Parte 8 – Pelea con un monstruo

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la octava parte.

A su llegada al castillo Evelyn había sentido bastante pena al ver el estado de abandono en el que se encontraba todo. De lejos, el lugar podía parecer majestuoso, pero una vez en la enorme entrada no fue difícil percatarse que había perdido bastante lustre con el paso de los años. La piedra de la fachada principal estaba completamente llena de musgo, Los grandes ventanales se veían mohosos y sucios, Los jardines principales estaban llenos de malas hierbas que se mezclaban sin ningún control con especies silvestres, aromáticas, incluso le pareció ver alguna hierba medicinal. Las plantas de ornamento se mezclaban con flores de jardín y los rosales necesitaban con urgencia una buena poda. Restos de estiércol de animales se amontonaban por las esquinas de forma descuidada y numerosos charcos de barro deslucían el aspecto general del exterior. Todo estaba pisoteado, descuidado y abandonado.

En la entrada principal les habían recibido bastante ansiosos los pocos criados del castillo, una pareja entrada ya en años, otra pareja más joven que eran hijos de los primeros y una pareja de niños que, a su vez, eran nietos de los primeros e hijos de los segundos. Evelyn se extrañó de que un lugar tan grande estuviese atendido por sólo seis personas, de la misma familia y dos de ellas apenas unos niños. El aspecto general era deplorable, aunque desde la lejanía aquello se viese fabuloso, la realidad era que se encontraba en estado de abandono.

Al observar detenidamente el interior del castillo comprendió que tan pocos empleados se había traducido en un estado de descuido ruinoso. A los suelos les faltaba brillo, los cuadros amparaban varios centímetros de polvo, al igual que las lámparas, que estaban totalmente vacías de cera y ennegrecidas por la falta de limpieza. Las pesadas cortinas que vestían los ventanales se encontraban quemadas por el sol, sucias y, en muchos casos incluso, raídas por el tiempo.

Lo que había podido pasar en aquel castillo no podía llegar a entenderlo, cuando Gabriel y sus criados vestían ropas de altas calidades y confección a medida, todo aquello parecía completamente abandonado. Pero cada vez que ella tomaba un paño para limpiar o una aguja para remendar las cortinas, un solícito miembro del reducido servicio acudía a ella para retirar la labor de sus manos.

Finalmente, presa de la ansiedad, había terminado por quedarse en su cuarto leyendo o bordando hasta la hora de la comida.

—Estofado—respingó Evelyn removiendo el plato con el tenedor de manera cansada.
—¿Sucede algo, querida?—preguntó Gabriel bajando el periódico que sostenía.
—No, no sucede.—Evelyn miró a Gabriel incapaz de formularle quejas.

Evelyn comenzaba a notar el cuerpo entumecido y la sola visión del plato comenzaba a generarle náusea. Eso sin contar que, además, el castillo estaba sucio. Mirase a donde mirase, el polvo y el moho se peleaban ante ella en una deprimente competición.

—¿Querida?—interrumpió Gabriel sus pensamientos—Te estoy hablando.
—Disculpa Gabriel—se excusó—estaba pensando en otra cosa.
—¿Y qué es eso tan interesante que te roba los pensamientos?
—Yo…—Evelyn comenzó a temer la respuesta—No era mi intención ignorarte, tan sólo es, es que…
—Puedes decírmelo—dijo él molesto—No voy a enfadarme porque no te resulte interesante el nombramiento de un nuevo pontífice cristiano.
—No es eso, yo sólo estaba pensando.
—Que ¿Qué? ¡Habla!—dijo con enfado dejando caer el tenedor.
— Llevamos tres semanas cenando estofado—logró responder
—¿Cómo dices?—respondió Gabriel cambiando su tono duro por el de sorprendido
—Pensaba—dijo Evelyn aclarando la voz—que llevamos tres semanas cenando estofado.
—¿No te gusta el estofado?
—El estofado me gusta, pero también me gustan otras cosas. Yo no quería parecer desagradecida y por eso lo estaba pensando y no te lo dije. Comprendo que tienes unas costumbres pero, cenar estofado de durante más de una semana, Desayunar beicon todos los días. Comer carne en cada comida todos los días… no creo que sea bueno para la salud, debilita el cuerpo.
—¿De dónde has sacado esa teoría?comer carne fortalece los músculos.
—Comer carne fortalece los músculos, pero hay que tomar Leche, verduras y pescados también para fortalecer la mente, la sangre, los huesos y los órganos. Lo que debe ser fuerte es el cuerpo en general, no sólo los músculos.

Gabriel la miró con notable disgusto a través de su máscara.

—El problema, querida, es que mi cocinera no tiene un repertorio gastronómico muy variado ni tiempo de ponerse con otras cosas.
—Yo sé cocinar, podría enseñarle nuevos platos y cambiar el menú. Incluso podría cocinar yo. Estoy segura de que te gustaría…
—¡De ninguna manera!—sentenció Gabriel cortándola—No te he traído aquí para que cocines ni para que me sirvas ¡ni para que trabajes!
—Pero Gabriel…
—Ni hablar del tema. A lo sumo, si deseas, buscaremos otra cocinera que realice los platos que consideres apropiados.
—A mí no me importa cocinar y mientras buscamos una nueva cocinera acabaremos por enfermar.
—Creo que hablo con suficiente claridad.
—Pues yo no puedo comer un día más estofado.—Manifestó Evelyn dejando los cubiertos sobre la mesa

Gabriel la miró con ojos enigmáticos. Evelyn deseó saber lo que estaba pensando. Su tono había cambiado, su cara, que al principio parecía tensa, poco a poco fue cediendo al desafío que mantenía ella y, de pronto, ella supo que había vencido la batalla.

—Evelyn—dijo arrastando las palabras con tono apesadumbrado Gabriel—Eres la señora de la casa.
—¿Significa eso que podré cambiar el menú?—Cortó ella
—Significa que no voy a consentir bajo ningún concepto que pases de servir a tu padre para servirme a mí.—dijo mirándola seriamente—Le dirás a cocinera cómo tiene que elaborar los platos, pero no quiero que trabajes. Una condesa no cocina.
—¡Oh!, Gabriel—exclamó Evelyn con una sonrisa—No te arrepentirás.

Los ojos de Gabriel brillaron, deslizó una mano por el mantel y acarició levemente la mano de Evelyn con sus dedos enguantados. Cuando ella se quiso percatar, Gabriel estaba sonriendo animado mientras continuaba la comida como si nada hubiese ocurrido.

—También sería conveniente limpiar un poco el castillo—mencionó Evelyn mientras comenzaba a comer.

Gabriel soltó una carcajada sorda y sacudió la cabeza. Como un reflejo ella también sonrió y ambos continuaron comiendo el estofado.
Hacía varias semanas que convivían en una dulce armonía y complicidad. Evelyn había llegado a apreciar y desear aquellas noches de ajedrez y conversaciones hasta altas horas de la noche.

—Has aprendido rápido y se te da muy bien.—Sonrió Gabriel retirando las piezas de ajedrez del tablero.—eres una buena rival.
—Tú me has enseñado—respondió ella con una sonrisa
—¿Cuándo te he enseñado yo la defensa escandinava?
—Bueno—rió Evelyn animada—Esa creo que la saqué de uno de tus libros.

Gabriel se rió con ella y se reclinó sobre su asiento para observar la alegría de su rostro.

—¿Sucede algo?
—Estás de buen humor. ¿ha sido por la cena de hoy?
—¿Me vas a negar que esa magnífica trucha no ha mejorado tu humor?—respondió levantando una ceja.
—Umm—pensó Gabriel mientras se removía con incomodidad la máscara—creo que los huevos y el zumo de esta mañana o el pollo de anoche ya habían contribuido al estado de ánimo general.

Evelyn sonrió satisfecha para luego responder con un tono más serio.

—¿Por qué no te la sacas?

Gabriel cambió su gesto hacia la seriedad e irritación mientras se removía en el asiento.

—La llevas todo el día, es evidente que te molesta.—manifestó Evelyn.
—No es necesario.
—Deberías quitártela
—Ya te dije por qué la llevo.
—Y yo que soy tu mujer, no me voy a asustar.
—De todos modos es mejor que no me veas sin ella.
—¿Pero por qué?No creo que necesites llevarla cuando estés conmigo.—insistió ella con terquedad.

Gabriel se levantó de su asiento con tanta furia que éste cayó al suelo con un gran estruendo sobresaltando a Evelyn.

—Te estoy diciendo que no, mujer, ¡deja de insistir!—le gritó dando un golpe en la mesa de ajedrez mientras ella se atenazaba presa del pánico
—Si te muestro mi rostro sin máscara ¿cuándo crees que podremos consumar nuestro matrimonio? ¿qué pretendes?
—Ga… Gabriel
—¿Qué es lo que quieres? ¡Dime!
—Solamente trataba de…
—¿De qué?¿de qué se trata? ¿se trata de esta casa?¿se trata de mi?
—Sólo quería que te sintieses cómodo conmigo.
—¿Ah sí? ¿cómodo como tu te sientes en esta casa?¿Crees que no veo tu reticencia a ser la señora de la casa?
—Gabriel, no sé de qué hablas.
—¿De qué hablo? Hablo de Dos semanas, Evelyn—le gritó como fuera de sí enseñándole dos dedos—¡has tardado dos semanas en decirme que no te gustaba la comida! Y en cuanto has podido te ha faltado tiempo para encerrarte en la cocina con los criados
—He estado en la cocina enseñándole platos nuevos a la cocinera.
—Y cuando no estás con ellos te encierras en tu cuarto, sólo sales para las comidas obligadas ¿Qué intentas?¿Decir que te obligo a permanecer aquí?
—Gabriel, yo sólo pretendo que te sientas más cómodo conmigo. Nunca he dicho que me obligues a nada.
—¿Ah no? ¿por qué quieres que me quite la única cosa que me protege?

Gabriel volcó la mesa de ajedrez en un ataque de ira mientras Evelyn corría hacia el otro extremo del cuarto, justo al lado de la chimenea.

—¿Piensas que no sé que en cuanto veas mis deformidades me llamarás monstruo? ¿Que no te alejarás de mi lado cada vez que intente acercarme a ti? ¿crees que no sé que te provocaré náuseas?

Evelyn le miró, su ira le había provocado un miedo instintivo, pero intentando asimilar sus palabras y sus actos podía intuir que su dolor era demasiado grande pero inofensivo para ella.

—Gabriel, Yo jamás te haría eso.
—¡no me mientas! ¿Es que crees que no sé lo que va a pasar?
—No va a pasar nada.
—Sí pasará, tendré que acabar obligándote a consumar el matrimonio.
—Gabriel, hicimos una promesa. Consumaremos el matrimonio y no me tendrás que obligar.
—¿y por qué todavía estoy durmiendo en la habitación contigua?¿Es que me crees tan estúpido que no veo las señales? Esto no son las mil y una noches y tu no eres Scheherezade.

Evelyn permaneció en silencio con los ojos clavados en él.

—¿Es que crees que no preferirás acabar con tu vida antes que compartir tu lecho con un monstruo como yo?—Gabriel se revolvió el pelo con los ojos cargados de lágrimas— ¡hasta yo acabaría con mi vida si tuviese el valor suficiente!— Sentenció él mientras se dirigía a grandes zancadas hacia la puerta que comunicaba ambos dormitorios.
—Gabriel—le llamó antes de que saliese.

Él se detuvo en la puerta, de espaldas a ella y con la mano en el pomo. El silencio del cuarto sólo permitía oír el crepitar del fuego y el asfixiante sonido de la respiración de Gabriel a través de la máscara de cuero. Evelyn podía ver cómo sus hombros se movían arriba y abajo con el jadeo de la fuerte respiración.

—No cierres la puerta.

Gabriel golpeó el marco de la puerta con tal fuerza que Evelyn sintió temblar los cimientos de la casa. Acto seguido se marchó dando un portazo de tal intensidad que casi arranca la puerta de su marco.

Evelyn miró la puerta en silencio mientras escuchaba los fuertes pasos de Gabriel alejarse de su cuarto y la segunda puerta cerrarse con violencia. Era la primera discusión que había tenido con él. La primera vez que le había visto preso de la ira. Y, así con todo, lo que más miedo provocaba en aquellos momentos era que hubiese cerrado con violencia aquella puerta que había permanecido abierta desde su primer día en aquella casa.

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