El amuleto

Espero al pie de la escalera. Soy fácilmente distinguible, llevo una sudadera de color naranja con el número doce escrito en la espalda. Espero que ella salga a mi encuentro. Estoy inquieta y no dejo de girar la antigua alianza de mi abuela.
No sé por qué esta mañana cuando me llamó y me suplicó que viniese a conocerla acepté venir. No me gustan las personas mayores y menos aún los desconocidos, pero me insistió tanto que acabé por ceder.

—¿Belén?—dice una suave voz a mis espaldas.

Una señora pequeña, de unos setenta años, un poco entrada en kilos, con el pelo torpemente teñido de rubio y los labios pintados de un llamativo color me sonríe de manera familiar cuando me giro.

—¿Doña Alejandra?
—Qué bueno que viniste—dice con un característico acento argentino.

No sé qué responder, fue ella la que me insistió hasta que lo hice, así que sonrío un poco forzada mientras ella me abraza como si me conociese de toda la vida.

—No sabes cuánto te agradezco que hayas venido a charlar un rato y hacerme compañía. —Sonríe completamente excitada mientras me dirige por los pasillos de la residencia—. Tengo un regalo muy especial para ti. En cuanto me cogiste el teléfono supe que tenía que ser tuyo, ¿cómo está tu abuela? Quisiera saber cómo le fue en todos estos años.

Me siento incómoda, suelo sentirme así con la gente que no conozco o en lugares extraños y tan siniestros como aquella residencia de ancianos. Tampoco contribuye el hecho de que esta señora no deje de parlotear sin darme opción a responder. Parece que tiene tantas ganas de hablar con alguien nuevo que se le olvida escuchar mis respuestas.

—Toma, mi niña, en agradecimiento por venir a escuchar las divagaciones de esta viuda solitaria—dice nada más llegar a su cuarto.

La señora deposita con orgullo en mis manos un frasco de vidrio unido a un cordón en donde se aprecia alguna especie de diminuto feto de roedor flotando en su interior.

—En realidad no es molestia, no tiene usted por qué regalarme nada.

Lo reconozco, estoy tan sorprendida que no puedo sino otra cosa que ser amable y volver a sonreír con una mueca forzada¿Cómo se reacciona cuando te regalan una rata muerta?¿Padecerá esta señora alguna clase de demencia?

—Ya sé que no es un artículo muy ortodoxo—dice ella con una sonrisa mientras hace funcionar un viejo tocadiscos—. Pero es poderoso.
—¿Esto? ¿Poderoso?, ¿a qué se refiere?

La música de los violines comienza a interpretar el famoso tango “Por una cabeza” de Carlos Gardel y baña al instante toda la estancia de una agradable, dulce y cercana sensación. Casi me parece estar oliendo el mate de mi abuela.

—¿La conoces?—pregunta Doña Alejandra.

Asiento mientras alargo la mano para devolver el obsequio.

—Mi marido era un bailarín de tango muy apasionado. Aprendió solamente porque yo daba clases —Continúa su charla con una sonrisa melancólica ignorando mi gesto—. Nadie pensaría que alguien tan aburrido y serio como él pudiese bailar de ese modo, pero ya sabes cómo son estas cosas del destino. Me cortejó a toda costa y eso hizo que conociese la pasión del baile.
—¿Y qué tiene que ver eso con esto?—pregunto dejando colgar el recipiente sujetándolo tan sólo por el cordón y dejando que bailotee en el aire.
—Muchos roedores han sido y son un gran talismán en todas las culturas para atraer el destino—argumenta sentándose en una silla—.Sin ir más lejos, en la India la rata es la cabalgadura de Ganesa, la divinidad del destino y la sabiduría. En África, La Jerboa se la considera fuertemente relacionada con la adivinación. En oriente el ratón atrae la buena ventura y en occidente se usan para la magia. Tenemos ejemplos por toda la historia y las culturas.
—Así que llevar un bicho muerto al cuello me va a ayudar a dar suerte—respondí con sorna.
—Ése es un roedor especial, querida. Y una vez lo pongas al cuello te mostrará las consecuencias de cada decisión que tomes.
—¿No me diga?-reí con ironía.
—¿Crees que bromeo? Tengo demasiados años como para bromear con estas cosas.

A Doña Alejandra parece no importarle mi sana incredulidad, sonríe misteriosamente y empuja con su mano la mía en un gesto para que me lo ponga al cuello.

— Créeme, podrás leer en el destino como si de un libro se tratase. Sólo Póntelo y dime qué ves.

 

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 41 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

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3 comentarios en “El amuleto

  1. davidrubios dijo:

    ¡Ay! Me dejaste con la miel en los labios, Ebea. Más que un relato es un maravilloso primer capítulo. Esa frase final en la que la anciana le dice que el talismán le mostrará las consecuencias de sus decisiones es un disparador de creatividad que merece muy mucho ser desarrollado.
    En todo caso es un brillante ejercicio del taller, se nota que tienes muy bien tomado el pulso a esto de narrar una historia. ¡Saludos!

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    • EBea dijo:

      Gracias por tu comentario @DavidRubios,
      Ya me he dado cuenta que tengo que trabajar un poco los finales de los relatos y las escenas porque tengo tendencia a dejarlos demasiado abiertos y dejan sensación de “inacabados”
      De todos modos, esta escena ayuda como disparador para una futura historia un poco más larga.
      Por de pronto me veo obligada a dejarla donde está porque tengo tres proyectos abiertos y temo estar creando demasiados frentes y no poder atenderlos todos.

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      • davidrubios dijo:

        De uno en uno, al menos en mi caso. Cuando tengo una historia solo pienso ella, hasta que la termino y dejo pasar unos días para una nueva.

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