Parte 3- La subasta

El reducido y habitual grupo de aldeanos que formaba la pequeña comunidad de Medow se encontraba presente. Se habían sumado también al acto, una veintena de nuevos burgueses y una docena acaudalados hombres en busca de un título venido a menos, cada cual de extraño y estrafalario aspecto. Todos, bulliciosos espectadores del acontecimiento más bochornoso de la vida de Evelyn. La subasta pública de su mano.

Cuando al fin salió del pequeño camino que daba a su casa, se formó un pasillo humano alrededor de ella, los hombres la observaron detenidamente como la mercancía que se iba a subastar. Las sonrisas que iluminaron sus rostros revelaron que sus mentes trabajaban a toda velocidad ideando las posibles formas en las que podrían aprovecharse de ella. Si, alguna vez se había sentido desnuda bajo la mirada de un hombre, alguna vez se había visto obligada a correr por las calles para salvar su decencia o se había tenido que refugiar bajo la anodina conversación vecinal para ser acompañada a su domicilio y sentirse a salvo, incluso en ocasiones, había tenido que encerrarse en su propio cuarto para salvaguardarse de actos indecentes para con ella por parte de los amigos borrachos de su padre. Y ahora no tenía escapatoria, los ojos de esos canallas la hacían sentir miedo e indefensión.

La muerte se antojaba un dulce regalo en aquellos momentos. Aunque el suicidio implicase bajar a los infiernos, en aquél momento no había motivos suficientes en el cielo para recompensar aquella vida.

Su padre, Fendell, y su hermano, Samuel, habían habilitado una pequeña plataforma en el centro del pueblo, justo en la zona más concurrida de la plaza con objeto de que Samuel pudiese pregonar el evento y controlar a todos los participantes interesados en él. Así mismo, y al igual que se hacía con las piezas de ganado durante los días de subasta, también serviría para que ella estuviese bien expuesta a los ojos de los participantes durante todo el proceso público.

Cuando la multitud terminó de separarse para darle paso, la muchacha fijó la mirada sobre la estructura, a fin de evitar toparse con los rostros que tanto temía encontrar. No deseaba ver al señor Harford, al viejo Smedley, o a cualquiera de los otros asquerosos pretendientes que había rechazado hasta la fecha. Su mente no dejaba de rememorar las terribles historias de los esclavos subastados que su muy querido señor Newton escribía con tanto talento en el dominical.
El murmullo de la gente la mantenía aturdida, Evelyn avanzó para ascender a la plataforma, pero, al elevar su pie al primer peldaño, se sintió incapaz de continuar su vergonzoso ascenso y un quejido de profundo dolor se escapó de su alma como si la hubiese partido en dos. Los presentes se fundieron en un sepulcral y respetuoso silencio.

Evelyn jadeaba por el esfuerzo psicológico que le estaba suponiendo afrontar aquellos peldaños. En medio de su confusión, una mano se extendió ante ella dispuesta para ayudarla.
Sintió su corazón dándole un vuelco al verla. Era fuerte, grande y enguantada en un fino y sabiamente curtido cuero negro que contrastaba poderosamente con el delicado puño almidonado y blanco de una camisa de la más fina y delicada de las sedas. Levantó lentamente la vista de la enguantada mano mientras oía galopar el corazón en su pecho.

Antes de levantar la mirada completamente, observó alrededor el comportamiento de los presentes y, supo que, ante ella encontraría a alguien totalmente distinto a todas aquellas malditas almas condenadas congregadas para aquel espectáculo.
Evelyn subió poco a poco su mirada desde la enguantada mano. En el camino se encontró con un hombre vestido de manera impecable, con ropas limpias y exquisitamente confeccionadas a medida con telas de las mejores calidades. Su pelo, rubio oscuro, brillante y limpio, lucía en un impecable corte, quizás un poco largo y pasado de moda, pero que le resultaba indudablemente favorecedor.

Antes de fijarse en su rostro, miró fugazmente alrededor una última vez y observó que los presentes no parecían reconocer al caballero, pero sí parecían rehuirle o temerle. Finalmente, Elevó sus ojos hacia el rostro del caballero y comprendió el temor de los presentes. Llevaba una máscara de cuero negro, el mismo cuero finamente trabajado y de impecable calidad que sus guantes.
La máscara se amoldaba como una segunda piel a su rostro cubriéndole gran parte del mismo. Le daba un aspecto bastante siniestro y un tanto aterrador, dada la seriedad de las facciones visibles que, a parte de dejar ver los restos de una quemadura, sólo transmitían la fría seriedad de un rostro cubierto.
Aún con todo, ella se perdió casi de inmediato en sus intensos ojos verdes que transmitían una profunda y triste calma que la hacían sentirse de igual modo comprendida y aterrada por su presencia. No, sólo comprendida, sino también extrañamente protegida por alguien peligroso. Nunca antes había sentido algo parecido con otra persona así que no sabía si retirar su mano o dejarla donde estaba.
La enguantada mano que rodeaba su mano desprendía al mismo tiempo sensaciones de calor y peligro que ella no sabía identificar. Sintió casi, como si aquel hombre. Ese aterrador, misterioso y siniestro hombre enmascarado, hubiese venido a ayudarla, sí, pero a descender a las entrañas del infierno.

Y, con todo ello, sin saber por qué, aquel hombre tras la siniestra máscara era el único de los presente que le producía una particular sensación de confort. ¿sería que había terminado por perder la cabeza? ¿sería que la tranquilizaba el hecho de que era el único hombre que parecía infundirle temor a todos los demás con su mera presencia? O quizás era que el infierno se le antojaba más agradable que cualquier otro sitio del mundo.

Evelyn le miró de nuevo directamente a los ojos y él apretó ligeramente su mano.

—Gracias—Musitó ella.

El caballero asintió con un breve movimiento de cabeza, y mostró una fugaz sonrisa con sus labios bien torneados para luego decir con una voz tan profunda y masculina que tan sólo se podría calificar de demoníaca.

—Siento conocerla en estas circunstancias tan desagradables.
—¿Ha venido a la subasta?—preguntó Fendell desviando la mirada del caballero
—He sido…—Gabriel volvió a mantener la mirada con Evelyn—… Informado del acontecimiento.
—¿Va a pujar por mi?
—¿Es eso lo que desea?
—Eso es lo que espero yo, tengo muchas deudas que afrontar y usted parece que puede aportar buena dote—dijo con risa malévola Fendell—no es usted de estas tierras ¿de dónde viene?
—Provengo de Baley—respondió irritado por la interrupción—Soy Gabriel N. Baley, el actual Conde de Baley
—¡Todo un Conde! ¡Fíjate!—risoteó su padre palmeando el trasero de Evelyn—¡Hasta puedes acabar saliendo bien parada de todo esto!
—No creo que tratar a su hija así en público sea un buen ejemplo de comportamiento para su futuro yerno—siseó el Conde con cierto desagrado.

Fendell observó durante unos instantes estupefacto al caballero, sin poder expresar una respuesta, pero indudablemente divertido con la respuesta. Mojó sus labios con la lengua lentamente para formular la siguiente frase.

—Es mi hija y sé cómo hay que tratarla para que haga lo que debe hacer. ¿Acaso piensa que un marido le proferirá un trato mejor?
—Debería ser su responsabilidad como padre encontrar un marido para su hija que la trate adecuadamente.
—¿Mi responsabilidad?—rió Fendell—¡no me haga reír! ¿sabe cuánto me cuesta esta responsabilidad? ¿su manutención? ¿y sus caprichos? hasta la fecha le he procurado educación y alimento, incluso le he comprado libros para que ocupe su tiempo ¿y sabe cómo me ha pagado la ingrata? he intentado casarla cientos de veces con hombres adecuados, ya sabe, hacer una buena inversión, ¡y se ha negado!, no puedo seguir gastando más dinero en ella, el que más pague por ella se la llevará y podrá hacer con ella lo que le plazca, ¡ya no será mi problema!

El conde apretó los dientes en un intento de controlar su ira. Evelyn, que estaba presenciando la escena, sintió las piernas flojear ante la crueldad de aquel comentario carente de todo sentimiento por parte de su padre.

Sí, su padre la había pegado en muchas ocasiones, la había insultado y vejado pero… nunca tan públicamente como con aquél hombre. Aquél era su día, quería demostrar algo y ese comportamiento sólo podía presagiar algo muy malo para ella.

Su cara perdió todavía más el color, sus labios se redujeron a una simple línea carente de vida y su boca se secó como si hubiese tomado un puñado de sal. Miró con dolor hacia aquel hombre que ella llamaba padre e intentó recordar al menos un momento por el que ella pudiese sentirse agradecida por vivir.

No lo encontró.

En cambio, Evelyn sí percibió el temblor y el miedo en los ojos de su padre ante aquél siniestro hombre y casi de inmediato deseó lanzarse agradecida a sus brazos para que se la llevase lejos, muy lejos, aunque ello significase descender a los infiernos.

El conde lucía parcialmente envuelto en una enorme capa negra que apenas rozaba por milímetros el suelo. La capa, unida al resto de sus ropajes oscuros, las manos enguantadas y la máscara, por cuyo borde se podía adivinar los restos de una profunda quemadura sobre sus párpados, contorneando la mejilla, perdiéndose por el cuello y bajo la camisa. Le proferían un aspecto siniestro que, unido a su potente y grave voz le hacían parecer como un enorme monstruo demoniaco salido de los infiernos.

Evelyn se sintió agradecida hacia el conde sólo por el hecho de que con su sola presencia atemorizase a su padre, aunque sólo fuese un atisbo de lo que su padre la atemorizaba a ella.

Lo descubrió con la mirada iracunda clavada en su padre, observándole con la sigilosa calma de un animal, su brillo en los ojos desprendía algo… indescriptible, una mezcla de asco, ira, odio…. una combinación de sentimientos que ni tan siquiera ella lograba desgranar, pero que sabía que ambos compartían, puesto que ella también los había sentido alguna vez.

Sí, él parecía un monstruo a punto de golpear a su padre hasta la muerte. Alguien capaz de matar cegado por la ira. Su padre lo había reconocido y por eso tenía miedo, por eso se comportaba con ella más rudo, para demostrar que era más hombre y más fuerte.

Aquello no la deparaba buen final. Al menos para alguno de los presentes, probablemente ella.
Evelyn sonrió al conde con una leve esperanza, si él pujaba por ella, quizás la alejase de su padre. Cualquier sitio, por malo que fuese, supondría una mejora con respecto a su situación actual.

—Mi bella dama—dijo el conde inclinándose ante ella respetuosamente con una reverencia—Debido a las circunstancias en las que se va a celebrar su pedida de mano, me gustaría solicitar su bendición para optar a ella en esta subasta.
—A… agradezco su cortesía—dijo completamente sorprendida Evelyn—Estoy segura de que sería usted un gran marido para mí.
—Además es usted muy modesta, espero que no se sienta ofendida o menospreciada por el importe que proponga hoy para procurarla a mi lado, sin duda será una cantidad insuficiente por disfrutar de su compañía—dijo el conde con cortesía—permítame que la acompañe a la plataforma para acabar con este circo lo antes posible.
—¿Debo entender que habla en serio con que desposaría usted a Evelyn para hacerla condesa?—dijo sorprendido Fendell
—Si, siempre que su hija esté dispuesta. De hecho, en cuanto fui informado de las particularidades de este evento no dudé en solicitar una licencia matrimonial especial.—contestó haciendo una reverencia ante Evelyn—Aunque pienso que ésta no es la manera más adecuada de logarme una esposa digna. Es una pena que nuestro matrimonio se tenga que realizar de una manera tan abrupta, de haber sido avisado con más tiempo, hubiese procurado un cortejo digno y habríamos podido solucionar el escándalo que se ha provocado con todo esto.
—¿Cortejarla? Esta ingrata ya ha rechazado pretendientes más jóvenes y apuestos, dudo que aceptase después de su cortejo…—sonrió Fendell nervioso omitiendo el resto de su respuesta—Pero por fortuna para usted …se me ocurrió la idea de esta subasta, así ella no podrá negarse y usted tendrá más oportunidades que cualquier caballero presente, reconocerá que fue muy buena idea.
—No considero que ésta sea particularmente una buena idea—arrastró el conde las palabras con desinterés—de hecho… pienso que podríamos arreglarlo entre hombres usted y yo, ya sabe, dar por zanjado de inmediato todo este espectáculo indeseable, yo… le ayudaría a costear los gastos, sin duda…
—¿Está usted loco?—protestó Fendell con una sonrisa ambiciosa—he anunciado la puja por todo el contado, hay hombres aquí que han viajado dos días a caballo para participar en la subasta, ¡no puedo decepcionarles!, ¡soy un hombre de palabra!
—y…quizás espere sacar más en la subasta que lo que hasta ahora le hayan ofrecido de dote…—el conde sacó un saco con monedas—siempre pensando en el posible futuro de su hija como condesa… y mejorando sustancialmente las dotes que le hayan ofrecido hasta ahora…… ¿por cuánto podríamos arreglar su palabra y zanjar esta absurda situación?
—¡Caballero!—exclamó ofendido Fendell—me ofende con su insinuación, me he comprometido a que se va a realizar la subasta, ¡Soy un hombre de leyes!, aquí está el bando público y el funcionario para dar fe de las condiciones legales de la subasta. Hoy la mano de mi hija se va a subastar y así se hará, si la desea usted deberá pujar por ella como los demás hombres.
—Está bien, es su decisión Fendell—suspiró derrotado el conde apretando los labios con disgusto.—lamentaré someter a mi futura condesa a semejante escarnio público, pero no pienso renunciar a ella. Eso sí, no espere que me vaya a quedar tras la puja para casarme en este sitio despreciable. ¡Me la llevaré para celebrar la ceremonia en un lugar más apropiado!
—Usted págueme lo que la puja fije y llévesela cuando y donde desee.

Fendell sonrió satisfecho y dió un empujón a su ofendida hija para echarla contra el conde.

—Pero si me da un par de miles por encima del precio de la puja, quizás ni siquiera necesite casarse con ella y quiera que la recoja después de lo que tenga pensado hacerle…
—Oh, dios mío…—dijo Evelyn avergonzada apoyándose en el brazo del conde para no caer.
—No tema—dijo el conde a su oído—le prometo que mis intenciones son nobles y voy a respetarla.
—Conde—dijo ella moviendo los ojos inquietos por entre la multitud que jaleaba—no son sus intenciones las que temo en estos momentos, este comentario no es el primer hombre al que se lo hace.
—Sólo dígame con sinceridad, si la saco de aquí ¿aceptaría todas mis condiciones?
—¿Me llevaría lejos de aquí?—quiso saber ella.
—Si acepta mis condiciones cumpliré yo las suyas.

La mano de Fendell tiró de Evelyn hacia el centro de la plataforma impidiendo que ésta pudiese responderle.

—Vamos, caballeros—animó Fendell—. Vengan a deleitarse con esta encantadora belleza que es mi hija. Nunca verán a nadie que pueda comparársele. Ésta es la ocasión que estaban esperando para adquirir una fantástica esposa, una vez que ella haya sido casada ya no podrán aspirar a su inestimable belleza. Acérquense y mírenla. La subasta comenzará apenas dentro de unos minutos.

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