Parte 10 – Ahora ya no

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la décima parte.

En el cuarto todavía lucía una hermosa hoguera, Evelyn entró en la cama mientras Gabriel añadía unos leños y azuzaba el fuego.

Él se reclinó sobre la cama con intención de despedirse de ella.

—No tienes por qué marcharte.
—No… no me hagas esto más difícil, Evelyn—se quejó él en su oído—Estoy seguro de que hoy no estás preparada, no sabes lo que me estás pidiendo.
—No sé si algún día estaré preparada para algo así, quizás sea mejor acabar con el asunto directamente, en algún momento tendremos que…—dudó Evelyn
—Ha sido una noche intensa y no voy a consentir que mañana te arrepientas de nada.—Gabriel depositó un beso en la frente de ella— Después de todo lo que te he hecho pasar hoy, no es justo que me aproveche de tu vulnerabilidad.
—Pero Gabriel…
—No te preocupes por mí, quiero esperar el momento en el que te sientas preparada para invitarme. Me conformaré con disfrutar de cada pequeño avance que consigamos en nuestra relación. Pensaré en nosotros como si de una buena partida de ajedrez se tratase, cada pequeño movimiento formará parte de un todo. Aunque todavía no pueda tocarte como realmente desee hacerlo, aunque tenga que levantarme en mitad de la noche para contemplar tu belleza mientas duermes, procuraré disfrutar cada instante que me das tanto de tu noble compañía como de tu gran intelecto. Si hacemos las cosas bien ¡¿quién sabe?! podrías incluso llegar a disfrutar de este matrimonio.
—Está bien, Gabriel, pero no quiero despertarme y verte en la puerta observándome—Él apretó los labios con disgusto antes de que ella continuase hablando—Quédate en mi cama sólo para dormir.

Gabriel sorprendido, sopesó durante unos segundos la proposición y terminó por colarse entre las sábanas sin más ruegos. Evelyn se tumbó sobre su costado y ambos se observaron hasta que ella estiró una mano para intentar retirar la máscara de lienzo. Él la detuvo, tomándola de la muñeca.
Aún a escasa distancia, Evelyn pudo ver el intenso brillo de sus ojos.

Gabriel sacudió la cabeza lentamente y, al hablar, su voz sonó diferente a cualquier otra vez.

—No debes. Nunca.

Evelyn acercó a ella la mano de él que todavía la sujetaba. Observó con la escasa claridad las marcas de la quemadura y deslizó la yema de un dedo por ella contorneando el dorso de los dedos de él siguiendo el recorrido de las mismas detalladamente. Cuando acabó el recorrido se la acercó a los labios y la besó tiernamente.

—¿Te duele?
—Ahora ya no—respondió con voz contenida tras un largo silencio.
—¿Siempre tienes las manos tan calientes?
—No lo sé—Volvió a responder tras otro silencio
—¿Y no tienes calor todo el día con los guantes puestos?

Gabriel emitió un largo y paciente suspiro al tiempo que un relámpago iluminó todo el cuarto.

—Durante el día el sol me molesta en la piel.
—¿Y por qué no te los quitas para jugar al ajedrez conmigo?
—El primer día no quería que las vieses con tan mal aspecto y luego… no sé imagino que porque me las miras mientas juego.
—¿Te molestan?
—En verano me sudan las manos, a veces uso guantes de hilo en vez de cuero.
—Me refería a si te molestan las quemaduras de las manos. Parece que no puedas mover los dedos libremente.

Gabriel estiró la palma de la mano y cerró el puño en un gesto clarificador.

—Nunca volverán a ser las que eran, pero son funcionales, es más de lo que agradecería un hombre en mi situación.

Evelyn pareció conforme con la respuesta y se tumbó de nuevo boca arriba con la cabeza girada. Admiró las facciones de su marido con danzarina luz del fuego. Y, en un gesto suave, delineó la comisura de sus labios con la yema de sus dedos.

—Debes intentar dormir—se quejó él tras otro suspiro—Empiezo a pensar que no ha sido buena idea dormir aquí.
—Sólo quería comprobar una cosa.
—¿En mis labios?
—Tienes…—deslizó las yemas por una minúscula cicatriz—Ésta es diferente.
—¿A qué te refieres?
—No es quemadura, ésta es fina y recta. Además, es como más vieja que el resto… como si hubiese crecido con los años…

Se quedaron en silencio escuchando el fuego.

—Es de cuando era niño.
—¿De cuando eras niño?
—Me la hizo mi hermano Daniel.
—No sabía que tuvieses un hermano.
—Nos llevábamos apenas dos años, él era el mayor. Y… bueno, nos teníamos el uno al otro. Nos gustaba pelear, correr sin control, gastar bromas al servicio—Sonrió ligeramente con el recuerdo—Me la hizo jugando con unas espadas de madera.
—¿Dónde está? ¿Qué ha sido de él?
—Murió—suspiró con amargura
—Vaya, lo siento mucho.
—Será mejor dormir, Evelyn.
—Tienes razón, Buenas noches Gabriel.

Sólo obtuvo el silencio como respuesta. Evelyn giró su cuerpo de nuevo hacia él y le observó mientras él permanecía con la mirada clavada en el techo. En algún momento de la noche, el sueño les venció a ambos entre los recuerdos y se quedaron dormidos.
Evelyn se movió en cama con pereza felina arrebujándose contra el cuerpo caliente que la envolvía. Una mano deslizó suavemente por lo largo de su espalda, para luego ceñirla contra el duro pero confortable pecho en el que ella se había acurrucado durante la noche. Abrió los ojos lentamente dejándose deleitar por la sensación y se descubrió arropada entre los brazos de su marido, que todavía dormía con gesto apacible.

Se sintió bien, quizás había sido la noche que mejor había descansado desde que tenía uso de razón. Los brillantes rayos de una soleada mañana se filtraban por la ventana e iluminaban la estancia y a ambos. La noche había sido muy larga, intensa y memorable. Y sólo el notar el abrazo y protección de Gabriel al despertar le había inferido un cóctel de sensaciones desconocidas hasta entonces.
Desde su posición podía alcanzar a ver la quemadura que se deslizaba desde el mentón. Una lengua de piel blanca e inusualmente brillante que se perdía bajo el cuello del pijama. La piel de esa zona era particular tenía multitud de pequeñas y finas venas bajo la fina capa de dermis. También apreciaba algunos restos de incipiente barba, mezclados entre jirones de piel particularmente tirantes y blancos. Se preguntó cómo se las arreglaría él para llevar un afeitado tan perfecto cada mañana.

Le miró abstraída y sonriente, mientras recordaba la conversación de la noche anterior, sin duda él habría sido en el pasado un hombre de extraordinaria belleza física, arrogante, seguro de sí mismo. No era capaz de imaginarse los sentimientos que podía sentir al haber pasado a ser un hombre temido y rechazado sólo por su aspecto. Quizás podía parecerse a lo que ella había sentido cuando su madre falleció y toda la sociedad de Londres se empezó a apartar de ella como una apestada. Se reían a sus espaldas, cuchicheaban a su paso y le lanzaban duras miradas acusatorias por los actos de su padre.
Alguna gente se creía con el poder de destruir las personas valiosas solamente por una posición de dinero, belleza o poder. Gabriel y ella no habían dejado de ser meras víctimas de una imagen y de unos valores tan apolillados y dañinos como la gente que todavía se interesaba en mantenerlos.

—Buenos días, querida—dijo él sacándola del hilo de pensamientos
—Muy buenos—sonrió ella
—¿Has descansado?
—Me siento renovada ¿y tú?
—Debo reconocer que eres mi mejor somnífero.
—Deberíamos repetirlo esta noche. ¡Todas las noches!
—A mí me gustaría más tener un matrimonio normal—el tono de voz del transmitía una absoluta seriedad y contundencia—no sé si conoces la diferencia entre dormir juntos como matrimonio y… lo que me has pedido hacer esta noche.
—¿Qué?—Evelyn se quedó petrificada entre sus brazos.—Claro que sé que…
—¡Fantástico!—exclamó él besando despreocupado su mejilla con una sonrisa al tiempo que se levantaba de la cama—Sólo quería asegurarme.

Se quedó sentada en la cama totalmente fascinada mientras le observaba marchar por el pasillo totalmente relajado. ¿Gabriel acababa de gastarle una broma?

La mañana de Evelyn transcurrió rápida y feliz entre risas con los criados, polvo, fregonas y ollas de agua hirviendo. Al principio los criados se sentían extrañados de ver a la condesa con tal carga de energía y buen humor. Ataviada con ropas viejas y con una inquebrantable intención de participar en las labores de limpieza.
Dispuesta a dar un vuelco al castillo, tenía pocos remilgos en sumergir las manos en agua sucia hasta los codos o limpiar la roña con tanto o más ahínco que cualquiera de sus horrorizados criados, que no dudaban en acudir tras ella para continuar con los trabajos.
A media mañana, un todavía más horrorizado Benwell, solicitó la presencia de la señora en el despacho del conde. Evelyn preparó una bandeja con dos bocadillos ligeros de carne fría y una buena jarra de limonada fresca y se dirigió al despacho de su marido.

—¿Gabriel?—preguntó ella abriendo levemente la puerta.
—Si, Querida, pasa—contestó él desde la cabecera del escritorio de amplio roble

Con un rápido movimiento Gabriel juntó en una pila los pocos papeles que estaban en la ordenada mesa y los depositó a su lado, dejando la mayor parte del espacio libre para la bandeja.

—¿Qué le estás haciendo a nuestros pobres criados?—manifestó con un suspiro casi divertido—Hace horas que se escucha jaleo por todo el castillo, necesito enviar a alguien al pueblo, pero nadie está disponible y Benwell está horrorizado con no sé qué historia de agua sucia y tu subida a la mesa del comedor frotando lámparas. Dime la verdad ¿están fabricando antorchas?
—No sé de qué me hablas—Evelyn contuvo una sonrisa— Sólo estoy poniendo al día el castillo.
—¿Estás limpiando tu? Dime por favor que no te estás arrodillando a frotar el suelo.—La voz de Gabriel había perdido el tono de humor.
— Les enseño durante un rato cómo quiero que se haga. Cuando terminan con su tarea, siguen con lo que yo hago.
—Está bien—aceptó derrotado—Mandaré venir gente del pueblo para que te ayuden a limpiar.
—Hacen falta por lo menos cinco hombres y siete mujeres
—¿Tantos? ¿es que vas a lavar cada piedra del castillo?
—Esta tarde podemos limpiar y abrillantar todos los suelos, que falta hace. Y mañana descolgaré a los hombres por las fachadas, para arrancar el musgo y frotar esas piedras hasta que parezcan nuevas.
—¿descolgar por la fachada? ¿frotar piedras?—repitió él incrédulo como si jamás hubiese imaginado tal cosa
—Sí—respondió despreocupada
—¿Y tú pretendes hacer eso también?
—Puede que frote algunas piedras, pero no creo que me de tiempo, falta por pasar el polvo de las habitaciones y he pensado en traer cuatro costureras y hacer unas nuevas cortinas. Necesitaré traer algunas muestras de telas.
—¿eso es todo?
—Durante unas semanas necesitaré un par de ayudantes para el jardín.
—¿También el jardín?
—Si, pero en un par de días. Los jardines son un tesoro, pero todavía debo encontrar un libro de botánica que me ayude a diferenciar todas las hierbas. Están mezcladas sin ningún sentido aparente ¿a quién perteneció el jardín de hierbas medicinales?
—Mi bisabuela, ella era una verdadera experta en hierbas y plantas y fue la que mandó construir el jardín, también fue la diseñadora del sistema de riego por canales que funciona en Baley, y la que recomendó alternar las plantaciones en vez del barbecho. De hecho… —Dijo Gabriel levantándose y dirigiéndose hacia la biblioteca—Pienso que aquí hay algo que puede resultar de utilidad para lo que me dices.

Gabriel le entregó un viejo manuscrito, bastante desgastado, contenía algunos recortes de revistas botánicas, dibujos explicativos, parecía un compendio por un lado de usos de las hierbas medicinales, de fórmulas caseras para la cura de diferentes enfermedades, estudios sobre ciertas afecciones crónicas y cómo mejorarlas y por otra parte de productos y mezclas para fortalecer a niños, convalecientes, embarazadas o ancianos.

—¡Gabriel! esto es magnífico—exclamó Evelyn.
—Proviene de mi bisabuela, aunque en su mayoría lo usaba mi madre en el jardín, y tiene algunas anotaciones de otros miembros de la familia, espero que te sea de utilidad.
—Es maravilloso, lo estudiaré y podré distribuir mejor el jardín.
—Estás… ¿contenta?
—Sí, Gabriel, estoy muy contenta.

Gabriel sonrió con un brillo inconfundible en los ojos que reconfortó a Evelyn.

—Eres una mujer extraña—afirmó él con rotundidad—No entiendo cómo puede ponerte de buen humor limpiar o trabajar la tierra del jardín.

Ella le devolvió la sonrisa y se acercó a él para abrazarle por sorpresa.

—Estoy limpiando un castillo para convertirlo en mi hogar.

Gabriel se alejó de ella y la acarició en la mejilla con suavidad. Evelyn se sorprendió al darse cuenta de que él no llevaba puestos los guantes y, con una sonrisa, depositó un beso en los dedos de él.

—¿Te duelen?—le preguntó al ver que los retiraba.
—Ahora ya no—sonrió él sin apartar la mirada.

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