Parte 11 – Pídeme que me vaya

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la undécima parte.

—Ya está—sonrió Evelyn al mover su reina sobre el tablero—Creo que así pongo tu rey en jaque…

Gabriel sonrió mientras tumbaba simbólicamente su rey sobre el tablero.

—Creo que ha sido tu mejor partida, se te da realmente bien.
—Bueno, es la primera vez que te gano, temo que no te hayas estado esforzando como rival en esta ocasión—rió ella.
—El ajedrez no tiene gracia si me dejo ganar—rió él volviendo a colocar las piezas.
—En ese caso, tampoco la tiene si siempre me haces perder—replicó ella con un mohín de burla.
En los últimos días, La relación había evolucionado de manera asombrosa. Evelyn le había descubierto con bastante placer que a Gabriel no sólo no le importaba compartir una cama sin más pretensiones, sino cualquier estancia de la casa en donde estuviesen. Sin ir más lejos, parecía más que dispuesto a compartir su gran mesa de roble y había pasado a hacerle un hueco permanente justo en frente de él, con papel, tintero y su propio sello. En la biblioteca usaban con frecuencia el sofá doble frente a la chimenea, en vez de los solitarios sillones que se disponían paralelos en un extremo de la estantería.
Esa convivencia más cercana se traducía en que con frecuencia podía observarle o que, de cuando en cuando durante sus lecturas, él aprovechaba para robarle alguna fugaz caricia con sus manos, ahora ya libres de los guantes. Aunque él solía observarla sobre todo durante sus frecuentes partidas de ajedrez en las que parecía quedar tan absorto en sus pensamientos que olvidaba completamente el tablero.
Evelyn percibía en él una nueva actitud más relajada y cercana en la que le tomaba el pelo, hacía pequeñas bromas o juegos de palabras que les hacían reír a ambos. Aunque continuaba siendo un hombre muy serio y contenido tanto en sus palabras como en sus actos, con dificultad para expresarle sus pensamientos con la misma facilidad que había tenido antaño en las cartas.

Aquel hombre ya no existía, Evelyn dudaba incluso que hubiese sido real en algún momento y no un alocado fruto de su infantil deseo. En todo caso, cuanto más conocía a su marido Gabriel, más a gusto se sentía con él.

Ambos se miraron sonrientes, hacía más de dos meses, casi tres que estaban casados y, tras su primer beso, habían compartido la cama cada noche sin ir más allá de las conversaciones sobre ninguna cosa hasta casi el amanecer, los cariñosos abrazos para entrar en calor y algún que otro afectivo y somnoliento beso.

—¿Va todo bien?—preguntó él
—Sí
—¿Estás cansada ya?—dijo alargando la mano para acariciar la suya.— Sólo hemos jugado una partida
—No, pero quiero retirarme vencedora, ahora que puedo—Evelyn atrapó la mano de él y realizó su ya ritual paseo sobre las quemaduras con la yema del dedo

Él contuvo repentinamente la respiración. Cuando habló, su voz sonó diferente, contenida, ronca. Evelyn no pudo evitar levantar la vista para comprobar que algo en él era diferente aquella noche. Algo salvaje, fuerte… dulce

—Esta noche estás… —Le tembló casi imperceptiblemente la voz, una voz más grave de lo habitual— …estás preciosa, más que de costumbre.

Evelyn notó su corazón latir con fuerza en el pecho y la sangre tornándose en pura lava en sus venas. Un profundo sentimiento de adoración recorrió su espina dorsal. Y no respondió, no fue capaz, sino que se levantó y se dirigió hacia la cama desanudando su batín. Cruzaron sus miradas sin hablar al tiempo que dejaba caer la prenda de manera descuidada en el suelo.

—Estás ¿segura? Me puedo marchar a mi cuarto

La miró mientas se acercaba hasta dejar un palmo de distancia entre los dos cuerpos. La manos de él se alzaron a ambos lados del óvalo de su cara y se detuvo unos instantes.

—Pídeme que me vaya, Evelyn—suplicó él antes de acariciarla

Ella cerró los ojos al roce de sus manos, los dedos cayeron lentamente en aterciopelado silencio por la línea de su cuello hasta los hombros, en donde empujó el camisón haciendo que se deslizase sordamente hasta las caderas.

Evelyn abrió los ojos y los mantuvo fijos en los de él, que la observaba detenidamente. Hasta que se fundieron en una nueva y lánguida caricia que precedió un beso tras otro. Las manos de él bailaron por su cuerpo tibiamente hasta conseguir deslizar definitivamente el camisón, que cayó alrededor de sus pies.

Gabriel se separó un palmo de ella para apreciar el espectáculo de su completa desnudez, únicamente iluminado por las llamas de la chimenea.

—Eres—Gabriel contuvo la respiración—Preciosa.

Evelyn alargó las manos hacia las solapas de su pijama y desanudó lenta y pacientemente la apertura. Una vez hubo terminado, fijó su mirada en los ojos de él mientras dejaba que la camisa se arremolinase en el suelo con el resto de su ropa.

Gabriel respiraba con dificultad bajo la máscara y la mirada de Evelyn. Ésta, depositó la yema de sus dedos sobre el nacimiento de su quemadura, unos centímetros por encima de la cinturilla del pantalón. Deslizó lentamente los dedos por el surco de la misma, como si le estuviese acariciando directamente en el alma, subió por el torso, el pecho, su cuello… siempre siguiendo la quemadura hasta el borde de la máscara de lienzo blanco.

Él abrió los ojos y ambos se miraron de nuevo.

—Me apenaría terriblemente ver esta noche convertida en un momento de asco.—dijo él
—No me das asco.

Él ignoró su protesta y la besó ardientemente fundiéndose en un abrazo que les arrastró sobre el lecho. Los labios de Gabriel le acariciaron el cuello y descendieron hasta depositarse, cálidos y húmedos, sobre sus pechos, encendiéndole un fuego que Evelyn jamás se imaginó pudiera existir en su interior.

Se apretó ansiosamente contra el cuerpo de su esposo, en busca del mayor contacto de piel posible. Deslizó de nuevo una mano por la parte trasera del cuello, en descenso, delineando los prominentes músculos de la espalda marcados por las despiadadas cicatrices del fuego .

Él se movió entre sus muslos liberando su masculinidad, y ella soltó una breve exclamación cuando colocó aquel miembro duro entre su delicada tibieza, separando ligeramente su intimidad y empapándola de ella. Evelyn experimentó una placentera descarga que casi la hace enloquecer cuando él deslizó su mano entre sus cuerpos y dirigió su miembro para acariciar con más insistencia su punto de placer.

Nuevamente, Gabriel continuó con apasionada entrega sus caricias, chupando y lamiendo los rosados y contraídos pezones de ella, deslizando sus manos por su cuerpo, provocándole un placer indescriptible cuando manipulaba con los dedos su clítoris mientras sentía cómo la masculinidad de él golpeaba lenta, pero insistentemente, intentando abrirse paso en su interior.

Tras varios placenteros y pacientes intentos por parte de Gabriel, al fin el inexplorado canal de Evelyn le permitió el acceso, provocando un dolor repentino que la atravesó cuando la carne se desgarró bajo la presión. Él intentó, sin éxito, confundir el momento con una caricia en su clítoris provocando una sensación rara. Ella se mordió el labio ofuscada para sofocar un grito, ocultando el rostro bajo el musculoso cuello e, inconscientemente, le clavó las uñas en la espalda al tiempo que la sensación rara se disipaba dando paso a la excitación. Él no pareció notar sus uñas y, continuó besándola, acariciándola y transmitiéndole roncos sonidos de placer al oído.

La respiración de Gabriel se torno áspera, ronca, entrecortada, sus embestidas se hicieron más contundentes y rápidas. Evelyn pudo percibir el violento latido del miembro en su interior haciendo que el punzante dolor inicial desapareciese poco a poco y se tornase en decadente lujuria con cada empellón. Pronto el movimiento no fue suficiente para ella y comenzó a seguirlo con las caderas, provocando que las embestidas fuesen más profundas y veloces hasta que ambos se entregaron a un salvaje frenesí que los hizo ascender hasta un abismo de vertiginosas alturas.

La locura terminó por empujar a Evelyn en un grito de increíble placer que la hizo retorcerse y arquear las caderas contra las del hombre mientras él la embestía con feroz ahínco. Los dos remontaron precipitadamente tras el primer orgasmo de ella, ascendiendo juntos de nuevo hasta que la atmósfera se tornó densa, embriagadora. Evelyn gimió, deseando más y más, hasta que sintió que el segundo estallido de placer la invadía, más fuerte que el anterior. Aunque, en su interior todavía no se encontraba saciada y necesitaba construir una tercera descarga. Era una meta conjunta que ambos cuerpos buscaban alcanzar, flexionando los músculos, entrelazando las piernas. Sintió la necesidad apremiante de un éxtasis compartido.

Un grito de culminación escapó de los labios de Evelyn cuando la ola de placer les alcanzó, llenando todo su interior, bañándolos con un sentimiento de pasión y plenitud que parecía destinado a no morir jamás. Lenta, muy lentamente, ambos se besaron agotados, exhaustos, pero plenamente satisfechos con la unión de sus cuerpos.
—Evelyn…
—¿Si?—Dijo ella arremolinada sobre él.
—Ha sido ¿demasiado horrible?—su voz sonaba torturada

Evelyn no respondió, sino que se acomodó sobre el pecho desnudo de él.

—No siempre es así, la primera vez siempre duele.
—¿Tu primera vez también te dolió?
—Para los hombres es diferente, A nosotros siempre nos da placer.

Evelyn continuó callada mientas acariciaba hipnóticamente de arriba abajo la quemadura del pecho desnudo de su marido.

—Evelyn—suplicó él con impaciencia—dime algo
—¿La próxima vez no me va a doler?—preguntó al fin
—Siempre que se haga como es debido, debería incluso gustarte.
—¿Y hoy lo has hecho bien?

Una carcajada de Gabriel vibró en la estancia en un estallido que soltó las tensiones.

—¿De qué te ríes?—protestó ella
—Pues de que eso eres tú quien debe decirlo—dijo dándole un beso en la frente y apretándola contra él.
—Creo que lo has hecho bien—respondió ella rodando quedando sobre su costado para observarle—Aunque ha sido doloroso y raro.

Gabriel la observaba con aquellos ojos verdes totalmente hipnotizados mientras ella le hablaba sin apartar la vista de él.

—Pero al final…—un ligero rubor cubrió su cara con vergüenza
—¿Es posible que te gustase?—afirmó con tono de pregunta.
—Definitivamente me gustó bastante—le devolvió ella con una gran sonrisa.

Los dos permanecieron mirándose en silencio durante largos minutos, disfrutando del momento y escuchando el sonido del fuego.Evelyn deslizaba los dedos lentamente por las ondas de las cicatrices, como hipnotizada por ellas mientras Gabriel la observaba en una extraña comunión con sus sentimientos.

—¿Te duelen alguna vez?—preguntó ella levantando la vista hacia él
—Ahora ya no.— sonrió ligeramente
—¿Ya no te duele ninguna quemadura?
—No, ahora ya no. ¿Cuántas veces me lo preguntarás hasta estar segura?
—Cuando veo… toda esta cantidad de piel quemada—dijo ella con la voz emocionada y acariciando toda la parte del torso—No soy capaz de imaginar el terrible dolor…
—Pues no lo imagines, ahora ya no me duele, nada de aquello importa ya.
—¿Qué pasó?¿por qué te quemaste así?
—No pienses en ello…—dijo con voz ausente

Ella apartó un rizo rebelde de la cara, y él se percató de una pequeña cicatriz en su muñeca.

-—¿Y esto?—preguntó acariciando la fina cicatriz
—Con una botella de bourbon.
—¿Tu padre?

Ella afirmó con la cabeza, casi avergonzada.

—¿Esto?—Señaló otra un poco más fea en la cara interna del mismo brazo
—El hierro de azuzar el fuego.

Él se recostó sobre la cama con el ceño fruncido y, tras observarla señaló una cicatriz sobre el costado.

—Las escaleras.

A continuación, sentándose en la cama, le señaló encima de la rodilla.

—No lo recuerdo…—pensó ella— creo que una silla… o una mesa.

Gabriel se mordió los labios con desagrado y luego tiró de ella para que rodase boca a bajo

—¿Cómo?—preguntó muy serio al ver las marcas transversales en las nalgas y la espalda.
—Algunas con el cinturón, con la fusta del caballo, con la escoba… No quiero recordarlas, prefiero no pensar en ello.

Evelyn hundió la cabeza en la almohada con derrota. Gabriel volvió a colocarse a su lado y la atrajo hacia el calor de su cuerpo.

—No puedo imaginar lo horrible que ha sido tu vida… si yo hubiese imaginado esto antes.
—No se puede cambiar el pasado, sólo intentar olvidarlo.
—Te podía haber sacado de allí cuando me lo pedías, no pensé… nunca creí que alguien, ¡tu padre! Te pudiese estar haciendo eso es… Creía que sólo era un juego entre nosotros.
—Ya he salido de allí, es lo único que importa, que estoy lejos y me salvaste.
—Lo que te hizo fue tan horrible… merece ser castigado. ¡Arder en el fuego!

Evelyn se revolvió en la cama para apoyar su cabeza sobre el hombro de Gabriel mientras él la estrechaba contra sí en un gesto muy íntimo.

—Gabriel…
—¿Sí querida?
—¿Castigaste al responsable de esto?—dijo mientras acariciaba las ondas de la quemadura del pecho.
—No lo sé.
—¿No sabes si castigaste al culpable?
—No sé si le castigué o le liberé. A veces pienso que no fue castigo suficiente por todo lo que hizo, otras… que fue excesivo.

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