Parte 4– La subasta

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.

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Fendell tomó la capa de Evelyn y, cuando ella intentó sujetarla, él rió con expresión burlona y se la arrebató de las manos de un tirón dejándola avergonzada con el provocativo vestido que le había comprado para la subasta.
Un estridente rugido de aprobación provino de la audiencia y los ávidos ojos de los hombres se posaron sobre el premio. Entusiasmado por el jaleo de los hombres, el alcalde agarró con violencia el firme moño de Evelyn y tironeó de él para que el castaño y ondulado cabello cayese sobre los hombros como un manto de seda.

—Observen, caballeros. ¿Acaso esta muchacha no vale una fortuna?

Evelyn sintió las lágrimas caer por sus mejillas y bajó la cabeza para evitar enfrentarse a aquellos animales y sus miradas lascivas. Sintió náuseas y también una terrible comezón en todo el cuerpo. Se sintió sucia y deseó morir, pero luchó contra su vergüenza para sobreponerse al duro momento de pánico. Rezó y confió en que pasase lo que pasase, aquella noche todo estaría solucionado, o bien junto a aquél enmascarado o yaciendo muerta en su dormitorio, con un poco de suerte, incluso, antes de soportar las manos de cualquier otro hombre sobre su cuerpo.

Sintió el calor de la mirada del conde y levantó su llorosos ojos. En el momento que sus miradas conectaron, deseó que aquel caballero siniestro y desconocido pujase por ella y la llevase lejos, muy lejos… En toda su vida llena de golpes, insultos, amenazas, vejaciones y miedo jamás había deseado que un hombre la salvase, ninguno que no fuese su querido y viejo señor Newton, con el que tantas cartas había intercambiado.
Pero… aquél hombre, aquel siniestro hombre por el que todos los demás sentían miedo era el único que la había tratado con elevada cortesía y profundo respeto, aun a pesar de estar tratando la subasta de su honra. Ya no recordaba lo que era el sentirse respetada por un caballero, no lo recordaba o nunca había sido objeto de tales modales, salvo en sus cartas con el señor Newton. Apenas podía mencionar la última vez que no había sentido miedo o asco al escuchar la proposición de un hombre, mucho menos cuándo ella misma se había sentido atraída remotamente por un varón.

Podía parecer una locura pero en su interior sentía que, de todos los que estaban allí, el conde era el único que aún conservaba la humanidad, a pesar de que su aspecto siniestro indicase lo más lejano a la misma.

Sin perder el contacto visual con el conde asintió con la cabeza y vocalizó un silencioso y desesperado SI hacia él. Ya que sería probablemente torturada, al menos prefería aceptarle a él y que fuese un profesional quien se encargara de su sufrimiento.
—Caballeros, han venido hasta aquí con la esperanza de encontrar una buena esposa, una madre abnegada y una amante apasionada y esta muchacha, en pocos minutos, pasará a ser todo eso y todo lo que sueñe ¡uno de ustedes!—Fendell rió, señalando con el dedo a aquéllos que se apretujaban por conseguir una mejor visión. El alcalde adoptó una pose solemne y se tomó las solapas del abrigo—. Ahora bien, le prometí a mi querida hija que que todos ustedes, caballeros, sólo participarían en este evento con la noble intención de desposarla ante la ley y ante los ojos de nuestro creador, y espero ciertamente que no me permitan faltar a mi palabra así como yo no permitiré que ella falte a la suya ante la ley ni ante dios.

Los presentes estallaron en grandes risotadas.

La joven recorrió con la mirada los numerosos rostros de la audiencia intentando dilucidar los posibles pujadores más interesados y peligrosos para ella.

Evelyn se estremeció cuando sus ojos se toparon con Harford, el hombre a quien ella había apodado «la rata». Él se había abierto camino hasta llegar a la primera fila y su complacida sonrisa lo delató como uno de los más interesados participantes de la puja. Si ese hombre hacía la oferta más tentadora, sin duda, pretendería una recompensa por haber sido rechazado en su primera visita a la casa del alcalde, cuando ella le había abofeteado en el instante en que él había intentado quitarle el vestido y estrujar sus pechos descaradamente. Ella le había insultado y se había encerrado en la despensa hasta que una vecina la había escuchado gritar y había acudido en su socorro.

Sentía su vicioso deseo y el rencor por aquella negativa. No era un hombre que le gusten las negativas. No se había dado por vencido en aquella ocasión y nuevamente procuró sobornar a su padre para comprar su silencio y llevarla con engaños a su alejada casa de campo durante unos días. Aquella negativa a acudir le valió una fuerte golpiza de su pad y tres días sin comida para ella ni para su hermano. Pero así con todo, Le temía profundamente, si se iba con él sabía que jamás volvería a tener un pacífico día o una noche serena a su lado.
No, si Harford ganaba la subasta ella debería ser rápida porque él no la dejaría ir sin luchar.

También se encontraba Smedley, ese gordinflón asmático y proxeneta también se encontraba en el grupo, él por lo menos no sólo había ofrecido dinero a su padre, sino que también había intentado tentarla a ella con baratijas y falsas promesas de mucha riqueza a cambio de subastar su inocencia.
Lo cierto es que no se había tomado demasiado bien que ella se negase en redondo y le devolviese todos sus regalos todavía sin abrir, pero quizás la tratase bien mientras pudiese usarla como prostituta para la alta sociedad.

Y Silas, el avaro prestamista que había presionado a su padre para casarse con ella a cambio de la condonación de sus numerosos préstamos…durante sus visitas le había hablado y tratado casi de peor modo que su padre, e incluso ante su negativa a atender sus proposiciones le había insistido en su falta de mano dura con su comportamiento, cosa que e a ella no le inspiraba demasiada tranquilidad. Su padre era violento de puertas para adentro, pero Silas no parecía tener problemas en reconocerlo abiertamente en público. Además, era tan mayor que ya olía a muerto ¡podría ser su abuelo! Y pretendía que le engendrase un hijo varón.
Sólo pensar en compartir el lecho con él le revolvía las entrañas.

En su mayoría, el resto de los hombres que se habían congregado alrededor de la plataforma no parecían poseer grandes fortunas, que superasen aquellas aunque sí muchas ganas de hacerse con el botín.
Acababa de considerarse a sí misma como un botín… El miedo y el malestar la atenazaba y se sentía confundida. Estaba sola y acosada como un animalillo perseguido por una jauría de perros. Ya no lograba ver con claridad un solo ser entre la audiencia que no le causara un tremendo malestar de estómago.
Fendell extendió los brazos para pedir silencio.

—Ahora bien, caballeros, como sabrán, me encuentro penosamente acosado por mis acreedores,—Dijo señalando a Silas—de otra forma, jamás hubiera organizado este evento con mi querida hija. Ellos no dejan de presionar, han bloqueado mis préstamos, mis líneas de crédito, mi acceso a la casa de apuestas e incuso, han tenido la desfachatez de venir hasta mi casa, ¡la propia casa de vuestro querido alcalde! para exigir el pago inmediato de mis deudas. Tengan piedad de mí y de esta joven mujer que jamás ha mantenido relaciones con un hombre. Ella ha sido una bendición para mí y como una madre para su hermano Samuel durante estos últimos años, desde que aconteció la muerte de su pobre madre. Reconozco que estos años he sido egoísta y no deseaba dejarla ir, pero ha llegado el momento en el que, muy a mi pesar, la muchacha vuele del nido y cumpla su función ante los hombres y ante dios. Debe formar su propia familia y abandonar a su viejo padre. Ustedes comprendan la delicada situación en la que nos dejará a Samuel y a mí. Por lo tanto, les ruego, caballeros, que sean generosos en sus ofertas. Sean nobles caballeros y dejen que se acerquen todos aquellos que hayan venido hasta aquí con serias intenciones de participar en la puja. Vamos, Adelántense para poder valorar los bellos ojos de la joven, la perfecta curvatura de sus pechos sin duda preparados para amamantar a criaturas sanas y robustas. Y fíjense, ¡fíjense! en su cintura y en sus caderas bien redondeados, está preparada para parir unos hijos grandes y fuertes como titanes—dijo pasando las manos por las caderas de su hija ante la atenta mirada de los hombres—Vean la perfecta hechura de estas piernas hechas para el placer masculino y para el trabajo duro en el hogar—dijo levantando levemente la falda de la muchacha para mostrar sus torneadas piernas al tiempo que ésta permanecía callada con lágrimas amargas corriendo por sus mejillas—esta muchacha tiene un temperamento dócil, ¡bien lo saben mis vecinos! está sana y muy bien instruida en las labores domésticas, a fe que la he enseñado con hierro y vara.—Extrajo su reloj de bolsillo y se lo mostró a la audiencia—. Es la hora, caballeros y comenzaremos ya. ¿Qué dicen, caballeros? ¿Cuál es la primera oferta? ¿Mil libras, dicen? ¿Mil libras?

El primero en responder fue Silas Chambers, quien levantó tímidamente una mano. Con un tono vacilante, afirmó:

—Sí… Sí, ofrezco mil libras.
—Ay, caballeros, observen el premio que podrían ganar. Mi preciosa hija, de indiscutible belleza. Inteligente. Capaz de leer y escribir. Llena de talento para los números. Si le compran un libro la tendrán entretenida durante semanas, una excelente bailarina, todavía mejor con el piano, Un motivo de orgullo para cualquier hombre de bien.
—Mil quinientas—gritó una voz grosera entre la multitud—. Ofrezco mil quinientas libras por la moza.
—Dos mil—dijo un sirviente desde lo alto de un carruaje

Fendell se animó con las ofertas.

—¡Dos mil! Dos mil ofrece el cochero. ¿Quién ofrece dos mil quinientas? ¿van a dejar que un cochero se la lleve por sólo dos mil?
—Eh, dos mil cien libras—dijo Smedley con tono suave—. Dos mil cien. Sí, ofrezco dos mil cien.
—¡Dos mil cien, entonces! ¡Dos mil cien! ¿Alguien mejora la oferta?
—¡Dos mil trescientas!—exclamó Harford, mientras se secaba sus gruesos labios con un pañuelo—. ¡Dos mil trescientas digo!
—¡Que sean dos mil trescientas, entonces! ¡Dos mil trescientas libras! Vamos, caballeros. Ni siquiera se acercan ustedes al valor de mi preciosa hija. Busquen en sus bolsillos. Extraigan hasta la última moneda. Hasta ahora, no han ofrecido más que dos mil trescientas libras por este digno ejemplar de mujer.
—¡Dos mil cuatrocientas!—gritó la misma voz grosera desde el fondo.

Preocupado, Silas se apresuró a reafirmar su posición.

—¡Dos mil quinientas! ¡Dos mil quinientas libras!
—¡Dos mil quinientas libras por aquí!—exclamó Fendell—. ¡Dos mil quinientas! Ay, caballeros, se lo imploro, tengan piedad de un anciano y de su hijo. Tienen delante de sus ojos a un exquisito modelo de mujer. Se lo dije antes y se lo repito ahora, un motivo de orgullo para cualquier hombre. Una compañera útil para charlar por la tarde, brindarles placer durante las noches y obsequiarles con numerosos niños.

Evelyn se apartó asqueada de la mano que le tendía su padre, cada vez su sensación de náusea era mayor. Consciente la mirada implacable del conde, alzó los ojos de nuevo hacia él a modo de silenciosa súplica de auxilio, observó que él movía negativamente la cabeza con desapruebo. ¿Por qué no pujaba? La joven sintió un punzante dolor en el pecho que le cortó la respiración. Le había dicho que sí, sabía que él la había entendido, pero no pujaba. ¿sería más dinero de lo que él estaba dispuesto a invertir en ella? ¿Se habría pensado mejor todo aquello?

Evelyn se sintió triste y abandonada. Su padre nunca la había tratado con respeto, ni tan siquiera podría decir que la hubiese tratado bien, pero no sabía en qué absurdo momento había llegado a la decisión de que una subasta era lo mejor para deshacerse de ella. Evelyn asumía que las mujeres no tenían más valor que un objeto pero… ¿acaso no merecía un mínimo de respeto por todo el tiempo que había dedicado al cuidado de su padre y hermano? ¿cuánto desprecio más podía soportar?

—¡Dos mil quinientas! ¿Alguien ofrece tres mil?—instó Fendell—. ¿tres mil mil?
—¡ Ofrezco tres mil!—gritó la rata.

Se oyó un fuerte murmullo entre la multitud, y las rodillas de Evelyn comenzaron a temblar. Silas Chambers se apresuró a abrir su monedero y comenzó a contar su contenido. Hubo un barullo de voces en el fondo cuando el participante ebrio consultó a sus amigos. La sonrisa de Fendell se ensanchó ligeramente, hasta que Samuel agitó otro documento y lo sumó al resto.

—¡tres mil!—exclamó Fendell, y levantó una mano—¿Quién da más? ¿ tres mil quinientas?—hizo una seña al fondo—¿cuatro mil?—señaló al ratón nuevamente con una sonrisa—¿Quién ofrece cuatro mil quinientas?

Un silencio respondió a la súplica del alcalde, mientras Silas continuaba contando sus monedas de oro y los otros conversaban entre ellos. El destello en los ojos de la rata se tornó más brillante.

—¿cuatro mil cien? Antes de que sea demasiado tarde, caballeros, les ruego que consideren el premio.

Evelyn hundió la cara en las manos y, al fin, rompió a llorar en silencio.

—¡Seis mil libras y acabe con esto de una vez!—estalló iracunda la voz del conde en la plaza

Un repentino silencio reinó entre la multitud. Silas cesó de contar su dinero: ya no podría mejorar la oferta. El rostro de la nauseabunda rata expresó su derrota. Incluso el borracho del fondo supo que la oferta excedía con creces sus medios. Seis mil libras no era una suma fácilmente superable para unos despojos humanos como los presentes.

—¡Seis mil libras!—declaró Fendell con tono alegre—. ¡El Conde ofrece Seis mil libras, uno! Última oportunidad, caballeros. ¡dos! ¡Seis mil libras! ¿seguro que nadie quiere seguir pujando?.¿Seis mil cien aunque sea?—Fendell Miró en derredor, pero no encontró más postores—¡Que sean Seis mil libras, entonces!.—Señaló al Conde con desagrado—Alégrese, se ha llevado usted un magnífico premio

Un zumbido de voces corrió entre la multitud, y enseguida se convirtió en una confusa mezcla de chismes, conjeturas y algunas verdades, indistinguibles unos de otros. Evelyn alcanzó a oír las palabras «quemado», «deforme», «horripilante», «El monstruo de Baley», entre el ininteligible barullo de la multitud.

Una lenta y peligrosa sensación de calma previa a la tormenta comenzó a latir por todo su cuerpo. Evelyn observó al conde con desconcierto. Él había pujado por ella ¿qué tendría que aceptar a cambio?

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