Parte 7- La noche de bodas

Tras la silenciosa comida que habían disfrutado nada más llegar e instalarse, Evelyn entró en la biblioteca.

—¿Los has leído todos?
—Todos todavía no, pero aspiro a hacerlo, desde luego—respondió Gabriel
—Siempre deseé tener una biblioteca así—dijo ella posando la taza de té en una polvorienta mesa auxiliar.
—Está a su entera disposición, si lo deseas, todo lo que hay aquí es tuyo—contestó con voz suave el conde.
—Es muy tentador—sonrió tímidamente sacando un ejemplar de la repisa—algunos volúmenes harían muy feliz a más de una mujer… diría que infeliz a más de un hombre.
—¿lo has leído?—preguntó el conde al ver el título
—¿que si he leído a Olympe de Gouges? ¿Es que acaso no has visto cómo me trató mi padre? Si llega a sus oídos que he leído a un libro que habla de derechos de la mujer…
—No me has respondido
—Lo leí en francés y bajo el nombre de Marie Gouze… le dije que era una novela romántica—rió ella de forma traviesa
—No recordaba que leías francés.
—y latín, un poco de español y casi entiendo portugués…
—Deberías leer estos escritos de Nicolás de Condorcet—dijo entregándole otro tomo y tendiéndole la mano frente a él hacia un cómodo sofá cerca del fuego—y si te atreves con algo en español, tengo “El Quijote”.
—Jamás hubiese imaginado que fueses de ideas feministas—dijo Evelyn sentándose sin levantar la vista el tomo que le había entregado.
—¿Por qué?
—¡No! No es eso, más bien yo pensaba que los hombres no tienen naturaleza feminista, ya sabes, ataca su posición en el patriarcado.
—Bueno, yo tampoco diría que soy feminista. Me gusta pensar que ante todo somos humanos y como tales somos una especie animal, somos todos iguales al tiempo que mantenemos nuestras diferencias. Si observamos el mundo animal detenidamente descubrimos que entre especies hay una distribución mucho más justa y no existe esa marcada línea que existe en los humanos entre lo que deben hacer los varones y las hembras, cuando la necesidad lo requiere los varones cuidan de las crías y las hembras cazan, cuando la necesidad lo requiere, el varón incuba el huevo mientras la hembra se dedica al engorde para luego intercambiarse, se ve constantemente—contestó el conde a modo de aclaración.—el patriarcado no es natural.
—Pero está en las escrituras.
—Que fueron hechas por hombres. Y también creo recordar que dice “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, no pienses que ataco a la fe, nada tan cercano a la blasfemia. yo sencillamente aclaro que no todos los hábitos y costumbres humanas son naturales. “Creced y multiplicaos” es un código natural, que sólo los hombres hereden la tierra mientras las mujeres se limitan a honrarles es un código humano.
—Debo entender—Evelyn tragó saliva para luego continuar tímidamente con la blasfemia que flotaba en su pensamiento—Debo entender entonces que consideras a las mujeres como iguales.
—Iguales intelectuales, sin ninguna duda—contestó serio—en lo físico es evidente que conservamos nuestras diferencias. Los hombres, por ejemplo, no podemos parir y las mujeres sí. Y es innegable que los hombres, por lo general, desarrollan una musculatura más fuerte que las mujeres que nos permiten hacer tareas más físicas. Aunque existen excepciones puesto que las mujeres suelen ser más ágiles y eso también es un punto importante. El problema en la liberación de la mujer es que, Por desgracia no todas las mujeres desean desarrollar sus capacidades, bien porque no lo consideran apropiado para sus fines de matrimonio, porque no son debidamente alentadas por su entorno o bien porque consideran inútil el conocimiento.
—Podría decir lo mismo de los hombres—replicó ella—hay muchos varones que consideran innecesario el conocimiento intelectual o el desarrollo de las capacidades.
—Sin duda, sin ninguna duda—contestó Gabriel complacido—Estoy seguro que esta conversación sería imposible de mantener con muchos hombres, como tu padre, por ejemplo.
—¿Con mi padre?—contestó con una pizca de ironía—pienso que si le dan un libro no sabría por dónde comenzar a leerlo… o quemarlo…

Ambos compartieron una risa cómplice que liberó de tensión el ambiente.

—Debo reconocer que, tras haberle conocido, no consigo dilucidar en dónde hallaste el gusto por la lectura y el diálogo.
—Sin duda, de mi madre, si la hubieses conocido…—contestó con una tierna sonrisa Evelyn—Era toda una dama… ella me leía todos los días historias de diosas griegas, tocaba el piano como los mismísimos ángeles, recitaba versos… Todo lo que sé hoy, es por ella.
—Podría decirse que era el punto contrario de tu padre.
—La familia de mi padre provenían de una larga extirpe de funcionarios aburguesados, poseían una casa en Londres, dinero y él había heredado un buen trabajo en los ministerios, mi madre era una mujer virtuosa pero no especialmente bella, la cuarta hija de un baronet sin posesiones que heredar, un puñado de tierras muertas para el primogénito si acaso. El caso es que las circunstancias de la vida hicieron que mi madre recuperase el título de pero ya estaba considerada vieja para casarse y… la familia de mi padre deseaba un título, aunque sólo fuese de pacotilla, así que decidieron casarles. Lógicamente no funcionó para mi madre, como era de prever, su familia se marchó con la dote y la dejó en Medow con mi padre—Evelyn sintió un escalofrío—Ella me dijo que no consiguió ser feliz ni un solo día al lado de él. La insultaba, gritaba, pegaba… Ella perdió hasta cuatro hijos a costa de la vida que mi padre le propiciaba. Mi hermano Samuel casi no sobrevive, mi padre le había propinado tal paliza a mi madre que le provocó el parto varias semanas antes, perdió mucha sangre y… en fin… Estas cosas no vienen al caso ¿Verdad?
—Ha debido ser una experiencia terrible
—Oh, bueno, de niña me trataba con indiferencia, en aquella época llegué a pensar que era invisible ante los ojos de mi padre. Y lo prefería realmente, viendo cómo la trataba a ella. Mi madre procuraba siempre tenerme alejada de él, me profería todo el cariño que necesitaba y me procuraba una correcta educación con vistas a que yo me pudiese defender sola. Hasta su muerte, claro, luego todo cambió. A mi padre le descubrieron en negocios turbios en el trabajo así que tuvimos que venderlo todo y marcharnos a ese pueblo en el que me encontraste. Allí, yo no tenía a mi madre para protegerme y él comenzó a descargar su ira contra mí, aunque por fortuna no me pegaba tan fuerte como a ella porque temía realmente que prefiriese marcharme y no pudiese casarme y conseguir una buena dote. Él creía que conseguiría un gran negocio conmigo. Sin apenas pasar el año desde que fui mujer, comenzaron a pasearse un innumerable ejército de pretendientes por mi casa, cada cual peor que el anterior, uno incluso intentó quitarme el vestido durante una de sus visitas, varios, aporrearon la puerta de mi cuarto en mitad de la noche sin que a mi padre le importase y, bueno, comenzaron a llegar cobradores a casa, las deudas se iban acumulando y el resto… ya sabes como terminó. En cierto modo doy gracias a que no decidió alquilarme en un burdel.
—¿Por qué no escapaste?
—¿A dónde hacerlo? no tenía amigos, ni disponía de dinero para mantenerme, ni tan siquiera de un caballo para alejarme de aquel pútrido pueblo… Para un varón es fácil pero… ¿y una mujer? ¿qué otra opción tenía más que la de prostituirme para salir de allí?
—¿tus tíos?¿primos?¿De verdad no tienes a nadie más?
—Nadie que quiera tener nada que ver conmigo o con mi padre, escribí cartas a toda cuanta persona pude recurrir sin hallar respuesta, vendí incluso mis libros más preciados, las pocas joyas de mi madre que ella había conseguido rescatar… la felicidad de una mujer vale bien poco a día de hoy.
—Siento realmente lo que has tenido que pasar—apretó los labios el conde.—Si me hubieses contado esto cuando…
—No…—sonrió levemente Evelyn—Hubiese sido peor ¿Qué habrías hecho? Era una mocosa y tu estabas casado, lo que hiciste fue correcto en aquel momento. Las cosas salieron como han salido y ahora me siento realmente afortunada de que finalmente vinieses a ayudarme y por la proposición que me hiciste. No quiero llegar a pensar si al final no hubieses pujado por mí.
—¿Y si no hubiese llegado a tiempo?—preguntó muy serio—¿y si continuase casado y no pudiera salvarte?
—Ya sabes lo que dicen, una muerte cobarde antes que una vida infeliz…—Evelyn golpeó levemente las tapas del libro que todavía sostenía en sus manos y cambió de tema—¿Debo entender por esto que no te molestaría, si se diese el caso, que el heredero de Baley fuese mujer en vez de hombre.?

Gabriel la miró con gesto preocupado.

—Que no esté de acuerdo con las leyes humanas no quiere decir que no deba cumplirlas, si fuese varón solucionaría muchos inconvenientes. Pero es imposible determinarlo antes, de ser mujer sería todo más complicado pero no pienses que te obligaría a continuar hasta el varón, siempre que fuese una mujer educada de la forma adecuada, te verías liberada de tus obligaciones.
—¿y si el varón no fuese el primogénito? ¿Y si es el segundo?
—Eso sería…, querría decir que—dijo el conde posando su enguantada mano sobre la de ella— después de tener nuestra primera hija, tú te habrías quedado una segunda vez. Con todo lo que eso… significa.

Evelyn tragó saliva al darse cuenta de su torpeza.

—Te prometí que sería una buena esposa.—Aseguró ella
—Está bien—sonrió ligeramente él—será bueno para nuestros hijos que los dos participemos activamente en su educación y que intentemos tener una buena relación como padres.
—Yo prometo poner todo mi empeño en ser una buena esposa y madre.—dijo ella tomando la mano enguantada que se posaba sobre la de ella.
—No me cabe la menor duda—dijo él seriamente

Lo miró nerviosamente con los ojos muy abiertos. Aquella iba a ser su noche de bodas y no sabía ni cómo dirigirse a él sin temblar de miedo.

—Me he tomado la libertad de solicitarle a Benwell que nos subiera el ajedrez a nuestros aposentos ¿sabes jugar?
—Leí algunos libros, pero nunca tuve ocasión de jugar realmente.
—Fantástico entonces, yo te enseñaré—dijo mientras la guiaba hacia la salida de la biblioteca.
Si en algún momento Eveln había temido el momento de su noche de bodas, acabó por olvidarlo al lado de la inusual e interesante compañía de su marido. Aquella noche charlaron y jugaron durante horas hasta el amanecer mientras pacientemente Gabriel explicaba cada movimiento en el tablero.

Cuando ya ella se caía rendida de sueño, Gabriel comenzó a recoger las piezas del ajedrez.

—Hoy ha sido un día muy largo y se ha hecho muy tarde, deberías meterte en cama ya.
—Tienes razón—reconoció con súbito nerviosismo Evelyn
—Yo dormiré en la habitación contigua, si te parece bien, me gustaría dejar la puerta abierta—solicitó Gabriel
—Por… ¿por qué?

Gabriel la miró, pero no parecía estar viendo nada, más bien parecía estar recordando otra conversación en otro tiempo… con otra persona.

—En realidad no importa—dijo en voz baja mientras se marchaba del cuarto.
—¡Gabriel!—le llamó Evelyn al ver que él cerraba la puerta tras de sí— Déjala abierta, tienes razón, en realidad no importa.

La mano enguantada de Gabriel apretó el vano de la puerta y él le devolvió una mirada agradecida antes de salir del cuarto dejando la puerta entornada.
—Gabriel—dijo Evelyn antes de dejarle ir
—¿Si, querida?
—¿no estarías más cómodo sin los guantes y la máscara?
—¿A qué te refieres?—dudó él.
—Pues… ¿no te molesta llevarlos todo el día puestos?… mientras estés sólo conmigo no tendrías que llevarlos. Seguro que estarías más cómodo.
—Créeme, es mejor que no me los quite. Bajo el cuero no hay nada agradable que merezcas ver.
—No creo que sea tan grave y… al fin y al cabo, soy tu mujer.
—Ya…—la miró con gesto incrédulo pero relajado—Supongo que tarde o temprano acabarás por verme sin ellos, pero hoy no será ese día. Buenas noches, querida.

La voz del personaje – Roberto

Hola a todos, os traigo un ejercicio de prácticas narrativas. En este caso estará dividido en dos partes.  

En el ejercicio en sí se me solicitaba un texto sin límite de palabras en el que se presentase un personaje principal hablando en primera persona con el lector.  

En el texto se debe oír la voz del personaje, es decir, que se debe lograr el objetivo de que el lector recree esta charla del personaje principal hablando con ellos.

He intentado presentar dos trabajos diferentes entre sí en cuanto a estilo, contenido, personajes y voz interior.

Espero que os guste, abajo estará habilitada la zona de comentarios para vuestros comentarios y críticas. 

Roberto

Dime,¿Qué más podría desear un hombre con treinta y un años? Es el mejor momento de la vida para tener éxito, poder, dinero y mujeres. Lo suficientemente joven para vivir sin ataduras y lo suficientemente mayor como para no cometer estupideces de niñatos.

Lo sé, soy un verdadero privilegiado.

Soy consciente de que muchos otros hombres estarían pensando en buscar una pareja que le aportase estabilidad, quizás planificando un par de hijos, una casa de dos plantas con jardín trasero y piscina.

Pero esa vida no está hecha para mí, ésa es una vida de conformistas, no para triunfadores.

Una persona que sabe que tiene una mujer en casa no necesita demostrar lo que vale cada día ni su capacidad de conquista.
Así mismo, al tener hijos pierdes el espíritu de riesgo porque las prioridades cambian y un padre desea darle estabilidad a sus hijos. Para mí, ser padre arranca las ansias de aventura de raíz… todo se vuelve seguro, cotidiano… estable.

Cualquier buen hombre de negocios sabe que la familia es incompatible con el genuino éxito. Y yo, yo soy un triunfador ¡y de los mejores!, además.

Es la mejor cualidad que nadie pueda poseer. Yo soy un triunfador porque me obsesiona el control, desde que era muy pequeño, y eso me ha llevado a trabajar siempre tan duro para lograr lo que deseaba. Pienso que cuando quieres algo de verdad en la vida, debes centrarte únicamente en ello y controlarlo minuciosamente para que no se eche a perder.
Limitarse a estudiar dos temas para un examen de historia no sirve si no puedes contextualizar los sucesos dentro del conjunto así que… ¿por qué no aprender todo el maldito libro y así manejar cada detalle que relaciona el tema a tratar?

Esa era mi filosofía, control, control y control. Cuanto más se controla y analiza, mejores resultados se obtienen. Aplicar el control a todas las áreas de mi vida me proporciona el éxito del que me rodeo diariamente.

También me gusta el éxito que conlleva el triunfo, creo que es lógico ya que depende en gran medida del control y de la obsesión. Si eres una persona capaz de enfocar cada uno de tus pensamientos y actos hacia un único objetivo, logras el éxito, el reconocimiento y la merecida recompensa de los triunfadores.

Me gusta ser como soy. El éxito me da hado todo lo que siempre he ansiado. Libertad poder para decidir por mí mismo, dinero para financiar mis voluntades y también ha dispuesto cientos de mujeres en mi camino que, deseosas de absorber un poco de mi triunfo, o de mi dinero, han cedido a cualquiera de mis caprichosos deseos.

Me gusta mi vida tal y como es. Mañanas de trepidante trabajo en bolsa manejando asuntos financieros de vital importancia, comidas de negocios, vacaciones en lugares paradisiacos, cenas en los mejores restaurantes con mujeres deseosas y exuberantes que… si me apetece, puedo acompañar a las fiestas más exclusivas o subirlas a una habitación de hotel o poder regresar a la absoluta tranquilidad de mi apartamento.

Di lo que quieras, pero sé que todos desearían vivir la vida que yo llevo, aunque pocos serían capaces de cumplir con las obligaciones y sacrificios que conlleva el éxito.

Sí, por supuesto que la vida de éxito lleva obligaciones y sacrificios. ¿Qué vida está exenta de ellos?

La vida que yo he tomado me obliga a ser espectador de muchas cosas que me hubiese gustado experimentar, como por ejemplo el hecho de que alguien se preocupe de forma genuina por mi, y no sólo por el dinero que represento o que puedo hacerle ganar. Incluso también añadiría que me priva de poder preocuparme del mismo modo por otra persona porque jamás sería correspondido del mismo modo.

También me obliga a observar a la gente hasta límites que a veces me planteo si son mezquinos. Analizo secretamente su lenguaje no verbal, su manera de trabajar, de hablar con otras personas cuando yo no estoy, de tratar a otras personas que no son yo.
Cuando el éxito está por medio, las personas mienten. Todos se quieren aprovechar de todos. Si tienes talento, fama, dinero o cualquier cosa que otro ansíe, no dudes en que te ocultará su parte más horrible. Por eso, si deseas conservar tu éxito, debes observar de manera pormenorizada todo y a todos los que te rodean.

Pero alcanzar el éxito también es eso, descubrir qué personas te ocultan cosas, se aprovechan de tu trabajo o de ti. Falsos compañeros y amigos, amantes poco convenientes o incluso, por qué no, observar a otras personas con el éxito que tu deseas para aprender de ellos e imitar sus pasos.

Parte 6- Baley

El viaje a Baley se hizo en menos tiempo del que Evelyn habría pensado. El buen tiempo había acompañado durante todo el camino. El carruaje era viejo, pero robusto y ligero, con muchas comodidades y estaba tirado por unos magníficos caballos bien entrenados. Todo aquel despliegue no sólo dejaba patente que el Gabriel no sólo ostentaba un título de nobleza, sino que también le acompañaba al título una fructífera situación económica y un razonado uso de los recursos.

Durante el viaje, habían hablado poco. Gabriel se había limitado a preguntarle escuetamente acerca de su vida y escuchar todo cuanto Evelyn le contaba. Se había interesado mucho por sus conocimientos en medicina botánica e incluso le había mencionado que su madre también tenía esa afición.

Evelyn, aunque sentía que el miedo ante la nueva situación la dominaba por momentos, intentó mantenerse racionalmente serena y buscar un modo cómodo de dirigirse a su nuevo marido. Alguien que, a pesar de todos los años que habían mantenido contacto, parecía no conocer en absoluto.

En el atardecer del tercer día de viaje Benwell dió unos leves toques en el techo del carruaje y luego por el ventanuco anunció que al fin se divisaba Baley. El conde abrió una de las ventanas laterales del carruaje para que Evelyn pudiese deleitarse con la visión.

—Querida—dijo solemne mientras la invitaba a sacar la cabeza por la ventanilla.—Quisiera que observases Baley, éste será tu hogar a partir de ahora.

Evelyn se quitó la toca que guardaba su cabello e hizo lo que Gabriel le pedía. A lo lejos, al fondo del camino y erigido sobre una verde colina al lado de un frondoso bosque que se deslizaba por el lateral como una lengua hasta el mar, se levantaba majestuoso un espléndido castillo de piedra, con grandes ventanales y dos imponentes torres. Estaba rodeado por jardines y tras él, se divisaba el mar y una pequeña población que discurría desde el pie del castillo hasta la costa.

Impresionada por la visión, Evelyn recorrió el contorno al castillo con la mirada. Encontró unos magníficos campos verdes que estaban siendo recogidos por unos campesinos y un molino en movimiento a lo lejos. Conforme el carruaje pasaba por el polvoriento camino muchos de los lugareños detenían su labor para agitar con respeto la mano a modo de saludo.

Aquello era, sin duda, el paraje más idílico que ella podría haber soñado.

—¿Esto?…—dudó Evelyn
—Esto es Baley—terminó el conde por ella
—Es un castillo.
—Si, lo es, no es como el que se espera de un rey, pero pertenece a la familia desde hace más de seiscientos años.
—Seiscientos, No me dijiste que viviríamos en un castillo, éste debe ser un lugar muy próspero.
—Sin duda lo es, aunque requiere de mucha atención, la mar es tan beneficiosa como traicionera.
—Debieron sufrir mucho a causa de los piratas—comentó Evelyn—Estamos muy cerca del mar y esta zona está totalmente expuesta.
—En efecto—confirmó él—Hasta hace diez años esta costa estaba totalmente desprotegida.
—¿Y desde entonces no hay ataques?
—No
—Pero… ¿Cómo es posible?
—¿Ves el faro que hay a lo lejos?—preguntó Gabriel sacando su su enguantada mano por la ventanilla y señalando.
—¿En aquella isla?
—Sigue en línea recta hasta el acantilado del bosque ¿que ves?
—Es…—Evelyn sacó medio cuerpo por la ventanilla para intentar ver lo que el acantilado ocultaba
—¿Lo ves?

Evelyn sintió un movimiento del carruaje y perdió el equilibrio, pero al tener medio cuerpo fuera no tuvo en dónde agarrarse y notó cómo se precipitaba fatalmente fuera del vehículo. Cuando ya daba su destino por irreparable, sintió unas manos sujetándola por la cintura de forma firme. Se quedó bloqueada y sin aliento mientras que dichas manos tiraron de ella para introducirla nuevamente al carruaje y luego soltarla.

Un rubor intenso y una confusión la atenazaron al no saber cómo continuar la conversación después de aquello.

—¿Pudiste verlo?—carraspeó él ignorando la incomodidad por el contacto.
—Yo…—Evelyn dudó—¿catapultas?
—Y Ballestas—Contestó señalando los laterales de la línea de costa—A ambos lados hay catapultas y ballestas y dos cañones ocultos en los túneles del acantilado bajo el castillo. El anterior conde de Baley, mi padre, mandó construir el faro, se llevaron las piedras en barca de remos una por una y se construyeron las líneas de defensa a ambos lados. Cuando el faro lanza el primer aviso, los hombres del pueblo acuden a proteger la ciudad, desde que se finalizó la línea de defensa este pueblo es prácticamente inviolable, al menos por mar.
—Es francamente fantástico—declaró Evelyn fascinada.—Además toda esta protección se ha logrado sin alterar la belleza de todo este lugar.
—¿Crees?—preguntó sin apartar la vista de la ventana—¿crees que podrías vivir aquí?
—Parece un sitio maravilloso para vivir. Es fácil imaginar que cualquiera sería tremendamente feliz en un sitio así, con un castillo enorme, verdes jardines, un acceso protegido al mar, un bosque para cazar.

Evelyn notó cómo él se removía en su asiento, los brillantes ojos verdes que se veían a través de los agujeros de la máscara observaban sin ver el paisaje del exterior y sus labios apretados denotaban un profundo dolor no físico, sino del alma, una agresividad animal, una sensación profunda deseando liberarse…

—Cuando me des un heredero… es decir, cuando tengamos nuestro hijo…quizás querrías convertirlo en tu hogar definitivo en vez de buscar otro.
—Sí, seguro que es un buen hogar, creo que me gustaría vivir aquí—respondió Evelyn mirando también a través de la ventana.
—Sería algo bueno que eso sucediese. Sé muy bien que mi aspecto es inquietante por culpa de esta máscara que cubre mi rostro. Mis deformidades no son agradables a la vista. Además, me temo que a mi carácter le falta bastante para ser agradable. Creo que eso me convierte en un verdadero monstruo. Pero no debes tener miedo de golpes o insultos, es posible que sea tosco, pero me esforzaré en mejorar mi carácter. Conmigo no tendrás que preocuparte nunca más de nada, no tendrás que trabajar y no tendrás que servir a nadie más nunca en toda tu vida. Tampoco deberás ocuparte de limpiar la casa, podrás disponer de tu propio dinero para gastos, podrás tener lo que quieras…—el conde apretó los labios con amargura al percibir en su voz un leve tono de desesperación
—Gabriel, hace años que no sabemos uno del otro, pero unas quemaduras no han podido cambiar tanto el hombre que una vez conocí.
—No, no soy ese hombre, Evelyn. Hace años que me convertí en un monstruo. No debes temerme, pero es la realidad que tendrás que vivir, yo no te miento, Evelyn. Olvídate del Señor Newton, estás casada con Gabriel N. Baley, el actual Conde de Baley, y el que te habla no tiene nada que ver con el que conociste.—la reprendió él con voz dura.
—Está bien—confirmó ella con un nudo en el estómago.—Pero… es difícil olvidar y pensar en que no sabemos nada el uno del otro y que, a pesar de ello estamos casados y que, ya sabes, tengo que darte un hijo.
—Lo entiendo, por eso quiero que tengas presente que soy razonable, te respeto y prometo que tendré paciencia hasta que te sientas preparada.
—Quiero ser franca. Me siento muy afortunada de que, después de todo, hayas venido a ayudarme y que estés dispuesto a prodigarme tantas atenciones como tu esposa.—Evelyn colocó una mano sobre los guantes de él—Pero no te sientas obligado a compensar su compañía o sus circunstancias con promesas o regalos. Ambos hemos aceptado este matrimonio, nos conocimos en su día, fuimos colegas. Estoy segura que en cuanto nos conozcamos de nuevo, después de todo este tiempo, todo esto resultará más cómodo. No sé cómo será el futuro entre nosotros, ninguno de los dos lo sabe. Pero podemos acordar que ambos tenemos la voluntad de una convivencia agradable y pacífica. Si vas a sentirte más tranquilo, te aseguro que no tengo miedo de tus cicatrices y no eres ningún monstruo, creo en tu palabra cuando me aseguras que me respetarás y me honrarás como esposa. Y yo también te doy mi palabra de que cumpliré e intentaré bendecir nuestro matrimonio con un heredero.

Gabriel asintió con la cabeza y volvió a cerrar la ventana del carruaje.

—Llegaremos en una hora—dijo y luego realizaron el resto del camino en silencio.

El mentiroso

En la psicología existe una patología secundaria denominada “in personati mendacium”(si usamos un diccionario de latín podemos traducirlo literalmente como “las mentiras de la mentira”).La sufren los mentirosos compulsivos cuando éstos son capaces de hacer o decir cualquier cosa para continuar con su farsa constituyendo incluso un peligro para ellos mismos o para su entorno. El descontrol de esta patología asociada puede tener consecuencias terribles para el paciente y su entorno.
Por ejemplo, son capaces de lesionarse para hacer creíble el haber sufrido golpes o incluso matar para fingir que se defendían.
Trabajaba en servicios sociales realizando acompañamiento, evaluación y seguimiento de niños con diversos problemas y mi último caso se llamaba Carlos.
Era un pequeño de seis años con múltiples problemas, quizás el más grave, ser un mentiroso compulsivo llegando hasta el punto de crear una verdad tan elaborada que resultaba imposible discernir la realidad de su situación.

Sus mentiras se centraban siempre en la figura del hermano. Quien, como pudimos saber después de una sencilla investigación, contaba con meses de vida cuando el comportamiento de Carlos empezó a constituir un problema.

Según Carlos, su hermano era el responsable de toda clase de actos contra su entorno o persona. Un cuarto completamente destrozado, desaparecer del parque, ropas rotas y sucias… Aunque la alerta saltaba cuando sucedían cosas como los recurrentes olvidos por parte de sus padres.
Y digo olvidos, porque no sabría clasificar esos comportamientos tan erráticos de otro modo.

Cosas como no recoger al pequeño en el colegio, asegurando a la policía que sí lo habían hecho. O al contrario, se irse a trabajar tranquilamente y dejar al pequeño en casa y luego afirmar que le habían dejado en el centro. Frecuentes marcas de agarres en sus brazos, arañazos en sitios inexplicables…

Muchas veces me preguntaba si las mentiras eran un rasgo de esta familia. La preocupación venía al revisar las cámaras de seguridad, en donde podíamos comprobar que realmente los padres sí habían estado en el colegio. Todos se comportaban de manera demasiado extraña.
A veces pensaba que Carlos hacía todo esto para ocultar los celos por su hermano pequeño, he llegado a creer que su situación podía ser debida al intentar encubrir las mentiras de sus padres. Aunque, cuando le escuchaba hablar con tanta convicción sobre cosas como que su hermano tenía una fuerza increíble o que bebía su sangre, me convencía de sufrir algún trastorno psiquiátrico.
Ante la gravedad de los últimos sucesos me tuve que hacer cargo de Carlos en el piso de acogida ya que, de manera preventiva, habían retirado la custodia a los padres.

Carlos había aparecido en el colegio él solo con su pequeña cara llena de golpes y rasguños. Aterrado, aseguraba que su hermano, le había dado la terrible paliza durante la noche. Los golpes eran tan violentos y los arañazos tan profundos que fue muy difícil creer que él mismo se lo hubiese hecho y sus padres fueron incapaces de explicar qué había sucedido. Incluso aseguraron haber dejado al niño sano aquella mañana.

Se estaba perdiendo a ese niño, la próxima vez podía intentar matarse o podían intentar matarlo. Necesitaba que contase la verdad de una vez por todas.
Decidí que su primer día lejos de sus padres fuese algo positivo. Compré unas entradas de cine, le llevé a ver una película y pasé toda la tarde con él, incluso compré un antifaz para jugar a superhéroes durante un buen rato.

Me sorprendió darme cuenta que, a pesar de muchas cosas por las que está pasando, Carlos es un niño muy dulce, cariñoso Y su buen comportamiento. No quiso que le dejase solo ni un sólo momento y durante toda la película no soltó mi mano.

Al llegar la noche fui consciente de que él no era más que un niño asustado. Le acosté en su cama e intenté que se sintiese protegido. Encendí una luz, abrí los armarios y le aseguré que no había monstruos, aunque no me creyó.
Cuando quise mirar bajo la cama, no me dejó. Se echó a llorar aterrorizado ante el miedo de que su hermano pudiese estar allí escondido.

—Tu hermano está con tus padres, Carlos. Ahí no hay nadie, miraremos juntos—le dije para tranquilizarlo.

Ambos nos arrodillamos y miramos bajo la cama. Allí, un niño exactamente igual a Carlos nos sonreía de manera muy siniestra mientras se arrastraba hacia nosotros.

—¿Lo ves tu también?—Preguntó con miedo

Eso fue lo último que escuché.

Texto publicado originalmente en el Taller de escritura creativa nº 42 de Literautas, pulsa aquí para ver las bases del taller y los escritos de otros participantes.

Parte 5- La propuesta

El Conde se acercó a la pequeña mesa que servía de escritorio y comenzó a escribir su nombre al pie de los bandos de la subasta bajo la mirada de un funcionario.

—Todo esto es culpa suya—masculló el conde hacia Fendell
—No se crea que ha salido victorioso, Señor conde, todavía le queda casarse con ella para llevársela. ¿o cree que le voy a dejar que se la lleve tan fácilmente? Yo sólo he luchado por mis intereses.
—¿Y los intereses de su hija? De verdad que no hace falta que me cuente todas esas historias. Si hubiese cancelado todo este bochornoso espectáculo, tal y como le pedí, le hubiese ahorrado la vergüenza a su hija y le habría dado todo cuanto me pidiese por dejarla ir.
—¿Dejarla ir después de todo? No, señor, no, si la quiere, deberá casarse y pagar por ella. y cuando la abandone, porque acabará haciéndolo, ella volverá a mí y tendré que arreglar su estropicio.
—Usted no merece ni la mitad de estas sucias monedas—dijo mientas dejaba caer las pesadas monedas de oro ante él con desprecio.
—Si la dejase ir sin más, me habría dado poco más que migajas Si considera que lo que va a pagar por ella es tan poco que la va a ofender, no seré yo quien rechace la cantidad que estime más adecuada por ella—Sonrió con codiciosa malicia.—Al fin y al cabo, seremos familia.
—Usted y yo seremos muchas cosas, pero por mucho que me case con su hija, jamás seremos familia.
—Déjeme que le de un consejo de hombre a hombre, señor conde. No se crea que esta chiquilla es como las mujeres de la alta sociedad a las que está acostumbrado. Sus maniobras y buenas palabras para ganarse el favor de mi hija son claramente inútiles. Es como cualquier mujer, le abandonará en cuanto pueda hacerlo. Si nunca ha tenido la voluntad de desposarse con jóvenes de su edad ¿Qué le hace pensar que se entregará a usted solamente con palabras amables y cortesía?

Antes de que nadie, y menos Evelyn, pudiera preverlo, Fendell le asestó una sonora bofetada a su hija cayendo ésta al suelo.

—¿Por qué lo ha hecho?—rugió el conde interponiéndose entre ambos
—Si no la alecciona correctamente con mano dura jamás acudirá de buen grado a cumplir sus deberes como esposa.

El conde respondió asestando un fuerte puñetazo en el vientre de Fendell.

—Ya he firmado los documentos de la subasta y le he pagado. En lo que a mí respecta, ella ya está bajo mi entera protección, no voy a permitir que la vuelva a pegar o insultar—le espetó el conde con una mirada fría—Ahora ella es mía, y nadie salvo yo puede maltratar nada de mi propiedad. A partir de ahora es mi prometida, deberá tratarla como tal.

Ante semejante declaración, el viejo no pareció encontrar argumento con el que replicar al conde así que recogió las monedas sobre la mesa y luego de guardárselas en el bolsillo, expresó con tono despectivo:

—Es cierto, ahora es su problema. Pero procure llevársela bien lejos y encerrarla en el castillo con una buena cadena para que no se le escape. Sus buenas palabras no la retendrán mucho tiempo.
—Señor Fendell—rugió el Conde con una mirada de advertencia para silenciarle—Si lo desea, mi señora, podemos ir a su casa y recoger sus pertenencias antes de partir a Baley.
—Nada de lo que hay allí le pertenece—siseó el viejo con cara de pocos amigos—le prohibo entrar en mi hogar o llevarse mis propiedades.
—No hay nada en aquella casa que desee recoger—replicó dolida Evelyn hacia el conde—Tal y como indica mi querido padre, nada en aquella casa me pertenece y no deseo ningún objeto que me pueda hacer recordar mi vida aquí.
—Como desee—dijo el conde complaciente—enviaré a Benwell a comprarle un vestido más apropiado para el viaje, si me acompaña me gustaría que se tomase una copa de coñac para recobrar el aliento.
—Gracias—sonrió ella levemente mientras un escalofrío recorría su espalda.
—Si me permite la capa de la señorita.—sentenció con desprecio el Conde

Fendell pateó con odio la capa de Evelyn hasta llenarla de barro, la escupió y se bajó de un salto de la plataforma para alejarse cobardemente bajo la mirada de la pareja.

—Da igual—sonrió ella mientas se giraba para alcanzarla.
—No—la detuvo.— Permítame.

El conde se quitó su larga y gruesa capa negra y luego cubrió atentamente los hombros de Evelyn asegurándose de cerrarla bien.

—Sentí tener que someterla a la subasta durante tanto tiempo, espero que no fuese una tortura excesiva.
—Realmente creí que no iba a pujar por mí—admitió ella
—En cuanto me hizo saber su respuesta, desde luego que sí iba a hacerlo, pero deseaba darle un buen escarmiento a su padre y que no percibiese de usted ni un centavo más del necesario. Espero que no se sienta ofendida por la ridícula cantidad que he ofrecido para finalizar la contienda.
—En absoluto, ha pagado por mí mucho más de lo adecuado.

Evelyn se sentó en la silla que le ofrecía el Conde. Sentía su atenta mirada y un profundo desasosiego ante la nueva situación. Tan pronto como le sirvieron la copa de coñac la bebió de un solo trago ante la mirada de sorpresa del cantinero y del conde, que hizo otra señal para que le sirviesen una segunda copa de coñac.

—Esta copa debería beberla con más sosiego—sonrió él amablemente deteniendo la mano de ella a medio camino.
—Discúlpeme—se sonrojó Evelyn
—Comprendo su situación, pero lo digo por su bien, nos queda mucho viaje para volver a Baley y no es recomendable que se emborrache usted—dijo el conde
—Oh, sí, por supuesto. ¿está muy lejos Baley?
—¿Importa eso?
—Cuanto más lejos mejor—dijo bebiendo con más decoro parte de la nueva copa.

Evelyn no se atrevía a mirar al conde a la cara, sentía ya el calor que el coñac ejercía sobre ella y una especie de trémula confianza parecía establecerse en ella. Apretó fuertemente los labios para luego afrontar al conde con cierta valentía.

—Bueno… ¿cuáles son esas condiciones que he aceptado a cambio de su generosa puja?

El conde la miró con sus fríos e intensos ojos verdes antes de comenzar a hablar.

—Señorita Cartland, no sé cómo comenzar a exponer esta situación.—dijo mientras depositaba en las manos de Evelyn el viejo collar de perlas falso que ella le había enviado en el joyero.
—¡oh, dios mío!—exclamó Evelyn—¿Le envía él?¿qué ha pasado?¿por qué ha tardado tanto en aparecer?
—No se alarme, Evelyn, sus mensajes no llegaban, hace tiempo que ya no trabajo en el periódico.
—¿Gabriel?

Evelyn escuadriñó a aquel hombre desfigurado y oculto bajo la máscara , ahora completamente desconocido para ella.

—No sabía que ahora eras conde, ni que… ¿Qué te ha pasado?
—Es algo bastante largo de contar y… lo cierto es que ahora no es un buen momento.
—Pensé que no habías recibido mis mensajes, pensé… que habías optado por no leer mis notas o por no socorrerme, como hicieron los demás.
—Aclárame una duda ¿por qué yo? ¿por qué pedirme socorro precisamente a mí?
—Yo… no sabía por dónde empezar, Gabriel, estaba desesperada.

Evelyn recordó el momento en el que Gabriel apareció en su vida. Ella era una muchacha solitaria que, tras la pérdida de su madre, se había refugiado en la lectura y ello le había llevado a descubrir un autor que acababa de empezar a trabajar en el periódico dominical publicando por fascículos sus relatos de terror. Totalmente prendada de aquel talento, cada semana, enviaba al periódico cartas y más cartas para exigir que el autor, Newton, regresase con sus relatos.
No tardó en recibir la primera respuesta agradecida y entusiasta del joven Gabriel y, como algo natural, entablaron una peculiar y profunda relación por correo. Relación que no tardó en convertirse en algo más profundo e intenso.

Confundida, Ella se acabó enamorando de aquel hombre que le escribía. Comenzó a perseguirle de manera totalmente torpe e inocente, pero casi obsesiva, como sólo una adolescente podría hacer. Él, a su vez, ignoraba caballerosamente sus insinuaciones como si ni tan siquiera reparase en ellas, manteniendo inquebrantable la estrecha amistad que durante tanto tiempo les había unido. El tiempo pasó y Evelyn, desesperada por la situación que vivía en casa con su padre y por el misterioso y repentino matrimonio de Gabriel con otra mujer, acabó por olvidar la decencia e insinuarle abiertamente su pretensión a ser su amante.
La siguiente misiva fue un contundente castigo por sus actos caprichosos e infantiles. Evelyn se disculpó en muchas ocasiones, pero él rompió toda relación, poco a poco dejó de responder y desapareció de su vida como la llama se va apagando en una vela consumida.

—¿Por qué ahora?—le preguntó Gabriel sacándola de sus recuerdos—Después de tantos años sin ningún contacto. Creí que había sido claro cuando te pedí que no contactases más conmigo.
—¿Qué podía perder ya? No me quedaba nadie a quien pudiese recurrir. Nadie quiere complicarse con mis problemas.

Gabriel secó con un suave pañuelo blanco las lágrimas de Evelyn.

—Yo ya no soy aquél hombre, Evelyn. Ya no soy un jovencito que escribe literatura dominical, va de fiesta en fiesta o se divierte intercambiando cartas con una muchachita impresionable.
—Lo sé, Gabriel, sólo puedo volver a disculparme. Creí que te amaba.
—Nos enviábamos cartas, hablábamos de libros… Por dios, Eras una niña ¿Cómo me podías amar? si ni me conocías en persona.
—Ya lo sé, cometí un grave error. Tienes mucha razón,si te soy sincera, estaba confusa, eras mayor, inteligente, me tratabas bien y yo era una adolescente solitaria y triste que quería salir de la situación en la que estaba. En aquél momento me daba igual todo, creí que me aceptarías de cualquier modo—asintió Evelyn con tristeza
—¿Cualquier modo?¡tengo como doce años más que tu! ¿cómo pudiste proponerme algo así? ¿tu entiendes el escándalo que hubiésemos formado?
—Cualquier cosa era mejor que lo que tenía entonces… de lo que tengo ahora.

Un silencio se acomodó entre ambos mientras buscaban las palabras para continuar.

—¿Qué haremos ahora?—afirmó Evelyn acabando la copa de licor.
—¿A qué te refieres?
—Le has dado mucho dinero a mi padre como dote.
—Dadas las circunstancias que nos han sobrevenido no veo otra solución más que el casarnos.
—¿y tu mujer?
—Soy viudo—Gabriel apretó los labios antes de continuar—Créeme que este no es el escenario que deseaba. Si hubiese conocido esta situación mucho antes, te hubiese procurado un matrimonio con alguien más adecuado. Alguien mas acorde a tu edad y con un carácter más adecuado. Al darme tan poco margen no me has dejado opción. Nunca te hubiese obligado a casarte con alguien como yo pero tu padre no me permitirá llevarte de aquí sin casarnos. Y si te llevo sin más, ambos podemos meternos en un grave aprieto, tu terminarías obligada a volver con él bajo quién sabe en qué precaria situación y yo podría arriesgarme a perder mi título.
—Comprendo.
—Eso nos vuelve a dejar en la misma situación. En estos momentos sólo podemos salir de esto casándonos, pero si lo hacemos debes conocer la situación. Soy conde, concretamente el último heredero varón del linaje de Baley y mi título representa no sólo ventajas, sino también numerosas obligaciones, entre ellas, tener un heredero que me suceda y que cuide de las tierras.

Ella asintió con la cabeza antes de que él continuase hablando.

—Evelyn, Seamos francos, soy totalmente consciente de mi aspecto deforme. Ninguna mujer se desposaría conmigo por voluntad propia, así que sólo me queda la opción de un matrimonio de conveniencia para cumplir mis obligaciones con el título. En esa misión llevo invertido el último año de mi vida, pero hasta la fecha, no he encontrado ninguna motra mujer que en plenas facultades acceda a negociar las condiciones de un contrato de esta índole Y, con sinceridad, si me caso contigo no creo que pueda logar una amante que voluntariamente tenga un bastardo conmigo para criarlo como heredero.
—Yo no estoy precisamente en una buena posición para negociar—afirmó ella—acabas de pujar para desposar mi mano y una vez nos casemos tendrás el poder para hacer lo que le plazca conmigo. En palabras de mi padre, podrás encadenarme.
—Comprendo que tu posición, lo tengo totalmente en cuenta y, de verdad, esta situación no la he provocado ni pretendo aprovecharme de ella. Intento solucionarlo de una manera aceptable para ambos. Eres una mujer completamente libre de tomar sus propias decisiones. No serías la primera que me rechaza. Otras, incluso, estando en una posición mucho más favorecedora me han rehuido. Pero, seamos sinceros ¿tenemos alguna otra opción mejor?
Evelyn le miró detenidamente, el Coñac la había calentado y había logrado que se sintiese más cómoda y suelta. Hacía demasiados años que se había olvidado de Gabriel. La carta había sido un grito desesperado hacia cualquier parte que le pudiese brindar una solución. Su mente trabajaba analizando las posibles salidas que tenía en aquel momento. Gabriel tenía razón, ella ya había intentado agotar la opción de escaparse para buscar un empleo digno, pero sin el consentimiento paterno, las debidas referencias y con la edad que tenía sin un marido, nadie le abría la puerta, ni tan siquiera los viejos conocidos de la familia.
Convertirse en una mujer de moral relajada significaría no solo la esclavización sino también una vida muy corta y llena de penurias. Él le ofrecía ser condesa, acceso a dinero y una vida acomodada. Todo ello, a cambio de un heredero. Un niño concebido y nacido dentro de un matrimonio ante dios y ante la ley.
Quizás era demasiado bueno para ser verdad, lo más probable es que se tratase de una trampa peor de la que estaba escapando. Al fin y al cabo, ya apenas reconocía al Gabriel que tenía ante ella, no se parecía ni lejanamente a la imagen del caballero ideal que ella había acariciado anhelante durante tanto tiempo antes de que él la ignorase.
Pero ¿qué otra opción decente le quedaba? Morir a golpes a manos de su padre. Ser vendida a algún prostíbulo para ser abusada y violada por decenas de hombres. O vivir bajo el dominio de un solo hombre, Gabriel, que en el peor de los casos sólo podría ser igual que su padre.

—Es cierto que no tenemos otra opción pero ¿qué podría negociar yo acerca del matrimonio? Una vez nos desposemos yo estaría totalmente ligada a tu voluntad. Pasaría de las manos de mi padre a las tuyas ¿realmente servirá que nos prometamos hoy algo?
—Servirá porque estoy dispuesto a escuchar todas tus condiciones, cualquiera que se te ocurra. Puedes establecer un número máximo de visitas conyugales hasta la concepción de nuestro hijo. Una vez cumplas con su parte, si deseas marcharte de Baley, no te lo impediré. Te daré acceso a todo cuanto mi dinero, posición y tierras puedan proporcionar bailes, ropas, clubs… Incluso, siempre que seas discreta, podrás disfrutar de la libertad de tener un amante, siempre que sea algo razonable y discreto.
—Lo ofreces todo. ¿qué exiges a cambio?
—¿Es que te parece poca exigencia tener que ser mi esposa? Y no sólo eso, también tendrás que ser la condesa de Baley. Deberás vivir allí de manera regular, atender las interminables audiencias de sus gentes, ocuparte de las tareas que se supone que debe hacer una condesa con sus tierras y sus gentes.

Ambos se quedaron en silencio mientras el cantinero rellenaba las copas de coñac y Evelyn meditaba la propuesta seriamente.

—Está bien—cedió al fin Evelyn—Haré cuanto esté en mi mano por darte un heredero, siempre que cumplas con tu palabra y aceptes mis peticiones.
—¿Y cuáles son?
—No quiero… ser forzada cada noche—pidió ella con un ligero temblor de la voz—No quiero que te abalances sobre mí sin previo aviso. No quiero ser un mero animal de cría.
—Te garantizo por mi honor que no soportarás mi presencia más de lo que estimes necesario y mis visitas conyugales serán siempre bajo previa invitación y consentimiento.
—Deseo ser tratada siempre con el respeto que merece una dama.
—Serás mi esposa, la condesa de Baley, Nuestros empleados te tratarán con el respeto que mereces y en cuanto a la sociedad, será complicado, pero me encargaré de limpiar y reparar tu honor en la medida que eso sea posible.
—No deseo tener especial contacto con eventos sociales. No me interesan las fiestas, los eventos de caridad ni los amantes. Deseo un hogar, una familia y una vida tranquila.
—Deberás vivir conmigo en Baley, como es lógico en la condesa. Una vez tengamos nuestro heredero podrás quedarte para ayudar a criarlo o dispondré de un hogar respetable en el que puedas retirarte a una vida tranquila. En cuanto a la familia… me temo que eso depende de la relación que tengamos como marido y mujer. Lo máximo que puedo ofrecer es participar libremente en la crianza de nuestro heredero y mi voluntad de mantener una relación cordial basada en el respeto y el cariño.
—Yo también deseo eso. Intentaré ser una buena esposa y una buena madre.
—¿Nada más?
—¡No volver a pisar este pueblo nunca más!
—Está bien, querida, podremos negociar más peticiones en el futuro. Partiremos en unos minutos, en cuanto el carruaje esté preparado. Baley se encuentra a tres días de aquí, ¿es suficiente distancia?—sonrió levemente al ella asentir—en cuanto a este lugar, mientras estés bajo mi cuidado no tendrás que pisarlo de nuevo nunca más.
—Gracias—sonrió levemente Evelyn mientas le daba la mano para sellar el acuerdo.
—No, gracias a ti, prometo que me esforzaré para que no nos arrepintamos de esta decisión—dijo el conde al tiempo que Benwell se acercaba a ellos con un vestido negro en las manos—Debes vestirte más apropiadamente, nuestro carruaje nos espera.

Parte 4– La subasta

Fendell tomó la capa de Evelyn y, cuando ella intentó sujetarla, él rió con expresión burlona y se la arrebató de las manos de un tirón dejándola avergonzada con el provocativo vestido que le había comprado para la subasta.
Un estridente rugido de aprobación provino de la audiencia y los ávidos ojos de los hombres se posaron sobre el premio. Entusiasmado por el jaleo de los hombres, el alcalde agarró con violencia el firme moño de Evelyn y tironeó de él para que el castaño y ondulado cabello cayese sobre los hombros como un manto de seda.

—Observen, caballeros. ¿Acaso esta muchacha no vale una fortuna?

Evelyn sintió las lágrimas caer por sus mejillas y bajó la cabeza para evitar enfrentarse a aquellos animales y sus miradas lascivas. Sintió náuseas y también una terrible comezón en todo el cuerpo. Se sintió sucia y deseó morir, pero luchó contra su vergüenza para sobreponerse al duro momento de pánico. Rezó y confió en que pasase lo que pasase, aquella noche todo estaría solucionado, o bien junto a aquél enmascarado o yaciendo muerta en su dormitorio, con un poco de suerte, incluso, antes de soportar las manos de cualquier otro hombre sobre su cuerpo.

Sintió el calor de la mirada del conde y levantó su llorosos ojos. En el momento que sus miradas conectaron, deseó que aquel caballero siniestro y desconocido pujase por ella y la llevase lejos, muy lejos… En toda su vida llena de golpes, insultos, amenazas, vejaciones y miedo jamás había deseado que un hombre la salvase, ninguno que no fuese su querido y viejo señor Newton, con el que tantas cartas había intercambiado.
Pero… aquél hombre, aquel siniestro hombre por el que todos los demás sentían miedo era el único que la había tratado con elevada cortesía y profundo respeto, aun a pesar de estar tratando la subasta de su honra. Ya no recordaba lo que era el sentirse respetada por un caballero, no lo recordaba o nunca había sido objeto de tales modales, salvo en sus cartas con el señor Newton. Apenas podía mencionar la última vez que no había sentido miedo o asco al escuchar la proposición de un hombre, mucho menos cuándo ella misma se había sentido atraída remotamente por un varón.

Podía parecer una locura pero en su interior sentía que, de todos los que estaban allí, el conde era el único que aún conservaba la humanidad, a pesar de que su aspecto siniestro indicase lo más lejano a la misma.

Sin perder el contacto visual con el conde asintió con la cabeza y vocalizó un silencioso y desesperado SI hacia él. Ya que sería probablemente torturada, al menos prefería aceptarle a él y que fuese un profesional quien se encargara de su sufrimiento.
—Caballeros, han venido hasta aquí con la esperanza de encontrar una buena esposa, una madre abnegada y una amante apasionada y esta muchacha, en pocos minutos, pasará a ser todo eso y todo lo que sueñe ¡uno de ustedes!—Fendell rió, señalando con el dedo a aquéllos que se apretujaban por conseguir una mejor visión. El alcalde adoptó una pose solemne y se tomó las solapas del abrigo—. Ahora bien, le prometí a mi querida hija que que todos ustedes, caballeros, sólo participarían en este evento con la noble intención de desposarla ante la ley y ante los ojos de nuestro creador, y espero ciertamente que no me permitan faltar a mi palabra así como yo no permitiré que ella falte a la suya ante la ley ni ante dios.

Los presentes estallaron en grandes risotadas.

La joven recorrió con la mirada los numerosos rostros de la audiencia intentando dilucidar los posibles pujadores más interesados y peligrosos para ella.

Evelyn se estremeció cuando sus ojos se toparon con Harford, el hombre a quien ella había apodado «la rata». Él se había abierto camino hasta llegar a la primera fila y su complacida sonrisa lo delató como uno de los más interesados participantes de la puja. Si ese hombre hacía la oferta más tentadora, sin duda, pretendería una recompensa por haber sido rechazado en su primera visita a la casa del alcalde, cuando ella le había abofeteado en el instante en que él había intentado quitarle el vestido y estrujar sus pechos descaradamente. Ella le había insultado y se había encerrado en la despensa hasta que una vecina la había escuchado gritar y había acudido en su socorro.

Sentía su vicioso deseo y el rencor por aquella negativa. No era un hombre que le gusten las negativas. No se había dado por vencido en aquella ocasión y nuevamente procuró sobornar a su padre para comprar su silencio y llevarla con engaños a su alejada casa de campo durante unos días. Aquella negativa a acudir le valió una fuerte golpiza de su pad y tres días sin comida para ella ni para su hermano. Pero así con todo, Le temía profundamente, si se iba con él sabía que jamás volvería a tener un pacífico día o una noche serena a su lado.
No, si Harford ganaba la subasta ella debería ser rápida porque él no la dejaría ir sin luchar.

También se encontraba Smedley, ese gordinflón asmático y proxeneta también se encontraba en el grupo, él por lo menos no sólo había ofrecido dinero a su padre, sino que también había intentado tentarla a ella con baratijas y falsas promesas de mucha riqueza a cambio de subastar su inocencia.
Lo cierto es que no se había tomado demasiado bien que ella se negase en redondo y le devolviese todos sus regalos todavía sin abrir, pero quizás la tratase bien mientras pudiese usarla como prostituta para la alta sociedad.

Y Silas, el avaro prestamista que había presionado a su padre para casarse con ella a cambio de la condonación de sus numerosos préstamos…durante sus visitas le había hablado y tratado casi de peor modo que su padre, e incluso ante su negativa a atender sus proposiciones le había insistido en su falta de mano dura con su comportamiento, cosa que e a ella no le inspiraba demasiada tranquilidad. Su padre era violento de puertas para adentro, pero Silas no parecía tener problemas en reconocerlo abiertamente en público. Además, era tan mayor que ya olía a muerto ¡podría ser su abuelo! Y pretendía que le engendrase un hijo varón.
Sólo pensar en compartir el lecho con él le revolvía las entrañas.

En su mayoría, el resto de los hombres que se habían congregado alrededor de la plataforma no parecían poseer grandes fortunas, que superasen aquellas aunque sí muchas ganas de hacerse con el botín.
Acababa de considerarse a sí misma como un botín… El miedo y el malestar la atenazaba y se sentía confundida. Estaba sola y acosada como un animalillo perseguido por una jauría de perros. Ya no lograba ver con claridad un solo ser entre la audiencia que no le causara un tremendo malestar de estómago.
Fendell extendió los brazos para pedir silencio.

—Ahora bien, caballeros, como sabrán, me encuentro penosamente acosado por mis acreedores,—Dijo señalando a Silas—de otra forma, jamás hubiera organizado este evento con mi querida hija. Ellos no dejan de presionar, han bloqueado mis préstamos, mis líneas de crédito, mi acceso a la casa de apuestas e incuso, han tenido la desfachatez de venir hasta mi casa, ¡la propia casa de vuestro querido alcalde! para exigir el pago inmediato de mis deudas. Tengan piedad de mí y de esta joven mujer que jamás ha mantenido relaciones con un hombre. Ella ha sido una bendición para mí y como una madre para su hermano Samuel durante estos últimos años, desde que aconteció la muerte de su pobre madre. Reconozco que estos años he sido egoísta y no deseaba dejarla ir, pero ha llegado el momento en el que, muy a mi pesar, la muchacha vuele del nido y cumpla su función ante los hombres y ante dios. Debe formar su propia familia y abandonar a su viejo padre. Ustedes comprendan la delicada situación en la que nos dejará a Samuel y a mí. Por lo tanto, les ruego, caballeros, que sean generosos en sus ofertas. Sean nobles caballeros y dejen que se acerquen todos aquellos que hayan venido hasta aquí con serias intenciones de participar en la puja. Vamos, Adelántense para poder valorar los bellos ojos de la joven, la perfecta curvatura de sus pechos sin duda preparados para amamantar a criaturas sanas y robustas. Y fíjense, ¡fíjense! en su cintura y en sus caderas bien redondeados, está preparada para parir unos hijos grandes y fuertes como titanes—dijo pasando las manos por las caderas de su hija ante la atenta mirada de los hombres—Vean la perfecta hechura de estas piernas hechas para el placer masculino y para el trabajo duro en el hogar—dijo levantando levemente la falda de la muchacha para mostrar sus torneadas piernas al tiempo que ésta permanecía callada con lágrimas amargas corriendo por sus mejillas—esta muchacha tiene un temperamento dócil, ¡bien lo saben mis vecinos! está sana y muy bien instruida en las labores domésticas, a fe que la he enseñado con hierro y vara.—Extrajo su reloj de bolsillo y se lo mostró a la audiencia—. Es la hora, caballeros y comenzaremos ya. ¿Qué dicen, caballeros? ¿Cuál es la primera oferta? ¿Mil libras, dicen? ¿Mil libras?

El primero en responder fue Silas Chambers, quien levantó tímidamente una mano. Con un tono vacilante, afirmó:

—Sí… Sí, ofrezco mil libras.
—Ay, caballeros, observen el premio que podrían ganar. Mi preciosa hija, de indiscutible belleza. Inteligente. Capaz de leer y escribir. Llena de talento para los números. Si le compran un libro la tendrán entretenida durante semanas, una excelente bailarina, todavía mejor con el piano, Un motivo de orgullo para cualquier hombre de bien.
—Mil quinientas—gritó una voz grosera entre la multitud—. Ofrezco mil quinientas libras por la moza.
—Dos mil—dijo un sirviente desde lo alto de un carruaje

Fendell se animó con las ofertas.

—¡Dos mil! Dos mil ofrece el cochero. ¿Quién ofrece dos mil quinientas? ¿van a dejar que un cochero se la lleve por sólo dos mil?
—Eh, dos mil cien libras—dijo Smedley con tono suave—. Dos mil cien. Sí, ofrezco dos mil cien.
—¡Dos mil cien, entonces! ¡Dos mil cien! ¿Alguien mejora la oferta?
—¡Dos mil trescientas!—exclamó Harford, mientras se secaba sus gruesos labios con un pañuelo—. ¡Dos mil trescientas digo!
—¡Que sean dos mil trescientas, entonces! ¡Dos mil trescientas libras! Vamos, caballeros. Ni siquiera se acercan ustedes al valor de mi preciosa hija. Busquen en sus bolsillos. Extraigan hasta la última moneda. Hasta ahora, no han ofrecido más que dos mil trescientas libras por este digno ejemplar de mujer.
—¡Dos mil cuatrocientas!—gritó la misma voz grosera desde el fondo.

Preocupado, Silas se apresuró a reafirmar su posición.

—¡Dos mil quinientas! ¡Dos mil quinientas libras!
—¡Dos mil quinientas libras por aquí!—exclamó Fendell—. ¡Dos mil quinientas! Ay, caballeros, se lo imploro, tengan piedad de un anciano y de su hijo. Tienen delante de sus ojos a un exquisito modelo de mujer. Se lo dije antes y se lo repito ahora, un motivo de orgullo para cualquier hombre. Una compañera útil para charlar por la tarde, brindarles placer durante las noches y obsequiarles con numerosos niños.

Evelyn se apartó asqueada de la mano que le tendía su padre, cada vez su sensación de náusea era mayor. Consciente la mirada implacable del conde, alzó los ojos de nuevo hacia él a modo de silenciosa súplica de auxilio, observó que él movía negativamente la cabeza con desapruebo. ¿Por qué no pujaba? La joven sintió un punzante dolor en el pecho que le cortó la respiración. Le había dicho que sí, sabía que él la había entendido, pero no pujaba. ¿sería más dinero de lo que él estaba dispuesto a invertir en ella? ¿Se habría pensado mejor todo aquello?

Evelyn se sintió triste y abandonada. Su padre nunca la había tratado con respeto, ni tan siquiera podría decir que la hubiese tratado bien, pero no sabía en qué absurdo momento había llegado a la decisión de que una subasta era lo mejor para deshacerse de ella. Evelyn asumía que las mujeres no tenían más valor que un objeto pero… ¿acaso no merecía un mínimo de respeto por todo el tiempo que había dedicado al cuidado de su padre y hermano? ¿cuánto desprecio más podía soportar?

—¡Dos mil quinientas! ¿Alguien ofrece tres mil?—instó Fendell—. ¿tres mil mil?
—¡ Ofrezco tres mil!—gritó la rata.

Se oyó un fuerte murmullo entre la multitud, y las rodillas de Evelyn comenzaron a temblar. Silas Chambers se apresuró a abrir su monedero y comenzó a contar su contenido. Hubo un barullo de voces en el fondo cuando el participante ebrio consultó a sus amigos. La sonrisa de Fendell se ensanchó ligeramente, hasta que Samuel agitó otro documento y lo sumó al resto.

—¡tres mil!—exclamó Fendell, y levantó una mano—¿Quién da más? ¿ tres mil quinientas?—hizo una seña al fondo—¿cuatro mil?—señaló al ratón nuevamente con una sonrisa—¿Quién ofrece cuatro mil quinientas?

Un silencio respondió a la súplica del alcalde, mientras Silas continuaba contando sus monedas de oro y los otros conversaban entre ellos. El destello en los ojos de la rata se tornó más brillante.

—¿cuatro mil cien? Antes de que sea demasiado tarde, caballeros, les ruego que consideren el premio.

Evelyn hundió la cara en las manos y, al fin, rompió a llorar en silencio.

—¡Seis mil libras y acabe con esto de una vez!—estalló iracunda la voz del conde en la plaza

Un repentino silencio reinó entre la multitud. Silas cesó de contar su dinero: ya no podría mejorar la oferta. El rostro de la nauseabunda rata expresó su derrota. Incluso el borracho del fondo supo que la oferta excedía con creces sus medios. Seis mil libras no era una suma fácilmente superable para unos despojos humanos como los presentes.

—¡Seis mil libras!—declaró Fendell con tono alegre—. ¡El Conde ofrece Seis mil libras, uno! Última oportunidad, caballeros. ¡dos! ¡Seis mil libras! ¿seguro que nadie quiere seguir pujando?.¿Seis mil cien aunque sea?—Fendell Miró en derredor, pero no encontró más postores—¡Que sean Seis mil libras, entonces!.—Señaló al Conde con desagrado—Alégrese, se ha llevado usted un magnífico premio

Un zumbido de voces corrió entre la multitud, y enseguida se convirtió en una confusa mezcla de chismes, conjeturas y algunas verdades, indistinguibles unos de otros. Evelyn alcanzó a oír las palabras «quemado», «deforme», «horripilante», «El monstruo de Baley», entre el ininteligible barullo de la multitud.

Una lenta y peligrosa sensación de calma previa a la tormenta comenzó a latir por todo su cuerpo. Evelyn observó al conde con desconcierto. Él había pujado por ella ¿qué tendría que aceptar a cambio?

Parte 3- La subasta

El reducido y habitual grupo de aldeanos que formaba la pequeña comunidad de Medow se encontraba presente. Se habían sumado también al acto, una veintena de nuevos burgueses y una docena acaudalados hombres en busca de un título venido a menos, cada cual de extraño y estrafalario aspecto. Todos, bulliciosos espectadores del acontecimiento más bochornoso de la vida de Evelyn. La subasta pública de su mano.

Cuando al fin salió del pequeño camino que daba a su casa, se formó un pasillo humano alrededor de ella, los hombres la observaron detenidamente como la mercancía que se iba a subastar. Las sonrisas que iluminaron sus rostros revelaron que sus mentes trabajaban a toda velocidad ideando las posibles formas en las que podrían aprovecharse de ella. Si, alguna vez se había sentido desnuda bajo la mirada de un hombre, alguna vez se había visto obligada a correr por las calles para salvar su decencia o se había tenido que refugiar bajo la anodina conversación vecinal para ser acompañada a su domicilio y sentirse a salvo, incluso en ocasiones, había tenido que encerrarse en su propio cuarto para salvaguardarse de actos indecentes para con ella por parte de los amigos borrachos de su padre. Y ahora no tenía escapatoria, los ojos de esos canallas la hacían sentir miedo e indefensión.

La muerte se antojaba un dulce regalo en aquellos momentos. Aunque el suicidio implicase bajar a los infiernos, en aquél momento no había motivos suficientes en el cielo para recompensar aquella vida.

Su padre, Fendell, y su hermano, Samuel, habían habilitado una pequeña plataforma en el centro del pueblo, justo en la zona más concurrida de la plaza con objeto de que Samuel pudiese pregonar el evento y controlar a todos los participantes interesados en él. Así mismo, y al igual que se hacía con las piezas de ganado durante los días de subasta, también serviría para que ella estuviese bien expuesta a los ojos de los participantes durante todo el proceso público.

Cuando la multitud terminó de separarse para darle paso, la muchacha fijó la mirada sobre la estructura, a fin de evitar toparse con los rostros que tanto temía encontrar. No deseaba ver al señor Harford, al viejo Smedley, o a cualquiera de los otros asquerosos pretendientes que había rechazado hasta la fecha. Su mente no dejaba de rememorar las terribles historias de los esclavos subastados que su muy querido señor Newton escribía con tanto talento en el dominical.
El murmullo de la gente la mantenía aturdida, Evelyn avanzó para ascender a la plataforma, pero, al elevar su pie al primer peldaño, se sintió incapaz de continuar su vergonzoso ascenso y un quejido de profundo dolor se escapó de su alma como si la hubiese partido en dos. Los presentes se fundieron en un sepulcral y respetuoso silencio.

Evelyn jadeaba por el esfuerzo psicológico que le estaba suponiendo afrontar aquellos peldaños. En medio de su confusión, una mano se extendió ante ella dispuesta para ayudarla.
Sintió su corazón dándole un vuelco al verla. Era fuerte, grande y enguantada en un fino y sabiamente curtido cuero negro que contrastaba poderosamente con el delicado puño almidonado y blanco de una camisa de la más fina y delicada de las sedas. Levantó lentamente la vista de la enguantada mano mientras oía galopar el corazón en su pecho.

Antes de levantar la mirada completamente, observó alrededor el comportamiento de los presentes y, supo que, ante ella encontraría a alguien totalmente distinto a todas aquellas malditas almas condenadas congregadas para aquel espectáculo.
Evelyn subió poco a poco su mirada desde la enguantada mano. En el camino se encontró con un hombre vestido de manera impecable, con ropas limpias y exquisitamente confeccionadas a medida con telas de las mejores calidades. Su pelo, rubio oscuro, brillante y limpio, lucía en un impecable corte, quizás un poco largo y pasado de moda, pero que le resultaba indudablemente favorecedor.

Antes de fijarse en su rostro, miró fugazmente alrededor una última vez y observó que los presentes no parecían reconocer al caballero, pero sí parecían rehuirle o temerle. Finalmente, Elevó sus ojos hacia el rostro del caballero y comprendió el temor de los presentes. Llevaba una máscara de cuero negro, el mismo cuero finamente trabajado y de impecable calidad que sus guantes.
La máscara se amoldaba como una segunda piel a su rostro cubriéndole gran parte del mismo. Le daba un aspecto bastante siniestro y un tanto aterrador, dada la seriedad de las facciones visibles que, a parte de dejar ver los restos de una quemadura, sólo transmitían la fría seriedad de un rostro cubierto.
Aún con todo, ella se perdió casi de inmediato en sus intensos ojos verdes que transmitían una profunda y triste calma que la hacían sentirse de igual modo comprendida y aterrada por su presencia. No, sólo comprendida, sino también extrañamente protegida por alguien peligroso. Nunca antes había sentido algo parecido con otra persona así que no sabía si retirar su mano o dejarla donde estaba.
La enguantada mano que rodeaba su mano desprendía al mismo tiempo sensaciones de calor y peligro que ella no sabía identificar. Sintió casi, como si aquel hombre. Ese aterrador, misterioso y siniestro hombre enmascarado, hubiese venido a ayudarla, sí, pero a descender a las entrañas del infierno.

Y, con todo ello, sin saber por qué, aquel hombre tras la siniestra máscara era el único de los presente que le producía una particular sensación de confort. ¿sería que había terminado por perder la cabeza? ¿sería que la tranquilizaba el hecho de que era el único hombre que parecía infundirle temor a todos los demás con su mera presencia? O quizás era que el infierno se le antojaba más agradable que cualquier otro sitio del mundo.

Evelyn le miró de nuevo directamente a los ojos y él apretó ligeramente su mano.

—Gracias—Musitó ella.

El caballero asintió con un breve movimiento de cabeza, y mostró una fugaz sonrisa con sus labios bien torneados para luego decir con una voz tan profunda y masculina que tan sólo se podría calificar de demoníaca.

—Siento conocerla en estas circunstancias tan desagradables.
—¿Ha venido a la subasta?—preguntó Fendell desviando la mirada del caballero
—He sido…—Gabriel volvió a mantener la mirada con Evelyn—… Informado del acontecimiento.
—¿Va a pujar por mi?
—¿Es eso lo que desea?
—Eso es lo que espero yo, tengo muchas deudas que afrontar y usted parece que puede aportar buena dote—dijo con risa malévola Fendell—no es usted de estas tierras ¿de dónde viene?
—Provengo de Baley—respondió irritado por la interrupción—Soy Gabriel N. Baley, el actual Conde de Baley
—¡Todo un Conde! ¡Fíjate!—risoteó su padre palmeando el trasero de Evelyn—¡Hasta puedes acabar saliendo bien parada de todo esto!
—No creo que tratar a su hija así en público sea un buen ejemplo de comportamiento para su futuro yerno—siseó el Conde con cierto desagrado.

Fendell observó durante unos instantes estupefacto al caballero, sin poder expresar una respuesta, pero indudablemente divertido con la respuesta. Mojó sus labios con la lengua lentamente para formular la siguiente frase.

—Es mi hija y sé cómo hay que tratarla para que haga lo que debe hacer. ¿Acaso piensa que un marido le proferirá un trato mejor?
—Debería ser su responsabilidad como padre encontrar un marido para su hija que la trate adecuadamente.
—¿Mi responsabilidad?—rió Fendell—¡no me haga reír! ¿sabe cuánto me cuesta esta responsabilidad? ¿su manutención? ¿y sus caprichos? hasta la fecha le he procurado educación y alimento, incluso le he comprado libros para que ocupe su tiempo ¿y sabe cómo me ha pagado la ingrata? he intentado casarla cientos de veces con hombres adecuados, ya sabe, hacer una buena inversión, ¡y se ha negado!, no puedo seguir gastando más dinero en ella, el que más pague por ella se la llevará y podrá hacer con ella lo que le plazca, ¡ya no será mi problema!

El conde apretó los dientes en un intento de controlar su ira. Evelyn, que estaba presenciando la escena, sintió las piernas flojear ante la crueldad de aquel comentario carente de todo sentimiento por parte de su padre.

Sí, su padre la había pegado en muchas ocasiones, la había insultado y vejado pero… nunca tan públicamente como con aquél hombre. Aquél era su día, quería demostrar algo y ese comportamiento sólo podía presagiar algo muy malo para ella.

Su cara perdió todavía más el color, sus labios se redujeron a una simple línea carente de vida y su boca se secó como si hubiese tomado un puñado de sal. Miró con dolor hacia aquel hombre que ella llamaba padre e intentó recordar al menos un momento por el que ella pudiese sentirse agradecida por vivir.

No lo encontró.

En cambio, Evelyn sí percibió el temblor y el miedo en los ojos de su padre ante aquél siniestro hombre y casi de inmediato deseó lanzarse agradecida a sus brazos para que se la llevase lejos, muy lejos, aunque ello significase descender a los infiernos.

El conde lucía parcialmente envuelto en una enorme capa negra que apenas rozaba por milímetros el suelo. La capa, unida al resto de sus ropajes oscuros, las manos enguantadas y la máscara, por cuyo borde se podía adivinar los restos de una profunda quemadura sobre sus párpados, contorneando la mejilla, perdiéndose por el cuello y bajo la camisa. Le proferían un aspecto siniestro que, unido a su potente y grave voz le hacían parecer como un enorme monstruo demoniaco salido de los infiernos.

Evelyn se sintió agradecida hacia el conde sólo por el hecho de que con su sola presencia atemorizase a su padre, aunque sólo fuese un atisbo de lo que su padre la atemorizaba a ella.

Lo descubrió con la mirada iracunda clavada en su padre, observándole con la sigilosa calma de un animal, su brillo en los ojos desprendía algo… indescriptible, una mezcla de asco, ira, odio…. una combinación de sentimientos que ni tan siquiera ella lograba desgranar, pero que sabía que ambos compartían, puesto que ella también los había sentido alguna vez.

Sí, él parecía un monstruo a punto de golpear a su padre hasta la muerte. Alguien capaz de matar cegado por la ira. Su padre lo había reconocido y por eso tenía miedo, por eso se comportaba con ella más rudo, para demostrar que era más hombre y más fuerte.

Aquello no la deparaba buen final. Al menos para alguno de los presentes, probablemente ella.
Evelyn sonrió al conde con una leve esperanza, si él pujaba por ella, quizás la alejase de su padre. Cualquier sitio, por malo que fuese, supondría una mejora con respecto a su situación actual.

—Mi bella dama—dijo el conde inclinándose ante ella respetuosamente con una reverencia—Debido a las circunstancias en las que se va a celebrar su pedida de mano, me gustaría solicitar su bendición para optar a ella en esta subasta.
—A… agradezco su cortesía—dijo completamente sorprendida Evelyn—Estoy segura de que sería usted un gran marido para mí.
—Además es usted muy modesta, espero que no se sienta ofendida o menospreciada por el importe que proponga hoy para procurarla a mi lado, sin duda será una cantidad insuficiente por disfrutar de su compañía—dijo el conde con cortesía—permítame que la acompañe a la plataforma para acabar con este circo lo antes posible.
—¿Debo entender que habla en serio con que desposaría usted a Evelyn para hacerla condesa?—dijo sorprendido Fendell
—Si, siempre que su hija esté dispuesta. De hecho, en cuanto fui informado de las particularidades de este evento no dudé en solicitar una licencia matrimonial especial.—contestó haciendo una reverencia ante Evelyn—Aunque pienso que ésta no es la manera más adecuada de logarme una esposa digna. Es una pena que nuestro matrimonio se tenga que realizar de una manera tan abrupta, de haber sido avisado con más tiempo, hubiese procurado un cortejo digno y habríamos podido solucionar el escándalo que se ha provocado con todo esto.
—¿Cortejarla? Esta ingrata ya ha rechazado pretendientes más jóvenes y apuestos, dudo que aceptase después de su cortejo…—sonrió Fendell nervioso omitiendo el resto de su respuesta—Pero por fortuna para usted …se me ocurrió la idea de esta subasta, así ella no podrá negarse y usted tendrá más oportunidades que cualquier caballero presente, reconocerá que fue muy buena idea.
—No considero que ésta sea particularmente una buena idea—arrastró el conde las palabras con desinterés—de hecho… pienso que podríamos arreglarlo entre hombres usted y yo, ya sabe, dar por zanjado de inmediato todo este espectáculo indeseable, yo… le ayudaría a costear los gastos, sin duda…
—¿Está usted loco?—protestó Fendell con una sonrisa ambiciosa—he anunciado la puja por todo el contado, hay hombres aquí que han viajado dos días a caballo para participar en la subasta, ¡no puedo decepcionarles!, ¡soy un hombre de palabra!
—y…quizás espere sacar más en la subasta que lo que hasta ahora le hayan ofrecido de dote…—el conde sacó un saco con monedas—siempre pensando en el posible futuro de su hija como condesa… y mejorando sustancialmente las dotes que le hayan ofrecido hasta ahora…… ¿por cuánto podríamos arreglar su palabra y zanjar esta absurda situación?
—¡Caballero!—exclamó ofendido Fendell—me ofende con su insinuación, me he comprometido a que se va a realizar la subasta, ¡Soy un hombre de leyes!, aquí está el bando público y el funcionario para dar fe de las condiciones legales de la subasta. Hoy la mano de mi hija se va a subastar y así se hará, si la desea usted deberá pujar por ella como los demás hombres.
—Está bien, es su decisión Fendell—suspiró derrotado el conde apretando los labios con disgusto.—lamentaré someter a mi futura condesa a semejante escarnio público, pero no pienso renunciar a ella. Eso sí, no espere que me vaya a quedar tras la puja para casarme en este sitio despreciable. ¡Me la llevaré para celebrar la ceremonia en un lugar más apropiado!
—Usted págueme lo que la puja fije y llévesela cuando y donde desee.

Fendell sonrió satisfecho y dió un empujón a su ofendida hija para echarla contra el conde.

—Pero si me da un par de miles por encima del precio de la puja, quizás ni siquiera necesite casarse con ella y quiera que la recoja después de lo que tenga pensado hacerle…
—Oh, dios mío…—dijo Evelyn avergonzada apoyándose en el brazo del conde para no caer.
—No tema—dijo el conde a su oído—le prometo que mis intenciones son nobles y voy a respetarla.
—Conde—dijo ella moviendo los ojos inquietos por entre la multitud que jaleaba—no son sus intenciones las que temo en estos momentos, este comentario no es el primer hombre al que se lo hace.
—Sólo dígame con sinceridad, si la saco de aquí ¿aceptaría todas mis condiciones?
—¿Me llevaría lejos de aquí?—quiso saber ella.
—Si acepta mis condiciones cumpliré yo las suyas.

La mano de Fendell tiró de Evelyn hacia el centro de la plataforma impidiendo que ésta pudiese responderle.

—Vamos, caballeros—animó Fendell—. Vengan a deleitarse con esta encantadora belleza que es mi hija. Nunca verán a nadie que pueda comparársele. Ésta es la ocasión que estaban esperando para adquirir una fantástica esposa, una vez que ella haya sido casada ya no podrán aspirar a su inestimable belleza. Acérquense y mírenla. La subasta comenzará apenas dentro de unos minutos.