Parte 7- La noche de bodas

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la séptima parte.

Tras la silenciosa comida que habían disfrutado nada más llegar e instalarse, Evelyn entró en la biblioteca.

—¿Los has leído todos?
—Todos todavía no, pero aspiro a hacerlo, desde luego—respondió Gabriel
—Siempre deseé tener una biblioteca así—dijo ella posando la taza de té en una polvorienta mesa auxiliar.
—Está a su entera disposición, si lo deseas, todo lo que hay aquí es tuyo—contestó con voz suave el conde.
—Es muy tentador—sonrió tímidamente sacando un ejemplar de la repisa—algunos volúmenes harían muy feliz a más de una mujer… diría que infeliz a más de un hombre.
—¿lo has leído?—preguntó el conde al ver el título
—¿que si he leído a Olympe de Gouges? ¿Es que acaso no has visto cómo me trató mi padre? Si llega a sus oídos que he leído a un libro que habla de derechos de la mujer…
—No me has respondido
—Lo leí en francés y bajo el nombre de Marie Gouze… le dije que era una novela romántica—rió ella de forma traviesa
—No recordaba que leías francés.
—y latín, un poco de español y casi entiendo portugués…
—Deberías leer estos escritos de Nicolás de Condorcet—dijo entregándole otro tomo y tendiéndole la mano frente a él hacia un cómodo sofá cerca del fuego—y si te atreves con algo en español, tengo “El Quijote”.
—Jamás hubiese imaginado que fueses de ideas feministas—dijo Evelyn sentándose sin levantar la vista el tomo que le había entregado.
—¿Por qué?
—¡No! No es eso, más bien yo pensaba que los hombres no tienen naturaleza feminista, ya sabes, ataca su posición en el patriarcado.
—Bueno, yo tampoco diría que soy feminista. Me gusta pensar que ante todo somos humanos y como tales somos una especie animal, somos todos iguales al tiempo que mantenemos nuestras diferencias. Si observamos el mundo animal detenidamente descubrimos que entre especies hay una distribución mucho más justa y no existe esa marcada línea que existe en los humanos entre lo que deben hacer los varones y las hembras, cuando la necesidad lo requiere los varones cuidan de las crías y las hembras cazan, cuando la necesidad lo requiere, el varón incuba el huevo mientras la hembra se dedica al engorde para luego intercambiarse, se ve constantemente—contestó el conde a modo de aclaración.—el patriarcado no es natural.
—Pero está en las escrituras.
—Que fueron hechas por hombres. Y también creo recordar que dice “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, no pienses que ataco a la fe, nada tan cercano a la blasfemia. yo sencillamente aclaro que no todos los hábitos y costumbres humanas son naturales. “Creced y multiplicaos” es un código natural, que sólo los hombres hereden la tierra mientras las mujeres se limitan a honrarles es un código humano.
—Debo entender—Evelyn tragó saliva para luego continuar tímidamente con la blasfemia que flotaba en su pensamiento—Debo entender entonces que consideras a las mujeres como iguales.
—Iguales intelectuales, sin ninguna duda—contestó serio—en lo físico es evidente que conservamos nuestras diferencias. Los hombres, por ejemplo, no podemos parir y las mujeres sí. Y es innegable que los hombres, por lo general, desarrollan una musculatura más fuerte que las mujeres que nos permiten hacer tareas más físicas. Aunque existen excepciones puesto que las mujeres suelen ser más ágiles y eso también es un punto importante. El problema en la liberación de la mujer es que, Por desgracia no todas las mujeres desean desarrollar sus capacidades, bien porque no lo consideran apropiado para sus fines de matrimonio, porque no son debidamente alentadas por su entorno o bien porque consideran inútil el conocimiento.
—Podría decir lo mismo de los hombres—replicó ella—hay muchos varones que consideran innecesario el conocimiento intelectual o el desarrollo de las capacidades.
—Sin duda, sin ninguna duda—contestó Gabriel complacido—Estoy seguro que esta conversación sería imposible de mantener con muchos hombres, como tu padre, por ejemplo.
—¿Con mi padre?—contestó con una pizca de ironía—pienso que si le dan un libro no sabría por dónde comenzar a leerlo… o quemarlo…

Ambos compartieron una risa cómplice que liberó de tensión el ambiente.

—Debo reconocer que, tras haberle conocido, no consigo dilucidar en dónde hallaste el gusto por la lectura y el diálogo.
—Sin duda, de mi madre, si la hubieses conocido…—contestó con una tierna sonrisa Evelyn—Era toda una dama… ella me leía todos los días historias de diosas griegas, tocaba el piano como los mismísimos ángeles, recitaba versos… Todo lo que sé hoy, es por ella.
—Podría decirse que era el punto contrario de tu padre.
—La familia de mi padre provenían de una larga extirpe de funcionarios aburguesados, poseían una casa en Londres, dinero y él había heredado un buen trabajo en los ministerios, mi madre era una mujer virtuosa pero no especialmente bella, la cuarta hija de un baronet sin posesiones que heredar, un puñado de tierras muertas para el primogénito si acaso. El caso es que las circunstancias de la vida hicieron que mi madre recuperase el título de pero ya estaba considerada vieja para casarse y… la familia de mi padre deseaba un título, aunque sólo fuese de pacotilla, así que decidieron casarles. Lógicamente no funcionó para mi madre, como era de prever, su familia se marchó con la dote y la dejó en Medow con mi padre—Evelyn sintió un escalofrío—Ella me dijo que no consiguió ser feliz ni un solo día al lado de él. La insultaba, gritaba, pegaba… Ella perdió hasta cuatro hijos a costa de la vida que mi padre le propiciaba. Mi hermano Samuel casi no sobrevive, mi padre le había propinado tal paliza a mi madre que le provocó el parto varias semanas antes, perdió mucha sangre y… en fin… Estas cosas no vienen al caso ¿Verdad?
—Ha debido ser una experiencia terrible
—Oh, bueno, de niña me trataba con indiferencia, en aquella época llegué a pensar que era invisible ante los ojos de mi padre. Y lo prefería realmente, viendo cómo la trataba a ella. Mi madre procuraba siempre tenerme alejada de él, me profería todo el cariño que necesitaba y me procuraba una correcta educación con vistas a que yo me pudiese defender sola. Hasta su muerte, claro, luego todo cambió. A mi padre le descubrieron en negocios turbios en el trabajo así que tuvimos que venderlo todo y marcharnos a ese pueblo en el que me encontraste. Allí, yo no tenía a mi madre para protegerme y él comenzó a descargar su ira contra mí, aunque por fortuna no me pegaba tan fuerte como a ella porque temía realmente que prefiriese marcharme y no pudiese casarme y conseguir una buena dote. Él creía que conseguiría un gran negocio conmigo. Sin apenas pasar el año desde que fui mujer, comenzaron a pasearse un innumerable ejército de pretendientes por mi casa, cada cual peor que el anterior, uno incluso intentó quitarme el vestido durante una de sus visitas, varios, aporrearon la puerta de mi cuarto en mitad de la noche sin que a mi padre le importase y, bueno, comenzaron a llegar cobradores a casa, las deudas se iban acumulando y el resto… ya sabes como terminó. En cierto modo doy gracias a que no decidió alquilarme en un burdel.
—¿Por qué no escapaste?
—¿A dónde hacerlo? no tenía amigos, ni disponía de dinero para mantenerme, ni tan siquiera de un caballo para alejarme de aquel pútrido pueblo… Para un varón es fácil pero… ¿y una mujer? ¿qué otra opción tenía más que la de prostituirme para salir de allí?
—¿tus tíos?¿primos?¿De verdad no tienes a nadie más?
—Nadie que quiera tener nada que ver conmigo o con mi padre, escribí cartas a toda cuanta persona pude recurrir sin hallar respuesta, vendí incluso mis libros más preciados, las pocas joyas de mi madre que ella había conseguido rescatar… la felicidad de una mujer vale bien poco a día de hoy.
—Siento realmente lo que has tenido que pasar—apretó los labios el conde.—Si me hubieses contado esto cuando…
—No…—sonrió levemente Evelyn—Hubiese sido peor ¿Qué habrías hecho? Era una mocosa y tu estabas casado, lo que hiciste fue correcto en aquel momento. Las cosas salieron como han salido y ahora me siento realmente afortunada de que finalmente vinieses a ayudarme y por la proposición que me hiciste. No quiero llegar a pensar si al final no hubieses pujado por mí.
—¿Y si no hubiese llegado a tiempo?—preguntó muy serio—¿y si continuase casado y no pudiera salvarte?
—Ya sabes lo que dicen, una muerte cobarde antes que una vida infeliz…—Evelyn golpeó levemente las tapas del libro que todavía sostenía en sus manos y cambió de tema—¿Debo entender por esto que no te molestaría, si se diese el caso, que el heredero de Baley fuese mujer en vez de hombre.?

Gabriel la miró con gesto preocupado.

—Que no esté de acuerdo con las leyes humanas no quiere decir que no deba cumplirlas, si fuese varón solucionaría muchos inconvenientes. Pero es imposible determinarlo antes, de ser mujer sería todo más complicado pero no pienses que te obligaría a continuar hasta el varón, siempre que fuese una mujer educada de la forma adecuada, te verías liberada de tus obligaciones.
—¿y si el varón no fuese el primogénito? ¿Y si es el segundo?
—Eso sería…, querría decir que—dijo el conde posando su enguantada mano sobre la de ella— después de tener nuestra primera hija, tú te habrías quedado una segunda vez. Con todo lo que eso… significa.

Evelyn tragó saliva al darse cuenta de su torpeza.

—Te prometí que sería una buena esposa.—Aseguró ella
—Está bien—sonrió ligeramente él—será bueno para nuestros hijos que los dos participemos activamente en su educación y que intentemos tener una buena relación como padres.
—Yo prometo poner todo mi empeño en ser una buena esposa y madre.—dijo ella tomando la mano enguantada que se posaba sobre la de ella.
—No me cabe la menor duda—dijo él seriamente

Lo miró nerviosamente con los ojos muy abiertos. Aquella iba a ser su noche de bodas y no sabía ni cómo dirigirse a él sin temblar de miedo.

—Me he tomado la libertad de solicitarle a Benwell que nos subiera el ajedrez a nuestros aposentos ¿sabes jugar?
—Leí algunos libros, pero nunca tuve ocasión de jugar realmente.
—Fantástico entonces, yo te enseñaré—dijo mientras la guiaba hacia la salida de la biblioteca.
Si en algún momento Eveln había temido el momento de su noche de bodas, acabó por olvidarlo al lado de la inusual e interesante compañía de su marido. Aquella noche charlaron y jugaron durante horas hasta el amanecer mientras pacientemente Gabriel explicaba cada movimiento en el tablero.

Cuando ya ella se caía rendida de sueño, Gabriel comenzó a recoger las piezas del ajedrez.

—Hoy ha sido un día muy largo y se ha hecho muy tarde, deberías meterte en cama ya.
—Tienes razón—reconoció con súbito nerviosismo Evelyn
—Yo dormiré en la habitación contigua, si te parece bien, me gustaría dejar la puerta abierta—solicitó Gabriel
—Por… ¿por qué?

Gabriel la miró, pero no parecía estar viendo nada, más bien parecía estar recordando otra conversación en otro tiempo… con otra persona.

—En realidad no importa—dijo en voz baja mientras se marchaba del cuarto.
—¡Gabriel!—le llamó Evelyn al ver que él cerraba la puerta tras de sí— Déjala abierta, tienes razón, en realidad no importa.

La mano enguantada de Gabriel apretó el vano de la puerta y él le devolvió una mirada agradecida antes de salir del cuarto dejando la puerta entornada.
—Gabriel—dijo Evelyn antes de dejarle ir
—¿Si, querida?
—¿no estarías más cómodo sin los guantes y la máscara?
—¿A qué te refieres?—dudó él.
—Pues… ¿no te molesta llevarlos todo el día puestos?… mientras estés sólo conmigo no tendrías que llevarlos. Seguro que estarías más cómodo.
—Créeme, es mejor que no me los quite. Bajo el cuero no hay nada agradable que merezcas ver.
—No creo que sea tan grave y… al fin y al cabo, soy tu mujer.
—Ya…—la miró con gesto incrédulo pero relajado—Supongo que tarde o temprano acabarás por verme sin ellos, pero hoy no será ese día. Buenas noches, querida.

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