Parte 2- La subasta

 

Durante treinta minutos antes de la hora señalada, Samuel, el joven y enclenque hermano de Evelyn se mantuvo en pie, frente a la casa, justo en el centro de la plaza, para llamar a todo aquél que pasara a presenciar la subasta y degradación pública de Evelyn.

—¡Eh, usted! ¡Oiga! La subasta de lady Evelyn está a punto de comenzar, la dulce y virgen mano de hija del alcalde está a punto de desposarse al mejor pretendiente. ¡Oiga! ¡Oiga! Únase al grupo. Haga sus ofertas por la joven, le aseguro que no encontrará esposa igual.

Evelyn se estremecía cada vez que los avisos de su hermano penetraban por la ventana abierta de su cuarto. En pocos minutos, se encontraría sobre la plataforma y no tendría alternativa más que tolerar las miradas burlescas de toda aquella multitud que comenzaba a agolparse frente a la posada. Sin lugar a dudas, aquel sería un acontecimiento que muy difícilmente los aldeanos de Merlow o sus alrededores llegarían a olvidar en mucho tiempo.Muchos de aquellos aldeanos se sumaban al numeroso grupo por curiosidad, más que por la posibilidad o el deseo de participar en la subasta. Después de ese día tanto la reputación del pueblo como la de ella quedarían totalmente arruinados en todos los sentidos imaginables. Sin lugar a dudas, era esto lo único que su padre había hecho para garantizar la fama de su buen nombre como caballero o como alcalde en aquel pueblo dejado de la mano de dios.

¿Cómo podía todavía sorprenderse o extrañarse de los actos de aquel hombre? Sí, el escarnio y subasta pública del honor de una doncella, de una abnegada hija, su propia hija. Ése sería el legado para la posteridad de Fendell Cartland, aquel que debía llamar padre y respetar como tal, a pesar de no recibir el mismo trato respetuoso como hija.

En el fondo todo formaba parte de un tapiz urdido por los demonios. Su padre, un hombre que había dedicado la mayor parte de su tiempo a sus propios placeres como la bebida, las mujerzuelas y el juego. Precisamente él, debía proteger el honor y la decencia en aquel pueblo. Él, que jamás había respetado las leyes, humanas o divinas. Él, que no había mostrado afecto alguno por la corona. Como principal obligación de su cargo debía juzgar y gobernar bajo el nombre de la reina por la gracia de dios.

Evelyn cerró la ventana con dolor. Ese día sería subastada, o vendida… sencillamente abandonada a su suerte. Ya había aceptado esa terrible realidad. Su familia estaba desaparecida, El señor Newton no había respondido a ninguna de sus llamadas de socorro y sus últimas amistades de la infancia habían huido de ella y de su padre por miedo al terrible escándalo. Su hermano tan sólo era un niño influenciable, huidizo y maleable que actuaba más por el terrible miedo que le tenía a las golpizas de su padre que por los posibles sentimientos de cariño o compasión por una hermana que lo habría criado como una madre. ¿Se le podía culpar? No era más que un chiquillo que escaparía al mismo infierno si le asegurasen un plato de comida y una cama lejos de su padre.

No le quedaba nada ni nadie a quien recurir. La suerte parecía estar echada ya, sin amigos, sin recursos y sin una familia. Se veía profundamente desamparada e inútil ante las circunstancias. Evelyn sintió romperse el pequeño pedacito de esperanza que conservaba en el alma. Quizás hacer lo adecuado, rezar y aceptar el destino que su padre y dios le imponían no fuese lo que la salvase.

Aún no sabía si sería capaz de llevar a cabo lo que su padre había convenido para después de la subasta. Su confesor le había dicho que una mujer debía aceptar el esposo que su padre le consiguiese. Una buena esposa debía yacer con el esposo siempre que él lo requiriese. No podía negarse y no sería violación y… su salida no era negarse al matrimonio, sino rezar a dios para que le proporcionase la virtud de un marido comprensivo y un vientre fértil.

Se colocó distraídamente un bucle que le había caído sobre la frente detrás de la oreja. Odiaba llevar el pelo tan tirante, pero para desafiar las órdenes de su padre acerca de dejar su larga melena al viento para parecer más atractiva, se había recogido su cabello castaño en el más soso y tirante moño sujeto tras la nuca que pudo confeccionarse. En una inútil maniobra, pretendía parecerse lo máximo posible a una solterona amargada, con la intención de ahuyentar a los viciosos. Pero a sus 24 años aquello apenas lograba alcanzar su cometido, ya que su juventud y los rasgos ovalados de su rostro la dotaban de un gesto naturalmente dulce y apetecible.
Por otro lado, el incalificable vestido rojo que su padre le había proporcionado para la subasta dejaba poco o nada en manos de la calenturienta imaginación de los hombres.
Estaba convencida de que sus opciones de ser salvada se agotaban con cada aliento que daba. ¿Tan grave era desear de la vida algo más que la aprobación? ¿de verdad tenía que pasar por aquel calvario para poder rendir debidas cuentas a dios? ¿qué pasaría en su juicio final? ¿le devolverían la libertad no disfrutada? ¿El amor no vivido? ¿La paz no hallada? ¿de qué demonios valía todo aquello si sólo ella hacía lo correcto? ¿Y los demás?

Evelyn salió de sus pensamientos cuando escuchó los acalorados gritos de su padre entre el bullicio. Salió de su cuarto intentando controlar sus agitados nervios, él la esperaba visiblemente enfadado al pie de la escalera.

—Por fin —gruñó su padre—. Creí que tendría que subir a buscarte y bajarte yo mismo a palos.
—No tenías necesidad, padre —respondió ella arrastrando las palabras con tristeza—Me ponía el vestido que me has comprado, es tan apretado que apenas he conseguido abrocharlo entero, es totalmente inapropiado para una mujer decente, padre, si al menos esperases unos minutos y me permitieses poner uno de los míos.
— ¿Otro? ¡no digas tonterías!, Éste enseña carne, que es lo que atrae a los hombres, — rió él mientras la arrastraba hacia la calle con bastante descuido—— Cuantos más hombres calientes, más subirá la subasta. Que al menos pueda sacar partido de haber tenido una hija, tengo muchas deudas que pagar, sonríe, maldita sea, haz algo bien por tu padre al menos una en tu vida.

Su padre la zarandeó a mitad de camino y ella aprovechó para colocarse la vieja y polvorienta capa de lana sobre la cabeza, no sólo para protegerse avergonzada de las miradas curiosas, sino también para ocultar la desdicha que reflejaban la palidez de su rostro y sus enrojecidos ojos. Se sentía asustada por lo que podría deparar el destino, aunque seguramente nada podía ser peor de lo que ya había vivido.

Evelyn rezó para ser fuerte y aceptar el destino mientras caminaba tras su padre.

El carruaje de lord Bedey se encontraba a un lado del camino cerca de la casa de los Cartland, el rostro de Lorrie, antigua amiga de Evelyn en la niñez y su primera opción fallida al solicitar ayuda, apareció en la ventanilla.

La joven la miró con una sonrisa fría y condescendiente en los labios, ni tan siquiera se molestaba en fingir su deleite.

Evelyn se arrepintió de todas las cartas y súplicas que le había hecho a Lorrie durante aquellos últimos años. Si hubiese sabido antes que su vieja amiga no la había perdonado por la muerte de su madre, jamás le hubiese pedido ayuda.

Un suspiro brotó del pecho de Evelyn al pensar en lo equivocada que había estado y en todos los errores que había cometido con las personas a quien creía sus amigos.

—Mi querida Evelyn, deseo que tengas la buena suerte de encontrar un buen esposo en ese grupo de almas descarriadas. Al parecer, has despertado el interés de muchos sinvergüenzas acaudalados de nuestra sociedad, dios sabe lo que harán contigo.—Su voz sonó amargamente dulcificada bajo una sonrisa vengativa—No sabes lo que me complace no estar en tu lugar.

— ¿Ha venido tu padre a la subasta?—preguntó con una vana esperanza.

—¡Ni hablar! — exclamó con una mezcla de enfado y regocijo— ¡el jamás vendría a una subasta de mujerzuelas!

— ¡Oh!…¿Y tú qué haces aquí?—respondió con un hilo de voz Evelyn.

— Pues ¿no es evidente? me he venido a asegurar bajo qué horribles manos terminas— rió ella con maldad mientras batía sus largas pestañas con despreocupada felicidad— Espero que dios castigue tus actos y los de tu pútrida familia como es debido.

Evelyn comprendía la rabia de su vieja amiga, el accidente que había matado a la madre de Lorrie había sido consecuencia de que ésta intentase prestar auxilio a su propia madre durante el nacimiento de su hermano Samuel.

Aquella noche, tras una brutal golpiza de su padre, se había puesto de parto prematuramente y los criados, los pocos que todavía permanecían fieles a su madre, pidieron auxilio en casa de Lorrie.

Como la gran persona que ella era, la madre de Lorrie no dudó en acudir rauda a auxiliar a su amiga y en tomar un caballo para recorrer velozmente pequeño trayecto que separaba las dos casas. La mala suerte quiso que la negrura de la noche y las fuertes lluvias de aquella semana unidos a la apremiante velocidad que la buena mujer infundía a su caballo hiciesen resbalar a su corcel y que la madre de Lorrie cayese fatídicamente sobre un muro de piedras.

Aquella noche ambas mujeres murieron y, con ellas, la amistad que unía a Evelyn y Lorrie se rompió para siempre.

La risa de odio de su antigua amiga animó a Evelyn a aceptar y afrontar su sombrío destino con mayor dignidad, a pesar de las amargas lágrimas de derrota que caían por sus mejillas.

¿Qué otra cosa podía hacer más que llorar cuando sabía que ninguna plegaria podría surtir ya efecto? Se sentía sola y despojada de todo atisbo de dignidad humana. ¿Tenía algo por lo que seguir luchando? ¿Tenía su vida sentido?

Anuncios

Un comentario en “Parte 2- La subasta

Deja tu comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s