados, ella parecía totalmente motivada a cumplir sus deberes y ayudarme con los míos. No éramos un matrimonio enamorado, nada más lejos de la realidad, de hecho, salvo por las frecuentes discusiones o por nuestros encuentros conyugales, apenas nos veíamos o hablábamos. Pero durante un periodo de tiempo pensamos que, siempre y cuando ambos respetásemos las reglas, nuestro acuerdo funcionaría al igual que el de muchos otros matrimonios de conveniencia.
Ella dejó bien claro desde el principio el modo y el momento en el que me permitiría tocarla. Cada noche cerraba la puerta de sus aposentos bajo llave y, si lo deseaba, era ella la que acudía a mi lecho para luego marcharse nada más terminar. Debo reconocer que nuestros encuentros no le resultaban placenteros, ¡qué demonios! a ninguno de los dos se lo resultaba. Ella no deseaba ni permitía bajo ningún concepto ser besada, abrazada ni acariciada y siempre me instaba a que fuese lo más breve posible en nuestros encuentros. Mostraba total repudio de mi cuerpo desnudo o el visionado de mi rostro durante el acto así que sólo permitía posiciones en las que no me pudiese ver o en las que estuviese vestido.—Gabriel dejó escapar un largo suspiro—No puedes imaginarte lo que ese comportamiento provocaba en mí…
—No puedo entender cómo podía tratarte así, es tan… cruel—admitió Evelyn
—¿Cruel? Era peor, me trataba como un animal de monta, como un perro… ¡A mí! Que me había pasado años apartando mujeres de mi camino, que…—su voz se volvió melancólica— tenía sobre la mesa de mi despacho las cartas de una adolescente inteligente y despierta que me entusiasmaba cada dos días con sus análisis literarios, filosóficos y políticos, que me hablaba de lo difícil que era vivir sin felicidad, y que todo residía en el comportamiento y en los gestos de las personas. Me hablaba de amor, de lujuria…
—Yo no sabía lo que estabas viviendo—Evelyn se sintió culpable—No podía imaginar tu infierno.
—Ya lo sé—Gabriel acarició su cabeza y la besó en la frente—Todo lo que sucedió fue culpa mía, permití que pasase, creo incluso que lo alenté de algún modo. La realidad es que dependía de tus cartas para seguir adelante. De algún modo me ayudaban a seguir conectado con el hombre que había sido entonces, el que vivía sólo para sí mismo, recibía halagos de mujeres y propuestas indecentes. Un egocéntrico pagado de sí mismo que se sentía mejor con una mujer que le adorase y estuviese dispuesta a hacer cualquier cosa por él.
—No digas eso, es horrible, nunca has sido un hombre así.
—Era exactamente así, Evelyn. Tu no lo veías, eras una niña, ¿cuántos años tenías cuando comenzamos a escribirnos? ¿Siete?¿Ocho?
—Casi nueve—admitió Evelyn
—Y yo empezaba en el periódico, diecinueve años ¿en serio no crees que permití tus cartas por una cuestión de vanidad?
—Pero en aquél entonces no hablábamos de temas personales, sólo eran tus escritos, mis lecturas… fueron diez años de cartas sin conocernos en persona, Gabriel, no puedes hacerme creer que era vanidad.
—Sabía que estabas fascinada conmigo y eso, en el fondo, me gustaba. ¿cómo no iba a ser vanidad? Y si no lo fue al principio, cuando comenzaste a insinuar tus sentimientos románticos por mí, es indudable que sí lo fue, porque no hice absolutamente nada para aclararte mi posición. Al menos, no hasta que me di cuenta que se nos había ido de las manos e iba a destrozar otra vida inocente más a parte de las que ya llevaba a mis espaldas.

Evelyn calló sin poder rebatir de otro modo los argumentos de Gabriel. En aquella época era una niña y realmente a día de hoy no sabía decir si toda aquella admiración que le profesaba y que luego se convirtió en amor venía de únicamente de ella o había sido permitida, promovida o fomentada por las cartas puntuales, siempre atentas, inteligentes y cariñosas de él. ¿le habría admirado de esa forma si él nunca hubiese respondido a sus felicitaciones? ¿le habría amado si él no respondiese siempre a todas sus cartas con aquellas palabras siempre tan locuaces y amistosas? No podía saberlo con certeza. Lo único real para ella era que, a pesar de todo lo que dijese y creyese, él no la había buscado ni obligado. Podía haber pecado de permisivo, pero no de fomento. Y si al fin y al cabo, no había existido delito, tampoco podía existir ningún culpable.

En silencio, Evelyn depositó un camino de besos desde el torso de Gabriel hasta los hombros, el cuello y la boca para bajar de nuevo por el mentón, la nuez y el pecho de nuevo. Gabriel la acarició y cuando ella hubo terminado, ciñó su cara entre las manos mirándola con ojos cargados de adoración.

—Eres tan diferente a ella que pareces irreal, no llego a creer que hagas las cosas tan fáciles, quisiera entender cómo puedes estar conmigo y ser mi esposa.
—Bueno, es fácil, pujaste por mi en una subasta—bromeó ella—no me quedó otra opción que casarme contigo.

Gabriel cambió su expresión hacia un gesto más serio y soltó su cara lentamente.

—Si te hubiese dado a elegir¿me hubieses elegido?
—Si—sentenció ella sin apenas pensarlo
—¿Por qué? Soy un monstruo, estoy desfigurado, tengo mal genio, soy poco conversador y apenas salgo de Baley o sus terrenos.
—No eres ningún monstruo, Gabriel—dijo ella hundiendo sus manos en el pelo de él en un gesto íntimo—eras mi Gabriel, el que me respondía cada dos días mis cartas durante diez años, el que me cuando supo que no asistía a las fiestas más populares me las describía con todo lujo de detalles, que cosía las tapas de otras obras sobre algunos libros para que nadie se enterase de que leía libros inadecuados para mujeres, en cuyos relatos de terror siempre aparecía una niña huérfana.
—¿Ah si?—se extrañó él—no soy consciente de haber usado nunca un personaje recurrente.
—Ya lo sé, solamente estaba allí, a veces sólo la mencionabas, otras era una mera espectadora del horror.
—¿Te sentías identificada con aquel personaje?
—No—afirmó Evelyn—Nunca era la protagonista.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Tus historias de terror me gustaban porque se parecían a lo que yo vivía casi cada día en casa con mi padre.—respondió ella acomodándose de nuevo sobre el pecho de él evitando mirarle.—Cuando las leía sentía que lo que me pasaba no era tan malo ni tan raro. Te adoraba porque tus historias eran capaces de hacerme ver que… lo que me pasaba todavía podía empeorar, me sentía agradecida. Me enamoré de ti porque te convertiste en lo único bueno de mi vida, eras mi único refugio.
—Pero te rechacé, te abandoné, desprecié tus proposiciones y te castigué ignorando tus excusas.
—Y yo te olvidé después de eso, incluso creo que llegué a odiarte de algún modo. Pero el caso es que cuando te dije la verdad y necesité tu ayuda, viniste a ayudarme, me atrevo a decir que sin perder tiempo. Y, soy sincera, aún sin saber quién eras, me dabas más confianza tú con la máscara, los guantes y tu capa negra que cualquiera de los que estaban allí congregados en aquella subasta. No puedes imaginar el alivio que sentí al saber que eras tu y al mismo tiempo, lo rara que me encontré al ser consciente de haberme comportado contigo como lo había hecho.—Evelyn hizo una pausa dramática—¡Que puedo decir! Te adoré, de amé y luego te odié, pero si me hubieses dado a elegir ente ir contigo o… cualquier otra opción.
—No sabes qué opciones serían.
—No me interesan ahora, te hubiese elegido. No podemos volver atrás y cambiar nada de lo que nos ha pasado a ninguno de los dos así que ¿por qué no pensar que te hubiese escogido entonces? Ahora lo haría sin dudar.

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