Parte 3- La subasta

El reducido y habitual grupo de aldeanos que formaba la pequeña comunidad de Medow se encontraba presente. Se habían sumado también al acto, una veintena de nuevos burgueses y una docena acaudalados hombres en busca de un título venido a menos, cada cual de extraño y estrafalario aspecto. Todos, bulliciosos espectadores del acontecimiento más bochornoso de la vida de Evelyn. La subasta pública de su mano.

Cuando al fin salió del pequeño camino que daba a su casa, se formó un pasillo humano alrededor de ella, los hombres la observaron detenidamente como la mercancía que se iba a subastar. Las sonrisas que iluminaron sus rostros revelaron que sus mentes trabajaban a toda velocidad ideando las posibles formas en las que podrían aprovecharse de ella. Si, alguna vez se había sentido desnuda bajo la mirada de un hombre, alguna vez se había visto obligada a correr por las calles para salvar su decencia o se había tenido que refugiar bajo la anodina conversación vecinal para ser acompañada a su domicilio y sentirse a salvo, incluso en ocasiones, había tenido que encerrarse en su propio cuarto para salvaguardarse de actos indecentes para con ella por parte de los amigos borrachos de su padre. Y ahora no tenía escapatoria, los ojos de esos canallas la hacían sentir miedo e indefensión.

La muerte se antojaba un dulce regalo en aquellos momentos. Aunque el suicidio implicase bajar a los infiernos, en aquél momento no había motivos suficientes en el cielo para recompensar aquella vida.

Su padre, Fendell, y su hermano, Samuel, habían habilitado una pequeña plataforma en el centro del pueblo, justo en la zona más concurrida de la plaza con objeto de que Samuel pudiese pregonar el evento y controlar a todos los participantes interesados en él. Así mismo, y al igual que se hacía con las piezas de ganado durante los días de subasta, también serviría para que ella estuviese bien expuesta a los ojos de los participantes durante todo el proceso público.

Cuando la multitud terminó de separarse para darle paso, la muchacha fijó la mirada sobre la estructura, a fin de evitar toparse con los rostros que tanto temía encontrar. No deseaba ver al señor Harford, al viejo Smedley, o a cualquiera de los otros asquerosos pretendientes que había rechazado hasta la fecha. Su mente no dejaba de rememorar las terribles historias de los esclavos subastados que su muy querido señor Newton escribía con tanto talento en el dominical.
El murmullo de la gente la mantenía aturdida, Evelyn avanzó para ascender a la plataforma, pero, al elevar su pie al primer peldaño, se sintió incapaz de continuar su vergonzoso ascenso y un quejido de profundo dolor se escapó de su alma como si la hubiese partido en dos. Los presentes se fundieron en un sepulcral y respetuoso silencio.

Evelyn jadeaba por el esfuerzo psicológico que le estaba suponiendo afrontar aquellos peldaños. En medio de su confusión, una mano se extendió ante ella dispuesta para ayudarla.
Sintió su corazón dándole un vuelco al verla. Era fuerte, grande y enguantada en un fino y sabiamente curtido cuero negro que contrastaba poderosamente con el delicado puño almidonado y blanco de una camisa de la más fina y delicada de las sedas. Levantó lentamente la vista de la enguantada mano mientras oía galopar el corazón en su pecho.

Antes de levantar la mirada completamente, observó alrededor el comportamiento de los presentes y, supo que, ante ella encontraría a alguien totalmente distinto a todas aquellas malditas almas condenadas congregadas para aquel espectáculo.
Evelyn subió poco a poco su mirada desde la enguantada mano. En el camino se encontró con un hombre vestido de manera impecable, con ropas limpias y exquisitamente confeccionadas a medida con telas de las mejores calidades. Su pelo, rubio oscuro, brillante y limpio, lucía en un impecable corte, quizás un poco largo y pasado de moda, pero que le resultaba indudablemente favorecedor.

Antes de fijarse en su rostro, miró fugazmente alrededor una última vez y observó que los presentes no parecían reconocer al caballero, pero sí parecían rehuirle o temerle. Finalmente, Elevó sus ojos hacia el rostro del caballero y comprendió el temor de los presentes. Llevaba una máscara de cuero negro, el mismo cuero finamente trabajado y de impecable calidad que sus guantes.
La máscara se amoldaba como una segunda piel a su rostro cubriéndole gran parte del mismo. Le daba un aspecto bastante siniestro y un tanto aterrador, dada la seriedad de las facciones visibles que, a parte de dejar ver los restos de una quemadura, sólo transmitían la fría seriedad de un rostro cubierto.
Aún con todo, ella se perdió casi de inmediato en sus intensos ojos verdes que transmitían una profunda y triste calma que la hacían sentirse de igual modo comprendida y aterrada por su presencia. No, sólo comprendida, sino también extrañamente protegida por alguien peligroso. Nunca antes había sentido algo parecido con otra persona así que no sabía si retirar su mano o dejarla donde estaba.
La enguantada mano que rodeaba su mano desprendía al mismo tiempo sensaciones de calor y peligro que ella no sabía identificar. Sintió casi, como si aquel hombre. Ese aterrador, misterioso y siniestro hombre enmascarado, hubiese venido a ayudarla, sí, pero a descender a las entrañas del infierno.

Y, con todo ello, sin saber por qué, aquel hombre tras la siniestra máscara era el único de los presente que le producía una particular sensación de confort. ¿sería que había terminado por perder la cabeza? ¿sería que la tranquilizaba el hecho de que era el único hombre que parecía infundirle temor a todos los demás con su mera presencia? O quizás era que el infierno se le antojaba más agradable que cualquier otro sitio del mundo.

Evelyn le miró de nuevo directamente a los ojos y él apretó ligeramente su mano.

—Gracias—Musitó ella.

El caballero asintió con un breve movimiento de cabeza, y mostró una fugaz sonrisa con sus labios bien torneados para luego decir con una voz tan profunda y masculina que tan sólo se podría calificar de demoníaca.

—Siento conocerla en estas circunstancias tan desagradables.
—¿Ha venido a la subasta?—preguntó Fendell desviando la mirada del caballero
—He sido…—Gabriel volvió a mantener la mirada con Evelyn—… Informado del acontecimiento.
—¿Va a pujar por mi?
—¿Es eso lo que desea?
—Eso es lo que espero yo, tengo muchas deudas que afrontar y usted parece que puede aportar buena dote—dijo con risa malévola Fendell—no es usted de estas tierras ¿de dónde viene?
—Provengo de Baley—respondió irritado por la interrupción—Soy Gabriel N. Baley, el actual Conde de Baley
—¡Todo un Conde! ¡Fíjate!—risoteó su padre palmeando el trasero de Evelyn—¡Hasta puedes acabar saliendo bien parada de todo esto!
—No creo que tratar a su hija así en público sea un buen ejemplo de comportamiento para su futuro yerno—siseó el Conde con cierto desagrado.

Fendell observó durante unos instantes estupefacto al caballero, sin poder expresar una respuesta, pero indudablemente divertido con la respuesta. Mojó sus labios con la lengua lentamente para formular la siguiente frase.

—Es mi hija y sé cómo hay que tratarla para que haga lo que debe hacer. ¿Acaso piensa que un marido le proferirá un trato mejor?
—Debería ser su responsabilidad como padre encontrar un marido para su hija que la trate adecuadamente.
—¿Mi responsabilidad?—rió Fendell—¡no me haga reír! ¿sabe cuánto me cuesta esta responsabilidad? ¿su manutención? ¿y sus caprichos? hasta la fecha le he procurado educación y alimento, incluso le he comprado libros para que ocupe su tiempo ¿y sabe cómo me ha pagado la ingrata? he intentado casarla cientos de veces con hombres adecuados, ya sabe, hacer una buena inversión, ¡y se ha negado!, no puedo seguir gastando más dinero en ella, el que más pague por ella se la llevará y podrá hacer con ella lo que le plazca, ¡ya no será mi problema!

El conde apretó los dientes en un intento de controlar su ira. Evelyn, que estaba presenciando la escena, sintió las piernas flojear ante la crueldad de aquel comentario carente de todo sentimiento por parte de su padre.

Sí, su padre la había pegado en muchas ocasiones, la había insultado y vejado pero… nunca tan públicamente como con aquél hombre. Aquél era su día, quería demostrar algo y ese comportamiento sólo podía presagiar algo muy malo para ella.

Su cara perdió todavía más el color, sus labios se redujeron a una simple línea carente de vida y su boca se secó como si hubiese tomado un puñado de sal. Miró con dolor hacia aquel hombre que ella llamaba padre e intentó recordar al menos un momento por el que ella pudiese sentirse agradecida por vivir.

No lo encontró.

En cambio, Evelyn sí percibió el temblor y el miedo en los ojos de su padre ante aquél siniestro hombre y casi de inmediato deseó lanzarse agradecida a sus brazos para que se la llevase lejos, muy lejos, aunque ello significase descender a los infiernos.

El conde lucía parcialmente envuelto en una enorme capa negra que apenas rozaba por milímetros el suelo. La capa, unida al resto de sus ropajes oscuros, las manos enguantadas y la máscara, por cuyo borde se podía adivinar los restos de una profunda quemadura sobre sus párpados, contorneando la mejilla, perdiéndose por el cuello y bajo la camisa. Le proferían un aspecto siniestro que, unido a su potente y grave voz le hacían parecer como un enorme monstruo demoniaco salido de los infiernos.

Evelyn se sintió agradecida hacia el conde sólo por el hecho de que con su sola presencia atemorizase a su padre, aunque sólo fuese un atisbo de lo que su padre la atemorizaba a ella.

Lo descubrió con la mirada iracunda clavada en su padre, observándole con la sigilosa calma de un animal, su brillo en los ojos desprendía algo… indescriptible, una mezcla de asco, ira, odio…. una combinación de sentimientos que ni tan siquiera ella lograba desgranar, pero que sabía que ambos compartían, puesto que ella también los había sentido alguna vez.

Sí, él parecía un monstruo a punto de golpear a su padre hasta la muerte. Alguien capaz de matar cegado por la ira. Su padre lo había reconocido y por eso tenía miedo, por eso se comportaba con ella más rudo, para demostrar que era más hombre y más fuerte.

Aquello no la deparaba buen final. Al menos para alguno de los presentes, probablemente ella.
Evelyn sonrió al conde con una leve esperanza, si él pujaba por ella, quizás la alejase de su padre. Cualquier sitio, por malo que fuese, supondría una mejora con respecto a su situación actual.

—Mi bella dama—dijo el conde inclinándose ante ella respetuosamente con una reverencia—Debido a las circunstancias en las que se va a celebrar su pedida de mano, me gustaría solicitar su bendición para optar a ella en esta subasta.
—A… agradezco su cortesía—dijo completamente sorprendida Evelyn—Estoy segura de que sería usted un gran marido para mí.
—Además es usted muy modesta, espero que no se sienta ofendida o menospreciada por el importe que proponga hoy para procurarla a mi lado, sin duda será una cantidad insuficiente por disfrutar de su compañía—dijo el conde con cortesía—permítame que la acompañe a la plataforma para acabar con este circo lo antes posible.
—¿Debo entender que habla en serio con que desposaría usted a Evelyn para hacerla condesa?—dijo sorprendido Fendell
—Si, siempre que su hija esté dispuesta. De hecho, en cuanto fui informado de las particularidades de este evento no dudé en solicitar una licencia matrimonial especial.—contestó haciendo una reverencia ante Evelyn—Aunque pienso que ésta no es la manera más adecuada de logarme una esposa digna. Es una pena que nuestro matrimonio se tenga que realizar de una manera tan abrupta, de haber sido avisado con más tiempo, hubiese procurado un cortejo digno y habríamos podido solucionar el escándalo que se ha provocado con todo esto.
—¿Cortejarla? Esta ingrata ya ha rechazado pretendientes más jóvenes y apuestos, dudo que aceptase después de su cortejo…—sonrió Fendell nervioso omitiendo el resto de su respuesta—Pero por fortuna para usted …se me ocurrió la idea de esta subasta, así ella no podrá negarse y usted tendrá más oportunidades que cualquier caballero presente, reconocerá que fue muy buena idea.
—No considero que ésta sea particularmente una buena idea—arrastró el conde las palabras con desinterés—de hecho… pienso que podríamos arreglarlo entre hombres usted y yo, ya sabe, dar por zanjado de inmediato todo este espectáculo indeseable, yo… le ayudaría a costear los gastos, sin duda…
—¿Está usted loco?—protestó Fendell con una sonrisa ambiciosa—he anunciado la puja por todo el contado, hay hombres aquí que han viajado dos días a caballo para participar en la subasta, ¡no puedo decepcionarles!, ¡soy un hombre de palabra!
—y…quizás espere sacar más en la subasta que lo que hasta ahora le hayan ofrecido de dote…—el conde sacó un saco con monedas—siempre pensando en el posible futuro de su hija como condesa… y mejorando sustancialmente las dotes que le hayan ofrecido hasta ahora…… ¿por cuánto podríamos arreglar su palabra y zanjar esta absurda situación?
—¡Caballero!—exclamó ofendido Fendell—me ofende con su insinuación, me he comprometido a que se va a realizar la subasta, ¡Soy un hombre de leyes!, aquí está el bando público y el funcionario para dar fe de las condiciones legales de la subasta. Hoy la mano de mi hija se va a subastar y así se hará, si la desea usted deberá pujar por ella como los demás hombres.
—Está bien, es su decisión Fendell—suspiró derrotado el conde apretando los labios con disgusto.—lamentaré someter a mi futura condesa a semejante escarnio público, pero no pienso renunciar a ella. Eso sí, no espere que me vaya a quedar tras la puja para casarme en este sitio despreciable. ¡Me la llevaré para celebrar la ceremonia en un lugar más apropiado!
—Usted págueme lo que la puja fije y llévesela cuando y donde desee.

Fendell sonrió satisfecho y dió un empujón a su ofendida hija para echarla contra el conde.

—Pero si me da un par de miles por encima del precio de la puja, quizás ni siquiera necesite casarse con ella y quiera que la recoja después de lo que tenga pensado hacerle…
—Oh, dios mío…—dijo Evelyn avergonzada apoyándose en el brazo del conde para no caer.
—No tema—dijo el conde a su oído—le prometo que mis intenciones son nobles y voy a respetarla.
—Conde—dijo ella moviendo los ojos inquietos por entre la multitud que jaleaba—no son sus intenciones las que temo en estos momentos, este comentario no es el primer hombre al que se lo hace.
—Sólo dígame con sinceridad, si la saco de aquí ¿aceptaría todas mis condiciones?
—¿Me llevaría lejos de aquí?—quiso saber ella.
—Si acepta mis condiciones cumpliré yo las suyas.

La mano de Fendell tiró de Evelyn hacia el centro de la plataforma impidiendo que ésta pudiese responderle.

—Vamos, caballeros—animó Fendell—. Vengan a deleitarse con esta encantadora belleza que es mi hija. Nunca verán a nadie que pueda comparársele. Ésta es la ocasión que estaban esperando para adquirir una fantástica esposa, una vez que ella haya sido casada ya no podrán aspirar a su inestimable belleza. Acérquense y mírenla. La subasta comenzará apenas dentro de unos minutos.

Parte 2- La subasta

 

Durante treinta minutos antes de la hora señalada, Samuel, el joven y enclenque hermano de Evelyn se mantuvo en pie, frente a la casa, justo en el centro de la plaza, para llamar a todo aquél que pasara a presenciar la subasta y degradación pública de Evelyn.

—¡Eh, usted! ¡Oiga! La subasta de lady Evelyn está a punto de comenzar, la dulce y virgen mano de hija del alcalde está a punto de desposarse al mejor pretendiente. ¡Oiga! ¡Oiga! Únase al grupo. Haga sus ofertas por la joven, le aseguro que no encontrará esposa igual.

Evelyn se estremecía cada vez que los avisos de su hermano penetraban por la ventana abierta de su cuarto. En pocos minutos, se encontraría sobre la plataforma y no tendría alternativa más que tolerar las miradas burlescas de toda aquella multitud que comenzaba a agolparse frente a la posada. Sin lugar a dudas, aquel sería un acontecimiento que muy difícilmente los aldeanos de Merlow o sus alrededores llegarían a olvidar en mucho tiempo.Muchos de aquellos aldeanos se sumaban al numeroso grupo por curiosidad, más que por la posibilidad o el deseo de participar en la subasta. Después de ese día tanto la reputación del pueblo como la de ella quedarían totalmente arruinados en todos los sentidos imaginables. Sin lugar a dudas, era esto lo único que su padre había hecho para garantizar la fama de su buen nombre como caballero o como alcalde en aquel pueblo dejado de la mano de dios.

¿Cómo podía todavía sorprenderse o extrañarse de los actos de aquel hombre? Sí, el escarnio y subasta pública del honor de una doncella, de una abnegada hija, su propia hija. Ése sería el legado para la posteridad de Fendell Cartland, aquel que debía llamar padre y respetar como tal, a pesar de no recibir el mismo trato respetuoso como hija.

En el fondo todo formaba parte de un tapiz urdido por los demonios. Su padre, un hombre que había dedicado la mayor parte de su tiempo a sus propios placeres como la bebida, las mujerzuelas y el juego. Precisamente él, debía proteger el honor y la decencia en aquel pueblo. Él, que jamás había respetado las leyes, humanas o divinas. Él, que no había mostrado afecto alguno por la corona. Como principal obligación de su cargo debía juzgar y gobernar bajo el nombre de la reina por la gracia de dios.

Evelyn cerró la ventana con dolor. Ese día sería subastada, o vendida… sencillamente abandonada a su suerte. Ya había aceptado esa terrible realidad. Su familia estaba desaparecida, El señor Newton no había respondido a ninguna de sus llamadas de socorro y sus últimas amistades de la infancia habían huido de ella y de su padre por miedo al terrible escándalo. Su hermano tan sólo era un niño influenciable, huidizo y maleable que actuaba más por el terrible miedo que le tenía a las golpizas de su padre que por los posibles sentimientos de cariño o compasión por una hermana que lo habría criado como una madre. ¿Se le podía culpar? No era más que un chiquillo que escaparía al mismo infierno si le asegurasen un plato de comida y una cama lejos de su padre.

No le quedaba nada ni nadie a quien recurir. La suerte parecía estar echada ya, sin amigos, sin recursos y sin una familia. Se veía profundamente desamparada e inútil ante las circunstancias. Evelyn sintió romperse el pequeño pedacito de esperanza que conservaba en el alma. Quizás hacer lo adecuado, rezar y aceptar el destino que su padre y dios le imponían no fuese lo que la salvase.

Aún no sabía si sería capaz de llevar a cabo lo que su padre había convenido para después de la subasta. Su confesor le había dicho que una mujer debía aceptar el esposo que su padre le consiguiese. Una buena esposa debía yacer con el esposo siempre que él lo requiriese. No podía negarse y no sería violación y… su salida no era negarse al matrimonio, sino rezar a dios para que le proporcionase la virtud de un marido comprensivo y un vientre fértil.

Se colocó distraídamente un bucle que le había caído sobre la frente detrás de la oreja. Odiaba llevar el pelo tan tirante, pero para desafiar las órdenes de su padre acerca de dejar su larga melena al viento para parecer más atractiva, se había recogido su cabello castaño en el más soso y tirante moño sujeto tras la nuca que pudo confeccionarse. En una inútil maniobra, pretendía parecerse lo máximo posible a una solterona amargada, con la intención de ahuyentar a los viciosos. Pero a sus 24 años aquello apenas lograba alcanzar su cometido, ya que su juventud y los rasgos ovalados de su rostro la dotaban de un gesto naturalmente dulce y apetecible.
Por otro lado, el incalificable vestido rojo que su padre le había proporcionado para la subasta dejaba poco o nada en manos de la calenturienta imaginación de los hombres.
Estaba convencida de que sus opciones de ser salvada se agotaban con cada aliento que daba. ¿Tan grave era desear de la vida algo más que la aprobación? ¿de verdad tenía que pasar por aquel calvario para poder rendir debidas cuentas a dios? ¿qué pasaría en su juicio final? ¿le devolverían la libertad no disfrutada? ¿El amor no vivido? ¿La paz no hallada? ¿de qué demonios valía todo aquello si sólo ella hacía lo correcto? ¿Y los demás?

Evelyn salió de sus pensamientos cuando escuchó los acalorados gritos de su padre entre el bullicio. Salió de su cuarto intentando controlar sus agitados nervios, él la esperaba visiblemente enfadado al pie de la escalera.

—Por fin —gruñó su padre—. Creí que tendría que subir a buscarte y bajarte yo mismo a palos.
—No tenías necesidad, padre —respondió ella arrastrando las palabras con tristeza—Me ponía el vestido que me has comprado, es tan apretado que apenas he conseguido abrocharlo entero, es totalmente inapropiado para una mujer decente, padre, si al menos esperases unos minutos y me permitieses poner uno de los míos.
— ¿Otro? ¡no digas tonterías!, Éste enseña carne, que es lo que atrae a los hombres, — rió él mientras la arrastraba hacia la calle con bastante descuido—— Cuantos más hombres calientes, más subirá la subasta. Que al menos pueda sacar partido de haber tenido una hija, tengo muchas deudas que pagar, sonríe, maldita sea, haz algo bien por tu padre al menos una en tu vida.

Su padre la zarandeó a mitad de camino y ella aprovechó para colocarse la vieja y polvorienta capa de lana sobre la cabeza, no sólo para protegerse avergonzada de las miradas curiosas, sino también para ocultar la desdicha que reflejaban la palidez de su rostro y sus enrojecidos ojos. Se sentía asustada por lo que podría deparar el destino, aunque seguramente nada podía ser peor de lo que ya había vivido.

Evelyn rezó para ser fuerte y aceptar el destino mientras caminaba tras su padre.

El carruaje de lord Bedey se encontraba a un lado del camino cerca de la casa de los Cartland, el rostro de Lorrie, antigua amiga de Evelyn en la niñez y su primera opción fallida al solicitar ayuda, apareció en la ventanilla.

La joven la miró con una sonrisa fría y condescendiente en los labios, ni tan siquiera se molestaba en fingir su deleite.

Evelyn se arrepintió de todas las cartas y súplicas que le había hecho a Lorrie durante aquellos últimos años. Si hubiese sabido antes que su vieja amiga no la había perdonado por la muerte de su madre, jamás le hubiese pedido ayuda.

Un suspiro brotó del pecho de Evelyn al pensar en lo equivocada que había estado y en todos los errores que había cometido con las personas a quien creía sus amigos.

—Mi querida Evelyn, deseo que tengas la buena suerte de encontrar un buen esposo en ese grupo de almas descarriadas. Al parecer, has despertado el interés de muchos sinvergüenzas acaudalados de nuestra sociedad, dios sabe lo que harán contigo.—Su voz sonó amargamente dulcificada bajo una sonrisa vengativa—No sabes lo que me complace no estar en tu lugar.

— ¿Ha venido tu padre a la subasta?—preguntó con una vana esperanza.

—¡Ni hablar! — exclamó con una mezcla de enfado y regocijo— ¡el jamás vendría a una subasta de mujerzuelas!

— ¡Oh!…¿Y tú qué haces aquí?—respondió con un hilo de voz Evelyn.

— Pues ¿no es evidente? me he venido a asegurar bajo qué horribles manos terminas— rió ella con maldad mientras batía sus largas pestañas con despreocupada felicidad— Espero que dios castigue tus actos y los de tu pútrida familia como es debido.

Evelyn comprendía la rabia de su vieja amiga, el accidente que había matado a la madre de Lorrie había sido consecuencia de que ésta intentase prestar auxilio a su propia madre durante el nacimiento de su hermano Samuel.

Aquella noche, tras una brutal golpiza de su padre, se había puesto de parto prematuramente y los criados, los pocos que todavía permanecían fieles a su madre, pidieron auxilio en casa de Lorrie.

Como la gran persona que ella era, la madre de Lorrie no dudó en acudir rauda a auxiliar a su amiga y en tomar un caballo para recorrer velozmente pequeño trayecto que separaba las dos casas. La mala suerte quiso que la negrura de la noche y las fuertes lluvias de aquella semana unidos a la apremiante velocidad que la buena mujer infundía a su caballo hiciesen resbalar a su corcel y que la madre de Lorrie cayese fatídicamente sobre un muro de piedras.

Aquella noche ambas mujeres murieron y, con ellas, la amistad que unía a Evelyn y Lorrie se rompió para siempre.

La risa de odio de su antigua amiga animó a Evelyn a aceptar y afrontar su sombrío destino con mayor dignidad, a pesar de las amargas lágrimas de derrota que caían por sus mejillas.

¿Qué otra cosa podía hacer más que llorar cuando sabía que ninguna plegaria podría surtir ya efecto? Se sentía sola y despojada de todo atisbo de dignidad humana. ¿Tenía algo por lo que seguir luchando? ¿Tenía su vida sentido?

El amuleto

Espero al pie de la escalera. Soy fácilmente distinguible, llevo una sudadera de color naranja con el número doce escrito en la espalda. Espero que ella salga a mi encuentro. Estoy inquieta y no dejo de girar la antigua alianza de mi abuela.
No sé por qué esta mañana cuando me llamó y me suplicó que viniese a conocerla acepté venir. No me gustan las personas mayores y menos aún los desconocidos, pero me insistió tanto que acabé por ceder.

—¿Belén?—dice una suave voz a mis espaldas.

Una señora pequeña, de unos setenta años, un poco entrada en kilos, con el pelo torpemente teñido de rubio y los labios pintados de un llamativo color me sonríe de manera familiar cuando me giro.

—¿Doña Alejandra?
—Qué bueno que viniste—dice con un característico acento argentino.

No sé qué responder, fue ella la que me insistió hasta que lo hice, así que sonrío un poco forzada mientras ella me abraza como si me conociese de toda la vida.

—No sabes cuánto te agradezco que hayas venido a charlar un rato y hacerme compañía. —Sonríe completamente excitada mientras me dirige por los pasillos de la residencia—. Tengo un regalo muy especial para ti. En cuanto me cogiste el teléfono supe que tenía que ser tuyo, ¿cómo está tu abuela? Quisiera saber cómo le fue en todos estos años.

Me siento incómoda, suelo sentirme así con la gente que no conozco o en lugares extraños y tan siniestros como aquella residencia de ancianos. Tampoco contribuye el hecho de que esta señora no deje de parlotear sin darme opción a responder. Parece que tiene tantas ganas de hablar con alguien nuevo que se le olvida escuchar mis respuestas.

—Toma, mi niña, en agradecimiento por venir a escuchar las divagaciones de esta viuda solitaria—dice nada más llegar a su cuarto.

La señora deposita con orgullo en mis manos un frasco de vidrio unido a un cordón en donde se aprecia alguna especie de diminuto feto de roedor flotando en su interior.

—En realidad no es molestia, no tiene usted por qué regalarme nada.

Lo reconozco, estoy tan sorprendida que no puedo sino otra cosa que ser amable y volver a sonreír con una mueca forzada¿Cómo se reacciona cuando te regalan una rata muerta?¿Padecerá esta señora alguna clase de demencia?

—Ya sé que no es un artículo muy ortodoxo—dice ella con una sonrisa mientras hace funcionar un viejo tocadiscos—. Pero es poderoso.
—¿Esto? ¿Poderoso?, ¿a qué se refiere?

La música de los violines comienza a interpretar el famoso tango “Por una cabeza” de Carlos Gardel y baña al instante toda la estancia de una agradable, dulce y cercana sensación. Casi me parece estar oliendo el mate de mi abuela.

—¿La conoces?—pregunta Doña Alejandra.

Asiento mientras alargo la mano para devolver el obsequio.

—Mi marido era un bailarín de tango muy apasionado. Aprendió solamente porque yo daba clases —Continúa su charla con una sonrisa melancólica ignorando mi gesto—. Nadie pensaría que alguien tan aburrido y serio como él pudiese bailar de ese modo, pero ya sabes cómo son estas cosas del destino. Me cortejó a toda costa y eso hizo que conociese la pasión del baile.
—¿Y qué tiene que ver eso con esto?—pregunto dejando colgar el recipiente sujetándolo tan sólo por el cordón y dejando que bailotee en el aire.
—Muchos roedores han sido y son un gran talismán en todas las culturas para atraer el destino—argumenta sentándose en una silla—.Sin ir más lejos, en la India la rata es la cabalgadura de Ganesa, la divinidad del destino y la sabiduría. En África, La Jerboa se la considera fuertemente relacionada con la adivinación. En oriente el ratón atrae la buena ventura y en occidente se usan para la magia. Tenemos ejemplos por toda la historia y las culturas.
—Así que llevar un bicho muerto al cuello me va a ayudar a dar suerte—respondí con sorna.
—Ése es un roedor especial, querida. Y una vez lo pongas al cuello te mostrará las consecuencias de cada decisión que tomes.
—¿No me diga?-reí con ironía.
—¿Crees que bromeo? Tengo demasiados años como para bromear con estas cosas.

A Doña Alejandra parece no importarle mi sana incredulidad, sonríe misteriosamente y empuja con su mano la mía en un gesto para que me lo ponga al cuello.

— Créeme, podrás leer en el destino como si de un libro se tratase. Sólo Póntelo y dime qué ves.

 

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 41 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

Parte 1- La carta

— Señor— carraspeó Benwell en la entrada del despacho— Ha llegado esto de Londres— el viejo sirviente entró con lentitud y posó una caja en la mesa con un sobre. —Lo ha traído un muchacho desde Merlow e insistió en que era sumamente importante que lo recibiese cuanto antes.

— Gracias Benwell— dijo el Caballero apresurándose a abrir el sobre.

“…

Estimado Sr. G.Newton;

Soy perfectamente consciente, señoría, de las condiciones en las que usted finalizó nuestra relación. Me ha quedado claro que no lograré jamás que vuelva a compartir su don conmigo o con alguna otra alma. Me solicitó encarecidamente, que no le buscase, no le visitase, que no le invitase a eventos sociales ni le molestase en forma alguna. Y, aunque no la comparta, le respeto y admiro por su decisión. De todos modos me veo obligada a insistir  puesto que considero debe saber  el motivo por el que ahora le escribo es para pedirle, no, más bien suplicarle por última vez, su ayuda.

Confíe en mi sinceridad, su señoría. No habría recurrido a usted si no fuese realmente mi última opción. Le ruego que no me ignore como otros han hecho antes, créame cuando le aseguro que me encuentro en grave peligro y necesito ser rescatada. Usted es el único hombre que queda en este mundo en el que puedo confiar mis palabras de auxilio.

No me ignore también usted.

Hoy, intentando buscar consuelo en mi desdicha, he releído una vez más sus publicaciones. Recordé aquellos días, cuando no era más que una fiel seguidora de sus increíbles y aterradores relatos dominicales. Una niña que se quedó fascinada por sus palabras y que, entristecida por su repentino abandono de la vida literaria, le escribió aquella carta llena de dolor y despecho. No entendía su retirada, su silencio… el haber olvidado a sus seguidores, el haberme traicionado a mí…

Ya sabe usted que yo no era más que una muchachita de 14 años rabiosa por otro abandono más. Con sinceridad le diré que jamás pensé que mis insistentes misivas al periódico para exigir su inmediato regreso fuesen a ser respondidas precisamente por usted… Nunca, Nunca creí que aquellas primeras cartas tan llenas de reproches y odio fuesen a representar el nacimiento de aquella amistad que nos acompañó durante casi diez años. Aquella amistad que usted decidió finalizar ante mi, ahora veo que inapropiada, proposición.

Tengo la esperanza de que el haber comprendido mi grave indisceción y también la delicada situación a la que le había sometido al haber pedido iniciar una relación le sirva como prueba de que jamás volvería a pedirle algo de similar índole. Acepté mi castigo al perder su valiosa confianza. Pero, para serle sincera, a lo largo de todos aquellos años en los que intercambiábamos misivas, cada dos días exactamente, confié en usted mis más profundos pensamientos y sentimientos con palabras que no he compartido con ningún otro ser, varón o mujer. Aprendí mucho sobre la vida, las personas y las aventuras gracias a sus siempre amables y sabias palabras. No siempre dulces, a veces, incluso, soeces. Acepté y atesoré en mi corazón todas sus reflexiones y consejos,…

Incluso los que no entendí. También los que no me sirvieron. Todos aquellas palabras que usted dirigía a mí eran un tesoro, eran mi fortuna, dijesen lo que dijesen y aunque fuesen duras críticas hacia mi intolerable comportamiento.

Y cuando era usted el que me confiaba sus inquietudes y tormentos en sus cartas, se convertían también en míos. Como si la tinta de su pluma fuese mi sangre y con su lectura recuperase mi alma.

Sus problemas me torturaban durante días, provocaban incluso mi llanto… Yo dejaba cuanta tarea tuviese por hacer, asumía cualquier castigo que aquello conllevase. Únicamente para poder pensar en una solución para usted, para escribir hojas y hojas con mis infantiles consejos. Creyendo, tonta de mí, que le serían de utilidad. Creyendo, ilusa de mí, que me vería como lo que yo aspiraba a ser y realmente no era, la mujer que le salvaría de su desdicha.

Le aseguro que comprendo que nuestra relación nunca fue interesada. Nunca pensé que podría algún día necesitar algo más de una amistad como la suya. Nunca fue mi intención molestarle con la desnudez de mi alma. Comprendí el castigo que me impuso, lo acaté con dignidad y debo decir que me arrepiento de todos los errores que cometí. A pesar de todo el castigo impuesto, usted continúa representando a día de hoy el único y más cercano a un amigo para mí. Y es para mí triste reconocerlo, realmente, a mis 24 años, solamente con usted he experimentado la sensación de ser una persona valorada, comprendida y respetada.

Usted y su amistad ha sido lo único bueno que me ha sucedido en la vida.

Como le dije al principio de esta, ya demasiado larga, misiva. Hace meses que intento localizarle con desesperación, desconozco si mis notas no han llegado a su poder o bien, dios no lo quiera, ha decidido ignorarlas. Ahora el tiempo se acaba y no tengo nadie más a quien recurrir.

Mi padre, ese monstruo al que debo llamar con respeto PADRE ha decidido que ya no necesita de mis cuidados ni invertir más en mi persona y, por todo ello, desea casarme a la mayor celeridad posible. Como le había comentado a usted en anteriores misivas antes de mi castigo, he rechazado cada una de las más que cuestionables elecciones de pretendientes. Pero sus malas palabras y sus golpizas me han dejado meridianamente claro que ya no está dispuesto a que continúe con mi negativa.

Su idea para conseguir mayor recompensa por mi honor ha sido organizar un espectáculo de subastas para poder desposarme al mejor postor. Sinceramente, señoría, al principio creí que se trataba de un delirio fugaz nacido de su afición a la bebida. Jamás podía haber concebido que un padre cristiano pudiese hablar de la intachable honra de su hija en según qué términos, pero… poco a poco la idea de la subasta ha tomado una forma esperpéntica y terrorífica hasta llegar al punto en el que ha dejado de interesarle el matrimonio o mi futuro tras el evento y temo que que ya he llegado a un punto en el que mi padre plantea una segunda subasta para el caso de que, tras deshonrarme, me regresen a casa con él.

A mi puerta han venido hombres de dudosa reputación, esclavistas e incluso propietarios de conocidos burdeles con el único objetivo de participar en la subasta. Sé que lo que le estoy contando parece algo increíble ya que tanto la esclavitud y el proxenetismo están perseguidos y penados en nuestro reino, pero así mismo también le recuerdo que no están erradicados y que mi padre continúa siendo el Alcalde de Merlow bajo la gracia de su majestad y es por ello que el evento dispone de los permisos legales y del amparo de la corona.

Le juro que he intentado parar toda esta locura antes de quebrantar mi castigo y recurrir a usted, mi señor, mi única esperanza. Le ruego que escuche esta desesperada súplica de una mujer agonizante pues será la última, ya que, tras ser subastada, no le enviaré más misivas. Aceptaré mi desdichado sino como mujer.

Así pues, le envío todas cuantas posesiones todavía conservo en este mundo para que las guarde en mi memoria o, si en su infinita bondad decidiese ayudarme, tenga a bien venderlas y acudir a la subasta para pujar por mi desdichada alma.

Unos meses antes de decidir buscarle de nuevo, cansada del sufrimiento de esta vida planeé caminar al vacío desde la torre más alta de Merlow. Allí, entre lágrimas de desdicha recordé que hace años usted me escribió hablándome de su matrimonio y dijo que que la tortura física sólo nos hace más fuertes mientras que de lo verdaderamente insoportable era el desconsuelo del alma. Entonces no había entendido aquellas palabras, pero en lo alto de aquella torre comprendí con toda claridad su significado.

Usted, señoría, representa para mí el único consuelo de mi alma. La subasta tendrá lugar el próximo jueves 16 en la peana principal del mercado de Merlow, frente a la posada hacia la media mañana.

Siempre su amiga y colega.

Evelyn Cartland

…”

El conde estrujó el papel con ira y abrió la caja para encontrarse en su interior unos viejos libros, un joyero deliciosamente tallado a mano en cuyo interior albergaba unas pocas monedas de plata y un sobrio y envejecido collar de perlas.

El hombre pasó las yemas de los dedos sobre el collar con contenida impaciencia, se separó violentamente de aquellas posesiones como si quemasen. Se acercó al polvoriento espejo y observó detenidamente su deforme reflejo. Dio un violento golpe contra el mueble que lo sostenía y se dirigió nuevamente al escritorio para escribir a toda velocidad, luego llamó a Benwell.

— Consiga un carruaje y caballos, prepárese para viajar a Merlow mañana, y envíe esto a Londres con urgencia— dijo el conde entregando el sobre lacado al criado.

— Pero señor, Merlow está a tres días de camino y…

— Tenemos que llegar antes del jueves a media mañana.

— Hoy es Martes señor, temo que no…

— ¿Y Qué demonios hace aquí todavía? — Rugió el conde fuera de sí— ¡Vaya a prepararlo todo!

El marido enmascarado

sin-nombre

Evelyn se enfrenta a una vida dura y llena de sufrimiento. Abandonada por sus amigos y por la sociedad, decide pedir ayuda a un viejo amigo por correspondencia cuando su maltratador padre decide subastarla.

Cuando la ayuda se presenta a última hora resulta aparecer bajo la forma de un siniestro y torturado Conde con el rostro y el cuerpo quemado en un terrible accidente.

¿Será ese hombre la ayuda que Evelyn necesita? o cometerá el peor error de su vida al aceptar todas sus condiciones.