Parte 9 – El beso

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la novena parte.

Un relámpago atravesó la oscuridad de la noche y Evelyn que se revolvió en la cama por enésima vez y clavó la vista en la puerta completamente sellada. Con un bufido cansado finalmente optó por levantarse de la cama para abrirla y dejarla tal y como debía estar.

Observó el pasillo intentando entender lo que estaba haciendo, pero finalmente se movió sigilosa por él hasta el cuarto de Gabriel, sosteniendo la respiración cada vez que el suelo crujía bajo sus pies.

Al abrir la segunda puerta se encontró con un cuarto más pequeño y modesto que el suyo, sin vestidor y con una cama sencilla sin dosel bajo un ventanal. En ella, Gabriel descansaba profundamente sumido en un sueño en una cama visiblemente tan revuelta como la que ella había dejado atrás.

La luz intermitente de los relámpagos cercanos se colaba por la ventana e iluminaba de manera siniestra el cuerpo masculino que dormía medio destapado con su ya habitual pijama oscuro y portando también una máscara, parecida a la de diario, pero de lienzo blanco, menos dura que la habitual.

Hasta tal punto llegaba el desprecio de aquel hombre por las marcas de su rostro que era incapaz de dejarlo descubierto para dormir cómodamente en la soledad de su cuarto.

Un nuevo relámpago iluminó toda la estancia y Evelyn observó el descenso de la quemadura desde el borde de la máscara de lienzo por el cuello hasta perderse bajo el pijama, observó los ojos cerrados de él. En ellos, también había ahondado la fatal marca, pero a ella no le había resultado perceptible bajo el encanto de su color cuando estos estaban abiertos.

Antes del accidente debía haber sido un hombre muy apuesto, no le cabía ninguna duda de ello. Todavía se apreciaba un cuerpo bien torneado bajo el pijama. Todavía era un hombre joven, a pesar de sus treinta y ocho. Poseía una bonita sonrisa, algo poco frecuente tanto por su blancura como por las pocas veces que él la había obsequiado con ella. y, además, por mucho que ella lo intentase, no podía olvidar sus expresivos ojos verdes que representaban por sí mismos el reflejo de una personalidad y un encanto particular que se ocultaba bajo la inexpresividad de la sempiterna máscara.

En todas aquellas semanas que llevaban de convivencia, Evelyn había podido comprobar que su marido estaba muy lejos de ser del hombre que ella había idealizado que era cuando se carteaban.
Las misivas de G.Newton siempre le habían transmitido una pasión ineludible por la vida, por la naturaleza y por las letras. Se lo había imaginado como un hombre activo y vigoroso que disfrutaba despreocupado de la caza matutina en los maravillosos bosques tras el castillo. Montado en un poderoso caballo y rodeado de fieles mastines. Trabajando en el campo bajo el sol con el torso desnudo, codo a codo con sus parroquianos. O intercambiando bromas sobre autores y literatura con algún colega del periódico. Alguien dinámico y apasionado que llenase la casa de luz y vida.
La realidad era que Gabriel N.Baley, el conde, su marido. Era un hombre indudablemente activo, pero cargado de responsabilidades que no le dejaban tiempo de salir a cazar. Que gestionaba sus tierras de manera muy eficiente, si, pero no trabajándolas con sus manos, sino estudiando detenidamente las técnicas de cultivo más provechosas y elaborando métodos de regadío más eficientes. Trataba con paciencia y justicia cada uno de los interminables y absurdos problemas de sus parroquianos. Lindes, matrimonios, derechos de paso o hurtos. Era un hombre serio y muy ocupado que vivía en un castillo tan sobrio y silencioso como su carácter.

Dormía con gesto tranquilo, liberado de la seriedad y control que mostraba ante su presencia o de la ira con la que había tirado la mesa de ajedrez y golpeado el marco de la puerta antes de marcharse cerrándola tras de sí.

¿Cómo se había equivocado tanto con aquél hombre? Evelyn se sentía una tonta al reflexionar sobre sus ensoñaciones infantiles y agradeció profundamente que en su día él hubiese tenido la decencia de no aprovecharse de su estupidez. Otro hombre la hubiese tomado y abandonado sin ninguna contemplación.

Observó sus manos, aquellas hasta ahora siempre metidas en los guantes de cuero negro. Al fin lucían desprovistas de su oscura protección, eran inconfundiblemente masculinas, grandes y con dedos delgados. La piel regenerada brillaba en contraste con la sana formando relieves y remolinos por la piel, en los puntos de flexión de las falanges y en los nudillos. Evelyn se preguntó qué tacto tendrían, si estarían frías o si le transmitirían alguna sensación a Gabriel.

Liberó un suspiro sordo que la relajó y, dejando la puerta abierta, regresó por el pequeño pasillo por el que había venido localizando unas estrechas escaleras que daban a lo alto de una pequeña torre mirador. Casi sin pensar, ascendió por ellas hasta llegar a la pequeña puerta del mirador.

El fuerte viento y el calor que acompañaba los relámpagos anunciaba una tormenta de verano, pero todavía no llovía, así que se sentó en un pequeño banco saliente de piedra y se recostó para contemplar el avance nocturno de las enfurecidas y destelleantes nubes.

Apenas habían pasado unos minutos de silenciosa soledad cuando Evelyn sintió la puerta abrirse y una máscara blanca surgir en la relampagueante penumbra de la noche. Los ojos de él se clavaron en los de ella con miedo, ambos se miraron fijamente como hablando sin hablar, entendiéndose mutuamente.

—¿Qué haces aquí?
—No podía dormir—articuló ella
—¿Y has subido a lo alto de la torre mirador por eso?
—Supongo que necesitaba tomar el aire.

Gabriel la miró largamente y finalmente acabó sentándose al lado de Evelyn de manera cansada.

—¿No me vas a decir nada más?¿no me acusas de ser un monstruo?¿no me gritas?
—No—dijo ella después de suspirar.
—Siento todo lo sucedido—acabó por reconocer él sin mirarla.
—No tienes por qué disculparte.
—Sí, sí tengo por qué hacerlo. Mi comportamiento y mi enfado ha estado totalmente fuera de lugar, ha sido más cercano al monstruo con el que pretendo evitar ser comparado que …
—Tienes que dejar de verte como un monstruo.—le cortó ella sin querer oír sus justificaciones—Tu aspecto me tiene sin cuidado, conozco verdaderos monstruos que no sienten la necesidad de ocultarse tras máscaras.
—Ya… lo sé—reconoció cansado—Pero me siento tan… frustado.
—¿Te urge consumar el matrimonio?¿porque todavía no me he hecho cargo del castillo? ¿es porque me lo estoy tomando con calma? Dime por qué.
—Por todo—reconoció él hundiendo la cabeza entre las manos—Evelyn, quiero que recuerdes que yo soy como todo hombre de carne y hueso al fin y al cabo, tengo los mismos deseos y necesidades que cualquier otro. Tengo debilidades contra las que lucho cada día. Y hace tanto que una mujer no… se acerca a mí sin miedo. El mero hecho de verte en mi casa, cada noche en nuestro cuarto, sonriéndome y charlando conmigo como verdaderos y genuinos compañeros. Sabiendo que eres mi esposa, que eres tan bella por fuera como por dentro, que me tratas tan Bien… que me atraviesa las entrañas y hasta me hace daño ¿no lo entiendes? Desde que me sucedió esto, ninguna mujer me ha tratado como tu lo haces ¡y eres mi esposa! Mi cuerpo anhela abrazarte, liberar la pasión que has despertado en mí. Temo que por veces voy a perder la cabeza, que me estoy convirtiendo en el monstruo que veo cada mañana en el espejo. No deseo asustarte ni romper mi promesa pero…—suspiró—Eres tan diferente a cualquier otra mujer que haya conocido antes que pienso que sólo es un espejismo y que saldrás corriendo en cuanto tengas ocasión.
—Gabriel.
—No, no hace falta que digas nada…—dijo él levantando su mano desnuda—Dejar la puerta de tu cuarto abierta todos estos días ha sido un símbolo de que ambos mantenemos nuestra palabra. Tu confiaste desde el primer día en que no te asalte por la noche y yo confío en que alguna vez quieras venir a mí o me llames en medio de la noche para acompañarte. Tu lo dijiste, hacemos el esfuerzo, Y… quien sabe, quizás algún día, si lo hiciésemos bien, podríamos llegar tan sólo a dormir juntos, por agradar nuestro calor.
—Estoy segura que eso será posible—ella tomó su mano desnuda sin tapujos
—Antes todo era sencillo, las mujeres se acercaban a mí, la gente me hablaba sin temor. Todo mi mundo se quemó con la piel que cubría mi rostro y lo que tengo ahora es tan horrible, vacío y… mi vida y mi carácter se han deformado tanto como lo que escondo bajo la máscara. En el fondo no soy más que un hombre, Evelyn, desfigurado como un monstruo, pero tan sólo un hombre. Aunque parece que sólo me sé comportar como un monstruo.
—Yo te veo como un hombre, pero no como cualquier hombre, sino como mi marido, al igual que tu no me ves como cualquier mujer sino como tu esposa. Con todo el respeto y cariño que eso nos implica a ambos. Y ninguna cicatriz del mundo va a cambiar el hecho de que estamos casados y el empeño que estamos poniendo los dos en hacer que eso signifique algo más que tener un hijo y marcharnos cada uno por su lado.
—No me gustaría que todo lo que ha sucedido dé al traste con todo lo que habíamos logrado. Pero a veces pienso en las circunstancias de nuestro matrimonio, que no es posible que seas una esposa tan buena y que sólo es una artimaña para escapar de mí—reconoció Gabriel con timidez— No se me escapa que todavía puedes pedir una anulación del matrimonio por no haberlo consumado.
—No—sonrió ella—no quiero anular el matrimonio ni estoy pensando en escapar.
—Me… tuviste miedo, vi tu pánico cuando tiré la mesa— Gabriel se levantó inquieto— y luego… no sabía si debía disculparme o dejarte ir y me sentí un verdadero monstruo, uno de los de verdad, de los que no llevan máscara.
—No eres un monstruo, estabas enfadado y…
—Evelyn, querida—Gabriel se arrodilló ante ella torturado—Jamás debí haberme comportado así.
—Me siento tan mal por todo ese asunto. En el fondo todo este suceso ha sido culpa mía.
—¡No!¡No! ¡No!—se quejó él golpeándose las rodillas en tono de súplica—No es en absoluto culpa tuya, de ninguna forma puede serlo. Esto es sólo mi responsabilididad, debí haberte dedicado más tiempo, hablar más contigo, compartir nuestras inquietudes y hacer que te sintieses mejor.
—No es por eso, es que cuando explotaste… creo que no estabas entendiendo porqué te pedía que te pusieses cómodo o por qué me siento todavía una extraña en esta casa. Yo intento comportarme como se supone que debe hacerlo una condesa. Cuando tardé dos semanas en expresar mis quejas sobre la comida, no quería ofenderte, yo me siento excesivamente halagada por tus atenciones y por este servicio que… yo no estoy acostumbrada a que me atiendan con tanto fervor—Evelyn buscó la manera adecuada de continuar— nunca he sido yo la que decide cosas, la que pide las cosas… llevo toda mi vida trabajando y cumpliendo exactamente tal y como quería mi padre que se hiciesen las cosas y si me salía de la línea, por pequeño que fuese el cambio o si no hacía mis quehaceres, había consecuiencias.
—Pero aquí no vienes a servir y yo no te voy a pegar por contradecir nada de lo que diga o por ordenar hacer a tu criterio. Tu eres mi esposa. Eres la condesa—respondió él hundiendo la cara en las rodillas de Evelyn.
—Puedo entender que no eres como mi padre, que eres un caballero y que no vas a golpearme ni tratarme como hacía él y también entiendo que esperes que actúe como las damas de alta sociedad a las que estás habituado pero… yo no puedo sencillamente olvidarme de mis últimos veinte años. Y tu no puedes esperar de mí que sencillamente me olvide. Si no me acabo de sentir cómoda en este castillo no es por tu trato ni por el servicio, todo lo contrario, sencillamente es que… me siento rara permitiendo que el reducido personal de servicio que tenemos realice todas las tareas que yo antes hacía mientras yo me dedico a leer o a coser como si no fuese mi obligación hacerlo yo misma. Para mí también es difícil todo esto. No, comprende que no puedo evitar ver el polvo por todos lados, pasear por el castillo y notar lo sucio que estar, montar por los jardines y ver lo descuidados que se encuentran y… no ponerme yo misma a solucionarlo pero… en cuanto alguien me ve, corre presa del pánico a sacármelo de las manos mirando a mil sitios para que tu no aparezcas.
—¡Maldita sea! ¡Tenemos criados para arreglar eso! ¡Diles lo que tienen que hacer!—se enfadó Gabriel
—¡Pero que no es eso!, es que soy incapaz de decirle a otro que haga lo que hasta ahora lo hacía yo ¿no lo entiendes? En los últimos años si había polvo, no lo decía, lo limpiaba, si había que cocinar, yo lo hacía, no se lo pedía a nadie, ¡lo hacía yo! no… me iba a montar a caballo y ya está, ¡no tenía tiempo de pasearme a admirar las posesiones de mi casa ¿Tienes idea de cómo actuaba mi padre cuando me veía con un libro o cosiendo un vestido? Tu no puedes evitar olvidar el hombre que eras antes de la quemadura ¿y me pides que yo si olvide la mujer que fui antes de venir aquí?
—¡Pero no es lo mismo! ¿quién quiere arrodillarse para fregar?
—¡Ya lo sé!—le gritó ella levantándose frente a él—Pero ¿Qué quieres que haga? ¡uno no cambia sus costumbres sencillamente cuando lo desea!

Gabriel deslizó con suavidad la yema de los dedos por la fría mejilla de Evelyn de manera cariñosa. Era la primera vez que sus pieles entraban en contacto de una manera tan íntima, ambos se quedaron absortos el uno en los ojos del otro durante un largo rato.

—No sé cómo puedes ser así

Gabriel se acercó lentamente hasta depositar los labios sobre los de ella en un beso casto y tierno que hizo que Evelyn se estremeciese de la cabeza a los pies.

El silencio se rompía tan sólo con el sonido de los truenos a lo lejos. Gabriel la miró intensamente a través de los relámpagos para luego estrecharla de manera furiosa y protectorae entre sus brazos, enterrando su enmascarada cara entre los cabellos de ella y respirando su aroma como si quisiese embeberse de él.

Unas fugaces gotas cayeron sobre ellos sacándolos del momento. Ambos se miraron.

—Dentro—sentenció él tomándola de la mano y tirando de ella
—Gabriel—dijo ella quedándose como clavada en el suelo.
—Evelyn, está empezando a llover, te mojarás.—tiró de ella con suavidad.
—Hazlo otra vez, Gabriel—insistió ella—Abrázame de nuevo.

Gabriel se giró con un gruñido exasperado para abrazarla nuevamente, pero esta vez Evelyn levantó la cara y cerró los ojos, dispuesta a ser besada, él apenas dudó un instante para besarla con hambre lobuna mientras la estrechaba con sus brazos.

Podría ser imposible de determinar los minutos u horas que ambos compartieron entrelazados en aquel beso. Pero la lluvia azuzó con fuerza arrancándoles a ambos del trance y obligándoles a resguardarse en el hueco de las escaleras.

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