Parte 6- Baley

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

Pulsa para leer a continuación la sexta parte.

El viaje a Baley se hizo en menos tiempo del que Evelyn habría pensado. El buen tiempo había acompañado durante todo el camino. El carruaje era viejo, pero robusto y ligero, con muchas comodidades y estaba tirado por unos magníficos caballos bien entrenados. Todo aquel despliegue no sólo dejaba patente que el Gabriel no sólo ostentaba un título de nobleza, sino que también le acompañaba al título una fructífera situación económica y un razonado uso de los recursos.

Durante el viaje, habían hablado poco. Gabriel se había limitado a preguntarle escuetamente acerca de su vida y escuchar todo cuanto Evelyn le contaba. Se había interesado mucho por sus conocimientos en medicina botánica e incluso le había mencionado que su madre también tenía esa afición.

Evelyn, aunque sentía que el miedo ante la nueva situación la dominaba por momentos, intentó mantenerse racionalmente serena y buscar un modo cómodo de dirigirse a su nuevo marido. Alguien que, a pesar de todos los años que habían mantenido contacto, parecía no conocer en absoluto.

En el atardecer del tercer día de viaje Benwell dió unos leves toques en el techo del carruaje y luego por el ventanuco anunció que al fin se divisaba Baley. El conde abrió una de las ventanas laterales del carruaje para que Evelyn pudiese deleitarse con la visión.

—Querida—dijo solemne mientras la invitaba a sacar la cabeza por la ventanilla.—Quisiera que observases Baley, éste será tu hogar a partir de ahora.

Evelyn se quitó la toca que guardaba su cabello e hizo lo que Gabriel le pedía. A lo lejos, al fondo del camino y erigido sobre una verde colina al lado de un frondoso bosque que se deslizaba por el lateral como una lengua hasta el mar, se levantaba majestuoso un espléndido castillo de piedra, con grandes ventanales y dos imponentes torres. Estaba rodeado por jardines y tras él, se divisaba el mar y una pequeña población que discurría desde el pie del castillo hasta la costa.

Impresionada por la visión, Evelyn recorrió el contorno al castillo con la mirada. Encontró unos magníficos campos verdes que estaban siendo recogidos por unos campesinos y un molino en movimiento a lo lejos. Conforme el carruaje pasaba por el polvoriento camino muchos de los lugareños detenían su labor para agitar con respeto la mano a modo de saludo.

Aquello era, sin duda, el paraje más idílico que ella podría haber soñado.

—¿Esto?…—dudó Evelyn
—Esto es Baley—terminó el conde por ella
—Es un castillo.
—Si, lo es, no es como el que se espera de un rey, pero pertenece a la familia desde hace más de seiscientos años.
—Seiscientos, No me dijiste que viviríamos en un castillo, éste debe ser un lugar muy próspero.
—Sin duda lo es, aunque requiere de mucha atención, la mar es tan beneficiosa como traicionera.
—Debieron sufrir mucho a causa de los piratas—comentó Evelyn—Estamos muy cerca del mar y esta zona está totalmente expuesta.
—En efecto—confirmó él—Hasta hace diez años esta costa estaba totalmente desprotegida.
—¿Y desde entonces no hay ataques?
—No
—Pero… ¿Cómo es posible?
—¿Ves el faro que hay a lo lejos?—preguntó Gabriel sacando su su enguantada mano por la ventanilla y señalando.
—¿En aquella isla?
—Sigue en línea recta hasta el acantilado del bosque ¿que ves?
—Es…—Evelyn sacó medio cuerpo por la ventanilla para intentar ver lo que el acantilado ocultaba
—¿Lo ves?

Evelyn sintió un movimiento del carruaje y perdió el equilibrio, pero al tener medio cuerpo fuera no tuvo en dónde agarrarse y notó cómo se precipitaba fatalmente fuera del vehículo. Cuando ya daba su destino por irreparable, sintió unas manos sujetándola por la cintura de forma firme. Se quedó bloqueada y sin aliento mientras que dichas manos tiraron de ella para introducirla nuevamente al carruaje y luego soltarla.

Un rubor intenso y una confusión la atenazaron al no saber cómo continuar la conversación después de aquello.

—¿Pudiste verlo?—carraspeó él ignorando la incomodidad por el contacto.
—Yo…—Evelyn dudó—¿catapultas?
—Y Ballestas—Contestó señalando los laterales de la línea de costa—A ambos lados hay catapultas y ballestas y dos cañones ocultos en los túneles del acantilado bajo el castillo. El anterior conde de Baley, mi padre, mandó construir el faro, se llevaron las piedras en barca de remos una por una y se construyeron las líneas de defensa a ambos lados. Cuando el faro lanza el primer aviso, los hombres del pueblo acuden a proteger la ciudad, desde que se finalizó la línea de defensa este pueblo es prácticamente inviolable, al menos por mar.
—Es francamente fantástico—declaró Evelyn fascinada.—Además toda esta protección se ha logrado sin alterar la belleza de todo este lugar.
—¿Crees?—preguntó sin apartar la vista de la ventana—¿crees que podrías vivir aquí?
—Parece un sitio maravilloso para vivir. Es fácil imaginar que cualquiera sería tremendamente feliz en un sitio así, con un castillo enorme, verdes jardines, un acceso protegido al mar, un bosque para cazar.

Evelyn notó cómo él se removía en su asiento, los brillantes ojos verdes que se veían a través de los agujeros de la máscara observaban sin ver el paisaje del exterior y sus labios apretados denotaban un profundo dolor no físico, sino del alma, una agresividad animal, una sensación profunda deseando liberarse…

—Cuando me des un heredero… es decir, cuando tengamos nuestro hijo…quizás querrías convertirlo en tu hogar definitivo en vez de buscar otro.
—Sí, seguro que es un buen hogar, creo que me gustaría vivir aquí—respondió Evelyn mirando también a través de la ventana.
—Sería algo bueno que eso sucediese. Sé muy bien que mi aspecto es inquietante por culpa de esta máscara que cubre mi rostro. Mis deformidades no son agradables a la vista. Además, me temo que a mi carácter le falta bastante para ser agradable. Creo que eso me convierte en un verdadero monstruo. Pero no debes tener miedo de golpes o insultos, es posible que sea tosco, pero me esforzaré en mejorar mi carácter. Conmigo no tendrás que preocuparte nunca más de nada, no tendrás que trabajar y no tendrás que servir a nadie más nunca en toda tu vida. Tampoco deberás ocuparte de limpiar la casa, podrás disponer de tu propio dinero para gastos, podrás tener lo que quieras…—el conde apretó los labios con amargura al percibir en su voz un leve tono de desesperación
—Gabriel, hace años que no sabemos uno del otro, pero unas quemaduras no han podido cambiar tanto el hombre que una vez conocí.
—No, no soy ese hombre, Evelyn. Hace años que me convertí en un monstruo. No debes temerme, pero es la realidad que tendrás que vivir, yo no te miento, Evelyn. Olvídate del Señor Newton, estás casada con Gabriel N. Baley, el actual Conde de Baley, y el que te habla no tiene nada que ver con el que conociste.—la reprendió él con voz dura.
—Está bien—confirmó ella con un nudo en el estómago.—Pero… es difícil olvidar y pensar en que no sabemos nada el uno del otro y que, a pesar de ello estamos casados y que, ya sabes, tengo que darte un hijo.
—Lo entiendo, por eso quiero que tengas presente que soy razonable, te respeto y prometo que tendré paciencia hasta que te sientas preparada.
—Quiero ser franca. Me siento muy afortunada de que, después de todo, hayas venido a ayudarme y que estés dispuesto a prodigarme tantas atenciones como tu esposa.—Evelyn colocó una mano sobre los guantes de él—Pero no te sientas obligado a compensar su compañía o sus circunstancias con promesas o regalos. Ambos hemos aceptado este matrimonio, nos conocimos en su día, fuimos colegas. Estoy segura que en cuanto nos conozcamos de nuevo, después de todo este tiempo, todo esto resultará más cómodo. No sé cómo será el futuro entre nosotros, ninguno de los dos lo sabe. Pero podemos acordar que ambos tenemos la voluntad de una convivencia agradable y pacífica. Si vas a sentirte más tranquilo, te aseguro que no tengo miedo de tus cicatrices y no eres ningún monstruo, creo en tu palabra cuando me aseguras que me respetarás y me honrarás como esposa. Y yo también te doy mi palabra de que cumpliré e intentaré bendecir nuestro matrimonio con un heredero.

Gabriel asintió con la cabeza y volvió a cerrar la ventana del carruaje.

—Llegaremos en una hora—dijo y luego realizaron el resto del camino en silencio.

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